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Para seguir en la cima del deporte mental, los mejores ajedrecistas del mundo se someten a un exigente entrenamiento. Y es muy físico.


Un tempestuoso día, a principios de marzo, Fabiano Caruana decide escaparse, así que maneja tres horas desde su departamento, en el oeste de San Luis, hacia un complejo de más de 800 hectáreas propiedad de un amigo suyo en el estado de Missouri, Estados Unidos.

Al día siguiente, a las 7:30, emprende una carrera de una hora con su compañero de entrenamiento, Cristian Chirila. Al verlo trotar, es fácil confundirlo con un jugador de fútbol. Con su 1,70 de estatura, Caruana tiene un cuerpo magro y piernas angulosas y torneadas. Su agenda para ese día está llena: una carrera de ocho kilómetros, una hora de tenis, hora y media de básquet y otra más de natación.

Pero Caruana es, en realidad, un Gran Maestro Internacional (GMI) de ajedrez de los Estados Unidos; el segundo mejor del mundo. Su compañero, Chirila, es un GMI de Rumania, y están haciendo todo esto para prepararse para las exigencias físicas del… ¿ajedrez? Sí, del ajedrez.

podría parecer absurdo, pero ¿cómo es posible que dos seres humanos sentados por horas, sin hacer más esfuerzo que el de extender de manera intermitente y por turnos sus brazos, afronten una exigencia física? Y, sin embargo, la evidencia es abrumadora.

El Campeonato Mundial de Ajedrez de 1984 fue suspendido, después de cinco meses y 48 partidas, porque el campeón defensor, Anatoly Karpov, había perdido casi diez kilos de peso. “Parecía un muerto”, recuerda el GMI y comentarista Maurice Ashley.

En octubre de 2018, Polar, una compañía que se dedica a medir el ritmo cardíaco de los ajedrecistas, monitoreó a los competidores a lo largo de un torneo y encontró que el GMI ruso Mikhail Antipov había quemado 560 calorías en un par de horas, casi la misma cantidad que Roger Federer consume luego de jugar tenis una hora.

Durante una competencia, los GMI están sujetos a gran cantidad de estrés, lo que provoca que su ritmo cardíaco y respiratorio se incrementen, y fuerza a sus organismos a producir energía.

Además, los jugadores comen menos en el desarrollo de los torneos, porque no tienen tiempo o apetito.


La tensión también lleva a alteraciones y trastornos en el patrón del sueño, lo que ocasiona más cansancio y puede derivar a una pérdida mayor de peso. Un cerebro que trabaja tras descansar menos tiempo, incluso si es apenas una hora, menciona Kasimdzhanov, requiere de más energía con objeto de mantenerse despierto frente al tablero durante el encuentro.

Los elementos anteriores se combinan para producir una pérdida de peso cercana a un kilo por día, o bien entre 4,5 y 5,5 kilos en el caso de un torneo con duración de diez días.

Para combatir el estrés, los profesionales de la disciplina han comenzado a incorporar regímenes estrictos de alimentación y ejercicio con el propósito de incrementar el suministro de oxígeno al cerebro durante los torneos, lo cual evita colapsos estrepitosos de glucosa y permite mantener los niveles de energía. “La condición física y el desempeño encefálico están estrechamente relacionados”, comenta Ashley.

De acuerdo con él, Viswanathan Anand, el primer GMI de la India, hace dos horas de ejercicio cardiovascular cada noche con tal de agotarse y así no soñar nada asociado al tablero. Kasimdzhanov juega tenis y básquet a diario. Chirila practica al menos una hora de esos ejercicios y otra de entrenamiento de fuerza con la intención de aumentar su masa muscular antes de los torneos. 

Pero ninguno de estos Grandes Maestros ha perfeccionado su rutina como Magnus Carlsen, el campeón mundial actual, lo ha hecho.

En 2017, carlsen se dio cuenta de que tenía un problema. El número uno del mundo por cuatro años consecutivos fue testigo de cómo su permanencia en la cima se tambaleaba. Seguía ganando la mayoría de los torneos, pero sus rondas estaban durando cada vez más y las victorias eran menos seguras. En la última hora de las partidas ya se sentía extenuado. También se percató de que los jugadores más jóvenes lo estaban alcanzando. 

Así que, junto con su padre, Carlsen acudió al centro de entrenamiento olímpico en Oslo, Noruega, en busca de consejos de los especialistas del rendimiento físico. Su sugerencia fue simple: “Reduce tu ingesta de jugo de naranja durante las competencias”.

Carlsen se valía de una mezcla de dicha bebida y agua en partes iguales para lograr un empuje de energía desde que era niño. Pero ahora, a punto de cumplir 30, su organismo ya no descomponía los azúcares tan rápido, lo que llevaba a una hipoglucemia funcional. Los nutricionistas le recomendaron beber leche con chocolate, que, si bien contiene menos azúcar, aporta calcio, potasio y proteínas.

“Esto mantuvo su glucosa en un nivel razonable, sin variaciones; además, se sintió menos cansado en los momentos decisivos”, refirió su papá.

Pero ese fue solo el principio de la transformación. Desde entonces ha entrenado a su cuerpo para jugar ajedrez. Antes de presentarse al campeonato mundial del año pasado, acudió a esquiar todos los días para fortaleces sus piernas. También contrató a un chef personal para cubrir sus necesidades de proteínas, carbohidratos y calcio en la proporción adecuada.

En los torneos, Carlsen se enfoca en relajarse y guardar energía; mastica chicle durante los enfrentamientos para incrementar su función cerebral, y se da golpecitos rítmicos en las piernas con objeto de mantener alerta a su cerebro y a su cuerpo.

Incluso ha logrado optimizar su forma de sentarse. Carlsen asegura que muchos jugadores de ajedrez inclinan la cabeza hacia delante en exceso, lo que puede llevarlos a una pérdida del 30 por ciento de la capacidad pulmonar. Y según Keith Overland, doctor en quiropráctica, agachar la cabeza 60 grados incrementa la presión en el cuello en casi 28 kilos, dando como resultado dolores de cabeza, una respiración irregular y la reducción del oxígeno que llega al encéfalo. 

En vez de eso, Carlsen recarga bien la espalda baja contra la silla de modo que describa una curvatura natural, mantiene los pies bien pegados al piso y se inclina en un ángulo de casi 75 grados. En esta posición, su cuerpo no está tan inclinado para limitar el suministro de oxígeno y tampoco tan atrás para necesitar energía adicional.

Carlsen también redujo su programa de actividades a seis u ocho torneos por año (a diferencia de los 12 a 14 de la mayoría de los jugadores de élite), dejando pasar unos meses para recuperarse entre cada certamen.

De vuelta en Missouri, Caruana y Chirila se encierran en el comedor a jugar ajedrez durante seis horas. Después de eso Caruana luce exhausto; incluso trae los anteojos torcidos. Aun así, toma un puñado de nueces y se dirige a practicar tenis una hora antes de cenar.

Al terminar sus alimentos, rechaza el budín de chocolate diciendo: “Hoy no hay postre para mí”.

El año pasado, Caruana se abstuvo del alcohol antes del campeonato mundial. Esta vez ha elegido el azúcar. Es un hábito con el cual imita al campeón Carlsen, quien al fin está dando señales de ser mortal. Tras una racha de salir victorioso en ocho torneos consecutivos, el noruego abandonó una decena de enfrentamientos en una competencia en agosto.

Esta es la oportunidad que Caruana había estado esperando. En su mente, él sabe lo que tiene que hacer; solo necesita que su organismo resista.

“Algunas veces tienes que darle una sacudida a tu cuerpo para que obedezca”, comenta.


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