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¿Qué esconden las contraseñas sobre nuestra vida interior? No es por nada que las elegimos. En ellas revelamos nuestras esperanzas, sueños y recuerdos más preci...

Howard Lutnick, director general de Cantor Fitzgerald, una de las empresas de servicios financieros más grandes del mundo, aún llora cuando lo cuenta. Poco después de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York, en 2001, en los que murieron 658 de sus colegas y amigos, además de su hermano, una de las primeras cosas en que Lutnick pensó fue en las contraseñas. ¿Suena a un acto de insensibilidad? No lo fue.

 

Como casi todo el mundo Lutnick, que se había tomado la mañana libre para llevar a su hijo, Kyle, a su primer día en el jardín de infantes, estaba pasmado. Pero era responsable de garantizar la operación de su empresa y dar apoyo a los familiares de los empleados. La mayor amenaza era que nadie sabía las contraseñas de cientos de cuentas y archivos necesarios para que la empresa volviera a funcionar a tiempo para la reapertura de los mercados de bonos. Cantor Fitzgerald tenía sólidos planes de emergencia, entre ellos exigir a todos los empleados que dijeran sus contraseñas a cuatro colegas cercanos. Pero en ese momento dos tercios de los 960 empleados residentes en la ciudad estaban muertos.

 

Horas después de los ataques, Microsoft envió a más de 30 expertos en seguridad a un centro de mando improvisado por Cantor Fitzgerald. Muchas de las contraseñas faltantes resultarían ser relativamente seguras, del tipo JHx6fT!9, que el departamento de soporte técnico de la firma pidió a todos elegir. Para descifrarlas, los expertos de Microsoft utilizaron potentes computadoras para probar todas las combinaciones posibles de letras y números, desde una A minúscula hasta ZZZZZZZ. Pero aun con las computadoras más rápidas, descifrar billones de combinaciones podría llevar muchos días.

 

Esos expertos sabían que necesitaban aprovechar dos hechos: muchas personas usan la misma contraseña para varias cuentas, y esas contraseñas suelen incluir datos personales. Los expertos explicaron que para que sus algoritmos funcionaran mejor, requerían mucha información sobre el dueño de cada contraseña faltante, y esos datos eran demasiado específicos y reservados como para que la empresa los tuviera en sus archivos. “Los detalles son lo que hace distintas a las personas, lo que las individualiza”, dijo Lutnick, quien corrió al teléfono y se puso a llamar al cónyuge, a los padres y a los hermanos de sus colegas fallecidos para consolarlos, y preguntarles con tacto si conocían las contraseñas de sus seres queridos. La mayoría no las sabían, de modo que Lutnick tuvo que utilizar una lista de preguntas que le había dado Microsoft: “¿Cuándo es su aniversario de boda? ¿Dónde estudió su familiar la licenciatura? Ustedes tienen un perro, ¿verdad? ¿Cómo se llama?”

 

Hicimos esto menos de 24 horas después de que las torres cayeron”, contó Lutnick. En las conversaciones hubo llantos y silencios angustiosos. “Fue muy triste”, añadió. En algunos casos le llevó más de una hora hacer todas las preguntas de la lista, pero se aseguró de no ser nunca el primero en colgar el teléfono.

 

Al final, los expertos de Microsoft obtuvieron lo que precisaban. A los dos días, Cantor Fitzgerald estaba operando otra vez. El mismo sentimentalismo que había hecho “débiles” las contraseñas de la empresa, fue lo que la salvó.

 

Hace algunos años empecé a pedir a mis amigos y familiares que me revelaran sus contraseñas. Yo pensaba que estos pequeños códigos secretos recibían un trato injusto. Sí, entiendo por qué las contraseñas son mundialmente despreciadas: porque son muchas, por el esfuerzo de memorizarlas y por la constante exigencia de actualizarlas. Yo también las odio, pero no todo en ellas es molestia. En el instante en que las concebimos (para recordarlas solo nosotros) adquieren una vida secreta. Muchas de ellas están impregnadas de emoción, de travesura, a veces incluso de poesía. A menudo esconden vívidas historias: un mantra motivacional, un santuario oculto a un amor perdido, un chiste que solo entendemos nosotros, la cicatriz de una herida emocional. Nuestras contraseñas son recuerdos vivos, reflejos inasibles de nuestra vida interior.

 

Tal vez mi mayor sorpresa fue que la gente se mostrara dispuesta a hablar sin tapujos de sus intimidades. Un ejemplo es el ex presidiario cuya contraseña incluía su número de identificación como reo (“Un recordatorio para no volver allí”, dijo); la mujer católica en cuyas contraseñas figuraba la Virgen María (“Me calma en secreto”), y la mujer de 45 años y sin hijos cuya contraseña era el nombre del bebé que perdió en un aborto (“Es mi forma de tratar de mantenerlo vivo”).

 

Había algunas contraseñas juguetonas. Varias personas me dijeron que usaban incorrecta para que, en caso de olvidarla, el sitio web o la aplicación se las recordara automáticamente: “La contraseña es incorrecta”. Otras contraseñas sorprenden por su ingenio; son grandes pensamientos condensados en pequeñas ideas ordenadas. Después de haber leído el libro Vayamos adelante: Las mujeres, el trabajo y la voluntad de liderar, de Sheryl Sandberg, una amiga mía con la que salgo a correr, Cortni Kerr, empezó a usar como contraseña Ww$$do13, que en inglés significaba “¿Qué haría Sheryl Sandberg”, más el número 13, por el año (2013) de creación de la contraseña.

 

TnsitTpsif era la contraseña de otro amigo mío, un informático que ama los juegos de palabras. Significa “La siguiente oración es verdadera. La frase anterior es falsa”, lo que en filosofía se conoce como la paradoja del mentiroso. Para mi amigo, era una alusión lúdica a los nudos del lenguaje.

 

A menudo las contraseñas tenían una carga emocional. Una mujer descubrió con envidia que el nombre de su hermana aparecía en todas las contraseñas de su mamá. Otra recordó haberle reclamado a su esposo, tras su boda en 2013, por qué seguía usando el año de nacimiento de su ex novia como NIP de su tarjeta de débito. “No soy celosa —dijo la mujer—, pero mi marido lo cambió por el año de mi nacimiento al otro día”.

 

Mientras que pedir a los desconocidos que revelen sus contraseñas es más bien arriesgado, no todos los días se tropieza uno con un tema de conversación que le enseñe cosas nuevas sobre las personas a las que conoce desde hace muchos años.

 

El 4622 que mi esposa usa en sus contraseñas no era solo el número de la casa donde su padre pasó la infancia, sino también un recordatorio de su fragilidad y su fuerza. Al parecer, cuando mi suegro —ex estrella del fútbol americano de 122 kilos, un deportista becado y orgullo de su barrio de trabajadores en el oeste de Tulsa, Oklahoma— era niño, tenía que recitar su domicilio (4622 South 28th West Avenue) de corrido, con una sola respiración, en vez de tratar de decirla del modo normal; de lo contrario, salía a relucir una debilidad que lo agobiaba: era tartamudo.

 

Si bien los expertos informáticos quisieran que las contraseñas fueran una combinación aleatoria de caracteres difícil de descifrar, lo que hace tan falibles a las contraseñas es justamente lo que al informático Joseph Bonneau le parece edificante de ellas. “La gente toma un requisito no natural que se le impone, como es memorizar una contraseña, y lo convierte en una experiencia humana”, expresó.

 

En 1993, cuando tenía 22 años, Maria T. Allen usó como contraseña el nombre de su amor platónico de verano, J. D., combinado con un mes del otoño y el nombre de una deidad femenina mitológica (no me dijo cuál) con la que él la había comparado cuando se conocieron. El verano pasó, y ellos tomaron caminos separados. Pero la contraseña perduró. Once años después, sorpresivamente, Maria recibió un mensaje de
J. D. a través de una red social. Salieron varios años y luego decidieron casarse. Antes de la boda, J. D. le preguntó a Maria si había pensado alguna vez en él durante esa década. “Solo cada vez que me conectaba a mi cuenta de Yahoo!”, respondió ella, entonces le reveló su secreto a D. J. y mandó a grabar la contraseña en el interior de su anillo de bodas.

 

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