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Diciembre de 2001 marcó una bisagra para la historia moderna argentina. La crisis, gestada años antes por incorrecciones desmesuradas, tanto políticas como econó...

Todo parece mucho. Y lo es. Ejercicio rápido para recordarlo es llamar a la memoria los carteles que se floreaban en la Plaza de Mayo: “Que se vayan todos”, decían. Y en puros términos semánticos “que se vayan todos” implica sencillamente que no se quede nadie. Ni más ni menos que anomia por donde se la mire. 

Pasaron los años, quebraron los bancos, cambiaron las prioridades, se resucitó un cadáver al que varios le habían cortado el oxígeno, y después aparecieron otros tantos “todos” (que a su modo) se dignaron a recuperar la república. 

Sin embargo la crecida dejó secuelas y marcas indelebles en la pared. Como una alerta permanente que se instaló sin piedad en la memoria colectiva. Hoy, quince años más tarde, Selecciones quiso medir, justamente, cuáles eran las creencias de los argentinos en cuanto a la confianza que le depositan a instituciones, profesiones y estamentos públicos o privados. 

Los resultados sorprenden en parte, y aleccionan sobre el valor de rescate que todavía la sociedad le atribuye a ciertos pilares básicos. La escuela como entidad madre de la educación se llevó el primer puesto con el 20 % de las preferencias, las ONG y entidades de bien público el 19 % y las universidades el 18 % de los votos. Bisturí en mano, hágase la disección. 

Si sumamos el primer y el tercer puesto, la educación resulta la gran ganadora con el 38 % del total. Paradoja absoluta si se lee el resultado a la luz de la crisis de base que sufre el sistema educativo argentino en su conjunto. Ni las obligaciones públicas del estado para recomponer una educación acorde con el siglo XXI, ni los esfuerzos del sector privado para completar la tarea inconclusa del estado han dado frutos en los últimos 25 años. A hoy, la Argentina ostenta índices paupérrimos en cuanto a los estándares internacionales de excelencia educativa; el sistema privado y estatal comparten programas de estudio más afines a la escolástica medieval que a las necesidades de una época de desafíos e innovación, y, como si fuera poco, según un estudio publicado por la QS Top Universities en el ránking de universidades latinoamericanas de 2016, la mejor posicionada es la Universidad de Buenos Aires, pero solo en el puesto undécimo, y hay que esperar hasta el puesto 20 para encontrarse con la Universidad Nacional de La Plata. Es decir que entre las top ten no encontramos ninguna casa de estudios nacional. Ajenos a esta realidad, los participantes de la encuesta encargada por Selecciones pusieron toda su esperanza y convicción en la educación.

El segundo lugar y con 19 puntos se agrupan, según los participantes de esta encuesta, las organizaciones de bien público. Sin duda es un muy merecido premio para fundaciones y cooperadoras de asistencia privadas cuyo sostenimiento depende generalmente de las donaciones de los ciudadanos, o de aportes especiales de empresas y fondos creados ad hoc. Es innegable la contribución que han hecho estas asociaciones en la escena nacional, dentro de rubros que van desde la cobertura asistencial primaria en salud hasta cooperadoras y mutuales, comedores populares, apoyo a la investigación y desarrollo de la ciencia, becas, ayuda escolar y recaudación de fondos para programas de vivienda. La lista es larguísima y el público las conoce bien. Muchas de ellas son parte imprescindible de la escenografía del país y aportan cada una con su experiencia al sustento de proyectos en los que el estado, en ocasiones, permanece ausente. Bravo por las ONG’s. 

¿Por qué tanta confianza? 

La escuela, y la educación básicamente, han sido por años el buque insignia de la Argentina como medios de ascenso social e igualdad de oportunidades. El aula representó y por mucho el “gran sueño argentino” en el cual se sustentaban todas las aspiraciones de una familia promedio. La tarea era educarse para prosperar. Instruirse para enfrentar con éxito los embates de un mercado laboral primitivo, inestable y muy poco diversificado. 

La gente tuvo (tiene) confianza en la educación, cree en los maestros, respeta a la universidad como centro de formación profesional, y aún sueña con que la ilustración y el desarrollo formal del conocimiento finalmente se impongan a los vericuetos del azar. No sorprende que el voto sea, en verdad, un deseo absolutamente aspiracional, casi una quimera en medio del desparpajo con que los ministros de educación tienen que lidiar todos los días, más convertidos en jefes de personal pagadores de sueldos que gastan sus talentos en negociaciones eternas con los sindicatos, que en intelectuales que debaten planes educacionales de aquí a 25 años. 

El voto es un deseo. Quizás, hoy mismo, no una realidad. Es un pedido. Una súplica si se me permite el exabrupto. Un llamado a todos, no para que se vayan sino para que vuelvan sus miradas hacia el futuro, y para que sopesen al fin los peligros de no tener proyecto educativo a largo plazo. 

Los demás, muy lejos 

Del segundo lote se destacan la iglesia con un 9 % de las preferencias, el periodismo con el 5 %, los bancos y el sistema financiero con un digno 5 %, a pesar de los dislates de los que estas instituciones fueron protagonistas muchas veces, y finalmente los movimientos sociales apenas aprobados con un magro 4 %. 

Meritorio lo de la iglesia, aunque es probable (no podemos asegurarlo porque no nos consta) que los sacerdotes, individualmente, hubieran levantado, y en mucho, estos porcentajes. Hay una tendencia natural del ser humano a creer más en el prójimo que en los estamentos formales que los agrupan. 

El periodismo defiende un porcentaje interesante, a pesar de la polarización de las últimas épocas. Los movimientos sociales tienen mucho menos crédito que los magnos fines que promueven. Segunda paradoja para pensar. 

Al pasar al tercer lote, las fuerzas de seguridad y la justicia, supuestos guardianes del orden republicano, se llevan tristes 3 % y 2 %, en un tobogán que parece no tener meseta, desde hace ya muchos años. Materia pendiente, por ahora reprobada. 

A pesar de que los periodistas todavía sostienen una buena parte de su credibilidad, los medios de comunicación no quedan atrapados por la entropía de la información, más bien la gente los interpreta como empresas aisladas del compromiso periodístico. Nada que no se parezca a lo que sucede generalmente en el resto del planeta. 

El Congreso de la Nación con la ropa hecha girones muestra su pobre 2 %, voto seguramente arrastrado por la falta de respuestas creativas y la corrupción de una institución que, en cambio, debiera velar por los intereses del ciudadano. 

Lastima la falta de inserción de los bomberos dentro del imaginario colectivo, quizá faltos de presupuesto y convertidos patéticamente en vendedores de rifas callejeras. Al votante esto no se le escapa y lo remarca con el 1 % fulminante que, de modo injusto, los iguala con las grandes corporaciones, siempre fantasmas imperiales para el público general, aunque sean los grandes motores de las economías mundiales. Tema para repasar dentro de las grandes empresas: cómo se ven a sí mismas y cómo las ven. Un hiato importante que rellenar, y no solo con buenas estrategias publicitarias. 

Y como gran finale a toda orquesta, los partidos políticos se quedan con su muy merecido 0 % de los votos, remedo de aquel “que se vayan todos” con que la gente castigó en algún momento a sus dirigentes. Para muchos, sin dudas, parece que se han ido. De una vez y para siempre. 

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