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La violencia creciente y los casos de homicidios múltiples preocupan al mundo. Especialistas experimentan en procesos de investigación para detectar po...

Erik Ayala tenía 16 años en septiembre de 2000, cuando un policía que trabajaba en la escuela secundaria McNary High School, en la ciudad estadounidense de Keizer, estado de Oregon, se enteró de que le había dicho a un compañero que “estaba harto de los exámenes y que iba a llevar un arma”. El chico le pareció tranquilo, pero insistió en que no tenía ninguna intención de hacer daño a nadie. Dos meses más tarde, intentó suicidarse con pastillas y fue internado en un centro de salud mental.

 

Para un equipo especializado de psicólogos, consejeros y policías, el intento de suicidio disparó señales de alerta. El grupo formaba parte de un novedoso programa local destinado a identificar y disuadir a jóvenes potencialmente violentos. Antes de que Ayala recibiera el alta del hospital, el equipo de evaluación de amenazas del distrito escolar de Salem-Keizer entrevistó a sus amigos, familiares y docentes. Estas personas dieron otras señales de alerta: Ayala había intentado comprar un arma por Internet. Y había preparado una lista de objetivos, en los que incluía a su amigo Kyle y a la chica que le gustaba.

 

En cuanto verificaron que Ayala no tenía armas, el equipo puso en marcha una “intervención integral”: asesoramiento, tutoría en el hogar y apoyo para desarrollar sus intereses en la música y las computadoras. Durante el siguiente año y medio, su aspecto mejoró y las señales de amenaza fueron disipándose. “Era un joven inteligente y dotado”, recuerda John Van Dreal, uno de los psicólogos que participó en el caso. “Lo primero que se hizo fue alejarlo de esos pensamientos peligrosos”.

 

Cuando Ayala se graduó en 2002, el equipo de la escuela trasladó su caso al equipo local de evaluación de amenazas en adultos, que incluía miembros del Departamento de Policía de Salem y de la división de salud del condado. Ambos equipos “lograron con éxito interrumpir el proceso de planificación de actos para hacer daño de Ayala”, afirma Van Dreal. Pero luego, su camino lo llevó a otra ciudad a 80 kilómetros, donde no conocía prácticamente a nadie.

 

Ante el aumento de las conductas violentas vinculadas con armas, existen ahora equipos de evaluación de amenazas en distritos escolares, campus universitarios y sedes de empresas o parques temáticos. “Hemos visto un patrón enormemente preocupante durante los pasados cinco años de un aumento de la violencia en lugares públicos”, explicó Reid Meloy, psicólogo forense de la Universidad de California, San Diego, también investigador en esta materia. “Hay una gran preocupación por este tema”.

 

El proceso de evaluación de amenazas consiste en tres fases: identificar, evaluar y entrevistar. Los casos generalmente comienzan a partir de una corazonada. Un docente escucha comentarios de un alumno y alerta al director, o alguien se sobresalta ante el comportamiento errático de un compañero de trabajo y avisa a un supervisor. Si llega a un equipo local de evaluación de amenazas, el grupo analiza rápidamente los antecedentes y circunstancias personales del sujeto. Puede hablar con familiares, amigos o compañeros de trabajo para obtener datos sobre sus intenciones, su capacidad para manejar el estrés y, lo más importante, potenciales planes de ataque. Las posibles respuestas van desde ayudar al sujeto a centrarse en el estudio o el trabajo, hasta proporcionarle ayuda terapéutica a largo plazo. Si la violencia parece inminente, es posible que la internación o la detención sean lo más seguro.

 

“Nuestro objetivo es la prevención antes que la persecución y enjuiciamiento explica el agente supervisor Andre Simons, quien hasta el último año lideró la Unidad 2 de Análisis de

Comportamiento del FBI, que asesora a las autoridades locales en la detección de potenciales asesinos. “Si podemos promover el cuidado de aquellos individuos que no perciben alternativas a la violencia, creo entonces que esta es una misión correcta”.

 

El asesinato en masa no es un acto criminal impulsivo. Prácticamente todos los ataques, tal como muestran las investigaciones forenses, son planeados y ejecutados metódicamente.

Allí es donde encuentra su raíz el compromiso de las tareas de evaluación de amenazas: las semanas, meses o hasta años durante los que un potencial asesino va escalando en el camino de la violencia constituyen una oportunidad en la que se lo puede detectar y así desbaratar sus planes.

 

Este “camino hacia la violencia” suele comenzar con una firme sensación de injusticia, que activa pensamientos violentos y conduce a la planificación y preparación de un ataque. La amplia mayoría de los asesinos en masa muestran sus intenciones por anticipado. Estas señales o “filtraciones”, como suelen llamarlas los equipos de evaluación de amenazas, pueden ser difíciles de reconocer.

 

Antes de que Dylann Roof asesinara a nueve feligreses negros en Charleston, Carolina del Sur, le había contado a un amigo su deseo de matar a gente y comenzar una guerra racial. (Él asegura que no lo creyó).

 

Sabemos que muchos asesinos en masa son hombres blancos jóvenes con problemas de salud mental graves. El inconveniente es que, al tratarse de rasgos tan amplios, resulta muy complejo para los grupos de evaluación de amenazas identificar quiénes efectivamente llevarán a cabo un ataque. A muchos jóvenes les encantan las películas violentas o los juegos de disparos en el que el jugador ve el mundo desde los ojos del protagonista, se enojan con el colegio, con temas de su trabajo, con sus relaciones, y sufren alteraciones en su salud mental. Sin embargo, la cantidad que efectivamente busca cometer un acto de asesinato masivo es mínima.

 

Analizar las circunstancias de un sospechoso es esencial: ¿acaban de despedirlo de un trabajo? ¿Ha perdido la custodia de sus hijos en una terrible batalla judicial? ¿Consume drogas? Los investigadores también buscan signos visibles, como el deterioro en la higiene personal o en las condiciones de vida, motivo por el cual el acercamiento directo y la empatía pueden ser herramientas muy importantes.

 

Mario Scalora, psicólogo forense de la Universidad de Nebraska-Lincoln, describe el caso de un alumno al que llama Bob. Cuando el equipo de evaluación de amenazas de Scalora que trabajaba en el campus recibió información que indicaba que Bob susurraba frases para sí mismo y hacía comentarios fatídicos, decidieron enviar detectives de civil a su residencia.

 

Bob dijo que escuchaba voces que le ordenaban hacer daño a gente, y que se sentía asustado. Los detectives lo convencieron de que se hiciera una evaluación psiquiátrica. “Esto lo hizo sentir que se preocupaban por él —dijo Scalora—, y nos permitió tener un mecanismo mediante el cual podíamos continuar controlándolo”.

 

Para la mayoría de los policías, el trabajo conjunto con expertos en salud mental era algo novedoso. Y la idea de entrevistar a individuos antes de que existiera delito para investigar iba en contra de todo lo que habían aprendido durante su formación. Luego llegó el caso de Columbine.

 

Mientras tramaban asesinar a sus compañeros de clase, Eric Harris y Dylan Klebold no solo estaban impulsados por la ira y la depresión, sino por inmortalizarse. En sus diarios y videos, podía verse cómo fantaseaban imaginando cómo los directores de Hollywood se pelearían por rodar su historia. Se filmaban a sí mismos disparando armas mientras gritaban que iban a matar a cientos de personas y dar inicio a una “revolución”.

 

Estos “gestos simbólicos” hoy suelen incluir manifiestos publicados en Internet por parte de los perpetradores. “Hacen esto para atribuirse el crédito y articular el agravio que se esconde detrás del ataque”, afirma Simons, del FBI. “Y creemos que lo hacen para aumentar la atención que les prestarán los medios”.

 

Existen muchas pruebas que demuestran que acosadores y asesinos en masa emulan a antecesores famosos. Psicólogos forenses describen este fenómeno como el seguimiento de un “guión cultural”, o el “efecto Werther”, en referencia a un aluvión de suicidios en la Europa del siglo XVIII tras la publicación de la novela Las penas del joven Werther, de Goethe.

 

Diecisiete años más tarde, el legado de Columbine continúa reapareciendo en tramas violentas, impulsadas en parte por subculturas online obsesionadas con las palabras e imágenes de la pareja de asesinos.

 

No son solo estadounidenses quienes los imitan. Asesinos inspirados por estos sucesos han atacado en Brasil, Canadá y Europa, particularmente en Alemania, donde hubo nueve tiroteos en colegios en la década siguiente a Columbine. Al menos tres alemanes encontraron su inspiración en Harris y Klebold, entre ellos un joven de 18 años, quien se refería a ellos como Dios y atacó a su colegio con dos rifles, una pistola y bombas caseras.

 

La velocidad con la que las redes sociales nos bombardean con memes e imágenes exacerba este efecto de imitación. El pasado agosto, un ex periodista de televisión disparó a dos de sus ex colegas durante una transmisión en directo en Virginia mientras grababa la escena, que subió a Twitter y a Facebook. Se hizo viral en menos de 30 minutos, con la posibilidad de que otros decidieran hacer lo mismo. Pero las redes sociales también se han convertido en una herramienta para identificar a estos sujetos. “Los asesinatos se anuncian con más frecuencia a través de las redes sociales antes de que suceda el ataque”, afirma Simons. Hoy, añade, “es posible que estén viviendo con mayor intensidad en el mundo online que en el físico”.

 

Durante los tres años desde que Erik Ayala se mudó a Portland en 2006, había intentado mantener un trabajo o tener novia. Ahora tenía 24 años y no había seguido en contacto con los profesionales que lo habían cuidado en su ciudad natal. Se había vuelto cada vez menos sociable y se quedaba encerrado en su habitación jugando a videojuegos violentos.

 

El 24 de enero de 2009, Ayala garabateó una nota en la que pedía perdón a su familia y dejaba su PlayStation 3, su auto y lo que quedaba en su cuenta bancaria a Mike, su compañero de piso. Luego tomó una pistola que había comprado dos semanas antes y se dirigió al centro de la ciudad.

 

Antes de las 22:30, un grupo de adolescentes hacía fila para entrar en un club nocturno. Ayala mató a dos chicas e hirió a siete personas, la mayoría adolescentes. Luego se disparó. “Terminó llevando a cabo sus ideas de la escuela”, asegura Van Dreal. Eso puede sugerir que los dos equipos de Oregon lograron evitar que Ayala se dejara llevar por sus conductas violentas cuando era joven, pero también indica el desafío de controlar a una persona potencialmente peligrosa durante un período largo. ¿Cómo garantizar que un niño potencialmente violento pueda convertirse en un adulto equilibrado? ¿Qué sucede cuando se aleja de aquellos que han estado acompañándolo? ¿Cuándo se da realmente por terminado un caso?

 

La ciencia en la que se funda la evaluación de amenazas es aún muy nueva, pero genera cada vez más interés; la Asociación Americana de Psicología lanzó en 2014 una publicación sobre este tema, el Journal of Threat Assessment and Management.

Los miembros de la Asociación de Profesionales de Evaluación de Amenazas aumentan. Los estados de Virginia, Illinois y Connecticut exigen hoy equipos de evaluación de amenazas en sus universidades públicas. En Virginia también se exige su presencia en escuelas infantiles y colegios públicos.

 

Pero, además, los expertos coinciden en que el acceso a las armas facilita la comisión de estos actos, y los hace letales. La presencia de más de 300 millones de armas en los Estados

Unidos, y la falta de voluntad política para regular su venta o uso más eficiente es una cruel realidad a la que deben enfrentarse los expertos en evaluación de amenazas, y el motivo por el que muchos creen que el enfoque de estos equipos es la mayor esperanza para combatir lo que se ha convertido en un problema cotidiano.

 

Kyle Alexander recuerda cómo él y Erik Ayala se conocieron en la banda de música de la escuela: ambos introvertidos, amantes de los videojuegos e inadaptados socialmente. Antes de que Ayala perpetrara su ataque, su compañero de piso, Mike, llamó a Alexander. “Había encontrado la nota y estaba muy nervioso”, recuerda. “Pensamos que solo estaba atravesando otra depresión”, dijo Alexander. “Nunca lo vimos venir”.

 

Hace poco, Alexander conoció todos los detalles del caso, incluso que él mismo había estado en su lista de objetivos. Desearía haber mantenido una relación más cercana con Ayala después del secundario. “Creo que podría haber marcado una diferencia”.

 

Alexander hoy trabaja como psicólogo escolar en Salem, Oregon. Ha recibido formación en evaluación de amenazas. Ayudar a niños en riesgo se ha convertido en su pasión.

 

Cifras oscuras

 

Estados Unidos tiene un extenso historial de asesinatos masivos. A continuación, nueve de los ataques más sangrientos de los últimos años.

 

  • 20 de abril, 1999: Eric Harris, de 18 años, y Dylan Klebold, de 17, mataron a 13 personas en el instituto Columbine de Littleton, Colorado.

  • 16 de abril, 2007: el estudiante Seung–Hui Cho, de 23 años, mató a 32 personas en el Instituto Politécnico y Universidad de Virginia.

  • 3 de abril, 2009: Jiverly Wong, de 41 años, mató a 13 personas en un centro de inmigrantes en Binghamton, Nueva York.

  • 5 de noviembre, 2009: el psiquiatra militar Mayor Nidal Malik Hasan mató a 13 personas en Ft. Hood, Texas.

  • 20 de julio, 2012: James E. Holmes, de 24 años, mató a 12 personas en un cine en Aurora, Colorado.

  • 14 de diciembre, 2012: Adam Lanza, de 20 años, mató a su madre en su casa y a 26 empleados y alumnos del colegio Sandy Hook, en Newtown, Connecticut.

  • 16 de septiembre, 2013: Aaron Alexis, de 34 años, mató a 12 personas en el Washington Navy Yard, Columbia.

  • 2 de diciembre, 2015: en un acto de terrorismo, el matrimonio Syed Rizwan Farook y Tashfeen Malik mató a 14 empleados del Departamento de Salud Pública del condado de San Bernardino (California).

  • 12 de junio, 2016: Omar Mateen, de 29 años, mató a 49 personas en un club nocturno gay en Orlando, Florida. Llamó a emergencias para indicar su lealtad al grupo terrorista ISIS.

 

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