Dormir mal podría incrementar la soledad y el miedo social Dormir mal podría incrementar la soledad y el miedo social

A medida que la epidemia de mal dormir se extiende por el planeta, científicos descubren efectos nocivos inesperados. Descubra más.

Supongamos que no realizar una actividad -que no requiere ningún esfuerzo físico ni mental- lo predispusiera a sufrir obesidad, depresión, enfermedad de Alzheimer, accidentes cerebrovasculares, diabetes, ataques cardíacos y cáncer. Y que llevarla a cabo fuera una fuente de la juventud, mejorando su aspecto, mente y órganos. 

¿Usted se negaría a realizarla?

¿No?. Entonces, ¿por qué no duerme ocho horas diarias?

Los leones y los tigres, generalmente, se entregan al sueño 15 horas al día. Los murciélagos marrones duermen durante 19 horas. Los abuelos de to-dos nosotros estaban entre las sábanas 9 horas cuando no eran todavía abuelos. Es cierto, ninguno de ellos tenía whatsapp ni estaba suscrito a una empresa que ofrece soñar despierto mirando historias seriadas en una pantalla gigante o en una lap-top.  

“Las personas con acceso DSL (a Internet) tienden a dormir 25 minutos menos que sus contrapartes sin Internet DSL”. Además, “son significativamente menos propensos a dormir entre 7 y 9 horas, la cantidad recomendada por la comunidad científica, y es menos probable que estén satisfechos con su sueño”, dice sobre el tema, Francesco Billari, profesor titular de Demografía en la Universidad Bocconi de Milán.

Sucede que “las tentaciones digitales pueden llevar a un retraso en la hora de acostarse, lo que finalmente disminuye la duración del sueño para las personas que no pueden compensar la hora de dormir perdidas despertando más tarde en la mañana”, agrega. La evidencia existente muestra que la forma de las “tentaciones” tiende a variar según la edad. Adolescentes y adultos jóvenes (de 13-30 años) muestran una asociación significativa entre la falta de sueño y el tiempo dedicado a juegos de computadora o quedarse viendo televisión o videos por la noche. En el caso de los adultos mayores (31-59) la correlación se verifica con el uso de la PC y los teléfonos inteligentes.


La luz azul de la pantalla es lo peor para su salud

Para los más jóvenes los efectos pueden ser peores. Con sus cerebros, patrones de sueño y ojos todavía en desarrollo, los niños y adolescentes son más vulnerables a los efectos perturbadores del tiempo frente a las pantallas. Esto hace que los niños sean más sensibles que los adultos al impacto de la luz en el reloj corporal interno.

“La luz es el cronometrador principal de nuestro reloj cerebral”, dice Monique LeBourgeois, profesora asociada en el Departamento de Fisiología Integrativa en la Universidad de Colorado en Boulder, quien explica que, cuando la luz llega a la retina en el ojo, en horas de la noche, ordena al sistema circadiano suprimir la hormona promotora del sueño, la melatonina. De esa manera retrasa la somnolencia y mueve hacia atrás las agujas del reloj biológico. Por si fuera poco, “sabemos que las personas más jóvenes tienen pupilas más grandes, y sus córneas son más transparentes, por lo que su exposición y sensibilidad a esa luz es aún mayor que en las personas mayores”.

Un estudio reciente encontró que cuando los adultos y los niños en edad escolar estaban expuestos a la misma cantidad e intensidad de luz, los niveles de melatonina de los niños cayeron el doble. Los estudios también han demostrado que la “luz azul” de onda corta, omnipresente en la electrónica de mano, es particularmente potente para suprimir la melatonina. “A través de los ojos jóvenes de un niño, la exposición a una pantalla azul brillante en las horas previas a la hora de acostarse es la tormenta perfecta para el sueño y la interrupción circadiana”, agrega LeBourgeois.

No es algo sobre lo que pueda haber duda alguna. La evidencia es abrumadora: el 90 por ciento de más de cinco docenas de estudios, de todo el mundo, que han analizado jóvenes de entre 5 y 17 años, muestran que el tiempo de pantalla se asocia con retrasos en la hora de acostarse, menos horas de sueño y peor calidad del sueño.  

La situación puede agravarse porque la “estimulación psicológica” de los medios digitales, ya sea exposición a medios violentos o mensajes de texto con amigos, también puede sabotear el sueño al aumentar la excitación cognitiva.

Para colmo, los niños y adolescentes que dejan su teléfono o computadora durante la noche en su habitación tienen muchas más probabilidades de tener problemas para dormir. Con más del 75 por ciento de los jóvenes de los países desarrollados con algún tipo de medio de comunicación basado en pantallas en sus dormitorios, un 60 por ciento interactuando con ellos en la hora previa a acostarse, y el 45 por ciento utilizando sus teléfonos como una alarma, tenemos a la mitad de una generación humana poniendo en riesgo su salud.

Y se trata de una tendencia en ascenso. Un informe reciente de Commonsense Media mostró que el uso de dispositivos móviles se ha triplicado entre los niños pequeños desde 2011, con niños menores de 8 años que los usan 48 minutos por día y muchos padres que incorporan medios digitales a la rutina de la hora de acostarse.

Los años preescolares son un momento muy sensible de desarrollo durante el cual el uso de los medios digitales se está volviendo cada vez más penetrante”, dice. Sobre sus efectos “hay muchas cosas que no sabemos”.

La plasticidad del cerebro

Una cosa que sí sabemos y la cual sólo en estos últimos tiempos se ha comprobado, es cómo  el sueño contribuye a la plasticidad cerebral; esto es, la capacidad del cerebro para cambiar y reorganizarse.  Ello gracias a que investigadores de las Universidades Humboldt y Charité (la universidad clínica más grande de Europa) en Berlín, Alemania, utilizaron técnicas de vanguardia para registrar la actividad en una región particular de células cerebrales que es responsable de mantener e instalar nueva información: las dendritas.

En este estudio, dirigido por la Dra. Julie Seibt de la Universidad de Surrey, descubrió que la actividad en las dendritas aumenta cuando dormimos, y que este aumento está relacionado con ondas cerebrales específicas que se consideran clave para la manera en que formamos recuerdos.

Las dendritas son esos “pelos” enmarañados que salen de las cabezas de las neuronas y funcionan como receptores de impulsos nerviosos provenientes desde un axón (la cola) perteneciente a otra neurona. Seibt, que también es profesora de Sueño y Plasticidad, dice: “Cada vez es más claro que el sueño juega un papel importante en estos cambios adaptativos (del cerebro). Nuestro estudio nos dice que una gran proporción de estos cambios pueden ocurrir durante ondas cerebrales muy cortas y repetitivas llamadas husos. 

Tales ondas cerebrales fueron bautizadas de esa manera debido a su aspecto cuando se imprime en papel una lectura de un EEG (Electro Encéfalograma). “Los husos de sueño se han asociado con la formación de memoria en humanos durante bastante tiempo, pero nadie sabía cómo lo hacían en el cerebro. Ahora sabemos qué durante su aparición, se activan vías específicas en las dendritas, lo que permite que nuestros recuerdos se refuercen durante el sueño”. Por ello, “en el futuro cercano, las técnicas que permiten la estimulación cerebral, como la estimulación magnética transcraneal (TMS), podrían usarse para estimular las dendritas con el mismo rango de frecuencias que los husos. Esto podría mejorar las funciones cognitivas en pacientes con trastornos de aprendizaje y memoria, como la demencia”.

Pero, antes que eso, para quitarle posibilidades a la demencia, quizás sería mejor dormir bien por otra razón muy poderosa: no hacerlo potencia la soledad y deteriora los lazos sociales. Y no porque estemos tan cansados que lo único que queramos es irnos a dormir.

Es lo que afirman Eti Ben Simon y Matthew P. Walker del Centro para la Ciencia del Sueño Humano, en el Departamento de Psicología, de la Universidad de California.

Según ellos, “la falta de sueño, tanto la privación total del sueño como reducciones más modestas observadas en el mundo real en la calidad del sueño, conducen a un perfil conductual de aislamiento social y soledad”. Lo interesante es que, en apariencia, han encontrado el mecanismo neuronal subyacente de este efecto social de la falta de sueño, el cual “implica hipersensibilidad en las regiones cerebrales que advierten del acercamiento (físico) humano: una señal de repulsión social, pero también un deterioro en las regiones que fomentan la comprensión de la intención de otro, una señal prosocial”, dicen.

Y no es una idea, sino una comprobación. ¿Cómo lo hicieron? Primero, a un total de 1.033 personas a las que se les dijo que eran “jueces en línea” (con una edad media de 35,4 años, 52% mujeres), que no conocían el propósito del experimento y su condición de participantes, se les mostraron videos de personas entrevistadas (en el mismo laboratorio), diciéndoles que debían calificar “a estos participantes en una serie de categorías sociales. Segundo, a los propios jueces se les preguntó si se sentían más solos como consecuencia de haberse comprometido en la observación del participante en cada video”. 

Eran cuatro videos cortos provenientes de la misma encuesta y debían calificar cada uno de ellos. “Los videos en línea tenían una duración suficiente como para producir cambios apreciables en la dinámica social interpersonal”, rememoran los expertos.


La soledad no duerme

En concreto, los resultados mostraron a los participantes observados como más solitarios y menos deseables para establecer una relación cuando estaban privados de sueño, en relación con los que habían tenido el sueño normal correspondiente. En otro experimento, 18 personas que habían dormido mal mostraron preferencia por mantener físicamente más alejadas a otras personas, y el área cerebral destinada a percibir amenazas mostró una actividad mayor sin que existiera ningún estímulo amenazador. Según Walker, “cuanto menos horas duermas, menos quieres socializar. A su vez, otras personas te perciben como más socialmente repulsivo, lo que aumenta aún más el grave impacto de aislamiento social de la pérdida de sueño. Ese círculo vicioso puede ser un factor significativo que contribuye a la crisis de salud pública que es la soledad” en los Estados Unidos.

Y no se trata de un tema únicamente de ese país. En 2016, en el Reino Unido nueve millones de personas (de 65,6 millones) declararon estar permanentemente o muy a menudo solas o en estado de soledad no buscada. En cuanto a Argentina, una investigación llevada a cabo por el doctor en ciencias fisiológicas e investigador de UCA y Conicet, Daniel Vigo, reveló hace casi dos años que el 15 por ciento duerme menos de 6 horas y un 20 % padece somnolencia diurna. Y que estás cifras se agudizan al bajar en la escala socioeconómica. Un trabajo previo, realizado por la consultora Poliarquía había indicado que un sorprendente 51% de la población decía dormir seis horas o menos por día (y un 7% del total, incluido en el 51%, menos de cuatro horas). En busca de tener datos más precisos, en estos momentos (y desde hace más de un año) el Laboratorio de Cronobiología de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQui) con el apoyo del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), mantiene abierta una encuesta online (http://www.cronoar-gentina.com/) que busca llegar a decenas de miles de personas. La idea es generar una “fotografía” más precisa de los problemas de falta de sueño en el país.

Porque la relación entre menos tiempo o peor calidad de sueño y mayor soledad social se trata de una relación de refuerzo mutuo: se duerme menos/peor, se socializa menos y viceversa. Obviamente, elementos como la salud, el nivel de ingresos y la posición social matizan, mejorando o empeorando la combinación. Aunque estas son malas noticias, no deja de ser, por otra parte, esperanzador y revelador, que aún en nuestro momento más íntimo y solitario, el dormir, sigamos siendo animales seres sociales. Porque descansar no sólo nos hace reponer fuerzas y reparar nuestros cuerpos, sino que también nos predispone al compartir y generar bienestar con los demás.

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