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Bolsas de plástico y vasos desechables son símbolos de la sociedad del desperdicio, perjudicial para el medio ambiente.

Pero hay productos criticados injustamente, y otros alabados erróneamente.

Está claro: las bolsas de plástico y los vasos desechables, los pañales y las frutas importadas de la otra punta del mundo son nefastos para el medio ambiente, ¿no? Y un producto que se desarrolla en la naturaleza es más ecológico que un aparato electrónico salido de una fábrica, ¿verdad? Bueno, no siempre es así. Veamos detenidamente.

Respecto a la huella de carbono, la intuición puede ser a veces mala consejera. Tomemos por ejemplo una ensaladera de madera: este objeto, ecológico en apariencia, puede tener consecuencias desastrosas si la madera es de un árbol tropical. En cuanto al algodón que sirve para fabricar las bolsas de la compra, consume mucha agua y muchos insecticidas.

Para calcular la huella ecológica de un producto, no es suficiente con analizar los materiales. También hay que tener en cuenta el destino al final de su vida útil. ¿Será quemado, enterrado o reciclado? Los análisis de los ciclos de vida (ACV) integran el impacto medioambiental de un producto globalmente, desde la producción de materias primas hasta la fase final, teniendo en cuenta todos los flujos de energía y de materiales.

La principal dificultad de este análisis reside en el comportamiento del consumidor, que puede ser desde ir y volver caminando a comprar tomates en una tienda de descuento, hasta montarse en su todoterreno para ir a las instalaciones de un productor ecológico en el campo. Las consecuencias no son las mismas. Otro parámetro: la duración de la utilización del objeto. Es mejor utilizar vasos desechables que cambiarlos cada dos años.

Abogado del diablo

¿Ha renunciado al pollo por razones éticas y ecológicas y se ha hecho vegetariano o vegano? Desde entonces, ha descubierto su pasión por la palta, que sustituye las grasas o los huevos. Una alternativa deliciosa, polivalente y excelente para la salud, porque es rica en ácidos grasos no saturados y vitaminas.

Nada sorprendente, por lo tanto, que el consumo de esta fruta  se ha incrementado en los últimos años, en todo el mundo. Sin embargo, la huella ecológica de la palta es catastrófica, sobre todo en consumo de agua: se necesitan más de 1.000 litros para producir un kilo de ellas.

Estos cultivos conllevan un grave perjuicio para los países de origen, con frecuencia áridos, como Chile y México, donde el consumo de agua en las grandes plantaciones provoca la desecación de ríos enteros.

A esto hay que añadir la energía necesaria para su transporte, para la cadena de frío y las salas de maduración. La huella ecológica de la palta, por lo tanto, no es mucho más satisfactoria que la de los pollos criados en invernaderos. Según un estudio de la Unesco, la producción de un kilo de pollo demanda algo menos de 3.000 litros de agua, pero es raro que este producto cruce el Atlántico. 

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Adopte un insecto 

¿Es preferible ofrecerle a su hijo un juguete de peluche o un animal de compañía de carne y hueso? Una decisión difícil de consecuencias afectivas y pedagógicas. En el plano ecológico es muy fácil de tomar: ¡opte por el juguete!

El consumo de energía necesario para la fabricación y transporte de un oso de peluche es relativamente reducido. Investigadores españoles han analizado el producto “Winnie the Pooh Stories and Songs” y publicado sus resultados en la revista Journal of Life Cycle Assessment (Revista de evaluación del ciclo de vida). Este juguete tiene una vida de larga duración, y los propietarios lo conservan generalmente hasta la edad adulta. Además, si le sacamos las pilas, el impacto acumulado del objeto sobre el medio ambiente se reduce en un 50 por ciento.

En cambio eso es imposible, si se trata de mascotas. Al parecer, según un estudio reciente publicado en la revista científica PLOS One, el consumo de calorías de los 163 millones de perros y gatos que viven en los Estados Unidos representa aproximadamente un 20 por ciento del de los humanos. El volumen de materia fecal producida por los animales equivale a un 30 por ciento del nuestro. El impacto ecológico de nuestros amigos de cuatro patas se eleva al 25 por ciento, o incluso al 30 por ciento de la reproducción. Y su alimentación conlleva una emisión de distintos gases de efecto invernadero que equivalen a 62 millones de toneladas de CO2. ¿No quiere renunciar a un animal de compañía? Adopte un insecto palo. ¡La huella ecológica de estos insectos es excelente! 

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Desechables, ¿sí o no?

Según la asociación medioambiental alemana Deutsche Umwelthilfe, 7,6 millones de vasos desechables acaban todos los días en la basura (o en medio de la naturaleza). Su fabricación requiere la emisión de 83.000 toneladas de CO2 al año y la tala de 43.000 árboles.

Sin embargo, las tazas de cerámica y los envases reutilizables consumen mucha más energía si tenemos en cuenta su fabricación y transporte , sin olvidar el mantenimiento diario, porque hay que lavarlos con agua caliente y con lavavajillas a mano o a máquina. Solamente si las utilizamos durante varios años y las lavamos lo menos posible, las tazas reutilizables serán más ecológicas que sus equivalentes desechables.

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Al horno y listo

Todas las pizzas no son iguales. Sin embargo, en el plano ambiental, una pizza elaborada en casa ocasiona las mismas emisiones de gas de efecto invernadero que su equivalente congelada del supermercado. Grosso modo, 100 gramos de pizza producen 600 gramos de CO2. ¿Por qué la versión congelada no tiene una huella más pesada?

Simplemente porque la parte del transporte y del almacenaje en la huella ecológica es insignificante. La congelación consume energía, pero protege mejor los alimentos, lo que permite ahorrar en embalaje. Los productos elegidos como guarnición son determinantes para la huella ecológica. El instituto de investigación para el desarrollo sostenible Ökoinstitut de Friburgo, en Alemania, ha calculado que representan la mitad de las emisiones de CO2. El queso es el que se lleva la peor nota, seguido del salame, ya que una lonja suplementaria es suficiente para aumentar considerablemente el impacto climático.

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Más vale que sobre

La abundancia de bienes no siempre es perjudicial. En el caso de una camiseta de algodón, incluso es preferible a la frugalidad. Porque lo esencial de las emisiones de CO2 no se debe, como podríamos pensar, al proceso de fabricación de la ropa, sino a su uso cotidiano.

La consultora Systain analizó durante varios años la vida media de una camiseta, realizando un seguimiento que empezaba desde que se recogía el algodón en los Estados Unidos hasta que se tiraba a la basura, tras 55 lavados,

pasando por su proceso de elaboración en Bangladesh y utilización en Europa.

Es verdad que las lavarropas son más eficaces hoy en día y que las secadoras consumen menos energía, pero en principio, nada ha cambiado. Lavar la camiseta a 60 grados, meterla en la secadora y plancharla después aumenta la huella ecológica de la prenda hasta tal punto que más vale comprar dos camisetas, lavarlas en el programa delicado y tenderlas a secar.

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