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El tipo de rocas que forman estos litorales varían en todo el mundo.

El variado litoral rocoso

¿Por qué es tan variado el litoral rocoso?

Pocos lugares pueden igualar en belleza y emoción a una costa rocosa. El turbulento oleaje parece representar una incesante batalla entre una tierra aparentemente inexpugnable y el mar que la asedia. El tipo de rocas que forman estos litorales varía en todo el mundo. A ambos lados del Canal de la Mancha, por ejemplo, son capas de greda (variedad de piedra caliza) las que forman los resplandecientes acantilados blancos. La abrupta costa de la parte norte de Nueva Inglaterra es casi toda granítica. Al otro lado del mundo, en la isla hawaiana de Kauai, el basalto volcánico ha sido esculpido por el mar hasta formar enormes escarpaduras de 600 metros de altura.

Además, los contornos de estas costas son tan variados como las rocas que las componen. Algunas presentan un frente uniforme constituido por largas líneas de acantilados verticales. En otras partes, majestuosos promontorios alternan con profundas caletas. Con frecuencia, las rocas han sido excavadas hasta formar túneles, cuevas y arcos. Pero todas las costas tienen algo en común: por doquier impera el tronar de las batientes olas, artífices principales de este espléndido panorama.

¿Cómo modela el oleaje las rocas?

Las olas, sobre todo durante las tormentas, se lanzan contra las rocas con la fuerza de arietes. Un cálculo de la potencia del oleaje invernal en el noroeste del Pacífico comparaba su impacto al de un automóvil que se estrellase contra un muro de piedra a 140 kilómetros por hora.

Las olas rompientes, además, suelen estar cargadas de guijarros, piedras e incluso peñascos que, al ser proyectados contra la costa como metralla, horadan las rocas y las trituran.

Las olas atacan también de una forma menos evidente: al estrellarse en las rocas, comprimen el aire retenido en hendiduras y grietas haciendo que estallen. Repetidas una y otra vez, estas pequeñas explosiones pueden desprender enormes peñascos y lanzarlos rodando al mar.

Muchas otras fuerzas contribuyen a esculpir los acantilados costeros. El intemperismo químico debilita las rocas, y el agua dulce que se congela y se dilata en las grietas llega a desgajar trozos de ellas. Incluso las plantas y los animales participan en el proceso: ciertas algas segregan ácidos que ayudan a disolver la roca, y los caracoles, erizos de mar y gusanos taladran en ellas agujeros que aumentan su debilidad frente al oleaje.

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