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Esta clase taxonómica sufre un alarmante declive. ¿Qué significa este fenómeno para el resto de la vida en la Tierra?

Sune Boye Riis disfrutaba de un paseo en bicicleta por los sembradíos y el bosque con su hijo menor, cerca de su casa, en el norte de Copenhague, Dinamarca. De pronto, se percató de que algo faltaba: era verano, estaba en el campo, iba a toda velocidad y no se estaba tragando ningún insecto.

Riis se transportó, por un instante, a su infancia en la isla danesa de Lolland. Andar en bicicleta en el estío implicaba atravesar espesas nubes de especímenes voladores. Inevitablemente, algunos se le colaban a la boca. Cuando sus padres lo llevaban en auto, el parabrisas quedaba manchado con sus cadáveres, pero no recuerda la última vez que tuvo que limpiar su cristal por tal motivo.

¿Qué les pasó? ¿A dónde se fueron?

Conocí a Riis, larguirucho profesor de ciencias y matemáticas de bachillerato, un caluroso día de junio de 2018. Sacó una larga red de su garaje y la ató al techo de su auto. Hecha de malla blanca, tenía la longitud del vehículo; un poste la sostenía por la parte frontal y se estrechaba hasta llegar a una pequeña bolsa removible. “Esto no es muy legal”, admitió. “Todo sea por la ciencia”.

La clase taxonómica Insecta es la principal polinizadora y recicladora de los ecosistemas, así como la base de las cadenas alimentarias. Riis no era el único que notaba el declive. En los Estados Unidos, los científicos han observado a la población de la mariposa monarca y del abejorro Bombus affinis reducirse 90 y 87 por ciento, respectivamente, en los últimos 20 años. Dado que hay especies a las que se les ha prestado menor atención, un experto en mariposas lamentó: “Lo único que podemos hacer es agitar los brazos y decir: ‘¡Ya no están!’”.

La frustración era tan común que los entomólogos acuñaron el término “fenómeno del parabrisas”, pues tal objeto permitió advertir el ocaso.

Para probar lo que hasta entonces era una vaga sospecha, Riis y otros 200 daneses recorrieron las rutas en sus vehículos equipados como parte de un estudio dirigido por el Museo de Historia Natural de Dinamarca en el que participaron la Universidad de Copenhague, la Universidad de Aarhus y la Universidad Estatal de Carolina del Norte.

Cuando los científicos empezaron a planear la metodología en 2017, temían que nadie se sumara. Pero apenas estuvieron listos los aparejos, un artículo de una sociedad entomológica alemana puso el problema en su justa dimensión. La publicación afirmaba que, con base en el peso registrado, la cantidad de insectos voladores en las reservas naturales de Alemania había decrecido 76 por ciento en 27 años. Los titulares del mundo entero anunciaron un “apocalipsis de los insectos”.

Al cabo de unos días, el Museo de Historia Natural de Dinamarca estaba rechazando decenas de voluntarios entusiasmados. Parecía que había sujetos como Riis por doquier, personas que notaron el cambio y no sabían qué hacer al respecto*.

¿Cómo algo tan elemental, como los bichos, desapareció de la nada? ¿Y qué sería de la Tierra sin ellos?

Los insectos son un recordatorio de lo poco que sabemos respecto a lo que ocurre en nuestro entorno. Hemos nombrado y descrito una amplia gama de tisanópteros, mirmeleóntidos y cercopoideos, entre otros órdenes. Resulta que no los conocemos tan bien. Hay 12.000 tipos de hormigas, más de 20.000 de abejas y alrededor de 400.000 de escarabajos. Aun así, los entomólogos estiman que a la ciencia le quedan millones de variedades por descubrir.

Cuando estos comenzaron a investigar la decadencia de la clase, lamentaron la ausencia de información fiable previa. “Vemos 100 individuos y pensamos que está bien”, ejemplifica David Wagner, entomólogo de la Universidad de Connecticut, “pero ¿y si había 100.000 hace un par de generaciones?”.

Hace poco, Rob Dunn, ecologista de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, buscó estudios sobre el efecto de los pesticidas en la población de insectos de los bosques aledaños. No encontró nada. “Desconocemos lo más esencial”, dijo.

Se han documentado bajas de conjuntos bien estudiados, entre ellos varios tipos de abejas, polillas, mariposas y escarabajos. En el Reino Unido, entre 30 y 60 por ciento de las especies mostraron tendencia a la baja. Un análisis hecho en 2014 por la revista Science sintetizó los resultados de estudios existentes y mostró que la mayoría de las especies monitoreadas presentaban un declive de 45 por ciento en promedio.

Expertos en peces hallaron que estos disponen de menos efímeras (efemerópteros) para comer. Los ornitólogos descubrieron que las aves cuya alimentación depende de insectos estaban en apuros: 8 de cada 10 perdices desaparecieron de tierras agrícolas francesas, así como 90 por ciento de los ruiseñores y 80 de las tórtolas.

Estos indicadores, a pesar de ser alarmantes, no bastaban para justificar los pronunciamientos sobre la salud general de estos artrópodos. Después llegó el estudio alemán que obtuvo la información longitudinal que los científicos esperaban; no se limitaba a una especie. Los números señalaban un considerable empobrecimiento del universo invertebrado.

El trabajo no había aparecido en revistas prestigiosas y no provino del departamento de entomología de alguna importante universidad, sino de la Sociedad Entomológica de Krefeld, organismo alemán integrado por una mezcla de entomólogos experimentados y aficionados.

Krefeld, a media hora de Düsseldorf, es una ciudad con casas de ladrillo y jardines floridos, y un stadtwald o bosque municipal. Cerca del centro yace la apacible sede de la sociedad fundada en 1905 cuya investigación causó revuelo. Usa como bodega 560 metros cuadrados de una antigua escuela de tres pisos. Si pide una visita guiada, escuchará frases como: “Toda esta sección tiene lepidópteros”, refiriéndose a una vieja aula llena de marcos de madera con mariposas y polillas clavadas, y, en una habitación aún más grande, “Cada abejorro aquí presente fue capturado antes de la Segunda Guerra Mundial, entre 1880 y 1930”.

“Guardamos todo”, explicó Martin Sorg, miembro de la institución. “De esa manera tenemos la posibilidad de regresar en el tiempo”.

La organización está dirigida por voluntarios. Cerca de un tercio de sus 60 miembros son entomólogos consumados, otros tantos son graduados universitarios en campos afines, y el resto son jóvenes que reciben capacitación. Cuentan con un enorme acervo de conocimiento sobre este grupo taxonómico acumulado gracias a años de lo que otros podrían tildar de una actitud obsesiva.

Sus proyectos a veces implican poner trampas Malaise, se trata de redes que llevan a los insectos hacia botellas de etanol. En 2013, los expertos de Krefeld confirmaron que el número total de ejemplares atrapados en una reserva natural era casi 80 por ciento menor que en 1989. Encontraron descensos similares en otros sitios.

Científicos de la Universidad Radboud, de los Países Bajos, analizaron la tendencia de la información obtenida por Krefeld. El estudio encontró declives semejantes en 63 reservas naturales. “La población de insectos voladores en general ha sido diezmada en las últimas décadas”, escribieron los autores.

Los científicos han intentado estimar los beneficios que brindan estos organismos. Billones de insectos polinizan alrededor de tres cuartos de nuestros campos de cultivo, un servicio que vale hasta 500.000 millones de dólares al año. Al comer y ser comidos, estos transforman las plantas en proteínas y potencian el crecimiento de las especies para las que suponen el sustento —entre ellas, peces de agua dulce y la mayoría de las aves—, sin mencionar a los  otros tipos de criaturas que, a su vez, se las comen.

Además, son esenciales para la descomposición, proceso que mantiene a los nutrientes circulando; a la tierra fértil, a las plantas creciendo y a los ecosistemas funcionando. Después de introducir ganado en Australia, a finales del siglo XIX, los colonos descubrieron que el estiércol de vaca tardaba meses o incluso años en degradarse. En 1951 un entomólogo que estaba de visita se dio cuenta de lo que estaba mal: los insectos locales evolucionaron para comer los desechos más pequeños y fibrosos de los marsupiales; no podían con las enormes cantidades de excremento vacuno. Por los próximos 25 años, la importación y liberación de escarabajos peloteros se volvió una prioridad nacional.

Eso fue a raíz de un nicho vacío. No sabemos todo lo que los bichos hacen.

Cuando le pregunté a los entendidos en la materia qué pasaría si estos desaparecieran, respondieron con palabras como “caos”, “colapso” y “apocalipsis”. El naturalista E. O. Wilson ha escrito sobre un mundo sin insectos donde la mayoría de las plantas y animales terrestres se extinguen, mientras “el ser humano sobrevive gracias a la pesca marina y a los granos polinizados por el viento” a pesar de la hambruna mundial y las guerras por los recursos. “Los sobrevivientes rezarían por el regreso de la mala hierba y los bichos”, añade.

Pero la clase Insecta no tendría que esfumarse de golpe para que la extrañemos. A principios de la década de 2010, el ecologista tropical Brad Lister regresó a Puerto Rico, a la selva tropical de Luquillo, donde había estudiado a las lagartijas y sus presas 40 años atrás. Lister recolectó insectos en los mismos lugares que en 1970, pero esta vez él y Andrés García, su colega, capturaron entre 10 y 60 veces menos biomasa de artrópodos que antes. (Es fácil confundirse y pensar “60 por ciento”, pero es 60 veces menos: donde alguna vez capturó 473 miligramos de insectos, atrapó solo 8.)

“Eso fue devastador”, me dijo Lister. Todavía más tenebrosa fue la forma en que la merma impactaba al bioma: serios declives en el número de lagartijas, ranas y, quizá, aves. Tras publicar su estudio, Lister recibió mails de sus colegas, en especial de aquellos abocados a estudiar invertebrados terrestres, comunicándole que habían atestiguado descensos similares.

Chris Thomas, ecologista de insectos de la Universidad de York, asevera que, al igual que otras especies, Insecta responde a “la transformación del mundo”; no solo al cambio climático, sino también a la conversión de zonas naturales a espacios urbanos. La diversidad de la clase significa que algunos tendrán que arreglárselas en nuevos entornos, otros prosperarán y otros tantos fracasarán. Thomas apunta: “El promedio de todas las especies sigue en picada”.

Desde que el estudio de Krefeld se difundió, los investigadores han empezado a buscar otros conjuntos de información olvidados que podrían ofrecer un vistazo al pasado. Roel van Klink, investigador del Centro Alemán para la Investigación Integral de la Biodiversidad, me comentó que ha estado cazando estudios de monitoreo a largo plazo, muchos de los cuales comenzaron como investigaciones de pestes agrícolas, como la langosta, en Kansas que podrían ayudar a crear una imagen más amplia de lo que está ocurriendo. Él ha compilado información de 1.600 localidades y, en la actualidad, efectúa un análisis estadístico.

También han surgido iniciativas cuyo propósito es establecer más esquemas de seguimiento de insectos. Una de ellas es un proyecto piloto alemán similar al estudio con los automóviles en Dinamarca. A fin de analizar los especímenes capturados, los científicos recurrieron a naturalistas voluntarios que contaban con el conocimiento necesario para identificar lo que caía entre sus redes.

Dave Goulson, entomólogo de la Universidad de Sussex, dice que la tradición europea de los naturalistas aficionados puede explicar por qué tantas de las pistas de la caída en la biodiversidad insectil se originaron allí. “No sabríamos nada si no fuera por ellos”, me aseguró Goulson. “La única pista segura que tendríamos sería el hecho de que no hay insectos en los parabrisas”.

Además, Thomas cree que, gracias a este popular pasatiempo, Europa está actuando más rápido que otras regiones ante el colapso de la población de este grupo. Desde que la información de Krefeld salió a la luz, ha habido audiencias en las que se discute la protección de la biodiversidad de la clase taxonómica en el Parlamento alemán y en el europeo.

Los miembros de la Unión Europea votaron por extender la prohibición al uso de pesticidas con neonicotinoides y han empezado a financiar nuevos estudios a fin de indagar qué tanto está mutando la población y qué se puede hacer al respecto.

No obstante, frenar el cataclismo requerirá más acciones como estas. La Unión Europea ya había adoptado medidas para ayudar a los polinizadores, entre ellas una estricta regulación de plaguicidas y pagarles a los granjeros con objeto de crear hábitats para insectos barbechando campos y permitiendo que crezcan bordes agrestes en las lindes de estos; pese a todo, las filas de los insectos merman. Nuevos informes instan a los gobiernos a colaborar con enfoques más creativos, como la integración de ambientes propicios para bichos al diseñar carreteras, líneas eléctricas y otras infraestructuras. Las causas de la hecatombe son profundas; los cambios necesarios, también.

“Es un debate que debemos tener cuanto antes”, afirma Goulson. “Si perdemos a los insectos, la vida en el planeta…”. Prefiere guardar silencio. 

En Dinamarca, el transecto de Sune Boye Riis lo llevó, a bordo de su auto equipado, entre bosques, campos, setos, una granja de árboles de Navidad y una gran instalación militar en la cual el pasto crecía alto y dorado. Riis recibió la orden de no manejar muy rápido, así que ocasionamos un embotellamiento y algunas personas comenzaron a tocar la bocina. “¡A quién le importa la ciencia!”, exclamó. Tras andar cinco kilómetros dio la vuelta y regresó al punto de partida. El parabrisas se burló de él: estaba limpio.

Después de cubrir su zona, se detuvo, aflojó la red y quitó la pequeña bolsa. Se asomó y distinguió unas cuantas manchas negras.

También había una mariposa; sus alas eran blancas. Se acordó de una apuesta que hizo con sus amigos, quienes también participaban en la investigación. ¿Quién atraparía el mejor trofeo? Tal parámetro no había sido definido. Se preguntó cómo podría establecerse. ¿Qué le confería valor a una criatura?

“¿Su peso?”, preguntó. “¿O su gracia?”. En la enorme bolsa, el lepidóptero se veía pequeño, solo y triste.

Este artículo fue condensado por Reader's Digest. © 2018 por The New York times, de Nueva York.

 

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