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La cirugía en el campo de batalla.

Coñac, magulladuras y bravuconería

Cómo operaban los cirujanos en las guerras napoleónicas

El estampido de los cañones y el traqueteo de la artillería ahogaban los gritos de los heridos. El hedor de la carne quemada se mezclaba con el olor acre de la pólvora mientras el cirujano comenzaba a cortar tranquilamente el fémur del capitán.

En la batalla de Borodino, en 1812, el barón Dominique Jean Larrey amputó más de 200 extremidades en 24 horas. A fin de aliviar el espantoso dolor de sus pacientes, Larrey les daba un trago de coñac y un trozo de tela para morder. A continuación empleaba la técnica de los «tres cortes», colocaba una tira de piel sobre la herida y suturaba. Todas las heridas se desinfectaban con un preparado a base de malvavisco y se vendaban con compresas de vino.

La operación duraba solo unos minutos, a menos que el cirujano tuviera que escarbar en la herida para extraer astillas de hueso o fragmentos de bala. Los médicos prusianos y rusos no eran tan meticulosos; se limitaban a serrar el hueso y estirar la piel para cubrir la herida, que, como consecuencia de ello, rara vez cicatrizaba adecuadamente.

Las reacciones a una amputación eran imprevisibles. Algunos heridos morían de conmoción, muchos se desmayaban y otros mostraban un aguante extraordinario: algunos marineros regresaban a la batalla inmediatamente después de que les cubrieran el muñón con brea. Durante la Guerra de la Independencia española, a un oficial al servicio del duque de Wellington le fue amputado un brazo sin que llegase siquiera a pestañear; cuando hubo concluido la operación, el oficial exclamó: "¡Devuélvame ese brazo! Tiene un anillo que me regaló mi mujer".

Un destino más terrible que la muerte

Pese a la presencia de cirujanos, la eutanasia era bastante frecuente. Todos los soldados sabían lo que les esperaba cuando caían en manos del cirujano, y por eso muchos pedían a sus compañeros que pusieran fin a sus sufrimientos. Los cirujanos castrenses eran habitualmente los menos aventajados de la profesión porque su trabajo resultaba peligroso y estaba mal pagado.

El duque de Wellington, comandante de las tropas británicas contra Napoleón, tardó en reconocer la labor de sus cirujanos en los hospitales de campaña y se negó a permitir el uso de ambulancias. Los heridos eran retirados en camilla por los músicos del regimiento o abandonados a su suerte hasta que terminase la batalla. Transportados en pesados carromatos, los heridos sentían el crujir de sus huesos rotos con cada bache del terreno.

Entretanto, el ejército de Napoleón utilizaba ligeras ambulancias tiradas por caballos y atendidas por equipos médicos. Estas ambulancias, diseñadas por Larrey, tenían colchones de pelo de caballo que se deslizaban sobre unas guías. Las paredes del carro estaban parcialmente acolchadas y tenían unos bolsillos para contener medicinas. Si las circunstancias lo permitían, se colocaba el colchón en el suelo y se realizaba la operación sobre la marcha.

Los soldados de las guerras napoleónicas fueron más afortunados que sus antecesores. Hasta entonces el soldado raso había sido prescindible. Cuando caía herido, era abandonado a merced de los habitantes del lugar. Al terminar el combate, los saqueadores recorrían el campo de batalla y degollaban sin el menor escrúpulo a los soldados heridos para arrebatarles lo que llevaban en los bolsillos.

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