¿Es verdad que necesitamos protegernos del sol? ¿Es verdad que necesitamos protegernos del sol?

Por años nos recomendaron no asolearnos demasiado y usar protector solar. Quizá dichos consejos no solo sean inútiles, incluso podrían estar dañando nuestra salud

Son tiempos difíciles para los complementos alimenticios. Aunque es un mercado que factura millones de dólares, algunos de ellos, como el retinol, el selenio, la glucosamina, la condroitina y el aceite de pescado, se han quedado cortos en las evidencias.

Si alguno tenía la esperanza de superar las rigurosas pruebas, eran las píldoras de vitamina D. Las personas con niveles bajos de este nutriente en la sangre presentan una incidencia más elevada de casi todas las enfermedades que se le puedan ocurrir: cáncer, diabetes, obesidad, osteoporosis, infartos, apoplejías, depresión, deficiencia cognitiva, trastornos autoinmunes y más. Incluso se sospecha que la deficiencia de este compuesto puede ser un factor en casos graves de COVID-19.

Los expertos en salud estiman que la mayoría de la gente no ingiere esta sustancia tan esencial en la cantidad adecuada. La vitamina D es una hormona que la piel fabrica con ayuda de la luz solar. Es difícil obtenerla en cantidades suficientes por medio de la dieta. Cuando nuestros ancestros vivían al aire libre en regiones tropicales y andaban por ahí semidesnudos, lo anterior no suponía problema alguno, puesto que sintetizaban toda la necesaria gracias al sol.

No obstante, hoy, el 90 por ciento de la gente pasa unas 22 horas diarias bajo techo, según asegura un estudio de la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos. Y cuando salen, muchos se embadurnan en protector solar, tal como han enseñado los médicos, con el fin de protegerse de los peligrosos rayos ultravioleta que pueden causar cáncer de piel. Este producto puede reducir nuestra producción natural de vitamina D, así que para compensar se sugieren ingerir píldoras.

Sin embargo, los complementos en cuestión también están reprobados. Uno de los ensayos clínicos más extensos —en el que se administraron altas dosis de este compuesto a 25.871 participantes por cinco años— descubrió que no hubo correlación entre su consumo y evitar el cáncer, cardiopatías o apoplejías.

¿Es verdad que necesitamos protegernos del sol?

¿Cómo pudimos equivocamos de esa manera? ¿Cómo es posible que aquellos con bajas concentraciones de vitamina D tengan mayor incidencia de tantas enfermedades y que los suplementos no los ayuden a mitigarlos?

Un grupo de investigadores argumenta que lo que hacía que las personas con altos niveles de vitamina D gozaran de tan buena salud no era el nutriente en sí, este era solo un efecto secundario. Las concentraciones de esta eran elevadas porque se exponían lo suficiente a la verdadera causa de su buena salud: esa gran bola naranja que brilla en el cielo.


Uno de dichos investigadores es un dermatólogo de la Universidad de Edimburgo llamado Richard Weller. Durante años, Weller se tragó el cuento de la naturaleza destructiva de los rayos solares. Hace una década, Weller estaba investigando el óxido nítrico, una molécula producida por el organismo: dilata los vasos sanguíneos y reduce la presión arterial. Se percató de un mecanismo biológico, desconocido hasta entonces, mediante el cual la dermis utiliza luz solar para sintetizar óxido nítrico.

Ya se sospechaba que la incidencia de hipertensión, cardiopatías, apoplejías y muertes en general aumenta entre más se aleja uno del soleado ecuador y durante los meses más oscuros. Cotejando estos datos, Weller tuvo una intuición: ¿exponer el tegumento (todo lo que separa al cuerpo del exterior) a la luz solar podría reducir la presión arterial?

Cuando hizo que un grupo de voluntarios recibieran el equivalente a 30 minutos de sol sin protectores, confirmó su sospecha: la presencia de óxido nítrico aumentó y la presión sanguínea descendió. Por su nexo con las cardiopatías y las apoplejías, esta última es la mayor causa de muerte en el mundo; la magnitud de la reducción lograda bastaba para prevenir millones de muertes a escala global.

Pero ¿tal exposición no incrementaría el riesgo de sufrir cáncer de piel? Sí, pero este cobra un número bajo de vidas. Por cada muerte a manos de este mal, las enfermedades cardiovasculares causan casi 80.

La gente no sabe esto porque el término “cáncer de piel” engloba un gran número de trastornos. El más común, por mucho, son los carcinomas basocelulares y espinocelulares, que casi nunca son letales. “De hecho, cuando le diagnosticó carcinoma basocelular a un paciente, lo primero que hago es felicitarlo porque saldrá de mi oficina con una expectativa de vida mayor a la que tenía cuando entró”, afirma Weller. Quizá lo diga porque quienes presentan estas formaciones ligadas a la exposición solar tienden a ser individuos activos que se ejercitan al aire libre y reciben suficiente luz natural.

El melanoma, la variante mortífera, es mucho menos común. Representa apenas entre 1 y 3 por ciento de los casos. Y se encuentra en menor proporción en los trabajadores al aire libre que en quienes lo hacen bajo techo. “El factor de riesgo del melanoma parece ser la intermitencia de la luz y las quemaduras solares, en especial cuando se es joven”, apunta Weller. “No obstante, la evidencia indica que existe una relación entre la exposición prolongada y una menor propensión al melanoma”.

Estas opiniones se antojan radicales dentro de la comunidad dermatológica. “Sabemos que el melanoma es mortal”, apunta el doctor David Leffell, de la Universidad Yale, “y que la gran mayoría de los casos se deben a la exposición solar. Así que debemos ser cautelosos”.

Sin embargo, Weller siguió hallando evidencias que contradicen la versión oficial de evitar el sol. Algunas de las más contundentes provienen del doctor Pelle Lindqvist, investigador en obstetricia y ginecología del Instituto Karolinska de Suecia. Lindqvist dio seguimiento a los hábitos de asoleo de casi 30.000 mujeres en Suecia por más de veinte años. Originalmente pretendía estudiar los coágulos sanguíneos que, según descubrió, se encontraban con menor frecuencia en aquellas que pasaban más tiempo bajo el sol; además era poco habitual verlos aparecer en verano.

A Lindqvist también le interesó la diabetes tipo 2. Como lo suponía, la incidencia era menor entre las devotas al sol. ¿El melanoma? Sí, aquellas que se bronceaban más corrían mayor riesgo de padecerlo, aunque las probabilidades de morir por tal motivo eran ocho veces menores.

Así que decidió revisar las tasas generales de mortalidad, y los resultados fueron escandalosos. A lo largo de las dos décadas de investigación, quienes evitaban el sol tenían el doble de posibilidad de perecer que quienes lo buscaban.

No hay muchos hábitos cotidianos que dupliquen la propensión a morir. En un estudio difundido por el Journal of Internal Medicine en 2016, el equipo de Lindqvist lo puso en perspectiva: “Evitar la exposición solar es un factor de riesgo tan dañino como fumar, en términos de expectativa de vida”.


Para el experimento más extenso de Weller hasta la fecha, publicado en febrero de 2020, su equipo dio seguimiento a la presión arterial de 340.000 participantes en 2.000 puntos ubicados en los Estados Unidos, considerando variables como la edad y el tipo de piel. Los resultados mostraron que la razón por la que las personas en climas soleados tienen la presión arterial más baja es porque su piel recibe más luz.

Cuando hablé con Weller, cometí el error de plantear esta noción como ilógica. “Es totalmente lógica”, me respondió. “El Homo sapiens ha existido desde hace 200.000 años. Hasta la Revolución Industrial habíamos vivido al aire libre. ¿Cómo logramos sobrevivir en el Neolítico sin protector? Bastante bien, de hecho. Lo que es ilógico es que los dermatólogos anden diciendo: ‘No salgan; podría costarles la vida’”.

Cuando se pasa la mayor parte del día tratando a pacientes con terribles melanomas, es natural que le interese prevenirlos. No obstante, el panorama general revela las limitaciones de esa manera de pensar. Eso no es todo: ahora parece que la vitamina D es solo la punta del iceberg. La luz natural provoca que el organismo libere neurotransmisores importantes como la serotonina y las endorfinas; reduce la propensión al cáncer de próstata, de seno, colorrectal y de páncreas; mejora el ritmo circadiano; reduce la inflamación, y disminuye las respuestas autoinmunes. Y es gratis.


Estos beneficios deberían estar al alcance de todos. Sin embargo, no todos procesan la luz solar de la misma manera. Los sujetos con un tono de piel más oscuro necesitan dosis más altas para que su salud dé cuenta de las bondades. Pero ellas, análogamente, reciben el mensaje opuesto.

Cada año, Weller trabaja una temporada en un hospital dermatológico ubicado en Adís Abeba, Etiopía. No solo la ciudad se encuentra cerca del ecuador, sino que también está a 2.286 metros sobre el nivel del mar, así que recibe radiación ultravioleta (UV) en gran cantidad. A pesar de eso, “no he diagnosticado un solo caso de cáncer de piel en esa región”, afirma el especialista. “No obstante, a los afrodescendientes se les aconseja evitar el sol”.

Los primeros humanos evolucionaron totalmente al aire libre, bajo el sol tropical. Al igual que el aire, el agua y la comida, la luz solar era uno de nuestros insumos más indispensables. La evolución nos dotó de una forma de proteger nuestra dermis ante dosis excesivas de radiación: la melanina, un bloqueador solar natural. Nuestros ancestros de piel oscura produjeron tanta melanina que nunca se preocuparon por el sol.

Los individuos negros casi nunca padecen melanomas. En las raras ocasiones en que los aqueja un melanoma, este es particularmente letal, aunque suele ser del tipo que aparece en las palmas, en las plantas o bajo las uñas, y su origen no es la exposición al sol. Al mismo tiempo, los afrodescendientes tienen una mayor incidencia de diabetes, cardiopatías, apoplejías, cánceres internos y demás trastornos que parecen remitir ante la presencia de luz natural, de la que quizá no estén recibiendo suficiente. Dado que por lo general presentan concentraciones más altas de melanina, requieren de una mayor exposición al sol para producir compuestos como la vitamina D; además, cuentan con una menor capacidad de almacenarlos para días cortos o nublados. Tienen mucho que ganar del sol y poco que temer.

Y, aun así, los miembros de esta categoría y otras personas de color reciben advertencias en el sentido opuesto: les hacen creer que deben protegerse a toda costa. En su página de Internet, la Academia Americana de Dermatología recomienda “que todos, sin importar su tono de piel, se protejan de los dañinos los rayos UV del sol resguardándose bajo la sombra, usando ropa a fin de cubrirse y protector solar resistente al agua con un factor de protección solar, o FPS, de 30 o mayor”.

Eso le exaspera a Weller. “La industria cosmética ahora está presionando a las personas de piel oscura para que usen protector solar”, exclama. “Es una estrategia publicitaria”. 

Muchos expertos coinciden en los beneficios de los rayos solares. La advertencia en Australia cambió en 2005. Cuando el índice de rayos UV es inferior a 3, la recomendación oficial es: “No se recomienda protegerse del sol a menos que se esté afuera durante mucho tiempo o cerca de superficies reflectoras, como la nieve. Para estimular la producción de vitamina D, pase tiempo al aire libre a mediodía con algo de piel al descubierto”.

La Asociación Británica de Dermatólogos fue un paso más allá: “Disfrutar del sol de forma segura, cuidando de no quemarse, puede ayudar a gozar los beneficios de la vitamina D sin aumentar demasiado el riesgo de padecer cáncer de piel”.

Leffell sugiere abordar el tema de forma “sensata”. “Nunca les he aconsejado a mis pacientes esconderse bajo una roca, solo que usen el sentido común y tengan presente la exposición acumulada al sol y las quemaduras, sobre todo”, me comentó.

Esto no significa buscar un bronceado lustroso. Los expertos coinciden en que las quemaduras solares —especialmente aquellas sufridas en la niñez y en la adolescencia— son dañinas. 

Después de todo, la decisión es suya. Las necesidades individuales varían mucho dependiendo de la estación del año, la latitud donde se encuentre, el tono de piel, la historia personal, la filosofía de vida y muchos otros elementos. Es imposible dar una recomendación universal. Un mundo de aventuras saludables al aire libre lo espera. Desde hoy, yo mismo tomaré baños de sol. 


Sacado de Outsideonline.com (10-I-2019), © 2019 por Rowan Jacobsen. 

¿Es verdad que necesitamos protegernos del sol?

¿Cuánto sol necesito?

No hace falta exponerse demasiado tiempo para gozar de sus beneficios. Para la mayoría de las personas, basta con entre 10 y 30 minutos al aire libre sin protector solar varias veces por semana. Entre más oscuro sea su tono de piel y más lejos viva de la línea del ecuador, más tiempo requerirá. De manera inversa, entre más piel reciba los rayos solares, menos tiempo necesita.

Pero ponga atención al índice de UV, en Internet siempre podrá encontrar un estimado de la cantidad de radiación UV a la que se expondrá. Cuando el índice es de 2 o menor, no hay de qué preocuparse. Cuando sea de 3 (o si está planeando estar afuera por más de 30 minutos), use una gorra, bloqueador solar o cualquier otra barrera. Las personas sensibles a los rayos UV deben usar protección con más frecuencia.

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