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Cierto grado de conflicto cada tanto es inevitable. Algunas recomendaciones para transitar los desacuerdos de la mejor manera posible.


Los reclamos comenzaron pocos meses después de que Frances* se mudara a su nuevo departamento. El pasado año, esta empleada del área de salud y su compañero empezaron a recibir quejas por intermedio del encargado del edificio de parte de la mujer que vivía en el piso de abajo: que eran demasiado ruidosos, que siempre estaban moviendo sillas y que sus invitados eran muy revoltosos.

Para Frances, los ruidos eran parte de la vida diaria. Su compañero era un torpe confeso a quien habitualmente se le caían las cosas de las manos. Cada tanto venían de visita sus amigos con hijos y los pequeños corrían por la casa. “Era frustrante”, dice Frances. “Todo lo que hacíamos generaba quejas en ella, y como era propietaria y nosotros inquilinos, si no lográbamos resolverlo, asumimos que seríamos nosotros quienes tendríamos que mudarnos”.

Para empeorar aún más las cosas, Frances y su vecina no podían conversar. Las llaves electrónicas del edificio únicamente les permitían acceder a sus propios pisos. Si bien vivían apenas a unos metros de distancia, no había manera de que pudieran superar sus diferencias; Frances podía sentir cómo sus sentimientos negativos crecían día a día. “Cuando no conoces a la persona, esperas lo peor”, afirma. “Pensábamos que la vecina nos odiaba”. 

El conflicto es inevitable y suele ocurrir entre personas que no pueden tomar distancia de la vida del otro. Pero existen formas de transitar estos desacuerdos, sin perder el control.

No suponer

Frances no tenía forma de saber qué pensaba su vecina ni cómo era, y le resultó más sencillo asumir lo peor. Los psicólogos sociales lo llaman “error fundamental de atribución”, el acto de creer que lo que una persona hace refleja su carácter esencial. Si un colega comete un error, creemos que es un vago, cuando tal vez solo esté saturado. Cuando alguien nos encierra con el auto, asumimos que maneja mal, en lugar de pensar que pueden estar en medio de una emergencia.

“Si experimentamos algo y lo consideramos negativo en términos del efecto que tiene sobre nosotros, automáticamente asumimos una intención negativa por parte de la otra persona”, explica Sue Wazny, mediadora de Vancouver, Canadá. Y eso puede crear un espiral de conflicto sin fin.

Resulta difícil mantenerse al margen del error fundamental de atribución, afirma Wazny, ya que nuestros cerebros están programados para hacerlo. 

“Uno debe preguntarse: ‘¿Cuánto de todo esto que sucede soy yo sintiéndome perseguido y cuánto es probable que sea un reflejo real de las intenciones de la otra persona?’”, sostiene Wazny. “No debemos actuar como si supiéramos qué es lo que impulsa a esa persona. Es preferible actuar como si lo ignoráramos, porque probablemente, ese sea el caso”.


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Sentir curiosidad

Por supuesto, muchas de las disputas más espinosas tienen lugar cuando sabemos cómo se siente alguien y no coincidimos, especialmente cuando se trata de convicciones profundas. 

Según Cheryl Picard, directora del Centro para Estudio e Investigación de Conflictos de la Universidad de Carleton, las discusiones sobre valores pueden terminar con gritos y sentimientos heridos debido a que nuestro instinto primario nos lleva a restar lógica a las ideas de la otra persona. “Si atacas mis valores —dice—, no escucharé lo que tengas para decir, porque toda mi atención estará puesta en defender lo que valoro”. Las personas experimentan esa situación como un ataque y como respuesta se defienden, afirma, un ciclo que escala sin fin.

Wazny sugiere que cuando se trata de enfrentamientos de este tipo, lo recomendable es tratar de contener la compulsión de imponer nuestra visión. En lugar de eso, preguntar qué es lo que hace a la otra persona sentir amenazadas sus convicciones. Llevar luz sobre estos temores ocultos puede abrir paso a un mayor entendimiento. Esta táctica, que Picard denomina “enfoque del conocimiento”, no tiene como objetivo ganar. “De esta forma no genero ninguna amenaza que obligue a defender posturas y, además, tengo la posibilidad de aprender algo”.

Contener la respuesta impulsada por la ira

Puede sonar simplista, pero a veces, respirar hondo realmente puede ser de gran ayuda. Las respuestas fisiológicas llegan después de las emocionales, sostiene Wazny, y cuando nos alteramos, entramos en un estado donde la única respuesta posible es pelear.

Kathleen Ladner, coordinadora de la Asociación de Mediación Comunitaria de Calgary (CMCS), comenta que esta respuesta física extrema puede resultar común entre vecinos conflictivos. Las disputas menores crecen hasta que alguien golpea enojado la puerta del vecino o aborda verbalmente a otro en la entrada a su casa. “Las personas reclaman cosas a sus vecinos o los amenazan con frases como: ‘¡Será mejor que hagas esto o vas a ver!’”, dice Ladner. “Y, por supuesto, cuando alguien es atacado, su actitud se vuelve defensiva”.

Muchos de los clientes de Ladner, que viven detrás de cercas en las afueras de la ciudad o en edificios de departamentos en zonas céntricas, solo interactúan con otros cuando el conflicto alcanza este grado de punto límite. Sin embargo, Ladner afirma que la mejor forma de evitar las reacciones extremas es realizar un esfuerzo conjunto para saber algo de aquellos que nos rodean. Wazny coincide: “Entonces el otro ya no es un villano. Si bien aún puede hacernos enojar, comprendemos de manera más razonable cómo es cada uno”.

Tal como aprendieron Frances y su vecina, superar esas diferencias puede hacer maravillas. El administrador del edificio contactó mediadores de CMCS. Apenas las dos mujeres hicieron contacto visual por primera vez, las cosas comenzaron a cambiar.

Frances accedió a realizar algunos cambios, como reemplazar las sillas pesadas que venían con el departamento por otras más livianas, pero lo más importante fue que las dos mujeres intercambiaron información de contacto. Ante ruidos inesperados, la vecina se comprometió a llamar a Frances antes de hacer un reclamo.

Luego de la reunión, Frances le envió un mensaje a la vecina para agradecerle por el encuentro. “Me respondió de manera encantadora”, comenta. “Ella comprendió que no lo hacíamos a propósito y yo me di cuenta de que esta persona no me odiaba y no tenía ningún problema personal conmigo. Fue asombroso, y un alivio muy grande”.

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