Lipomas: tumores inofensivos pero molestos Lipomas: tumores inofensivos pero molestos

Los lipomas se ubican debajo de la piel y se mueven fácilmente al ejercer presión. Aparecen en el cuello, los hombros y la espalda.

Caso clínico: el dolor era insoportable

LA PACIENTE: Rosa*, ama de casa, de 42

síntomas: Dolor intenso en ambas manos

EL Médico: Isaac Shturman Sirota, cirujano estético y reconstructivo del Hospital Ángeles Lomas de México DF.

Fue en 2006 cuando Rosa experimentó por primera vez un ligero dolor punzante en la mano derecha. Tenía rígidas las articulaciones de los dedos anular y meñique, y aunque a simple vista su mano parecía normal, la sentía inflamada. A los pocos meses, empezó con esas mismas molestias en la mano izquierda. Durante mucho tiempo, la ocupada madre de dos varones pequeños se las ingenió para sobrellevar su día.

“Pero al paso de los años, las manos se le fueron debilitando cada vez más. De repente cosas como un libro o una taza se le escapaban de entre los dedos. El dolor se intensificó poco a poco hasta volverse insoportable. “Sentía como si las manos se me estuvieran quemando”, recuerda Rosa. Ciertas tareas cotidianas, como poner las direccionales, suponían una carga atroz. “Por las noches, lloraba del dolor”, relata. La paciente fue de un especialista a otro. Le hacían estudios, siempre con el mismo resultado: al parecer todo estaba en orden.

Las molestias en los dedos anular y meñique suelen ser signo de irritación y compresión en alguna porción del nervio cubital, que discurre del codo (donde se lo conoce como hueso de la risa) a la mano. Son causas frecuentes de estas alteraciones los movimientos repetitivos de flexión del codo o la presión constante del manubrio de una bicicleta con las manos. No obstante, en la mayoría de los casos, la compresión del nervio cubital se corrige con cirugía.

Aunque esta alteración suele causar cierto grado de entumecimiento en los dedos, Rosa solo tenía dolor, y cuando se sometió a un estudio de conducción nerviosa para verificar si el nervio estaba comprimido, el resultado salió negativo.

Los médicos le habían recetado antiinflamatorios para intentar aliviar el suplicio, pero todo seguía igual. El dolor solo desaparecía cuando la paciente usaba férulas rígidas para las muñecas. “La gente no se cansaba de decirme que todo estaba bien, que en los estudios todo parecía normal”, afirma, aun cuando apenas podía usar las manos. “Estaba triste y sentía mucho dolor. Pensé que me iba a quedar así para siempre”.

Diez años después del inicio de los síntomas, en el verano de 2016, Rosa consultó al doctor Isaac Shturman Sirota, cirujano del Hospital Ángeles Lomas en la Ciudad de México, quien ya había atendido a otros miembros de su familia. Aunque según los estudios, Rosa no tenía el nervio comprimido, los datos en contrario saltaron a la vista de Shturman Sirota: la paciente presentaba debilidad en las manos y refería dolor punzante al recibir golpecitos en la muñeca, signo de que el nervio estaba irritado. Además, al mantener las muñecas flexionadas con los dorsos de ambas manos en contacto por varios segundos, Rosa experimentaba un dolor similar (signo de Phalen).

En opinión de Shturman Sirota, la paciente necesitaba cirugía. “En realidad, no me guío tanto por los estudios porque en muchas ocasiones he visto personas sanas que arrojan resultados positivos para compresión y pacientes enfermos con resultados negativos”.

El doctor tuvo que convencer a la paciente de que su propuesta era la correcta. “Esa idea nunca me gustó; sin embargo, básicamente no tenía alternativa”, recuerda Rosa, quien se angustia mucho antes y después de cualquier procedimiento médico. “Temía que algo pudiera salir mal. Después de todo, se trata de las manos”. La preocupación ciertamente no disminuyó cuando el doctor admitió no estar seguro de lo que encontraría.

A las pocas semanas, Shturman Sirota intervino la mano derecha de Rosa. Todo parecía casi perfectamente normal al interior. “No había ninguna porción de nervio con los cambios típicos que produce la compresión”, recuerda. Lo único anómalo que detecté fue un tumor benigno de tejido adiposo, un lipoma de apenas un milímetro de longitud, que yacía sobre el nervio cubital. Lo retiró y solicitó un análisis del hallazgo que, en su opinión, estaría causando los síntomas. Aunque el lipoma era demasiado pequeño como para producir gran impacto, no había otra explicación. La hipótesis hallaría sustento en los resultados tras la cirugía: Rosa se transformó. Los síntomas disminuyeron en un 90 por ciento dentro de las 24 horas posteriores al procedimiento y la mejora continuó durante la recuperación. “El dolor desapareció por completo”, afirma. Además, recuperó fuerza en la mano.

Fue el sorprendente informe de patología lo que por fin aclaró el misterio dos días después de la cirugía. Visto bajo el microscopio, este pequeño lipoma distaba de lo ordinario. Estaba cubierto de corpúsculos de Pacini, estructuras sensibles con terminaciones nerviosas, que suelen alojarse en la piel para agudizar el sentido del tacto. En este caso, los corpúsculos habían conferido demasiada sensibilidad al lipoma.

Shturman Sirota no se explica lo que pasó con su paciente. Se ha sabido de casos esporádicos en los que algunas personas desarrollan corpúsculos tras sufrir lesiones, como mordidas de perros. Pero el caso de Rosa es muy extraño. “No encontramos nada al respecto en la literatura”, señala. Cinco meses después, cuando Rosa se armó de valor para someterse a otra cirugía, el doctor retiró el lipoma de la mano izquierda.

Tal vez este no sea el final de la historia. Aunque los síntomas iniciales de Rosa no han regresado, a finales del año pasado comenzó con un dolor punzante en los dedos pulgar, índice y medio de ambas manos. “Los dedos aún no me duelen con la misma intensidad y su fuerza está intacta; además, la molestia no se presenta todos los días”, explica Rosa. “Pero así empezó todo la última vez”.

Shturman Sirota sospecha que Rosa ahora tiene corpúsculos de Pacini en el nervio mediano (una estructura distinta del brazo) y podría necesitar otra cirugía. Por lo menos ya no es un misterio médico —y por suerte, el doctor sabe cómo tratar el malestar con éxito. 

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