Humor: pareja descubre que la vida en el campo no es sencilla Humor: pareja descubre que la vida en el campo no es sencilla

Un divertido relato de cómo una pareja decide irse a vivir en el campo y las situaciones de la vida cotidiana que tienen que sortear.

Después de haber pasado toda mi vida en la ciudad, lleva un tiempo acostumbrarse al campo. Hace un par de años, mi marido y yo cambiamos nuestro dúplex en el centro por una casa de campo del siglo XIX, y pronto descubrimos lo que pasa cuando te quedas sin leche para el café. Literalmente o tomas prestadas las vacas de tu vecino, o manejas 15 kilómetros a la “tienda de la esquina” por rutas de gravilla y llenas de baches que pueden ser difíciles durante una tormenta de hielo. 

Además, hay que tener suficiente combustible. En la ciudad la mayoría caminamos o usamos el transporte público. Si tuviéramos que manejar, siempre podríamos repostar en una estación de servicio cercana. Pero aquí, la más cercana está, según Google Maps, exactamente a 30,2 kilómetros en la dirección opuesta a la de la tienda de la esquina. O te acostumbras a tener el depósito lleno, o te bebes el café negro.

Mientras tanto, las tiendas de comestibles y mascotas más cercanas están a más de media hora en auto, así que cuando una vez nos quedamos sin nuestra habitual comida orgánica, sin antibióticos y con una formulación especial para nuestra perra, el único sustituto parecido en la tienda de la esquina resultó ser una lata de Spam (carne enlatada). 

“¡No puedes darle Spam a nuestra perra!” farfulló mi marido. “¿Por qué no le das solo un bol de masa de sal?” En vez de eso, y después de quedarme casi sin combustible, le di unos huevos, lo que provocó que no dejara de tirarse gases durante toda la noche.

Poco después, me fui de viaje de negocios en avión con las llaves del auto en el bolso, dejando encerrados accidentalmente a mi marido (y a la perra) durante cinco días. Mi marido no podía reponer suministros sin embarcarse en una caminata de un día, lo que supuso una lección para barajar la opción de comprar un segundo vehículo.

En ocasiones hay taxis disponibles, pero solo descubrí esto por desesperación la primavera siguiente, cuando los Toronto Raptors, mi equipo de básquet favorito, jugaba la final del campeonato de la NBA en el preciso momento en el que se nos había caído la conexión a Internet (una vez más) a causa de una tormenta de viento. Mi marido estaba lejos con el auto, y el bar más cercano con pantallas de televisión implicaba un viaje en taxi de 40 minutos. El taxista, un funcionario de prisión jubilado, se perdió. Al menos él apareció, a diferencia de los distintos técnicos reparadores en nuestra nueva comunidad rural que prometen darte un presupuesto y luego desaparecen como un caramelo a la puerta de un colegio.

Siempre solía pensar que los amigos y familiares que vivían en el campo eran apocados en lo referente al tráfico urbano y miedosos con respecto a la delincuencia urbana. Pero ocurre lo mismo en sentido contrario. Mi hijo, por ejemplo, es duro como un policía cuando está en el centro de Toronto, pero cuando visitó por primera vez nuestra granja, chilló como un cosaco cuando se topó con varios saltamontes. 

Estaba aprendiendo lo que nosotros ya habíamos aprendido: el campo es donde viven los ratones. Y las moscas, los armiños, los coyotes, y bandas itinerantes de 70 millones de mariquitas que aparecen en tu dormitorio todas las primaveras como si salieran del letargo del cajón de las medias. Una noche en la cocina, me llamó la atención un ciempiés negro de 30 cm de largo que se deslizaba por el suelo de piedra. Parecía un secuaz de Satanás. No quería tocarlo, lo atrapé debajo de una olla y corrí arriba, dejando la cena abandonada. Al día siguiente, fui a la ciudad para pasar un fin de semana programado con anterioridad, sintiéndome como el villano de una historia de Edgar Allan Poe que ha amurallado a sus enemigos y acaba de dejarlos allí para acosarlos y que mueran.

En otra ocasión, al llegar al camino de entrada de la finca con mi hija que venía de visita, atisbé un oso negro en el bosque a un lado de nuestra propiedad. “Quédate en el coche”, siseé a Clara, con el corazón que se me salía. El oso se enderezó y se transformó en mi marido con su impermeable negro, que estaba inclinado sobre una pila de troncos.

En el campo no es una ventaja ser tan competente como Mr. Bean. La jardinería debería ser más fácil, creo. En la ciudad, planté hierbas en macetas, y eso fue todo. Pero estaba dispuesta a adaptarme cuando nos trasladamos al campo, así que compré algunos libros de cultivo de verduras. Desafortunadamente, todos parecían dar por sentado ciertos conocimientos básicos, como por ejemplo la diferencia entre los distintos niveles de Ph en el suelo. ¿Ph? Solo lo había visto en los frascos de champú. Los libros me desconcertaban, como cuando trataba de aprender cálculo a los siete años. 

Comencé a ver videos de YouTube hasta altas horas de la noche, mientras garabateaba notas sobre cómo regar semillas de apio para que germinen, y por qué mis brotes de brécol eran tan espinosos que se caían con un simple suspiro. Resultó que había todo tipo de dinámicas de relación entre las verduras en crecimiento. Listas completas de afirmaciones como: “Las patatas no se llevan bien con los pepinos”, mientras que “las zanahorias prefieren crecer junto a los tomates”. ¿Quién iba a saber que el reino vegetal era una telenovela semejante?

En mi primera cosecha logré producir la nada desdeñable cantidad de una lechuga, seis pimientos tailandeses y diez remolachas individuales. También calabacines. Muchos. Ahora puedo decir con autoridad que los calabacines son unos vegetales ridículos. Se dedican a la construcción de un imperio por todo el suelo disponible y te obligan a pasar la mitad del verano preparando montones de pisto antes de utilizar los calabacines como una porra para golpear. No se congelan bien. Tienes que obligar a los amigos a llevárselos.

Todo esto me ha hecho sentir un profundo respeto por mis antepasados. De hecho, lograron alimentarse de la tierra sin morir de hambre en noviembre. Ahora, eso me parece algo sobrenatural. Lo mismo que pedir comida a domicilio.

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