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En 1481, una comadrona de York fue acusada de utilizar conjuros durante un parto.

Cómo era el trabajo de las comadronas en una época de supersticiones

En 1481, la comadrona Agnes Marshall fue acusada ante el obispado de York, en el norte de Inglaterra, no solo de falta de experiencia, sino también de otro delito mucho más grave: utilizar conjuros durante un parto. El tribunal se disponía a escuchar el alegato de la defensa ante la acusación de brujería: debía decidir sobre su inocencia o culpabilidad, y, en este último caso, imponer el castigo adecuado.

Se trataba de un caso bastante insólito -pocas comadronas fueron acusadas de brujería- pero, hasta el siglo XVII, el parto fue en toda Europa un acontecimiento envuelto en la superstición. El hecho de dar a luz era una mancilla para la madre. Las parteras solo podían ejercer su profesión tras superar un estricto examen por parte de los tribunales eclesiásticos.

En dicho examen, la madurez se consideraba una gran ventaja. Las aspirantes a comadronas debían dar muestras de buen carácter y tenían que haber dado a luz ellas mismas al menos a un hijo. La iglesia prohibía a las parteras realizar prácticas abortivas y las instaba a que sonsacasen a las madres solteras el nombre del padre.

Un trago fuerte para las fatigas

El parto propiamente dicho era siempre un acontecimiento de mucho ajetreo: las familiares y amigas que ya habían tenido niños eran convocadas para que presenciasen su desarrollo, puesto que podían prestar ayuda y dar útiles consejos. El parto tenía lugar en una habitación preparada al efecto, con las cortinas corridas y las cerraduras tapadas para que no entrase la luz ni el aire. Una vez encendidas las velas, la habitación se transformaba, simbólicamente, en otro lugar. La comadrona preparaba un "caldo" picante con vino o cerveza para la parturienta; también le indicaba cuándo tenía que sentarse o reclinarse, empujar o descansar.

Después de dar a luz la madre permanecía recluida durante un período de un mes, a lo largo del cual se iba desmantelando la habitación que había servido de sala de parto. Durante la primera semana la madre guardaba cama, y recibía visitas solo de otras mujeres, y la comadrona se encargaba de llevar al recién nacido a la iglesia para que lo bautizaran. A partir de la segunda semana la madre recibía ropa de cama nueva y comenzaba a pasear al bebé por la habitación. Finalmente se le permitía acceder a toda la casa y ver a sus familiares varones. La "reclusión" terminaba cuando la madre era conducida a la iglesia para asistir a una ceremonia de purificación.

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