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Visitan a sus crias dos veces por día para darles de comer.

La crianza de los antílopes cuernos de sable

Con sus costados café oscuro brillando al sol de febrero, un pequeño grupo de antílopes cuernos de sable hembras se apacenta entre los árboles. La mayoría de ellas ya dieron a luz y, como madres concienzudas que son, se mantienen lo suficientemente cerca de sus crías para visitarlas dos veces al día y darles de comer. Así, restringen su acostumbrado deambular por las selvas del sur de África central.

Al igual que las crías de otros antílopes y venados, el joven antílope cuernos de sable se mantiene oculto en pastizales altos o matorrales. A salvo de las miradas de depredadores como leones y leopardos espera, quieto, a que su mamá venga cada 12 horas a amamantarlo. Una vez alimentada, la cría se interna en un nuevo escondite, donde ni siquiera parpadea, aun en caso de que un depredador se acerque demasiado al lugar donde yace acurrucado.

Entre febrero y marzo, las crías ya son lo suficientemente fuertes para unirse al grupo de entre cinco y diez hembras que recorre su circuito de temporada en su territorio de 1,3 km2. Estos animales siempre consiguen llegar a los mejores pastizales. Sus lugares favoritos son los bosques junto a fuentes permanentes de agua, donde el pasto, hojas y tallos son más generosos y jugosos.

Las crías requieren de buena alimentación, ya que crecen hasta convertirse en uno de los integrantes más grandes de la familia de los antílopes, de hasta 1,4 m de estatura hasta los hombros y 250 kg de peso. La agresión les llega naturalmente, y ciertamente están equipados para pelear, con sus formidables cuernos curvos de hasta 1,5 m de largo.

Sin titubear, tanto el antílope macho como la hembra dirigen su cornamenta hacia cualquier incauto depredador que se atreva a atacarlos. Incluso los leones prefieren mantenerse alejados. Cuando pelean entre sí por el dominio, los machos evitan el riesgo de una severa herida arrodillándose sobre sus patas delanteras, enlazando los cuernos, empujando y torciendo las cabezas en una prueba de fuerza.

Crecer

Las crías hembras se mantendrán en el mismo grupo de sus mamás por el resto de sus vidas, pero los machos jóvenes se irán al cumplir un año. Se unen a los rebaños que recorren los bordes del territorio de las hembras. Conforme maduran, su piel se oscurece hasta que sus lomos, flancos y patas desarrollan la textura aterciopelada que su nombre indica.

Entre los cinco y seis años de edad el macho establece su propio territorio, expulsando a los demás hasta convertirse en su dueño indiscutible. Durante el celo, entre abril y mayo, tratará de mantener en su terreno a las hembras que vienen a pacer, para acoplarse con ellas tan pronto se hagan receptivas.

El antílope permanece en su territorio hasta que lo expulsa un macho más fuerte.

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