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La Revolución Industrial requería inmensas cantidades de este combustible.

La extracción manual

El minero se introdujo en la estrecha veta y, tumbándose de costado, extrajo el carbón de su base con un pico. En el oscuro pasillo que se extendía a sus espaldas, una mujer cargaba el carbón en una vagoneta. La mujer arrastraba la vagoneta con ayuda de un arnés que pasaba entre sus piernas, sujeto a un cinturón de cuero alrededor de su cintura. El túnel que conducía hasta el pozo era angosto y empinado, y el agua que caía del techo calaba a la infortunada mujer hasta los huesos.

Familias de mineros.

A finales del siglo XVIII, cuando se precisaban enormes cantidades de carbón para alimentar los hornos de la Revolución Industrial, imparable en Europa, la extracción del carbón se realizaba manualmente. La industria del carbón empleaba a familias enteras: los hombres extraían el carbón, mientras que las mujeres y los niños se ocupaban de su transporte. Los niños eran una parte esencial del proceso: en algunas minas, los pasillos que conducían hasta la veta medían 50 cm de alto.

La jornada comenzaba entre las 5 y las 6 de la mañana. Los mineros bajaban hasta el interior del pozo en las vagonetas -enganchadas a una cuerda y descolgadas mediante una polea o un chigre y una rueda dentada- o agarrados directamente a la cuerda del torno. Los accidentes eran constantes: los vagones chocaban, los mineros se soltaban y caían o quedaban sepultados bajo montones de carbón. Una vez en la veta, el minero extraía el carbón con un pico y lo vertía con una pala sobre un gran tamiz de madera, conocido como criba. Con ayuda de una mujer o un niño mayor, el trabajador sacudía la criba para separar los trozos de carbón más pequeños y dejar solo los grandes, que a continuación se cargaban en la vagoneta. Cuando la vagoneta estaba llena, la mujer o el niño la arrastraba hasta el fondo del pozo, desde donde se elevaba hasta la superficie y hasta donde descendía nuevamente vacía.

Uno de los mayores peligros de la extracción del carbón es el grisú, o gas metano. Este gas, altamente inflamable en contacto con el aire, obligaba a los mineros a trabajar prácticamente a oscuras. Para controlar el nivel de gas, un fogonero, envuelto en sacos mojados para protegerse de las quemaduras, prendía fuego a las bolsas de gas con una vela situada en la punta de una vara larga. Un modo de mejorar el flujo de aire consistía en encender un horno en el fondo de un pozo para extraer el aire limpio por el otro.

Tragedia en la oscuridad.

Para evitar la formación de bolsas de gas, y garantizar la ventilación de la mina, los ingenieros idearon un sistema basado en el trabajo infantil. Niños de cinco o seis años abrían las puertas herméticas para permitir el paso de los mineros y las vagonetas de carbón, y se aseguraban de cerrarlas con el fin de controlar la entrada de aire. Una puerta abierta podía aumentar el riesgo de explosión. Los niños pasaban largas y solitarias jornadas de diez horas, agachados en la oscuridad del pozo. Un niño de siete años relató: "Me levanto, abro la puerta y la cierro; normalmente estoy a oscuras y me siento junto a la puerta... Sólo veo la luz del día los domingos".

Las jornadas en las minas eran igual de largas para todos, con un descanso de pocos minutos al mediodía para tomar un trozo de pan o una torta de avena y un poco de queso. Las condiciones en las minas británicas no mejoraron hasta mediados del siglo XIX, cuando tras una investigación sobre el trabajo en ellas, se promulgó una ley, en 1842, que prohibía el acceso a las minas de mujeres, niñas y niños menores de 10 años. Los mineros seguían expuestos a grandes peligros, pero la sensación de adversidad compartida fomentó un sentimiento de orgullo entre la comunidad minera.

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takataka

¡Pobre gente! Es increíble la forma en que se los explotaba.

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