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Soy tan culpable como muchos de idealizar nuestro sencillo y menos sofisticado pasado tecnológico. Pero lo cierto es que mi smartphone es un regalo del ciel...

Mi hija mira al techo cada vez que comienzo a contar mis batallitas. “Contanos cómo ibas caminando solo al colegio”, dice. “Y cómo te gustaba nadar en un estanque o algo así… ¡lleno de ranas!”.

En realidad, cariño, no fue hace tanto. Y tampoco era tan duro como suena. Había algo bastante agradable, por ejemplo, en perderse al llegar a una ciudad, sin recurrir inmediatamente a Google Maps”.

¡Sí, claro…!”.

 

Y continúa. Pero he intentado examinar el problema desde un ángulo distinto, y sigo llegando a la misma conclusión: la vida hoy es mejor. Aquellos que tenemos más de 35 años estamos prácticamente programados para recordar los grandiosos días de una vida con menos necesidades, con las grandes recompensas que venían de la mano de intentar cosas e ingeniárselas sin tenerlo todo. Pero lo cierto es que mi infancia hubiera sido inmensamente, no, infinitamente, mejor si hubiera tenido un smartphone.

 

¿Cómo puedo fingir que la vida era ni la mitad de tolerable en los setenta? Crecí en un mundo en el que las personas hacían cuentas mentalmente solo para pasar el tiempo.

Soy completamente fanático de las aplicaciones que permiten ahorrar tiempo. Me he convertido en adicto al lujo de hacer clic para conseguir cualquier cosa que necesite.

Ayer por la mañana, por ejemplo, me di cuenta de que necesitaba saber algo de un familiar lejano para un libro que estoy escribiendo. Soy lo suficientemente mayor para recordar cuando teníamos que ir a la biblioteca y buscar durante horas en microfichas difíciles de leer y tomar notas. Así escribí un libro entero, mi primer libro. Me llevó muchísimo tiempo y realmente no me permitió incorporar mucho a la mayoría de los párrafos.

 

Ayer, conseguí la información que buscaba en una web de archivo en unos 20 minutos. Luego pedí un taxi a través de la red Uber para ir a dar una clase. Envíe por correo electrónico las notas a mi computadora de la oficina desde el auto, respondí una docena de correos y leí una crítica sobre el restaurante al que iría a cenar esa misma noche.

 

¿He perdido algo de mi experiencia de vida por hacer todo por Internet en lugar de empujar un carrito por los pasillos de un supermercado durante una hora y media? Sí: he logrado evitar un fuerte dolor de espalda. Hoy todo se hace a partir de una serie de movimientos sobre el teclado, que puedo hacer en mi tiempo libre, en cualquier momento del día o de la noche, sin tener que buscar las llaves del auto ni apretujarme entre cientos de personas.

 

Siempre me ha gustado la música, el placer de buscar un disco particular. Pero nada, en todos los años que he pasado comprando discos, podría vencer a Spotify. He escuchado a muchos nostálgicos decir que había algo poético, en caminar hasta la tienda de música. Nos hemos vuelto adictos a pesos y medidas de nuestra propia experiencia. No podemos convertirnos en rehenes de la idea romántica de que el pasado es siempre un mejor lugar.

 

Siempre habrá personas que se sientan alienadas por algo nuevo, y puede haber argumentos que sugieran que esta gran disponibilidad de todo sea una manera de llenar un vacío espiritual. Sin embargo, puedo asegurar que tampoco faltaban vacíos espirituales en las vidas de aquellos que vivían en 1982. Simplemente era mucho más difícil cubrir ese vacío. Esperábamos años hasta que una película que nos gustaba llegara a televisión. Prácticamente teníamos que unirnos a una secta para compartir algo que nos apasionara. La comunicación era, en general, casi una casualidad: aunque podíamos encontrar a alguien para hablar de nuestro libro favorito, lo más probable era lograrlo en una gran ciudad.

 

Hoy, cada día aparece algo nuevo para reemplazar la manera antigua de hacer algo indispensable que resultaba difícil de hacer. ¿Es de noche, vivo en una pequeña población rural y quiero hablar con alguien sobre las rosas de mi jardín? ¿Es Nochebuena en Roma y quiero saber dónde escuchar algo de música y encender una vela?

 

No me digan que lo espiritual está terminando. En muchos sentidos está comenzando. La tecnología no está convirtiéndonos en números, en consumidores robotizados, en personas que odian la idea de comunidad.

 

Las pruebas demuestran que las mejoras nos vuelven más democráticos, más conscientes del planeta, más interesados en la experiencia de otras personas. También hace que nos cuestionemos qué significa que nuestra vida sea tan sencilla, mientras la de otros miles de millones no lo es.

 

En mi caso, la vida no se volvió más compleja con la tecnología, se volvió más manejable. Y el lujo máximo es experimentar hoy nuestra propia dimensión en el mundo, sabiendo que no hay realmente remansos, excepto aquel que llega al recordar felizmente la sencilla vida de antes.

 

Mi hija tenía razón al reírse. Lo que estaba escuchando era un toque de vanidad y una nota de orgullo en mis historias de esa vida que aún no había sido mejorada. En honor a la verdad, nos consumía el deseo de salir, conocer gente, encontrar nuestras voces.

 

Mi disco preferido de adolescente, atrapado en un rincón de las afueras de la vieja Europa, era How Soon Is Now de The Smiths. Había tomado un ómnibus y un tren, y caminado kilómetros para comprar ese disco. Contaba una historia acerca de abandonarse a la experiencia.

 

No sé dónde habrá ido a parar. Pero la canción está aquí, en la punta de mis dedos mientras tecleo. En este mundo que nos rodea, tardé menos de 15 segundos en encontrarla.

 

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jose luis

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