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Lo hermoso es feo y lo feo es hermoso... a menos que usted se llame William Shakespeare. Compartir el nombre con uno de los escritores más grandiosos de la historia...

Toda la vida he sido objeto de burlas. Dado que mi nombre es William Shakespeare, toda persona que conozco parece sentirse obligada a hacer un comentario, con el propósito de resultar graciosa o moralizadora. Y, honestamente, ser el blanco de las bromas no me afecta ni una décima de lo que me molesta la deplorable falta de originalidad de los bromistas. En los últimos 20 años, todo comentario acerca de mi nombre ha sido un chiste trillado.

Y no es que no entienda a la gente que conozco. Imaginen que alguien nos presente en una fiesta: “Le presento a mi amigo William Shakespeare”. Si se le ocurre una salida que no suene tonta, hágamelo saber.

Mis problemas comenzaron no bien pude comprender una pregunta. El interrogador me sonreiría con condescendencia y diría: “Bueno, tienes un nombre muy ilustre. ¿Estás emparentado con el gran William Shakespeare?” 

Más adelante, ya en la escuela, ni los otros alumnos ni mis maestros me permitían olvidar mi nombre por un minuto siquiera. ¿Podía atrasarme un poco en una clase y recibir la leve reprimenda que le daban a mis compañeros de aula? ¡Jamás! Siempre me decían: “Con un nombre como el suyo, debería avergonzarse del trabajo que ha entregado”. Durante mi adolescencia, de alguna forma logré no ceder a los impulsos homicidas. Luego de alcanzar la mayoría de edad, sin embargo, comenzaron los verdaderos problemas, porque además de verme bombardeado a diario con banalidades, muchos incidentes me causaron una profunda vergüenza.

El primero ocurrió mientras trabajaba como operador del telégrafo del ferrocarril en Freeville, Nueva York. Una tarde de domingo de 1917, mientras estaba sentado en la oficina, alguien golpeó violentamente la ventanilla de la boletería. La abrí y encontré a una de las maestras del pueblo que exigía un boleto a la ciudad de Nueva York. Le expliqué que yo no podía venderle un boleto pero que cuando el agente regresara a eso de las 5 p.m., ella podría comprarlo. La mujer se enfureció y me dijo que jamás la habían tratado tan descortésmente. “Joven, ¿dígame su nombre?” Sentí que se desencadenaría un cataclismo pero le respondí de todos modos: “Me llamo William Shakespeare”.

Lo que siguió fue un verdadero infierno. “¿Me estaba burlando de ella? ¿Creía que era gracioso? ¿Sabía la empresa ferroviaria que uno de sus empleados era un mocoso que se mofaba de los clientes?” Ella se ocuparía de que lo supieran. Y lo hizo. Me relevaron de mi cargo en menos de dos semanas y tuve que presentarme ante un comité disciplinario para explicar mi caso. Lo hice y quedaron satisfechos. Pero como la queja había venido desde la oficina del presidente, debían tomar alguna medida, de modo que me transfirieron a otra división. Seguía saliéndome el tiro por la culata. 

En una ocasión, creo que me hubieran justificado si cometía asesinato. Mi esposa y yo habíamos llegado a Buffalo tarde por la noche y paramos en uno de los hoteles más importantes. Como había sido un viaje de apuro, no llevábamos equipaje salvo la pequeña maleta de mano de mi esposa. Le dije al empleado que queríamos una habitación doble. Me entregó el registro y, Dios me perdone, se me ocurrió firmarlo con mi nombre real: William Shakespeare y señora. El empleado leyó el registro y nos miró a mi esposa y a mí. Luego, con una sonrisa petulante y malhumorada, le entregó la llave al botones. Me dirigí hasta el mostrador donde vendían cigarrillos y, al pasar por la recepción nuevamente, escuché al empleado decirle a la telefonista: “¡Vaya! He lidiado con varios tipos fuera de serie, pero este se lleva todos los premios. “¡William Shakespeare y señora!” ¿A quién cree que engaña?” 

En 1931, mientras fui paciente del Hospital de Veteranos Mount Alto en Wa-shington DC, ocurrieron dos incidentes, uno de los cuales probablemente nunca olvidaré. Yo era uno de los pacientes invitados al evento social anual del Presidente en el jardín de la Casa Blanca. La ocasión era festiva. Lo estaba disfrutando mucho hasta que llegó el momento de conocer al Presidente.

Se formó una fila y, finalmente, llegó mi turno. Cada uno daba su nombre a un mayor del ejército que estaba de pie junto al Presidente, y este presentaba a esa persona al Sr. Hoover. Le di mi nombre sin pensarlo al oficial y vi que la expresión de su rostro pasó de una sonrisa tranquilizadora a una consternación socarrona. Hizo un gesto con la cabeza a uno de los agentes del Servicio Secreto vestido de civil, y el hombre se acercó. Me presentaron debidamente al Presidente y luego la expresión en el rostro del Sr. Hoover también cambió, de un saludo sonriente a la compasión. Al avanzar escuché que le comentaba a su asesor naval: “Algunos de estos casos son tan tristes”. 

El otro incidente ocurrió cuando el -General Hines se encontraba inspeccionando el hospital. Yo me encontraba visitando a un amigo en la sala de psicopatías cuando llegó el general. Al entrar, un individuo fornido con una mirada incierta lo toma de los hombres y le pregunta: “¿Usted quién es?” El general le responde: “Soy el General Hines”. Entonces el tipo fornido ríe y le dice: “No se preocupe, lo superará en unas semanas”. Un enfermero logró separarlo del general. Los seguí por el corredor y el general, notando que yo había observado el incidente, se puso a conversar conmigo al respecto. Me preguntó cómo me llamaba. Estaba a punto de decirle, cuando mi mente recordó el incidente en la Casa Blanca. Lo único que pude hacer fue decir: “¡Qué diablos!”, y alejarme.

Lo único rescatable de esa experiencia fue que el enfermero, después de reírse un buen rato, le explicó la situación al general. Lo encontré más tarde y me dio una palmada en la espalda y me dijo: “Hijo, no te culpo”. 

En otra ocasión, me arrestaron en Washington por manejar un auto sin licencia. En la comisaría, el oficial me acusó de todo lo que pudo. Desafortunadamente, no tenía ninguna identificación conmigo para demostrar quién era. Cuando me preguntaron mi nombre y dirección supe que las cosas podrían complicarse aún más si intentaba usar un alias. Así que les dije el nombre correcto. El oficial me enfrentó y me dijo: “Ah, es usted muy astuto, ¿verdad? Ya está en suficientes problemas como para hacerse el gracioso. Por qué no se calma un poco aquí hasta que esté listo para decirnos la verdad”. Y calmarme fue lo que hice... hasta la mañana siguiente cuando logré comunicarme con unos amigos. 

Un día realicé una llamada de larga distancia -para averiguar sobre unos bonos. Tras pasar un buen rato al teléfono, hice un pedido y le indiqué al corredor mi nombre y dirección. Me pidió que se lo repitiera, y lo hice, mientras rezaba para mis adentros. Pero del otro lado llegó la explosión que tanto temía. “Escúcheme, señor, no tengo tiempo para bromas, estoy muy ocupado”. Colgó de pronto el teléfono y me dejó con una cuenta por la llamada de $5.50 y ninguna inversión a mi nombre.

Una vez un amigo me estaba haciendo un recorrido del edificio del capitolio en Albany cuando el Gobernador Smith entró en el ascensor. Mi acompañante me presentó a Su Excelencia. Tras oír mi nombre rompió en una carcajada y dijo: “Bueno, muchachos, ¡me han sorprendido! Tomen un cigarro. Yo pensaba que ese tipo estaba muerto”. 

Y así es mi vida: una situación tensa tras otra… algunas divertidas, y otras totalmente humillantes. Espero que mi horrible ejemplo sirva de advertencia para los padres que consideran nombrar a sus hijos como figuras inmortales. Si su apellido es Edison, no le ponga a su bebé Thomas A.; si es Nightingale, aléjese de Florence; y si es Washington, póngale cualquier cosa menos George. Incluso los nombres de pila pueden resultar peligrosos. Si su apellido es Smith, por ejemplo, no puede siquiera imaginarse el infierno que le espera a su hijo si lo llama Woodrow Wilson Smith (28vo. presidente de los EE. UU.).

En mi caso, trato de sonreír mientras cargo con mi cruz cada día, pero por dentro deseo profundamente que mis padres me hubiesen puesto Oswald.

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