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Esta pareja de jubilados forma parte de una gran revolución cuya meta es hacer que su país funcione completamente con energías limpias en 2050.

Anders y Hanne Bune son profesores jubilados y viven en Fjaltring, un pequeño pueblo de la costa occidental de Jutlandia, Dinamarca. En su álbum de fotos de mediados de los años 80, entre las imágenes hoy descoloridas de familiares y amigos, hay un recorte de diario. En él aparece Anders con barba, el pelo largo y alzando las manos con desbordante alegría. “Se sentía como una revolución”, recuerda, sentado en el sofá de su sala. Afuera, el viento sopla con fuerza; la casa está a unos cientos de metros de la costa, frente al Mar del Norte, donde las ráfagas son intensas. “Había una sensación de felicidad porque estábamos haciendo algo nuevo”—prosigue—, algo bueno para nosotros y para el futuro de la Tierra”.

 

¿Y qué era esa revolución que tendría repercusiones de tan largo alcance? La construcción de dos turbinas eólicas de 95 kW por parte de una cooperativa de gente del pueblo. El día que se concluyó la obra hubo una gran fiesta, y la prensa acudió para cubrir el histórico evento. “Las turbinas parecían enormes en aquel momento, pero en realidad eran muy pequeñas”, cuenta Anders, sonriendo. “Algunas personas nos unimos para invertir en ellas, pero ganar dinero no era el aliciente; era algo más idealista. Pensábamos en la energía limpia, en no usar combustibles ni carbón. Mientras no perdiéramos dinero, nos sentiríamos satisfechos”.

 

Dinamarca tiene una larga historia de liderazgo en el camino hacia un mundo libre de combustibles fósiles y nucleares. A mediados de los años 80, en respuesta al ánimo popular, el gobierno danés prohibió la construcción de plantas nucleares y buscó fuentes de energía alternativas a las plantas de carbón que suministraban electricidad a todo el país. El mejoramiento de la tecnología convirtió la energía eólica en una opción viable, y la propiedad colectiva de turbinas eólicas, como las que construyeron Anders y sus vecinos, se alentó mediante reducciones de impuestos.

 

En Fjaltring, el espíritu de cooperación llegó aun más lejos. Diez años después de la construcción de las dos turbinas, los residentes las reemplazaron por cinco turbinas más grandes, de 750 kW. Aún pueden verse a lo lejos desde la casa de Anders. Dos de ellas eran propiedad de la cooperativa, y las otras tres, de particulares; sin embargo, se acordó que todos los años se pagaría a la comunidad el 2 % de las ganancias producidas por las cinco turbinas.

 

En los últimos 20 años esta tecnología ha generado cerca de 1,5 millones de coronas danesas (227.000 dólares) que se usaron, entre otras cosas, para construir un hostal para jóvenes y para hacer mejoras en la escuela y el salón comunitario. Hace diez años la cooperativa vendió su participación en las dos turbinas, pero Anders y otros han estado invirtiendo en otras turbinas en la zona desde entonces. “Hemos visto lo rentables que son”, dice. “Sabíamos que podíamos ganar dinero con ellas”.

 

Lo mismo opinan el granjero Johannes Laursen y su esposa, Gunhild, quienes viven a diez kilómetros de Fjaltring, en el pueblo de Lomborg. En 2002 pidieron un préstamo al banco por 6 millones de coronas (910.000 dólares) para construir una turbina de 750 kW en su finca. “Pensé que sería un buen negocio”, comenta Johannes. “Sabía que los ingresos que generara la turbina nos permitirían pagar las cuotas y los intereses sin ningún problema”.

 

Tenía razón. Al cabo de seis años saldó la deuda, y la turbina hoy le deja una ganancia de 500.000 coronas (76.000 dólares) al año. Pero no todos están tan contentos. “Es preciso ser discretos cuando se tienen turbinas porque ha habido mucha resistencia a ellas”, dice Gunhild. “Así que si estamos en una fiesta, no es un tema del que hablemos mucho”.

 

El ruido, la luz que reflejan, su impacto en la vida de las aves y su efecto estético en el paisaje son algunas de las objeciones que plantean los opositores de las turbinas eólicas. Como cabe suponer, Johannes las defiende. “Yo pienso que son bonitas, y dedicamos mucho tiempo a pintarlas para que no reflejen tanto la luz del sol”, señala. “Pensamos con cuidado cómo colocarlas en los ambientes naturales, y siempre están alineadas; su disposición no es al azar. Algunos amantes de la naturaleza alegan que las turbinas asustan a las aves, pero no es cierto. Veo toda clase de pájaros volando alrededor de ellas, y cuando las aspas no están en movimiento, las aves se posan en ellas”.

 

Johannes admite que las turbinas producen un silbido cuando el viento sopla en cierta dirección, pero que casi todo el tiempo se mueven sin producir ningún sonido. Asegura que sus vecinos nunca se han quejado, pero uno de ellos dice: “Para los dueños de las turbinas eólicas el ruido que producen suena a dinero, pero si son esos vecinos quienes están ganando dinero, a los demás que oyen el ruido les resulta francamente molesto”.

 

La generación de energía eólica en Dinamarca ha aumentado mucho desde mediados de los años 80. Ahora hay turbinas por doquier, y las aguas relativamente someras del mar que baña las costas del país ha facilitado la construcción de numerosas granjas eólicas en el Mar del Norte y en el Báltico. La energía eólica hoy representa una parte importante de la producción energética danesa: de 47 MW en 1985 pasó a 3.000 MW en 2005, y la cifra actual es cercana a 5.000 MW. En 2015 la energía eólica representaba el 42 % del consumo eléctrico total del país, tres puntos más que en 2014, el porcentaje más alto a nivel mundial y acorde con la meta del gobierno danés de alcanzar el 50 % en 2020.

 

En la noche de 9 de julio de 2014 se registró un nuevo récord: los fuertes vientos generaron 140 % de la demanda energética danesa, un excedente considerable. La noticia se divulgó a todo el planeta para mostrar que un futuro sostenible y libre de combustibles fósiles está cada vez más cerca. “Es la prueba de que un mundo impulsado al 100 % por energías renovables no es una fantasía”, dijo Oliver Joy, vocero de la Asociación Europea de Energía Eólica.

 

Pero la revolución de la energía eólica en Dinamarca tiene una historia que va más allá de las marcas mundiales y los anuncios espectaculares. El asunto plantea dos realidades. Primero, el viento no siempre está soplando; entonces, ¿qué hacer cuando no se está produciendo energía eólica? Y segundo, la electricidad generada se debe usar de inmediato, pues el almacenamiento en gran escala no es posible. ¿Qué hacer entonces cuando hay un excedente de energía como el del 9 de julio de 2014?

 

Para conocer las respuestas visitamos un elegante edificio de oficinas en las afueras de la histórica ciudad de Fredericia, en el este de Jutlandia. Es la sede de Energinet.dk, empresa que controla las redes de distribución de gas natural y electricidad de Dinamarca.

 

En una sala protegida por vidrios oscuros se halla el centro de control de la red eléctrica del país. Una de las paredes está cubierta por una especie de diagrama de circuitos gigante que muestra la red. Hay nueve operadores sentados frente a una hilera de pantallas. Están vestidos informalmente y parecen tranquilos, pero lo que están haciendo es crucial; en esencia, se trata de un acto de equilibrismo que deben realizar las 24 horas del día, los siete días de la semana, para garantizar la satisfacción de las necesidades de energía del país. La naturaleza de ese acto se hace visible en una de las pantallas: un mapa grande e iluminado que muestra la ubicación de las granjas eólicas y las plantas eléctricas de Dinamarca, así como las conexiones entre ellas y con las redes de energía de otros países.

 

Las líneas eléctricas se extienden hacia el norte hasta Noruega, hacia el noreste hasta Suecia y hacia el sur hasta Alemania. La red danesa tiene un vínculo simbiótico con las redes de esos tres países y con el resto de Europa. Esto significa que el excedente de electricidad se puede exportar, y que la electricidad también se puede importar en tiempos de déficit. En efecto, la enorme red interconectada funciona como un gran mercado, en el que los precios fluctúan cada hora y la electricidad fluye de lugares donde es abundante y barata a sitios donde es escasa y costosa. La gran producción de energía eólica de Dinamarca puede variar cada minuto, así que allí el acto de equilibrismo es particularmente incierto.

 

El jefe de operadores Niels Nørtoft explica cómo funciona: “Tenemos una enorme cantidad de datos a nuestra disposición, y la idea es tratar de asegurarnos de que no haya excedente ni déficit”. Las predicciones de la demanda esperada, así como los pronósticos de vientos y las actualizaciones de datos de las granjas eólicas, se procesan mediante un sistema de información técnica muy complejo. El objetivo es mantener una frecuencia y un voltaje constantes en toda la red danesa. Hasta un leve desequilibrio puede tener consecuencias serias: un aumento o una disminución de tan solo un metro por segundo en la velocidad del viento prevista puede hacer que las turbinas eólicas del país introduzcan en la red una cantidad significativamente mayor o menor de energía.

 

Un factor particularmente importante en esta compleja tarea es la presencia de la infraestructura hidroeléctrica de Noruega, que resuelve el problema de qué hacer cuando hay sobreproducción. Algunas veces, cuando Dinamarca produce más energía eólica de la que necesita, el excedente puede “almacenarse” dirigiéndolo a Noruega, donde la producción de energía en las plantas hidroeléctricas puede interrumpirse rápidamente, y ahorrar agua para usarla después.

 

No es posible controlar tan fácilmente ni de forma barata las plantas eléctricas comunes. Pese a lo mucho que ha avanzado, Dinamarca apenas se encuentra en el comienzo del camino hacia un futuro sostenible en materia de energía. El gobierno danés ha anunciado que para el año 2035 tanto la electricidad como la calefacción del país se producirán sin combustibles fósiles, y todo el consumo de energía estará libre de estos combustibles en 2050. Alcanzar estas ambiciosas metas exigirá un cambio de modelo respecto a la manera de producir, transportar y utilizar la energía.

 

De acuerdo con el plan, en el futuro los daneses vivirán en casas inteligentes que controlarán el uso de la energía sin que ellos lo noten. Y no solo consumirán electricidad, sino que también la producirán, lo que los convertirá en “prosumidores”: podrán revenderla a la red generadora cuando la demanda sea alta.

 

En la casa del mañana, debajo del jardín habrá una bomba de calefacción que extraerá calor de la tierra. El auto eléctrico en el garaje se recargará automáticamente cuando el precio de la electricidad sea bajo, pero el dueño podrá revender la energía cuando no necesite usar el auto.

 

En el sótano, una pequeña unidad que combine calefacción y electricidad convertirá la energía eléctrica en hidrógeno, y almacenará el gas para su uso posterior o para reventa. Y las celdas fotovoltaicas dispuestas en el techo también generarán electricidad. Esto forma parte de la visión de lo que se conoce como la “red inteligente” del futuro, que será impulsada tanto por el viento como por plantas generadoras que funcionen con biomasa o con biogás.

 

Energinet.dk ya ha empezado a desempeñar un papel en el futuro de la energía: tiene planes de introducir un sistema de medición en línea por hora para 2020, el primer paso crucial que permitirá a los consumidores usar la energía cuando sea más barata y abundante.

 

“Estoy convencido de que la red inteligente llegó aquí para quedarse, pero aún no ha terminado de desarrollarse”, señala Peter Jorgensen, vicepresidente de Energinet.dk. “Durante muchos años personas de todo el mundo han hablado de las redes inteligentes, pero, si bien todos las querían, nadie prefería pagar por ellas. Ahora estamos tratando de hacer más concreto el sistema”.

 

Tal vez aún no sea la hora de saltar de alegría, pero lo cierto es que una revolución energética ha comenzado en Dinamarca. Los vientos de cambio ya están soplando.

 

 

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Dennis

Muy bueno

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