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Era un hombre tranquilo, que no buscaba publicidad. Eligió hablar a través de Reader’s Digest, que se convirtió en la revista internacional más importante del ...

La escena ocurre en Greenwich Village una mañana de fines de enero de 1922. Este barrio es un lugar pintoresco y bohemio, poblado de artistas, poetas y escritores. Aquellos que pertenecen al mundo editorial vienen a esta ciudad para estar cerca de los mercados literarios. Y poco a poco se sienten atraídos por Greenwich Village, donde los alquileres son bajos y la pobreza es romántica: podría decirse que es incluso un requisito para el éxito.

En el N.° 1 de la calle Minetta Lane, en una oficina/depósito de un sótano, se preparan para enviarse las últimas copias de la primera edición de Reader’s Digest con fecha de portada de febrero de 1922. El trabajo es supervisado por DeWitt Wallace y Lila Acheson Wallace, fundadores y coeditores de la revista. Contrataron a clientes asiduos del bar clandestino que queda escaleras arriba para ayudarlos.

Finalmente se envuelve el último lote de 5.000 copias, se indica la dirección de destino, se ata en bolsas de correo y todo está listo para salir. Un taxi los llevará a la oficina de correo más cercana, donde se enviarán a sus primeros suscriptores. Luego seguirá una espera ansiosa por ver si la nueva creación es realmente lo que el mundo ha estado esperando.

Lila Acheson Wallace, de 32 años, es morocha, de ojos azules y de talla pequeña (1,60 m), huesos delgados y porte femenino. Era asistente social y había trabajado como profesora de inglés antes de la guerra. Se convirtió en la señora de DeWitt Wallace tres meses atrás.

DeWitt Wallace, o Wally, como lo llamaron más adelante, también de 32 años, es delgado y ágil, mide 1,80 m y se mueve con gracia de atleta. Cuando era adolescente jugó al béisbol en la liga semiprofesional. Para su familia, es un inadaptado, un fracaso. Su padre, James, es un erudito en griego y presidente de una universidad. DeWitt no ha terminado la universidad y pasó de un trabajo a otro. Vino a Nueva York para publicar una revista casera que él mismo inventó.

El Digest mide 14 x 19 cm. Tiene 64 páginas, lo que incluye las tapas, que se imprimen en el mismo papel blanco, y tiene la mitad del grosor de un dedo meñique. Este “tamaño de bolsillo” será la primera clave de la fama: las dimensiones de tabloide pequeño que implican que todo lo que haya adentro estará comprimido y condensado. En cuanto al contenido (que no incluía artículos de ficción ni imágenes, ni color, ni publicidades), es simplemente informativo: notas útiles en formato sólido.

¿Podrá la Pequeña Revista (su apodo) ganarse a los lectores? Durante dos años, profesionales de la industria la han rechazado. Por lo que ahora, con la ayuda de su flamante esposa y un par de miles de dólares (en gran parte prestados), el amateur del campo intentará levantar vuelo propio.

Era un lector innato. Cualquier cosa escrita o impresa era alimento para su insaciable curiosidad. Podría ser la etiqueta de un frasco de medicamentos, o un pequeño “Hecho en Italia” en el revés de un posavasos de un bar: absorbía todo lo que estaba al alcance de su mano. Lila me contó que la primera media hora que pasaban en un hotel, él se dedicaba a encontrar y leer cada línea impresa de la habitación.

Y anotaba cualquier cosa que pudiera serle útil. “La memoria no puede reemplazar a los registros”, era una de sus frases preferidas. Esta era una práctica que adoptó a los 19 años cuando cambió de universidad.

Uno de sus hermanos mayores, Benjamin, fue el primer becado del programa Rhodes de Minnesota. Él leía libros. DeWitt, siempre al tanto de lo nuevo y lo innovador en un mundo que cambiaba rápidamente, devoraba revistas y adaptó el sistema de toma de notas de Benjie con objetivos propios. Le explicó a su padre:

Tengo hojas de 7 x 13 cm, y cuando leo un artículo anoto todos los hechos que quiero preservar o recordar en una de estas hojas. Antes de ir a dormir a la noche, reviso mentalmente lo que leí durante el día, y de vez en cuando repaso el archivo para recordar artículos que tengo en la memoria. No veo por qué entonces ese tiempo que dedico no puede ser tan beneficioso como si lo usara para estudiar libros. 

A veces una cita o un simple resumen no eran suficientes. Wally copiaba entonces en una letra diminuta pero legible la esencia del artículo entero, condensándolo en las propias palabras del autor.

Las notas se interrumpieron con la Gran Guerra. El cuarto día de la ofensiva de Meuse-Argonne en octubre de 1918, fragmentos de metralla hirieron al sargento Wallace de la División de Infantería N.° 35 en la nariz, el cuello, el pulmón y el abdomen. Se salvó apenas de que un trozo de metal le abriera la vena yugular. “En ese caso”, explicó un médico muy amablemente, “la única forma de parar la hemorragia hubiera sido ahorcarte hasta que mueras”.

Pero el afortunado soldado solo tuvo que pasar unos meses de convalecencia en un hospital del Ejército de los Estados Unidos. Ya antes se le había ocurrido que sus notas sobre los artículos podrían servir como base para un boletín de interés general. Ahora que tenía tiempo libre en un lugar con muchas revistas, se concentró en la idea; leyó, seleccionó artículos, los desglosó y los copió con su letra impecable.

Cuando regresó a St. Paul, trabajó otros seis meses en la biblioteca pública, y así acumuló una pila de artículos seleccionados. Finalmente, compiló 31 artículos (cada uno ocupaba dos páginas o menos) y le encargó a una imprenta unos cientos de copias de este prototipo del Reader’s Digest. Tenía fecha de enero de 1920. Para financiar el proyecto, le pidió prestados 300 dólares a su hermano Benjie. Su padre le había negado esa suma al principio, alegando que DeWitt era muy malo para administrar dinero. Pero finalmente James Wallace se vio persuadido de ayudar con el argumento de que “los lectores de hoy en día están ansiosos por llegar al meollo de las cosas”.

Wally comenzó a mostrar su creación en St. Paul y luego a las grandes editoriales de la costa Este, dispuesto a entregar su invención a cualquiera que la publicara y lo contratara como editor. Uno tras otro, los editores rechazaron la idea por ser ingenua, o demasiado seria y educativa.

Abatido, el ex sargento sintió que la suerte no estaba de su lado. Había un único punto positivo que compensaba sus infortunios.

Un día, se había encontrado con Barclay Acheson, un amigo de la universidad a quien había conocido hacía diez años. DeWitt había pasado las vacaciones de Navidad en la casa de Acheson en Washington, donde había quedado encantado con la hermana de Barclay, Lila Bell: “una chica soñada”. No había sucedido nada, ya que ella ya estaba comprometida. Durante la guerra, ella se dedicó a mejorar las condiciones de las mujeres que trabajaban en fábricas, y todavía se dedicaba a eso en la YWCA de Nueva York. Encantado con la noticia que le había dado Barclay de que su hermana finalmente no se había casado, Wallace le envió a la joven un telegrama: ESPANTOSAS CONDICIONES DE TRABAJADORAS EN ST. PAUL. REQUIERE INVESTIGACIÓN INMEDIATA.

Casualmente, ella ya tenía programada una asignación temporal en St. Paul. En su primera noche allí, Wally le propuso matrimonio; la segunda noche, ella aceptó. Y después de comprometerse él le dio una copia del prototipo de su revista. “Yo supe de inmediato que era una idea fabulosa”, declaró ella más adelante.

Por el momento, todavía prevalecían algunas consideraciones prácticas. Ella regresó a Nueva York y él aceptó un trabajo para escribir copias promocionales en Pittsburgh. Pero nunca dejó de pensar en su revista. En 1921, como parte de un recorte de gastos, el último en ser contratado, DeWitt Wallace, fue el primero en ser despedido.

El momento había llegado. En su abatimiento, descubrió la genialidad de la sugerencia que le hizo un colega: ¿por qué no vender la revista directamente a los lectores, por correo? Wally regresó a su habitación alquilada y a su máquina de escribir portátil. Comenzó a enviar cartas invitando a la gente a suscribirse. Consiguió listas de personas: maestros, profesores, enfermeras, pastores, miembros de clubes de mujeres. Obtuvo los nombres de los integrantes del cuerpo docente de catálogos de universidades.

El discurso debía ser especialmente bueno, ya que lo que ofrecía existía solo en su mente. Pero ofreció un compromiso provisorio: si el lector no estaba satisfecho, podría cancelar las suscripciones y se le devolvería el dinero. Durante cuatro meses escribió y envió cartas, con la primera página personalizada. Luego, en octubre de 1921, dejó Pittsburgh y se mudó a Nueva York, donde se encontró con Lila.

Una vez juntos, hicieron dos cosas: se casaron (en una iglesia en el pequeño pueblo de Pleasantville, a 48 km al norte de la ciudad) y formaron The Reader’s Digest Association, el 52 por ciento de las acciones era de él y el 48 por ciento, de ella. Tras mudarse a un departamento en Greenwich Village, la pareja envió otra tanda de cartas antes de partir de luna de miel durante dos semanas al norte del estado de Nueva York. Las respuestas a estas cartas sumaron 1.500 suscriptores pagos, y cada suscripción generaba 3 dólares, por lo que tenían suficiente efectivo para imprimir el primer número, e incluso tal vez el segundo. Y ahora debían esperar. ¿Qué pasaría si un tercio de los suscriptores pedía un reembolso?

Ese primer número de la revista tuvo como nota principal un artículo sobre el gran inventor Alexander Graham Bell y su convicción de que el ser autodidacta es un proceso que dura toda la vida. Esto reflejaba con exactitud la forma de pensar de DeWitt Wallace, un hombre que dejó la universidad, tomó las riendas de su educación y fundó Reader’s Digest.

Lidiar con su familia nunca le fue fácil. Nació en St. Paul, Minnesota, el 12 de noviembre de 1889. Fue el tercer hijo de James y Janet Wallace. El Dr. James (que exhibía varios títulos: Doctor en Filosofía, Doctor en Teología y Doctor en Leyes) era profesor, y luego presidente, en la incipiente universidad presbiteriana de Macalester. Sus padres tenían opiniones distintas. No podían ponerse de acuerdo en el nombre del bebé. “Así que supongo que lo vamos a llamar Anónimo por un tiempo” escribió su padre en una carta a sus suegros. Finalmente, la madre lo apodó William Roy y su padre, DeWitt. Perduró el segundo.

Janet, una madre protectora y defensiva, consentía al niño y lo hacía destacarse aún más. Siguiendo el estilo que estaba de moda, le rizaba el cabello, de modo que a los cinco años tenía unos largos bucles.

Al principio obtuvo calificaciones altas en la escuela, y lo adelantaron dos años. Luego su interés se avocó a otras cosas, principalmente deportes y bromas.

Sus hermanos lo conocían como una persona infaliblemente impredecible, que desentonaba con las tradiciones familiares. Ante un inminente castigo por una travesura que hizo en la escuela secundaria, él y un amigo tomaron un tren y llegaron a California. Cuando volvió a su casa, DeWitt ingresó en Macalester, donde solo duró dos años hasta que tuvo que irse por estar implicado en un asunto relacionado con una vaca que apareció en la capilla del tercer piso. Luego de trabajar un año en un banco de Colorado y jugar al béisbol en paralelo, se inscribió sin pensarlo mucho en la Universidad de California en Berkeley para repetir los dos primeros años de la universidad.

 

Atormentado por la situación económica precaria de su familia, Wally decidió que algún día tendría una fortuna. En las vacaciones de verano de 1911, vendió mapas de Oregon de puerta en puerta en zonas rurales del estado. El primer día, vendió 12 mapas, si bien tuvo que caminar 40 km para lograrlo. Mientras viajaba, tuvo oportunidad de charlar con vendedores veteranos en recepciones de hoteles, y aprendió sus estrategias.

Le fascinaba vender. Por la noche leía revistas y tomaba notas para retener ideas útiles sobre cómo prosperar en un negocio. A medida que amplió su círculo de conocidos, descubrió que cualquiera con quien hablaba tenía algo para enseñarle. La persona promedio podía no tener un título universitario, pero su inteligencia no debía subestimarse. La mayoría era tan curiosa y estaba tan sedienta de conocimientos como él.

Wally había entrado en escena en el momento justo. Los servicios de información por telegrama y los periódicos colmaban a los lectores con todos los últimos detalles y especulaciones. Este énfasis crecía a pasos agigantados. Sin embargo, no eran pocos los lectores abrumados que se encontraban tan agobiados por la marea de información que no podían distinguir entre lo que carecía de importancia y los hechos que podían enmarcarse en un panorama más general.

También era un período de inflexión en la historia de la aspiración del hombre de superar sus limitaciones. La clave era la autosuperación. Se podía alcanzar el éxito a través del aprendizaje. Pero aprender ya no era algo abstracto, acotado a los libros. Era algo terrenal, práctico, y al mismo tiempo, volátil, cambiante.

Para DeWitt, el mundo empresarial estaba emergiendo no simplemente como una forma de ganarse la vida, sino como un nuevo tipo de sistema educativo.

Una vez, mientras entregaba mapas, Wally se detuvo a observar un procedimiento que se estaba llevando a cabo en una sala de un tribunal. La lucha de ingenios entre los abogados litigantes lo fascinó. No tenía tiempo para observar muchos procedimientos, pero pensó que tal vez había material impreso sobre el tema. Una noche, caminó 3 km bajo la lluvia hasta la biblioteca Medford Carnegie y retiró el libro The Art of Cross--Examination [El arte de interrogar] de Francis Wellman. Pasó el siguiente día libre en su habitación leyendo este libro completo, y luego le escribió a su padre efusivamente sobre la experiencia.

DeWitt descubrió que podía aplicar las técnicas de interrogación de testigos no solo en los negocios sino también en todas las situaciones de la vida. Asimismo, encontrar ese libro le demostró al joven estudiante que había fabulosas fuentes de conocimiento en todas partes: ignoradas, escondidas, pero disponibles para quien las pidiera.

DeWitt regresó a Berkeley para su segundo año en otoño de 1911, y en primavera dejó la universidad para siempre. Comenzó a trabajar como empleado administrativo en Webb Publishing Co, en St. Paul, donde estaba a cargo de las consultas sobre los libros de agricultura de Webb. Por las noches, continuó recabando conocimiento práctico de las revistas que leía. ¿Podrían acaso estas notas ser la base de algún tipo de publicación que ofreciera asesoramiento empresarial concentrado y claves para alcanzar el éxito?

Le contó su idea a uno de los dueños de la empresa, y también presentó una lista de errores que había cometido su supervisor en el último año. “Este es un documento interesante, DeWitt”, le dijo el ejecutivo de Webb. “Lamento tener que despedirlo por esto”. El joven todavía no dominaba las realidades del mundo empresarial. Sin embargo, al reconocer los talentos editoriales de DeWitt, el ejecutivo le dio un crédito de impresión, en caso de que pudiera lanzar su propio proyecto.

DeWitt se puso a trabajar de inmediato y en algunos meses produjo un cuadernillo de 128 páginas, Getting the Most Out of Farming [Cómo aprovechar al máximo la agricultura]. Enumeraba y describía los boletines más útiles que publicaban los departamentos de agricultura estatales y federales. Luego, partió en un Ford usado en un viaje por cinco estados; su objetivo era vender el cuadernillo al por mayor, en especial a los bancos y las semilleras para que lo repartieran a los agricultores. En varios meses vendió 100.000 copias, saldó su deuda con Webb y recuperó su inversión. No había ganado nada; sin embargo, ahora sabía cómo publicar.

Consideró diversas formas de continuar. Luego, tuvo una gran idea: podría hacer una publicación periódica no solo para productores agrícolas, sino para todos los lectores que buscaran superarse a sí mismos.

 

No hubo cancelaciones, no hubo pedidos de reembolso. Así que los editores pusieron manos a la obra con su segundo número. Lila conservó su trabajo para pagar el alquiler. Wally iba todos los días al centro a devorar revistas en la Biblioteca Pública de Nueva York en vez de comprarlas. Si el último número de una revista no tenía ningún artículo que le interesara, pedía números anteriores. Cuando encontraba artículos que lo atraían los condensaba, transcribía lo importante y eliminaba lo que sobraba, podaba la palabrería e iba directo al punto.

En septiembre de 1922, los Wallace se mudaron a Pleasantville, el pueblo donde se habían casado. Alquilaron un departamento en un garaje por 25 dólares mensuales y se mudaron, con pilas de nuevos pedidos y paquetes de revistas. Wally seguía enviando promociones por correspondencia y siguieron llegando pedidos. Para el final del primer año de la revista, la tirada era de 7.000 ejemplares. Necesitaban un lugar de trabajo más amplio, así que por 10 dólares adicionales, los Wallace alquilaron un establo que estaba junto al garaje. Consiguieron máquinas de escribir, máquinas de corte con plantilla y contrataron ayuda.

El método de correspondencia directa de Wally estableció una conexión personal, una especie de relación amistosa entre el editor y los lectores. La carta de promoción que uno recibía la había escrito el hombre que había creado y producido la revista, quien exhortaba al destinatario a suscribirse por su propio bien. Otras revistas que se lanzaron en esa misma época apuntaban a millones de lectores, y con el tiempo los consiguieron. El atrevido Reader’s Digest apuntaba al individuo, y pronto superó las expectativas.

Al sentir el éxito, los coeditores comenzaron a retirarse a otro lugar para evitar las interrupciones y en una intensa reclusión de siete a diez días armaban el siguiente número. Reservaban habitaciones de hotel contiguas: él trabajaba en una habitación y le pasaba a ella las tandas de publicaciones para que leyera en la otra. Para evitar cualquier distracción, se comunicaban con notas que se pasaban por debajo de la puerta. Ella conservó todas las notas. Esta se escribió en un anotador del hotel St. Regis en Nueva York:

Querida: ya revisé 12 números de cada una de estas revistas, ¡y estoy agotado! Espero que haya algo útil. Te espero para que me des un beso de buenas noches.

Originalmente, Wallace se había puesto como objetivo conseguir 5.000 lectores pagos. Eso significaría un ingreso de 15.000 dólares al año, que en 1922 era suficiente para cubrir los costos y tener un estilo de vida confortable. Tal vez incluso les permitiría viajar, y llevar con ellos la revista para poder trabajar cuando quisieran. Cuatro años más tarde, sin embargo, la tirada de Reader’s Digest había llegado a 20.000. Y luego se disparó en los tres años siguientes hasta llegar a 216.000.

En 1930, DeWitt Wallace llegó a la pequeña editorial donde yo trabajaba. Yo había escrito artículos de revista en mi tiempo libre, y Wally había vuelto a publicar varios de ellos. Ahora me pedía que probara escribir uno directamente para el Digest.

Escribí seis con él como tutor, y luego me mudé a Pleasantville en 1934 para formar parte de su equipo editorial. Éramos doce en total, en oficinas apretadas en el último piso de un edificio bancario. A medida que el Digest crecía, los Wallace comenzaron a alquilar pisos completos en diversos edificios de oficinas de Pleasantville. Debajo estaban las vías del tren: cada una hora aproximadamente, la atmósfera pacífica se agitaba por las máquinas de vapor que rugían por toda la ciudad. Mi tarea era ayudar al jefe a lidiar con los escritores para tratar de conseguir los artículos más originales.

Uno de esos artículos “And Sudden Death” [Y una muerte repentina] dio un nuevo envión al Digest. La mayoría de la gente del mundo editorial consideraba que Wallace era simplemente un editor que cortaba y pegaba, que lanzaba una pequeña revista de reedición con una tirada que no se sabía de dónde había salido. Pero aun así, este personaje tranquilo y desconocido había creado una pieza que resonó en todo el país. Además de provocar envidia, se empezó a sospechar que era un genio del mundo editorial. En los años subsiguientes, los artículos originales se convirtieron en un gran atractivo. Las notas sobre los peligros del fascismo y del comunismo, los riesgos de los cigarrillos y las drogas, los detalles de lo que sucede al conducir bajo los efectos del alcohol y los despilfarros del gobierno se convirtieron en sellos del periodismo investigativo de la revista.

Los Wallace nunca habían revelado cifras sobre sus operaciones. Finalmente, para aplacar los crecientes rumores, Wally le permitió a la publicación Fortune imprimir los detalles explícitos en noviembre de 1936. La tirada del Digest era en ese entonces de 1.800.000 ejemplares, la mayor tirada lograda hasta ese entonces por una revista de 25 centavos, excepto Good Housekeeping de Hearst. Si bien no tenían ganancias de anuncios publicitarios, la pequeña “universidad de bolsillo” les había procurado a sus dueños una ganancia de 418.000 dólares el año anterior. Este hombre no solo era un editor creativo, sino que aparentemente era también un mago con las finanzas.

Si bien su nombre aparecía primero, como editora, Lila no tenía mucho interés en el trabajo editorial. Sin embargo, las competencias de Lila en el mundo del arte y la decoración igualaban las de su marido en el reino de las palabras y las ideas. Ella asumió la responsabilidad de construir su casa en Pleasantville, para sacar a Wally de la oficina del establo. A comienzos de la década de 1930, ella pensaba en otra residencia más permanente, y comenzó a reunir ideas de diseño.

La segunda casa se terminó en 1937: era una mansión de 22 ambientes con diseño normando, con piedras de la región y una torre redonda que terminaba en una punta. Se encontraba sobre la cima de una colina, con vista al lago Byram, 19 kilómetros al norte de Pleasantville. Lila supervisó cada detalle de la construcción y apodó la casa “High Winds” [Vientos de altura].

Se incluyó una pista de aterrizaje en la propiedad de 42 hectáreas y Wally se compró un monoplano Fairchild. Disfrutaba de zumbar por la colina para asustar a Lila. El circo aéreo llegó a su fin en 1940, cuando le dio su avión a Canadá para respaldar las iniciativas de guerra de Gran Bretaña.

El Reader’s Digest funcionaba en 14 ubicaciones alquiladas en Pleasantville, y la confusión crecía a medida que se acercaba la crisis; había que hacer algo. Si lo que Wally necesitaba era un edificio de oficinas nuevo, Lila se aseguraría de que lo consiguiera. A pedido de ella, los arquitectos dibujaron los planos tomando como referencia edificios del Colonial Williamsburg. La construcción se inició en 1937 en un terreno de 32 hectáreas en la zona rural entre Pleasantville y High Winds. Para 1939, estaba terminado: una estructura de tres pisos de ladrillo rojo con una cúpula blanca y una superficie cubierta de 8450 m2. Lila se hizo cargo de toda la decoración interior y del jardín. Los muebles incluían antigüedades originales y obras de arte.

La torre de High Winds le servía a Wally como una pequeña residencia privada. Allí tenía su estudio, al que solo se podía llegar por una escalera angosta y zigzagueante y al lado tenía una habitación con su ropa y su cama. La mayoría de las noches se retiraba poco después de la cena para ir a su escritorio a trabajar. Nadie sabía cuándo dormía, si es que dormía.

La generosidad de los Wallace solía tener un aire de realeza. En 1941, la revista tuvo ganancias de $71.040 por una antología del Reader’s Digest. En vez de tratar esa suma como una transacción comercial rutinaria, Wally eligió distribuirla como un verdadero caballero: lo dividió entre los 348 empleados que ganaban 250 dólares por mes o menos. Continuó con el hábito de mostrar una gran generosidad para con sus empleados durante el resto de su vida. En 1976, se puso de pie al final de la fiesta anual de la empresa, y dijo: “A Lila y a mí no nos gusta actuar de forma impulsiva y unilateral sin esperar a la próxima reunión de directorio. Pero…” Y declaró un aumento de sueldo sorpresivo para los 3.300 empleados: 11 por ciento para los que ganaban hasta 40.000 dólares al año, y 8 por ciento para los que ganaban más.

Los Wallace nunca tuvieron hijos y no les interesaba formar una dinastía; en cambio, fueron benefactores legendarios. La universidad de Macalester recibió más de 50 millones de dólares durante la vida de Wally. Mount Hermon, el internado que dejó prematuramente, recibió, junto con su contraparte para niñas, Northfield Seminary, unos 5 millones de dólares. Estableció un fondo de investigación y viajes para estudiantes de periodismo y donó casi 1.8 millones de dólares para restaurar y reacondicionar la sala de publicaciones periódicas de la Biblioteca Pública de Nueva York, donde había copiado artículos a mano. La biblioteca, a modo de agradecimiento, nombró la sala en su honor.

Wally publicó varios artículos sobre Outward Bound. Este es un curso educativo basado en aventuras que guía a los jóvenes en un programa de arduas actividades al aire libre para mejorar su autoestima. Una vez, en un almuerzo de negocios en Nueva York, el editor introdujo un sobre en el bolsillo de Joshua Miner, presidente de Outward Bound, EE. UU. “Luego, mientras bajaba en el ascensor, abrí el sobre”, cuenta Miner. “Adentro había una carta y un cheque por un millón de dólares”.

Y Lila fue conocida como patrocinadora de las artes, tanto en EE. UU. como en el exterior. El Museo Metropolitano de Arte (MMA, por sus siglas en inglés) de Nueva York recibió más de 50 millones de dólares de un fondo que ella creó. Incluso dispuso que se mantuvieran siempre flores frescas en los nichos del gran salón del museo, a perpetuidad. Otra instancia fue la restauración del estudio y los jardines del pintor Claude Monet en Giverny, Francia.

Considerando su riqueza, sus logros y su poder, Wally parecía un hombre bastante común. Se veía a sí mismo como un hombre promedio, y lo era: era un hombre promedio a la enésima potencia. Lo que lo hacía extraordinario era su curiosidad intensa y sostenida y una inigualable capacidad de trabajo. Leía con una concentración decidida, era rápido para tomar decisiones, lograba hacer todas sus tareas, siempre estaba al día y todavía tenía tiempo para los que lo rodeaban.

Siempre que viajaba, traía postales con imágenes para usar en Navidad. Después del Día de Acción de Gracias, comenzaba a prepararlas, las dedicaba a mano y escribía mensajes personales cordiales. Las postales estaban destinadas a escritores, agentes, editores y algunos miembros del personal (felicitaba a cada uno por algún logro particular de esa persona en el último año, que había contribuido al éxito de Reader’s Digest). Durante la época de las fiestas enviaba 800 de estas postales.

Al iniciar su “Pequeña Revista” no había considerado ni investigado lo que el público quería leer. Solo sabía lo que él quería leer.

En 1973, Wally y Lila, a los 83 años, anunciaron al mundo su retiro oficial. Sin embargo, mientras poco a poco cedía responsabilidades editoriales, Wally seguía en contacto todo el tiempo; se lo veía menos en la gran oficina de la esquina en la sede central, pero trabajaba desde su torre en High Winds. Murió el 30 de marzo de 1981 a los 91 años. Lila murió tres años después, a los 94.

Durante los últimos años de Wally, yo sentí nostalgia por el pasado, cuando todo aún estaba por delante. Recordaba todo el tiempo esas tardes en que él y yo nos íbamos de las oficinas sobre las vías del tren y partíamos en auto hacia las afueras de la ciudad, donde crecía el esqueleto del nuevo edificio. Su indiferencia original iba cambiando con cada visita, hasta que mostró un orgullo casi juvenil por la construcción. Nos entusiasmábamos cada vez que nos acercábamos a la estructura creciente. Si bien no era el responsable, tuve el placer de ser un testigo, como un niño es testigo de la casa vecina que se está construyendo.

Poco después de su muerte, encontré un fragmento de una poesía. Era una poesía haiku traducida, y por lo tanto estaba en órbita de forma simbólica, superando toda limitación. Le habló a mi espíritu como lo hace la música, y expresaba lo que yo no era capaz de decir:

Desciende un gorjeo…

¡Pero mirad! La alondra que canta

Esa canción ha desaparecido*

El dolor es una idea desagradable, y la fragilidad no marca el final. La revista que creó Wallace sigue siendo la publicación más leída en el mundo, con varios millones de personas en más de 100 países que se inspiran al leer sus páginas. La alondra ha desaparecido, pero su canción perdura.

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valeria2106

Adorable y emocionante la historia de ésta revista que adoro, la cual me crié leyendo gracias a mi abuelo, como ya lo conté en una oportunidad. Él hoy ya no está pero me dejó un gran legado, la lectura, la buena lectura que encuentro todos los meses en el papel de ésta revista. Felicidades por tanto

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joseluis13

buena

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