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La lectura puede parecer una actividad solitaria, pero reunirse a discutir un libro se ha convertido en tendencia.

—Es muy evocador —afirma Laura, una mujer de unos 30 años con cabello largo y rubio, lentes de sol y una falda multicolor holgada—. Las calles de Nápoles, el realismo, los olores; es más, creo que en realidad la novela trata de los olores.

Helene, estadounidense de unas cinco décadas, se sirve vino y arruga la nariz: 

—Yo más bien creo que trata de secreciones. Sudor, sangre y otros fluidos que mejor no menciono.


—A mí me urgía llegar a la última página —gruñe Lesley, sentada a un costado de Helene—.La heroína es un personaje muy pasivo y escurridizo. Me molestó. Cuando mi tablet marcó que faltaban dos minutos para terminar el capítulo, dije: “¡Por fin!”.

En esta agradable tarde, cinco mujeres, todas integrantes de un grupo de lectura, están sentadas en una terraza con vista al Regent’s Canal, que atraviesa el barrio de Islington en el norte de Londres, Inglaterra. El camino de sirga está lleno de corredores y ciclistas; las barcazas pasan frente a jardines frondosos y edificios habitacionales cristalinos.


Discuten El amor molesto, de Elena Farrante. Como toda novela detectivesca, empieza con un cadáver. Más que ser de corte policíaco, es de misterio psicológico, llena de relaciones trágicas y oscuros secretos familiares. Delia, la narradora, regresa a Nápoles, su ciudad natal, con objeto de averiguar por qué su madre, Amalia, se suicidó ahogándose en el mar. Los camiones que toma huelen a sudor, los departamentos “apestan a moho y telarañas”, y hasta de las flores de la ciudad emana ya un olor “a podrido”.


Laura y Helene tienen razón: es una novela para la nariz, y muy pocos de los olores son agradables. No obstante, las cinco mujeres que hoy están aquí disfrutaron una cena napolitana de risotto de mariscos, ñoquis alla sorrentina y prosecco, todo en honor al lugar que vio nacer a la autora. El festín italiano es una anomalía, el club suele reunirse en un bar. “No queremos distraernos compitiendo por quién cocina mejor”, dice Helene. “Estamos aquí para hablar de libros, no de recetas”.


Mientras algunos círculos dan variedad a sus reuniones con comidas que reflejan los temas del título elegido, otros se conforman con vino y queso, o un poco de té. Algunos se apegan a reglas y procedimientos poco convencionales para elegir y discutir un libro: complejos sistemas de votación, límites de páginas o exposiciones formales.


Los clubes más intelectuales insisten en que los miembros nuevos entreguen reseñas escritas a fin de asegurarse de que se lo toman en serio. Sin importar el formato, los grupos de lectura reúnen a las personas y dan lugar a las conversaciones más interesantes. No solo eso: también tienen la capacidad de mejorar el bienestar.


Participar en esta actividad colectiva puede incluso extender la vida. Un estudio publicado en la revista médica BMJ Open descubrió que, al igual que con las asociaciones deportivas o eclesiásticas, reunirse a conversar con un círculo de lectura reduce significativamente el riesgo de morir en los primeros seis años después de la jubilación.


La biblioterapeuta Susan Elderkin, coautora del Manual de remedios literarios, es consciente del poder de un buen libro. “Quizá las personas compartan inesperadamente sentimientos e ideas que no se habían atrevido a externar”, explica Elderkin. “Una buena novela hace que afloren emociones profundas y percepciones sutiles sobre lo que significa ser humano, a diferencia de lo que ocurre en las charlas cotidianas. Se puede mostrar tanto o tan poco de uno como uno quiera. Se puede aprovechar como una oportunidad para hablar sobre asuntos y experiencias personales”.


Sin embargo, en una era digital obsesionada con aplicaciones, pasar una tarde entera discutiendo al detalle una obra puede parecer anticuado. Y en Alemania, por ejemplo, donde se celebra la feria del libro más grande del mundo, el número de compradores de estos bienes disminuyó casi 20 por ciento entre 2013 y 2017. Las editoriales culpan a los videojuegos y los servicios como Netflix, que promueven los maratones de comedias y dramas.


Al mismo tiempo, el auge de los grupos de lectura ha sido un éxito inesperado. Por ejemplo, en el Reino Unido hay cerca de 50.000 círculos que se reúnen en bibliotecas, librerías, bares, hospitales, centros comunitarios y, sobre todo, en los hogares.


quizá leer nos parezca un pasatiempo solitario, pero los círculos de lectura propician conexiones inusuales. “No diría que soy extrovertida”, cuenta Lesley, “pero en el grupo no soy tímida. Las situaciones de las novelas pueden conmovernos y ayudarnos a externar cosas que tal vez no expresaríamos de otra manera”. 


Lisa concuerda. “Yo no suelo contar mis cosas”, dice, “pero nos conocemos desde hace años, así que hay cierta confianza. Y no discutiría algunos asuntos con mis amigos cercanos por temor a que se preocupen de más. Tratar temas difíciles en el contexto del libro que todas estamos leyendo, por alguna razón, es más fácil”.


Con otra copa de prosecco, el grupo de Islington ahora examina las relaciones madre-hija, inspirado por la obra de Ferrante. Aunque Delia, la narradora, quiere a su progenitora, la describe como “una molesta responsabilidad”.


Una mujer revela las emociones encontradas que su mamá le despierta con una franqueza sorprendente. “Entiendo el alivio que Delia experimentó en el funeral”, apunta. “Mi madre es una persona frágil que tuvo una infancia difícil. Puede ser dependiente en extremo y requerir muchas atenciones”.


Otras integrantes se concentran en las vívidas descripciones de violencia doméstica y se preguntan por qué Amalia, la mamá de la heroína, soportó tantos años de abuso. La conversación da un bandazo hacia el control coactivo, el catolicismo y los acosadores en el transporte público.


El grupo comenzó hace 12 años como una rama del Instituto de las Mujeres local. Se reúne cada segundo martes de mes. Sus no más de ocho miembros caben en una mesa de bar; las integrantes son de edades y antecedentes distintos lo cual, aseguran, propicia un debate animado y una elección variada de títulos.


Helene, la anfitriona de esta noche, es restauradora forense de documentos. Revive papeles, archivos y tomos dañados por fuego, inundaciones o bombas. El teléfono a medio derretir que cuelga de la mesa en la entrada de su casa, un objeto surreal sacado de una pintura de Salvador Dalí, fue rescatado de un edificio de oficinas en llamas. Su acogedora sala está repleta de pilas de libros de arte y de bolsillo.


“He estado en muchos incendios de bibliotecas y siempre me sorprende el dolor que causan”, comparte. Helene se siente profundamente apegada a los libros. Mantiene registros meticulosos escritos a mano de cada título que han leído.


Hoy aplica un amigable cuestionario cuyo fin es desenmascarar a aquellas participantes que se saltaron partes del libro o lo leyeron por encima. “¿A dónde va Delia durante el funeral?”, pregunta con una sonrisa traviesa. “¿Quién lleva qué objeto en una bolsa de basura en el elevador?”. Un par de las chicas dan sus respuestas a gritos, otras más bajan la mirada. “¡Lesley!”, ríe Helene, “¡estás muy callada! ¿De qué color era el traje que llevaba Delia al final de la historia?”.


Al final de cada sesión, califican los textos del 1 al 10. Hasta ahora, el favorito de Helene ha sido El club de la buena estrella, de Amy Tan. “Fue como un haiku largo y contemplativo”, aquilata. “Viajé a China, he estudiado el régimen de Mao y el terrible sufrimiento que le infligió a su país, así que significó mucho para mí”.


Lisa, que asiste con Betty, su caniche Jack Russell miniatura,  no suele leer los títulos que el grupo elige; en vez de eso, prefiere escucharlas dialogar. Su empleo en un despacho de abogados de medios de comunicación, le deja poco tiempo libre, y apenas si le alcanza para dar una caminata diaria con su perro y unos audífonos en la cabeza.


Sophie, mujer de unos 50 años, que usa lentes, viste una camisa de lino sin mangas y tiene un corte de pelo estilo bob, trabaja en un despacho de arquitectura naval. Ella seleccionó El amor molesto porque le encantaron las demás novelas napolitanas de Ferrante. Cree que las discusiones son mucho más estimulantes si alguien detesta el libro. “Si todas coincidimos en que la novela es maravillosa, o simplemente nos gusta, ¡nos quedamos sin nada que decir!”.

Lesley, la mayor del grupo, dice que al principio iba con el afán de hacer amigas en la localidad donde radica. “Me jubilé de una compañía farmacéutica en la que trabajé por muchos años y descubrí que era muy difícil conocer gente con gustos parecidos a los míos en la ciudad: vivo en un área en la que las personas se mudan con frecuencia. Así que el club de lectura fue de gran ayuda para encontrar compañía constante”.

Luego descubrió cuánto disfrutaba leer títulos que ella jamás hubiera escogido. “Me gusta lo impredecible. Es una aventura: nunca se sabe qué va a pasar”.

Laura se dedica a los bienes raíces. Explica que leer le da un propósito y le supone un gran consuelo cuando se siente sola. “Es una de las pocas cosas que una puede hacer a solas sin sentirse avergonzada, a diferencia de lo que ocurre cuando uno va a comer o al teatro”, afirma. “Pero una vez que acabo un libro, me encanta reunirme con las chicas y discutirlo. Creo que parte de ser humano es querer enfrentar tus ideas con las de los demás”.

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En algunos aspectos, el grupo de Islington es normal. La mayoría de los círculos de lectura consisten de mujeres mayores de 30 años que viven en el mismo barrio y se turnan para elegir los libros. Aunque también hay círculos exclusivamente para hombres, mixtos o de parejas, entre otros casos altamente idiosincráticos.


El Club de Lectura Silencioso fundado en San Francisco cuenta con 30.000 miembros en todo el mundo, hay franquicias de este en Alemania, Italia, Luxemburgo, Países Bajos, Suecia y el Reino Unido. Cada uno se reúne mensualmente en una cafetería donde los miembros pasan una hora o más leyendo sus propios libros en voz baja antes de iniciar cualquier socialización No hace falta leer ningún título en particular.


Los clubes de prisioneros son populares. En la cárcel Bonneville, en los Alpes franceses, un círculo de una docena de reos de entre 18 y 55 años de edad se reúnen cada mes a discutir noir polar, un género francés de historias de crimen, caracterizadas por ser realistas y crear una atmósfera única.


Munich tiene el club de lectura “Novelas Que ya deberías haber leído”: abordan los clásicos de Dostoievski, Joyce, Austen y otros. Otro círculo alemán, llamado Una Noche Oscura y Tormentosa atrae a los aficionados al suspenso, el misterio y las tramas de espías.


Algunos conjuntos invitan a los escritores a conversar en torno a sus libros. El novelista británico Patrick Gale suele reunirse con los lectores en eventos organizados por los bibliotecarios. Es “bastante provechoso” que un autor acostumbrado a ser idolatrado por sus seguidores escuche críticas sin ninguna clase de filtro, opina Gale.


“Una cosa es leer una mala reseña en Amazon y otra es que alguien te mire a los ojos y te diga que no les gustó tu libro. Normalmente, mi respuesta es: ‘Lo siento mucho, ¡me esforzaré más la próxima vez!’”.


Gale dice que su novela más vendida ha provocado acalorados debates sobre si Rachel Kelly, la heroína, es una buena esposa y madre, o una artista egoísta que destruye a su familia. “Me encanta la manera en la que los círculos de lectura dan pie a esto; sin embargo, pueden llegar a ser una suerte de terapias de grupo y, por lo general, a los integrantes no les hace gracia que los autores asistan porque solemos ser un estorbo”, señala.


Un mes más tarde, el club de lectura de Islington se reúne en un bar. Esta vez acudió Lou, una veterana del conjunto. Es enfermera en un concurrido hospital oftalmológico de Londres y asegura que leer ficción es “una magnífica manera de relajarse” tras una jornada en el quirófano.


Están discutiendo La muerte llama al arzobispo, de Willa Cather. Una vez más, la elección fue de Sophie. “Es bastante corto”, apunta. “Tiene muchas descripciones de plantas y alimentos sabrosos, y como me gusta la jardinería y comer, creí que sería un libro que disfrutaría”.


Es la historia de un cura y misionero jesuita de Francia que viajó a Nuevo México a mediados del siglo XIX después de la unión a los Estados Unidos. Construyó la catedral de San Francisco en Santa Fe y debe confrontar a sus correligionarios que se han hecho de amantes, han tenido hijos o tratan mal a la población indígena.


Al principio, Lesley creyó que nunca terminaría la novela, publicada por primera vez en 1927. “Me preguntaba por qué debería importarme un montón de sacerdotes que cruzan desiertos en mulas, pero le encontré un extraño encanto y no pude dejar de leerlo”, admite con sinceridad.


Lesley dice que, mucho después de haber leído la última página, ella sigue escribiendo las novelas mentalmente. “Invento muchas situaciones y a veces siento que me estoy volviendo loca”, confiesa riéndose.


“No, es normal”, la tranquiliza Laura. “No me quiero despedir de ciertos personajes porque me encariño mucho con ellos. Para mi, eso distingue a un buen libro”. 

Laura y sus compañeras me cuentan que atesoran las amistades que han construido tras tantos años de leer juntas. “La Navidad pasada, Lesley nos cocinó una comida deliciosa y cada una de nosotras leyó un libro distinto del mismo autor. Platicamos durante horas después de comer. Me encanta la variedad de nuestro grupo de lectura. Enriquece nuestras discusiones y nuestras vidas”. 

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