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La técnica de la iluminación había alcanzado ya un alto nivel de complejidad en el siglo VIII.

Dibujar con oro y piedras preciosas

La iluminación se realizaba una vez que el copista terminaba de escribir el texto. Por lo general corría a cargo de uno o varios artistas especializados, si bien algunos amanuenses eran también iluminadores. Unos eran monjes, otros artistas profesionales, y había también algunas mujeres.

En los espacios que el copista dejaba en blanco, el iluminador realizaba un boceto del diseño, sirviéndose de la regla y el compás para trazar las formas geométricas. A continuación aplicaba el pan de oro con goma o yeso sobre las zonas que iba a cubrir y posteriormente frotaba una delicada y finísima lámina de oro batido sobre la página, con ayuda de una piedra suave.

Hecho esto, el artista aplicaba la pintura con pinceles, generalmente en dos o tres etapas. En primer lugar pintaba el fondo, incorporando a continuación el resto de los colores. Las pinturas se elaboraban con pigmentos vegetales y minerales, como savia de iris (verde) y raíz de rubia (rojo oscuro). Algunos de estos pigmentos se traían de tierras lejanas: el azul ultramar, por ejemplo, se fabricaba con el lapislázuli llegado de Afganistán.

La técnica de la iluminación había alcanzado ya un alto nivel de complejidad en el siglo VIII. Durante la Edad Media, ricos clientes privados encargaban la ilustración de ciertos libros para su uso personal, tales como Vidas de Santos, Apocalipsis (visiones del fin del mundo), Bestiarios (enciclopedias de animales, reales o imaginarios) y colecciones privadas de devocionarios, conocidos también como «Libros de horas».

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