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El islamismo es una fe dividida desde sus inicios. Las dos principales ramas del islam son los chiítas y los suníes. ¿Cómo surgieron, en qué se difere...

Como un árbol que se bifurca en la raíz, el islam se dividió casi tan pronto como comenzó su existencia. La división del mundo islámico en dos denominaciones, suníes y chiítas, surgió casi de inmediato después de la muerte del profeta Mahoma. Ambos grupos nacieron de una cruel disputa por el liderazgo de la comunidad musulmana, y las consecuencias de ese antiguo conflicto todavía se sienten profundamente hoy en día. Las diferencias entre los musulmanes suníes y sus hermanos chiítas se encuentran en el relato de los primeros días de la religión. 

Mahoma es el líder indiscutible del movimiento que creó. En el 610 d. C., cuando tenía 40 años, abandonó su vida como comerciante en La Meca para predicar una nueva y simple revelación: que hay un Dios, Alá, y que el verdadero camino consiste en la “sumisión” (islam en árabe) a Él. Mahoma y sus primeros seguidores,

que se llamaban a sí mismos los “que se someten” (muslim), fueron perseguidos por sus ideas y expulsados de La Meca. Llegaron a Medina, donde Mahoma fue

bien recibido como un hombre sabio. Allí, la fe encontró muchos nuevos conversos, y en el 630, Mahoma pudo marchar de regreso a La Meca a la cabeza de un ejército y tomar la ciudad donde había nacido.
En unos años, sus ideas y sus soldados habían conquistado la mayor parte de la península arábiga y el propio Mahoma había sido reconocido como profeta. Más que eso, era el “sello de los profetas”, el último y el más grande de una línea que iba de Jesús y el rey David hasta Abraham, Moisés y Adán. En 632, Mahoma enfermó y murió. Debido a su destacada posición, fue difícil saber quién podía sucederlo, y el propio Mahoma no había dejado claras instrucciones al respecto. Por lo general, se acordaba que el siguiente líder provendría del círculo íntimo del Profeta. Pero cuando se trató el asunto, comenzaron a surgir diferencias sobre qué significaba la sucesión.

 Lealtad partidaria

La mayoría de los discípulos y tenientes que habían servido a Mahoma, los hombres que habían estado con él desde los difíciles comienzos de la fe, pensaban que el nuevo líder debía ser la persona que más estrechamente seguía el ejemplo de Mahoma (sunna, de donde surge la voz “suní”, que significa “precedente” o “forma” en árabe). La persona no sería un líder espiritual que rivalizara con el Profeta, sino la cabeza política de la comunidad islámica y el comandante del ejército musulmán. Su candidato era Abu Bakr, un amigo personal de Mahoma y padre de la esposa del Profeta, Aisha. 

Una facción mucho más pequeña, que constaba sobre todo de miembros de la familia de Mahoma, pensaba que la sucesión debía seguir la línea de sangre del Profeta. Su defensor era el primo de Mahoma, Ali, también uno de los primeros convertidos a la nueva fe. 

Para los “seguidores de Ali” (shi’ at Ali, de donde surge la voz “chiíta”), había un factor aún más importante que el lazo de sangre: Ali estaba casado con la hija de Mahoma, Fátima, de modo que sus hijos eran los nietos del Profeta. Los chiítas veían una dinastía de descendientes de Mahoma que se extendía hacia el futuro, un eterno vínculo viviente con el Profeta. Poco después de la muerte de Mahoma, se convocó a una reunión en Medina para discutir la sucesión. La reunión tomó la forma de una especie de parlamento de ancianos en la ciudad, y asistieron muchos antiguos amigos de Mahoma. 

Tanto Abu Bakr como Ali estuvieron ausentes, pero Abu Bakr se enteró de la reunión y corrió al lugar donde se estaba llevando a cabo. Habló a los reunidos e hizo una recomendación general respecto de que el nuevo líder debía ser un hombre que pudiera unir a todo el mundo musulmán, no solo alguien que resultara aceptable para la gente de Medina. Fuera su intención o no, como resultado de su discurso, lo eligieron en el momento, y todos los presentes le juraron lealtad. Se convirtió en el primer califa, una palabra que deriva de khalifa, el término árabe para “sucesor”. 

Ambas partes estaban de acuerdo en que Ali se hallaba profundamente consternado porque lo habían dejado de lado y ni siquiera le habían consultado respecto de la sucesión. Pero desde ese punto, las versiones se vuelven más partidarias. Los suníes dicen que Ali se reconcilió con Abu Bakr, le juró su lealtad y actúo como consejero de él y de los siguientes dos califas. Los relatos chiítas dicen que, si Ali juró lealtad –algo que no está probado–, lo hizo bajo amenazas y coacción, y solo para mantener la unidad dentro de la umma, la comunidad musulmana como un todo. Hay una tradición chiíta que dice que la esposa embarazada de Ali, Fátima, fue lastimada cuando los hombres de Abu Bakr la obligaron a entrar a su casa, que perdió el bebé como resultado de esto y murió poco después por las heridas. 

El islam oculto 

Lo cierto es que, desde el comienzo del mandato de Abu Bakr, los que apoyaban a Ali se sintieron una minoría oprimida dentro de un mundo suní más amplio. Esta sensación de lucha se reforzó con los hechos posteriores. Ali fue ignorado como sucesor dos veces más. Aunque se convirtió en el cuarto califa, fue asesinado en 661. El califato volvió a manos de los suníes y se desató una guerra abierta entre las dos facciones. El hijo de Ali, Husein, continuó la lucha contra Yazid, el califa suní gobernante, pero Husein y sus partidarios fueron masacrados en la batalla de Karbala en 680, en una heroica resistencia junto al río Éufrates, en lo que hoy es el centro de Iraq. 

La muerte de Husein se ha convertido en el punto central de la leyenda chiíta; se lo considera un mártir inocente en una causa justa. Tanto Husein como Ali empezaron a ser reverenciados como imanes, que en este contexto es una figura similar a un santo cristiano. La mayoría de los chiítas cree que hubo una sucesión de doce imanes divinos, que el último de ellos fue “ocultado” (escondido de la vista por Alá) en el año 874, y que regresará algún día para levantar a sus seguidores y hacerlos entrar en una nueva era. Se podría decir que esta creencia es un corolario

natural de una fe basada en una historia de desheredamiento (y es similar, aunque pocos musulmanes aprobarían la comparación, con el anhelo de un Mesías del pueblo judío). Hasta el regreso del imán oculto, la vida espiritual de los musulmanes chiítas está regulada por una jerarquía de clérigos. En la cima de esta jerarquía se encuentran los ayatolás (título árabe que significa “signo de Dios”), figuras de alto nivel, educadas, análogas a los arzobispos o cardenales cristianos. 

Una edad dorada 

No se debería extender la analogía, pero la visión suní de estas creencias chiítas no difiere de la visión protestante del catolicismo. Para un suní, la reverencia que los chiítas brindan a los doce imanes es casi idólatra, y el sistema clerical es una complicación innecesaria de la sencilla fe musulmana. Según la forma de pensar suní, un imán es un líder de oración y un intérprete de la ley,

funciones que puede cumplir cualquier musulmán calificado. La visión meritocrática se relaciona con la posición suní respecto de la sucesión de Abu Bakr, pero también está arraigada en la perspectiva suní de la historia posterior del islam. Los años en los que se forjó la melancólica visión chiíta del mundo son totalmente diferentes desde la perspectiva suní. 

Para éstos, los primeros siglos después de la muerte de Mahoma fueron una especie de edad dorada. Una dinastía suní, los Omeyas, gobernó un imperio –desde su base en Damasco, en la actual Siria– que se extendía desde España y pasaba por África y Persia. Aun cuando este imperio cayó, el poder suní persistió a través de los Abasidas y, finalmente, en el Imperio otomano. Como resultado de este éxito político, la versión suní de la fe islámica se convirtió en la doctrina de la mayoría de los musulmanes alrededor del mundo. Hoy, entre el 85 y el 90% de los musulmanes son suníes. Los chiítas constituyen ahora una minoría dentro del islam, como siempre lo han sido. Pocos países tienen una mayoría chiíta; entre ellos, Irán, Iraq, Bahrein y Azerbaiyán. En Irán, el ayatolá Jomeini tomó el anhelo chiíta de justicia espiritual y lo convirtió en una teología revolucionaria que exigía justicia política. Cuando Jomeini llegó al poder en 1979, impuso la jerarquía clerical chiíta sobre la infraestructura del gobierno. Irán se convirtió en un país gobernado por la ley islámica (Sharia), aunque durante el gobierno de Jomeini y sus sucesores, el país no fue tanto una república religiosa como una teocracia totalitaria.

Polarización y moderación 

En Iraq, la mayoría chiíta fue brutalmente tratada por Saddam Hussein. Era suní y gobernó a través de una elite militar formada, sobre todo, por suníes. En 2003, Saddam y su gobierno fueron derrocados por una invasión de fuerzas estadounidenses y británicas, que luego fue incapaz de impedir que los oprimidos chiítas se vengaran de sus opresores. El resultado ha sido un ciclo continuo de luchas civiles. Los sucesos en estos países han tenido el desafortunado efecto de resucitar una sospecha histórica respecto del islam en el mundo occidental. Juzgar al islam por estas manifestaciones extremistas sería tan injusto como evaluar a la cristiandad sobre la base del violento sectarismo que tuvo lugar en Irlanda del Norte. Después de todo, muchos suníes y chiítas no están inclinados siquiera a usar esas denominaciones que los diferencian: prefieren ser conocidos simplemente como musulmanes, aquellos que se rindieron a la voluntad de Dios. 

¿Cuáles son las otras formas del islam? 

Suníes y chiítas juntos constituyen la vasta mayoría de los musulmanes en todo el mundo. Pero hay otras creencias y prácticas dentro del islam, otras formas de someterse a Alá. El sufismo es una tradición reflexiva, mística. Al igual que las órdenes monásticas dentro del cristianismo, surgió como una reacción a la riqueza y al poder de la sociedad musulmana en los primeros tiempos de su expansión. Como los ascetas budistas, los sufíes usan técnicas de repetición metódica para inducir el estado de éxtasis espiritual conocido como sukr o “intoxicación”. Por ejemplo, pueden recitar el nombre de Alá una y otra vez. La secta turca conocida en Occidente como los “derviches bailarines” son sufíes, y su danza es una práctica meditativa y simbólica para alcanzar el amor desinteresado. Las tradiciones sufíes también son dominantes en el norte de África.

 En el extremo opuesto del espectro religioso, está el wahhabismo, una interpretación estricta y austera del islam, que recibió su nombre de un erudito musulmán llamado Muhammad Ibn Abd al-Wahhab. Este deploraba lo que veía como un relajamiento moral de los musulmanes y habló en contra de la veneración de santuarios y de la ciega devoción a textos medievales no coránicos. Consideró que eran distracciones de la verdad central del islam: que no hay otro Dios más que Alá. En muchos sentidos, el wahhabismo es un tipo de islam puritano. Al igual que el puritanismo en la Inglaterra del siglo XVIII, fue un movimiento político militante, además de un credo religioso inflexible. Losseguidores de al-Wahhab arrasaron con santuarios suníes y chiítas. Uno de los primeros aliados de al-Wahhab fue Muhammad Ibn Saud, un jefe tribal árabe cuyos descendientes serían gobernantes de Arabia Saudita. El wahhabismo sigue siendo la rama más influyente del islam en ese país.

Hay otros grupos menores en el islam; por ejemplo, los ismailíes en la India; los mahdistas en Sudán; los alauitas en Siria; los zaydíes en Yemen; los jariyíes e ibadíes en Omán y partes de Argelia y Túnez, y los drusos en Líbano y Siria. 

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