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El pronóstico del tiempo sigue siendo una ciencia incierta.

Previsión de desastres naturales 

Prever las condiciones meteorológicas es fundamental para la vida en el Occidente industrializado. En el control del tránsito aéreo, por ejemplo, los pronósticos que permiten a los aviones eludir los vientos de cola o reprogramar los aterrizajes para evitar el mal tiempo, ahorran unos 80 millones de dólares en combustible al año. Industrias como la de la construcción, el transporte marítimo y la agricultura dependen en gran medida de los pronósticos del tiempo por hora y por día.

Los fenómenos meteorológicos que ponen en jaque a los pronosticadores son los ciclones -enormes tormentas que se originan en los mares tropicales-. Los que se desplazan hacia el oeste a través del Atlántico se llaman huracanes y los que recorren el Pacífico, tifones. Los ciclones se forman en el ecuador y pierden fuerza a medida que tocan tierra. Los huracanes suelen durar una semana, y son impulsados por el aire húmedo y caliente del mar tropical. Conforme va aumentando en el ojo de la tormenta, la humedad del aire se condensa en forma de nubes, libera calor y absorbe más aire húmedo. Durante la temporada de ciclones más de 100 tormentas se forman frente a las costas de África, de las cuales unas seis se transforman en huracanes.

Cuando se detectan los nubarrones en espiral característicos de una tormenta tropical, por lo regular por satélite, una estación meteorológica situada en Miami, Estados Unidos, entra en acción: el personal analiza los datos procedentes de satélites, sistemas de radar, boyas automatizadas y aeronaves para predecir el curso del huracán; en particular dónde se desatará.

A principios de septiembre de 1988, una zona de baja presión comenzó a cobrar fuerza frente a las costas de África hasta que el sábado 10 de ese mes se convirtió en un huracán más tarde llamado Gilberto. Dos días después, Gilberto azotó Jamaica con fuerza devastadora, dejó sin hogar a la quinta parte de los 2,5 millones de habitantes de la isla y destruyó muchas cosechas.

Después, al alejarse de la devastada isla, Gilberto casi duplicó su fuerza y creó rachas de viento de hasta 280 km/h -la peor tormenta que azotó el hemisferio norte en el siglo XX-. El huracán, cuyo curso se predijo con mucha precisión, llegó a la península de Yucatán un miércoles al amanecer y dejó un saldo de 30.000 damnificados. Pudo haber sido peor: en 1979, el huracán David causó 1.100 muertes y el Flora mató a 7.200 personas en 1963. El número relativamente bajo de muertes provocadas por Gilberto, unas 300 personas, se debió a la oportunidad con que se emitieron los boletines.

Pero los pronosticadores no sabían con certeza qué ocurriría después. Cuando Gilberto viró al norte, se puso sobre aviso a las costas de Texas, Luisiana y Mississippi. Alarmada, la gente vació los supermercados, y 100.000 personas atiborraron las carreteras tratando de huir tierra adentro, dejando tras de sí sus hogares. Pero las precauciones resultaron innecesarias: Gilberto se disipó al alcanzar el litoral estadounidense.

El inesperado final de Gilberto pone de relieve el principal problema de los pronósticos meteorológicos: su falta de absoluta certidumbre. Los fenómenos meteorológicos son en buena medida imprevisibles. Las imágenes usadas para representar factores variables como la velocidad del viento o la temperatura ambiental son válidas tan solo por un momento; al segundo siguiente se vuelven aproximativas. Por pequeñas que lleguen a ser las desviaciones respecto a los valores verdaderos, predicción y realidad pronto se separan.

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