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Que las organizaciones de la sociedad civil, u ONG o entidades de bien público aparezcan en un ranking de confianza en uno de los primeros puestos no sorprende. Diversos estudios y encuestas, tanto a nivel nacional como internacional suelen darnos esta buena noticia.  

Podríamos preguntarnos por qué es una buena noticia, ya que ese porcentaje tan elevado, sin dudas, le quita puntos a instituciones clave de nuestra vida en democracia. 

Es una buena noticia porque, de alguna manera, ratifica la autopercepción que tenemos los argentinos de que somos solidarios. Es positiva, si tenemos en cuenta que la mayoría de estas organizaciones no cuenta con estructuras profesionales o con suficientes recursos económicos para darse a conocer a través de la publicidad y espacios de alta visibilidad. Eso puede significar que las miles de organizaciones sociales que hacen su trabajo en el barrio, cerca de la gente, están haciendo bien lo que se han propuesto y como dice la famosa frase: “Lo que hacen habla mucho más sobre ellas que lo que dicen”. 

Las ONG suelen recibir la confianza o el apoyo de la gente porque hacen el bien. Esto quiere decir que detectan pequeñas o grandes batallas —desde darle la merienda a los niños de un pequeño centro comunitario hasta incidir para que se cambie una ley que beneficie a todos los argentinos— y se comprometen más allá de los propios recursos, no miden tiempos, entusiasman e inspiran a otros y en una gran mayoría de las veces, lo logran o, por lo menos, llegan sensibilizar a la sociedad sobre la importancia del tema para que otros actores pueden tomarlo y hacer que suceda. 

Es imposible no conmoverse frente a las cadenas solidarias cuando alguien se ha perdido —además de que es posible ver cómo ayudan a reencontrar a muchas personas–, o frente a un voluntario que bajo la lluvia y una sonrisa de oreja a oreja, con un sombrero colorido nos pide una pequeña colaboración para llegar a los que menos tienen con alimentos, vestimenta y medicamentos. O que no se llene el corazón de orgullo cuando un sobrino vuelve a casa exhausto, con las manos martilladas porque pasó un fin de semana colaborando en la construcción de viviendas en un barrio alejado. 

Esa es la cara de las ONG que la mayoría de la gente ve, entonces, ¿cómo no valorar sus esfuerzos y considerar que están entre las organizaciones en las que delegamos la posibilidad de mejorar nuestro país? No extraña que estén en el podio con la escuela y la universidad. Son todas organizaciones de las que es tangible ver el resultado, por lo menos en lo inmediato. 

En este sentido, creo que las organizaciones de la sociedad civil deberían tomar este resultado como una palmadita en el hombro —que nunca está de más— pero también como un gran desafío: es fácil generar confianza cuando lo que la organización hace es emocionante, loable, voluntario, noble. 

La gran pregunta es qué están haciendo para retener esa confianza: ¿están profesionalizando su gestión?, ¿están definiendo sus objetivos con precisión para que su tarea sea efectiva?, ¿están siendo transparentes en la rendición de los recursos que la comunidad les confía? Si la respuesta es “Sí”, vamos bien. Pero todos sabemos que un “Sí 100 %” sería una utopía: muchas organizaciones tienen problemas de financiamiento, les cuesta retener talentos y convocar voluntarios o lograr la sustentabilidad y no la dependencia de las comunidades que atienden. 

Celebremos la confianza que las organizaciones de la sociedad civil han sabido generar en la sociedad. 

Y trabajemos todos los que somos parte de ellas en que esa confianza sea duradera. Los que no son parte… también tienen tarea: acercarse, conocerlas a fondo, involucrarse. La participación solidaria y constante de los ciudadanos en espacios voluntarios genera democracias más saludables y sustentables. Y eso, es tarea de todos.

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