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Permítanos contarle una historia simple, pero difícil de olvidar. Publicada originalmente en enero de 1955.

Un día fui a ver a un abogado amigo para pedirle asesoramiento. “Estoy en serios problemas”, le dije. “Mis vecinos de enfrente se fueron de vacaciones por un mes y, en lugar de dejar a sus dos perros en una residencia canina, los van a dejar encerrados y una mujer va a ir a alimentarlos (si es que se acuerda), y mientras tanto los perros van a estar solos ladrando todo el día. Aullarán toda toda la noche; así que no voy a poder dormir y voy a ser un manojo de nervios, y voy a tener que llamar a la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales para que se los lleve, o me voy a volver loco e iré hasta allí a dispararles, y luego mis vecinos se volverán locos y vendrán y me dispararán a mí…”

Mi abogado dio un sutil bostezo. “Permíteme contarte una historia”, dijo. “Y no me interrumpas si ya la conoces porque te hará bien escucharla de nuevo.

“Un tipo iba manejando muy rápido por un camino rural tarde por la noche cuando de pronto... ¡pum! Se revienta un neumático. Bajó del auto y miró y... ¡demonios! ¡No tenía el gato! Luego pensó: ‘Bueno, caminaré hasta la granja más cercana y pediré prestado un gato’. Vio una luz a la distancia y dijo: ‘Estoy con suerte. El granjero está despierto. Golpearé la puerta y le diré que estoy en problemas y si, por favor, me presta un gato’. Y él dirá: ‘Pero por supuesto, vecino. Aquí tiene… pero tráigamelo de vuelta’.

“Caminó un poco más y la luz se apagó, entonces pensó: ‘Ahora probablemente se fue a dormir y se moles-tará si lo despierto... así que tal vez quiera algo de dinero a cambio del gato. Y le diré que está bien, que no es de buen vecino, pero que le daré 25 centavos. Y él dirá: ¿Cree que puede sacarme de la cama en la mitad de la noche y ofrecerme solo 25 centavos? Deme un dólar o consígase un gato en otra parte’.

“Para entonces el tipo estaba tan ofuscado que le salía humo por las orejas. Pasó la verja y balbuceó: ‘¡Un dólar! Está bien, te daré un dólar. ¡Pero ni un centavo más! …Un pobre diablo tiene un accidente en plena noche y lo único que necesita es un gato. Probablemente no me lo preste, sin importar lo que le ofrezca. Porque usted es ese tipo de persona’.

“Y ahí fue cuando llegó a la puerta y golpeó... fuerte y con enojo. El granjero sacó la cabeza por la ventana y gritó ‘¿Quién anda ahí? ¿Qué quiere?’ El tipo dejó de golpear la puerta y exclamó: ‘¡Usted y su maldito gato! ¿Sabe lo que puede hacer con él?’”.

Cuando dejé de reírme, comencé a pensar y dije: “¿Estuve haciendo eso mismo?”.

“Exacto”, me dijo. “Y te sorprendería la cantidad de personas que acuden a un abogado en busca de asesoramiento y en lugar de presentar los hechos con calma, se enredan en una pelea imaginaria: lo que él le diría a su socio, lo que ella le diría a su esposo, o cómo ellos regañarían al viejo sobre su testamento. Entonces les cuento la historia del gato y se
calman.

“La próxima vez que los encuentro, uno me dice que el socio aceptó con gusto llegar a un acuerdo; la mujer me dice que no lo entiende pero que su esposo fue tan razonable que pensó que estaba hablando con otra persona; los parientes descubrieron que el viejo ya le había estado preguntando a un abogado cómo podía dejarles todo a ellos antes de morir, para evitar el impuesto sucesorio”.

Yo pensé: ¡Qué cierto! La mayoría de nosotros va por la vida chocando contra obstáculos que fácilmente podría evitar; buscando pelea y teniendo brotes de ira contra injusticias inventadas y enemigos imaginarios. Y ni siquiera nos damos cuenta de lo que estamos haciendo hasta que alguien nos sacude un día con una palabra vívida como un relámpago en una noche oscura.

Bueno, la otra noche manejaba a casa desde la ciudad. Estaba llegando tarde a cenar y no había llamado a mi esposa. Mientras avanzaba lentamente por la fila de autos, me sentía cada vez más frustrado y enojado.

“Le diré que quedé atrapado en el tráfico pesado del fin de semana y ella me dirá: ‘¿Por qué no me llamaste antes de salir de la ciudad?’. Luego res-ponderé: ‘¿Qué importa eso? ¡Ya estoy aquí!’ Y ella dirá: ‘Sí, y yo también estoy aquí... ¡y estuve aquí todo el día esperándote!’ Y yo diré: ‘Claro, ¡porque no tengo nada mejor que hacer que llamarte cada hora como un tortolito!’ Y ella exclamará: ‘Querrás decir como un donjuán... ¡pero no me estarías llamando a mí entonces!’” Para ese entonces ya estoy llegando a la entrada de mi casa y estoy bastante ofuscado.

Salgo del auto dando un portazo. Mi esposa abre de golpe la ventana de la planta alta.

“¡Muy bien!” Le grité. “¡Dilo!”.

“Lo haré”, susurró suavemente, “¿Quieres tomar prestado un gato?”.

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