Globalización, ¿culpable de la pandemia por COVID-19? Globalización, ¿culpable de la pandemia por COVID-19?

La mejor defensa contra el coronavirus. Si hemos de vencer a esta epidemia, necesitamos más confianza y cooperación, no menos.

Muchos culpan a la globalización por la crisis del coronavirus, y afirman que la única manera de prevenir brotes similares es darle la espalda a dicho proceso. Erigir muros, limitar viajes, reducir el intercambio comercial. Sin embargo, si bien la cuarentena a corto plazo es indispensable para frenar los contagios, el aislacionismo a largo plazo conducirá al colapso económico sin ofrecer protección real contra enfermedad infecciosa alguna. Al contrario: el verdadero antídoto contra esta plaga es la cooperación.

Las epidemias cobraron millones de vidas mucho antes de que se hablara de globalización. En el siglo XIV no había aviones ni cruceros, y aun así la peste negra se esparció desde el este de Asia hasta el oeste de Europa en poco más de una década, matando por lo menos a un cuarto de la población. En 1520, en lo que hoy es México no había trenes o burros siquiera; no obstante, bastó un año para que una epidemia de viruela diezmara a casi un tercio de su población. En 1918 una cepa particularmente virulenta de gripe logró propagarse hasta los rincones más recónditos de la Tierra en cuestión de meses. Infectó a más de un cuarto de la población mundial y causó decenas de millones de bajas.

En el siglo transcurrido desde 1918, el hombre se ha vuelto aún más vulnerable a las pandemias debido a un incremento poblacional aunado a mejores medios de transporte. Hoy, un virus puede atravesar el mundo en clase ejecutiva en 24 horas e infectar megalópolis con millones de habitantes. Con base en lo anterior, nuestra existencia tentativa tendría que haber sido un infierno infeccioso, azotado por andanadas de plagas mortales.

Pero, de hecho, tanto la incidencia como el impacto de estas han disminuido drásticamente. Pese a que hemos sido testigos de terribles brotes, como el del sida y el ébola, en el siglo XXI estas catástrofes matan a mucha menos gente que en cualquier época desde la Edad de Piedra, en términos relativos. Esto se debe a que la mejor defensa que los humanos tienen contra los patógenos no es el aislamiento, sino la información. La Humanidad ha estado ganando la guerra contra las epidemias porque en la carrera armamentista entre patógenos y médicos, los primeros se valen solo de sus mutaciones azarosas en tanto que los últimos recurren al análisis científico de la información.

Durante el siglo pasado, los científicos, galenos y enfermeros de todo el mundo se documentaron y, juntos, lograron comprender tanto el comportamiento de la propagación como los procedimientos para combatirla. La teoría de la evolución explicó cómo y por qué aparecen nuevas enfermedades mientras que las ya conocidas aumentan su contagiosidad. La genética permitió a los científicos conocer la táctica de los patógenos. Una vez que los especialistas comprendieron la causa de las epidemias, se facilitó afrontarlas. Las vacunas, los antibióticos, una mejor higiene y una infraestructura médica sólida han permitido que el Homo sapiens les saque ventaja a sus depredadores invisibles.


¿Qué lecciones de la historia podemos aplicar a la crisis actual?

Primero: cerrar las fronteras permanentemente no protege a nadie. Otras enfermedades se propagaron con celeridad incluso en la Edad Media, mucho antes de la globalización. Así que, aunque lograra reducir sus conexiones globales al nivel de las de un reino medieval, se quedaría corto. Para que el aislamiento sea una respuesta eficaz, tendría que vivir como en la Edad de Piedra. ¿Podría hacerlo?

En segundo lugar, la historia indica que formar un escudo de verdad solo es posible compartiendo información científica fidedigna y mediante la solidaridad global. Cuando una epidemia azote a un país, este debería estar dispuesto a compartir los pormenores del brote de forma honesta sin temer una catástrofe económica; las demás naciones, por su parte, deberían poder confiar en dicha información y brindar ayuda en lugar de huir de la desafortunada víctima como de la peste. 

La cooperación internacional es necesaria a fin de que las disposiciones de aislamiento sean efectivas. La cuarentena es indispensable para frenar el contagio. Sin embargo, si hay desconfianza entre países y cada uno se siente abandonado a su suerte, los gobiernos titubearán al momento de tomar medidas tan drásticas. Si descubriera 100 casos de coronavirus en su país, ¿confinaría a ciudades y regiones enteras de inmediato? En buena medida, eso depende de la reacción que espere del resto de los Estados. Hacerlo podría llevarlo al colapso económico. Si cree que el resto de las naciones lo ayudará, es más probable que adopte las severas medidas antes.

Quizás el factor más importante que la gente debe tener en mente al enfrentarse a tales escenarios es que la propagación de una epidemia en cualquier país pone en peligro a la humanidad en su conjunto. En la década de los 70, logramos erradicar la viruela porque se vacunó a los habitantes de todos los países contra ella. Si tan solo una soberanía hubiera omitido la inmunización, hubiera puesto a toda nuestra especie en peligro, porque, mientras en algún lado existiera el patógeno y evolucionara, la probabilidad de que se propagara globalmente otra vez siempre habría estado latente.

En la lucha contra los virus, la humanidad debe vigilar las fronteras con celo. Pero no aquellas entre países. Más bien, necesita resguardar el linde entre el mundo de los humanos y las esferas víricas. La Tierra está repleta de estos organismos y los nuevos están evolucionando constantemente gracias a las mutaciones genéticas. El confín entre esta esfera vírica y el dominio de los humanos se encuentra al interior del cuerpo de todos y cada uno de los individuos. Si un virus peligroso logra penetrar estos límites en algún lugar del planeta, se pone en peligro a toda la especie humana.

Durante el último siglo, el hombre fortificó esta frontera como nunca. Se edificaron los sistemas de salubridad modernos a fin de actuar como el muro; los médicos son los guardias que lo patrullan y repelen a los intrusos. Sin embargo, largas secciones de esta barrera han quedado penosamente expuestas. Hay cientos de millones de personas que no cuentan siquiera con los servicios de salubridad más esenciales. Eso representa una amenaza. 


Hoy la humanidad se enfrenta a una crisis aguda no solo por el coronavirus, sino también por la falta de confianza entre nosotros. Para derrotar a la epidemia, la gente necesita confiar en los científicos, los ciudadanos necesitan confiar en las instituciones públicas y los países necesitan confiar los unos en los otros. Durante los últimos años, algunos políticos irresponsables han menoscabado deliberadamente la fiabilidad de la ciencia, las autoridades y la cooperación internacional. Como resultado, nos enfrentamos a esta crisis sin líderes mundiales capaces de inspirar, organizar y financiar una respuesta global coordinada.

Durante la epidemia de ébola del 2014, Estados Unidos asumió ese prominente papel. Desempeñó una función similar durante la crisis financiera de 2008, cuando obtuvo el consenso para prevenir un colapso económico mundial. Sin embargo, en los años recientes esta nación ha renunciado al liderazgo internacional. La actual administración ha eliminado apoyos a las organizaciones internacionales y le ha dejado claro al mundo que la nación ya no tiene amigos, solo intereses.

Nadie ha llenado el vacío dejado por los Estados Unidos. La xenofobia, el aislacionismo y la desconfianza resumen la actitud de las naciones del mundo en su conjunto. Sin confianza ni solidaridad global no podremos ganarle la partida al coronavirus.

Si el fruto de esta epidemia es el recrudecimiento de la discordia y la desconfianza, esa será la mayor victoria del virus. Cuando los humanos riñen, los virus ganan terreno. Por otro lado, si la epidemia resulta en una mayor colaboración global, será una victoria, no solo en contra del coronavirus, sino contra los patógenos venideros. 


Yuval Noah Harari es profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén y autor de los libros “Sapiens” y “Homo Deus” .

tomado de Time (15-III-2020). © 2020 por Yuval Noah Harari, time.com

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