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Ese celular que querés reemplazar: ¿realmente está obsoleto? ¿O podrías ser una víctima inconsciente de una sociedad de c...

Ahora suele ser más barato comprar un producto nuevo que reparar uno viejo. ¿Quién inventó la obsolescencia intrínseca como una estrategia industrial?

 

A menudo se supone que la obsolescencia planeada es una idea moderna, una estrategia comercial de la era electrónica. También se cree que la práctica es un subproducto de una sociedad donde los consumidores se actualizan todo el tiempo porque pueden darse el lujo de hacerlo; que es el resultado de demasiada riqueza. De hecho, ninguno de estos supuestos es cierto: el término se acuñó al menos hace ochenta años, y el concepto que representaba fue muy popular en la década de 1930 porque parecía ofrecer una salida a la Gran Depresión.

 

La expresión “obsolescencia planeada” apareció por primera vez impresa en un panfleto publicado en forma privada en 1932. Su autor era un promotor inmobiliario de Nueva York, llamado Bernard London. Al recordar los años anteriores a la debacle de Wall Street, London escribió: “(...) en el período anterior de prosperidad, el pueblo de Estados Unidos no esperaba hasta que se hubiera extraído el último fragmento posible de uso de cada bien. Dejaba casas viejas y automóviles viejos mucho antes de que estuvieran rotos, sólo porque eran obsoletos (...) Ahora se han pasado al otro extremo y se han vuelto locos con la reducción de gastos. Hoy, en todas partes, la gente desobedece la ley de la obsolescencia”.

 

¿Obsolescencia por decreto?

 

London planteaba que debía alentarse a los ciudadanos a tirar las cosas viejas y comprar otras nuevas –aunque los tiempos fueran difíciles– porque, así, estimularían la producción en las fábricas, inyectarían efectivo en el sector minorista, y acelerarían así la recuperación de la economía. Pero los medios que proponía para alcanzar esto eran autoritarios. Recomendaba que el gobierno de Estados Unidos “asignara un tiempo de vida a los zapatos, las casas y las máquinas; a todos los productos manufacturados”. Cuando el tiempo asignado a productos como una mesa o una silla se terminaba, los dueños estaban legalmente obligados a “entregar sus bienes usados y obsoletos a ciertas oficinas gubernamentales”. A cambio, los ciudadanos recibirían un vale que podían usar como parte de pago de nuevos bienes.

 

No es sorprendente que se hayan ignorado los aspectos prácticos del plan de London. Pero la idea paradójica de que se podía hacer dinero con bienes de corta vida les sonó bien a los fabricantes. Si bien la vida de un producto no podía fijarse por ley, como proponía London, había quizás una forma técnica de alcanzar el mismo fin.

 

Se sabe que General Electric fue una empresa que investigó esta posibilidad. A principios de la década de 1930, la firma realizó experimentos para ver si podía lograr que sus lámparas se quemaran más rápido. Trató de diseñar artificialmente sus productos para que tuvieran una vida más corta. “Si esto pudiera lograrse –decía un memo del departamento de investigación–, calculamos que el resultado sería un aumento en nuestro negocio de lámparas de alrededor del 60%. No vemos una razón lógica (...) por la cual no debiera hacerse ese cambio”. Llegado el momento, la empresa no llevó a cabo esta propuesta. Lo que es más, ninguna compañía ha admitido jamás que diseña deliberadamente sus productos para que se rompan o descompongan antes de lo que debieran. Y en todo caso, la “fecha de muerte”, como se conoció a esta oscura práctica, sólo puede funcionar en una situación en la que una empresa tiene el monopolio del mercado. Cuando hay una competencia abierta, es probable que los consumidores se sientan atraídos por la marca de lámparas que parezca durar más.

 

Pero después de la Segunda Guerra Mundial, surgió una nueva forma de obsolescencia planeada. Y esta vez el consumidor, lejos de ser mantenido en la oscuridad, estuvo dispuesto a aceptarla por propia voluntad. El nuevo giro de la idea era que los fabricantes usaran el diseño para lograr que la gente tuviera deseos de comprar un producto que ya tenía. Si se adaptaba constantemente el aspecto de un objeto, y mediante el uso astuto de la marca y la publicidad, se podía persuadir a la gente de que comprara nuevas versiones de productos costosos en perfecto estado, como radios, televisores e incluso automóviles y casas. Sólo lo harían porque habrían llegado a creer que los antiguos eran obsoletos.

 

La atracción de lo nuevo

 

El principal propulsor de este nuevo enfoque fue Clifford Brooks Stevens, un talentoso diseñador industrial. En 1954, definió la obsolescencia planeada como “infundir en el comprador el deseo de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor, un poco antes de lo necesario”. Brooks Stevens afirmaba que había acuñado el término “obsolescencia planeada”, aunque de hecho lo había tomado de Bernard London, junto con muchos argumentos económicos.

 

Toda nuestra economía se basa en la obsolescencia planeada –decía Brooks Stevens en 1958–. Hacemos buenos productos, inducimos a la gente a comprarlos, y al año siguiente deliberadamente introducimos algo por lo cual esos productos parecen pasados de moda, obsoletos. Lo hacemos por la más sólida de las razones: para hacer dinero”.

 

Brooks Stevens estaba en lo cierto: no habría industria de la indumentaria, por ejemplo, si todos esperaran hasta que una camisa estuviera destruida para comprarse una nueva. También señaló que el tipo de obsolescencia planeada inducida psicológicamente no era un derroche, como parecía, ya que muchos de los objetos redundantes –los autos de dos años de antigüedad y los zapatos del año anterior– retenían parte de su valor y pasaban a otro nivel de la economía como artículos de segunda mano. Las ideas de Brooks Stevens eran polémicas y fueron atacadas, pero en ese momento a nadie se le ocurrió que pudiera haber serias objeciones ecológicas y ambientales a la obsolescencia regida por el diseño. La noción de que era riesgoso enviar a un vertedero ciertos productos peligrosos, como teléfonos celulares, monitores de computadora y heladeras, estaba todavía lejos en el tiempo.

 

Los productos electrónicos son el campo de batalla moderno de la obsolescencia planeada. La tecnología informática se mueve tan rápido que muchos usuarios quieren actualizar su hardware cada dos años, o menos.

 

Con este criterio, no hay razón para construir cámaras digitales, reproductores de MP3, computadoras portátiles y televisores de pantalla plana que sean resistentes cuando las máquinas ya son tecnológica y psicológicamente obsoletas. Por lo tanto, los fabricantes usan componentes más baratos que saben que se van a romper en cinco años más o menos. No es exactamente una fecha de muerte, pero se le parece mucho.

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