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Las infecciones postoperatorias eran muy comunes en el siglo XIX.

¿Cómo se usaron los primeros antisépticos para salvar la vida de los pacientes?

La vida de un niño de 11 años, James Greenlees, estaba en peligro. Tras ser atropellado por una carreta, fue trasladado urgentemente al hospital real de Glasgow con una pierna rota. En aquella época, una fractura múltiple desembocaba inevitablemente en la amputación o la muerte.

En el siglo XIX la cirugía era el último recurso. Si los pacientes no morían a causa de una hemorragia o una conmoción en el quirófano, era fácil que sucumbieran por culpa de una infección postoperatoria. Las infecciones, alimentadas por la falta de higiene, el hacinamiento y las enfermedades crónicas, se propagaban rápidamente por las salas de los hospitales. Después de una amputación, el paciente solo tenía un 50 por ciento de posibilidades de sobrevivir.

Por suerte para James Greenlees, su cirujano decidió probar una nueva técnica. En primer lugar, Joseph Lister aplicó fenol a la herida, entablilló la pierna y no volvió a tocarla durante varios días. Cuando examinó de nuevo la herida, tenía buen aspecto, no olía mal y estaba menos inflamada de lo que habría cabido esperar. Lister vendó nuevamente la herida y le aplicó más fenol. Poco a poco se fue formando una cicatriz de aspecto sano, y al cabo de seis semanas los huesos se habían vuelto a soldar.

A la seguridad por la higiene

En 1867 Lister describió este caso y otros diez más en la revista médica The Lancet. Entre sus casos se había producido una muerte y había sido necesario practicar una amputación. La operación de fractura múltiple, considerada hasta entonces como una lesión gravísima, podía abordarse ya con gran seguridad. Solo una de las cincuenta operaciones que llevó a cabo Lister posteriormente empleando fenol tuvo como resultado la muerte del paciente.

En aquella época los médicos creían que la infección o septicemia -inflamación y pus- era causada por el "aire viciado". Unos años antes, Louis Pasteur había descubierto que los organismos transportados por el aire provocaban la descomposición de los alimentos. Lister supuso que unos organismos similares causaban la septicemia en las heridas. Entretanto, Frederick Crace Calvert, un profesor de química de la universidad de Manchester, descubrió que el fenol retrasaba la descomposición de los cadáveres. Lister dedujo que el ácido fénico era el que mataba los microbios, de modo que en 1865 comenzó a utilizarlo para proteger las heridas.

Limpieza ante todo

Durante los dos años siguientes Lister insistió en fomentar las condiciones de esterilidad, asegurándose de que el quirófano y el personal médico estuvieran siempre escrupulosamente limpios. Durante la operación se rociaba la herida con fenol por medio de un vaporizador. Hacia finales de siglo otros médicos comenzaron a propugnar el empleo de métodos "asépticos" en lugar de antisépticos. Este procedimiento sigue siendo la base de la cirugía moderna.

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Imagen Elva Natalia
Elva Natalia

Felizmente ya todo eso fue superado y hoy nadie muere por una fractura común o una herida o cirugía.

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