¿De qué color es el coronavirus? ¿De qué color es el coronavirus?

Aunque parezca raro, estos virus, como la gran mayoría de ellos viven en un mundo más allá de los colores. Y pintarlos de uno o de otro, tal vez no sea bueno.

Hoy el 40 a 50 por ciento de la humanidad se encuentra encerrada, de una u otra forma, en sus viviendas. Hasta allí llega no el objeto de su temor, sino sus imágenes: el Coronavirus-19. Sea en laptops o PCs, en smartphones, en la televisión o hasta en una página del último diario o revista de papel que se alcanzó a comprar, la pequeña bestiecilla esférica envuelta en cachos con algo de dreadlocks reggae, nos hace “¡¡buuuu!! No puede haber duda de que su apariencia alienígena alimenta la aprensión de que llegue hasta nosotros.

Ayuda a los anterior que el “cuerpo” (la envoltura de proteína que rodea el material genético con el cual “hackea” las células) sea verde, azul, rojo, blanco, todos de extraños matices que no recordamos haber visto en la realidad… pero, un momento: si es un mismo virus, ¿por qué aparece de tantos colores y tan distintos? Los leones, por ejemplo, vienen solo en tres opciones: dorado claro, dorado oscuro y blanco.

La verdad es que el coronavirus no tiene color ninguno.

¿De qué tamaño es el coronavirus?

Sucede que el color tiene ver con la luz. Para decirlo en sencillo, la luz normal, la blanca, contiene a todo el resto de los colores y estos se manifiestan cuando una superficie (mesa, montaña, persona) absorbe uno y rebota otros. Hasta ahí todo claro. Ahora vienen los problemas: muchos virus (también esto es una simplificación) son más pequeños que la luz.

Así, “buscarlos con un microscopio con luz (normal) es como tratar de encontrar una hormiga en un estadio de fútbol por la noche con un gran reflector: la diferencia de escala entre el objeto y la herramienta es demasiado grande”, dice Simon Weaving, en el medio electrónico The Conversation. Y agrega que solo gracias a los microscopios electrónicos (que usan electrones y no luz para “ver” las cosas) es posible “identificar las formas, estructuras y texturas de los virus”. El punto es que, volvamos atrás, sin luz no hay color. Así, “al igual que los electrones, los átomos y los quarks, los virus existen en un reino donde el color no tiene sentido”.

Entonces, resulta que el color que vemos en fotografías o animaciones del virus es agregado. A veces tiene sentido: se busca destacar la diferencia entre una parte y otra de su forma. Otra es, simplemente, estética o capricho.

Para Weaving, deberíamos aceptar la “grisura” del coronavirus; porque el color, les da propiedades y convoca emociones que no ellos no tienen (agresividad predadora si se los muestran en rojo, por ejemplo). Mirarlos en su monotonía de grises -indica- ayudaría “a reducir el miedo de la comunidad y permitirnos continuar la enorme tarea colectiva de manejar su impacto biológico y social”, ello porque “la idea de gris también se ajusta a la noción científica de que los virus están suspendidos en algún lugar entre los muertos y los vivos”. No se divierten cazando, como un león, son una parte más de este planeta tan maravilloso y extraño. Una parte que nos está enfermando y aterrorizando. Sin embargo, esto último es responsabilidad nuestra, humana, porque fueron personas las que lo sacaron del mundo restringido en que se movía y lo distribuyeron a través del nuestro. No es consuelo para los enfermos, pero debería ayudar a crear sabiduría para cuando todo esto haya pasado. 

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