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Ninguna pintura en el mundo es tan conocida y admirada como la Mona Lisa de Leonardo da Vinci.

La increíble fama de la Mona Lisa

Ninguna pintura en el mundo es tan conocida y admirada como la Mona Lisa de Leonardo da Vinci. Si se necesitaran pruebas de ello, solo habría que ir al museo del Louvre en París: de todas las obras de arte, ninguna atrae tanto la atención de los visitantes. Más aún, millones de personas que nunca han estado en una galería de arte la reconocen al instante.

Leonardo pintó la Mona Lisa, llamada también la Gioconda, entre 1503 y 1506. Existen dudas acerca de quién fue la modelo; muchos historiadores de arte dicen que seguramente se trataba de Mona Lisa Gherardini, que se casó en 1495 con el noble florentino Francesco del Giocondo, un rico mercader de sedas. Ella tenía entonces aproximadamente 20 años.

Al marido de Mona Lisa le disgustó tanto el cuadro, que se dice se rehusó a pagarlo, por lo que se le quedó al artista. En 1516, el rey Francisco I invitó a Leonardo a Francia, donde murió tres años más tarde. La Mona Lisa pasó a formar parte de la colección de arte del Rey y se cuenta que decoraba el baño real.

Aparte de sus exhibiciones en el extranjero, y del tiempo que pasó en Italia en 1913 cuando la robaron, la Mona Lisa ha permanecido en Francia. En 1963, cuando la pintura fue llevada a Washington para exhibirla, fue asegurada por 100 millones de dólares, el seguro más costoso hecho a una obra de arte.

Expertos y conocedores de arte se preguntan constantemente por qué la Mona Lisa ha adquirido tal fama y fortuna. Sin duda alguna, su atractivo es muy subjetivo, pues depende de lo que sientan los espectadores, lo cual explica gran parte de la continua fascinación que ejerce la pintura. Podemos discutir, por ejemplo, si la modelo está sonriendo o no. Tenues y oscuros pigmentos alrededor de sus ojos y boca dan una extraña sensación de movimiento, mientras que los brazos y las manos transmiten una sublime sensación de placidez, que contrasta con lo rígido de la mayoría de los retratos de la época.

Los críticos han reunido un vasto conjunto de adjetivos para describir el rostro: enigmático, espiritual, sereno, misterioso. Además, la mujer permanece tranquila ante uno de los paisajes más ricos y extraños de cuantos Leonardo escogiera, atravesado por caminos y puentes que no van a ningún lado. El hecho de que tratemos de atribuir personalidad a una inmóvil y bidimensional pintura, que mide 77 por 53 centímetros, es un cumplido para el gran maestro, quien dio nueva vida al arte del retrato.

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