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Las bacterias presentan cada vez más resistencia a los fármacos, lo cual supone una seria amenaza a la salud pública.

“Una caja de amoxicilina, por favor”, le pedí a la empleada del mostrador. Se rumoraba que en este comercio, cuyo mercado principal es la comunidad polaca de un antiguo poblado rural en el oeste de Inglaterra, vendían antibióticos sin receta médica.

En efecto, sin hacer preguntas, la chica metió la mano al estante de cristal contiguo a la caja registradora y tomó, de entre todos los fármacos en exhibición, un envase con 24 comprimidos de penicilina. Pagué 15,29 libras, le di las gracias y me fui. Ni ella ni yo teníamos idea de lo que estábamos haciendo. ¿Sería el régimen indicado para mí? ¿Cuántas veces al día habría de tomarlo? ¿Por cuánto tiempo?

En muchos países, la venta de antibióticos sin receta médica está prohibida. Con esta compra no solo quebranté la ley, también contribuí a lo que Dominique Monnet, del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades (ECDC, por sus siglas en inglés) califica como “una grave amenaza a la salud pública”: la creciente resistencia bacteriana a los antibióticos.


El descubrimiento de la penicilina hace 90 años revolucionó el mundo de la medicina. “Antes de su aparición, miles fallecían por infecciones posquirúrgicas o bacterianas”, explica Monnet, jefe del programa lanzado por el ECDC a fin de combatir el fenómeno. Sin embargo, hoy en día, tales medicamentos brindan una nueva oportunidad a mujeres que en otra época habrían sucumbido tras el parto, a bebés prematuros nacidos sin medios para combatir patógenos y a adultos mayores aquejados por infecciones gastrointestinales o de vías urinarias. Los antibióticos exterminan a los organismos responsables del acné o la tuberculosis. Además, previenen y tratan padecimientos tanto en el ganado como en los humanos.


Sin embargo, el uso indiscriminado e imprudente hace palidecer al prodigio. Por eso corremos riesgo de entrar a lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) denomina “era postantibiótica”, en la que infecciones comunes y heridas pequeñas recobran su letalidad. Si eso sucediera, señala Monnet, “los trasplantes de órganos, la quimioterapia, los cuidados intensivos y otros procedimientos médicos serán inviables. Las infecciones bacterianas se diseminarían y ya no sería posible tratarlas”. Para el 2050, esto podría matar a unos diez millones de pacientes al año en el mundo, según un informe de 2016 financiado por el fideicomiso Wellcome y el gobierno del Reino Unido.


“La resistencia a los antibióticos no es una amenaza futura”, alerta Andreas Sandgren, subdirector de ReAct Europe, una organización independiente que impulsa medidas contra el problema. Se estima que globalmente unas 700.000 personas mueren al año como consecuencia directa de infecciones inmunes a los antibióticos.


“Necesitamos reducir la exposición a los antibióticos existentes con objeto de preservar su eficacia y desarrollar nuevos agentes para sustituir a los actuales”, asegura Nicholas Brown, médico microbiólogo del Hospital Universitario de Cambridge en el Reino Unido y director de Antibiotic Action, iniciativa global para concientizar sobre esta situación.


¿Cómo llegamos a este punto? La resistencia es un fenómeno natural e inevitable que ocurre tras ingerir cualquier antibiótico desde tiempos inmemoriales”, aclara Brown. “Cuanto más los utilizamos, mayor es la inmunidad generada y la pérdida de eficacia”.


Son las bacterias, no los humanos, quienes se vuelven invulnerables. Aquellas mutan en respuesta a los compuestos; solo las más fuertes sobreviven. El uso innecesario de los antibióticos, en dosis o períodos inadecuados, y sin un objetivo claro son factores que propician el problema.


La resistencia obliga a los médicos a utilizar productos cada vez más potentes al combatir algunos casos. Ciertos antibióticos que se usan solo en última instancia están empezando a fallar. Entre las infecciones bacterianas que se han "blindado" se encuentran la neumonía, la meningitis, la gonorrea, la diarrea, el paludismo, la tuberculosis, enfermedades cutáneas como el impétigo y sanguíneas como la sepsis, infecciones de vías urinarias y complicaciones de incisiones quirúrgicas atribuibles al Staphylococcus aureus resistente a la meticilina.


Los expertos dedicados al desarrollo de nuevos antibióticos están perdiendo la carrera. “Los grandes laboratorios están abandonando este negocio porque es de alto riesgo”, explica Brown. “Cuesta entre 500 y 1.000 millones lanzar un producto y obtener el registro sanitario para su comercialización. La tasa de fracaso es elevada: solo uno de cada 25 medicamentos llega al mercado. Bajo esas condiciones, las farmacéuticas difícilmente recuperan su inversión”. Y si a eso le agregamos que los activos deben utilizarse con mesura para retrasar su desgaste, queda claro que las empresas no encuentran razones suficientes para desarrollar nuevas fórmulas.


Entre los prometedores fármacos en desarrollo se encuentran la teixobactina, cultivada en suelos, y el cefiderocol. Sin embargo, en 2017 la OMS advirtió que tan solo ocho de los 51 proyectos en etapa de investigación para tratar microorganismos inmunes a los antibióticos aportaban algo novedoso.

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“El uso de antibióticos varía mucho de un país a otro”, comenta Andreas Sandgren de ReAct. En la mayoría de los casos, las recetas se obtienen casi siempre de los médicos de cabecera. No obstante, la gente también compra los productos por Internet, en las farmacias o en otras tiendas. A veces, los pacientes comparten las dosis restantes con amigos y familiares. Según un informe de 2017 de la Unión Europea, el 7 por ciento del consumo se realizó sin prescripción. Y una encuesta del Eurobarómetro reveló que uno de cada cinco europeos recurrió a los fármacos para aliviar gripes o resfríos en 2018, aun cuando estos no matan a los virus.


Los españoles, por ejemplo, toman tres veces más que los habitantes de los Países Bajos, quienes ostentan el menor nivel. España también se encuentra entre los países con mayor venta de antibióticos sin receta (8 por ciento). Se han llevado a cabo muchas investigaciones para averiguar la magnitud del problema. Los resultados son contrastantes: mientras que un censo conducido en 2014 en el norte de España, un exorbitante 64 por ciento de los farmacéuticos admitió haber despachado antibióticos sin prescripción, la cifra del mismo ejercicio llevado a cabo en 2017 en el noroeste de España fue de 19 por ciento.


Pero el panorama podría estar cambiando gracias a la determinación del gobierno de hacerle frente a lo que califican como “uso excesivo y a menudo injustificado” de estas sustancias.

“La demanda de antibióticos de venta libre está a la orden del día en las farmacias; sin embargo, en el último par de años, he notado un cambio fundamental”, señala Virtudes Roig, farmacéutica de Valencia y autora de un blog con consejos de salud [elblogdepills.com]. “Los pacientes, que ya conocen la ley, han dejado de insistir cuando se les niega el producto, lo cual indica que las campañas de concientización han funcionado”.


En la Argentina, la situación es alarmante. De acuerdo con la consultora Quintiles IMS, el 99 por ciento de la población se automedica desconociendo qué medicamentos necesitan recetas. Los antibióticos y los antigripales compuestos son los que encabezan la lista de remedios que se compran sin receta. 


Uno de los países con mayor tradición en el uso prudente de los antibióticos es Suecia. A principios de los 90, la rápida propagación de infecciones óticas (del oído) pediátricas resistentes a la penicilina encendió los focos rojos y propició la creación, en 1995, de Strama, un programa estratégico para enfrentar la resistencia a los antibióticos a nivel local, regional y nacional.


“Ante la alarmante situación, colegas de distintos campos (microbiólogos clínicos, expertos en enfermedades infecciosas, médicos generales, farmacéuticos, enfermeras y veterinarios) se reunieron y dijeron: ‘Tenemos que hacer algo’”, recuerda Stephan Stenmark, presidente del consejo de Strama y director médico para el control de enfermedades infecciosas del condado de Västerbotten.


Hoy, distintos grupos locales multidisciplinarios trabajan con los médicos, y el gobierno financia la operación nacional. "Hay un riguroso control tanto de la venta de antibióticos como de la aparición de bacterias resistentes, y hemos establecido un tope nacional de 250 recetas al año por cada 1.000 habitantes", dice Stenmark.


Es indispensable mantener informados a los galenos. “A cada rato surgen estudios nuevos y ya sabemos que existen unos cuantos subgrupos relativamente pequeños de infecciones de vías respiratorias que responden mejor con antibióticos que sin ellos”, aclara Lars Blad, presidente de la Red Strama y asesor de la OMS para contener la farmacorresistencia. “Estos hallazgos se incorporan con regularidad a las guías de tratamiento a fin de mantenerlas vigentes y actualizadas”. Ahora los médicos recomiendan a los pacientes esperar dos o tres días para ver si la afección cede sola.


Y ha funcionado. La expedición de recetas a pacientes ambulatorios se redujo 43 por ciento a lo largo de 24 años. 


Además los antibióticos de amplio espectro se han sustituido con los de espectro limitado, que atacan patógenos específicos y evitan la aparición de bacterias resistentes. Al mismo tiempo, la proliferación de este tipo de microorganismos, ya de por sí baja, se ha mantenido estable.


“Es necesario trabajar con los médicos y mostrarles los datos, no como policía sanitaria, sino como colegas. Los médicos generales participaron en todo el proceso de desarrollo de las normas nacionales de tratamiento”.


También resalta la importancia de los medios de comunicación, que ayudaron a convencer a la población. “Sin los medios masivos, esto jamás habría funcionado. No habríamos podido costear grandes campañas informativas”.


Hoy por hoy, según datos de 2018 del Eurobarómetro, 74 por ciento de la población sueca sabe que los antibióticos no matan virus. “Ahora, cuando los niños de veras necesitan los antibióticos, hay que convencer a los padres”, comenta Stenmark.


A sus 50 años, Lisa Österlund de Estocolmo es un testimonio vivo de este cambio de actitud. La bibliotecaria especialista en música y madre de tres hijos de entre 13 y 18 años recuerda una sola ocasión en la que se utilizaron antibióticos en casa: cuando su hija mayor contrajo neumonía a los nueve años.


“Ni mi esposo ni yo habíamos tomado ese tipo de medicamentos desde mediados de los 90”, relata. Cuando se enferma alguien de la familia, lo primero que hace Lisa es conectarse al sistema sueco de información sanitaria. Ingresa al sitio 1177.se en Internet para obtener información, enviar mensajes protegidos a un médico y solicitar asesoría online. “Jon y yo desarrollamos problemas de senos paranasales cuando nos resfriamos, pero no tiene sentido pedir antibióticos al doctor. Siempre nos dice que mejoraremos con el tiempo”.


La batalla contra la resistencia bacteriana se está librando en varios países. Para Marc Bonten, catedrático de epidemiología mole-cular de las enfermedades infecciosas en el centro médico universitario de Utrecht, por ejemplo, los esfuerzos de los Países Bajos han sido “muy exitosos”.

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“Los países escandinavos tienen las menores tasas de consumo de antibióticos y resistencia bacteriana de todo Europa”, afirma. Las medidas para restringir el uso de antibióticos y detectar bacterias resistentes en hospitales, asilos y lugares públicos o en los animales de granja han sido fundamentales. 

El uso de antibióticos en animales destinados al consumo humano se redujo en un 63 por ciento entre 2009 y 2017 mientras que la expedición de recetas médicas disminuyó un 10 por ciento entre 2016 y 2017.

El ambicioso plan de acción One Health, de la UE, está atacando el problema desde varios frentes: humano, animal y ambiental (las bacterias resistentes a los antibióticos también se incorporan al ambiente). Parte de la lucha consiste en recabar datos de vigilancia en todo Europa, emitir guías para el uso prudente de los medicamentos y financiar investigaciones para desarrollar nuevos antibióticos y otros tratamientos.


Conscientes de que todos los antibióticos terminan perdiendo eficacia debido a las resistencias, los expertos ahora se concentran en hallar nuevas armas para combatir súper bichos. Una posible solución son los bacteriófagos. Estos virus, que circulan en el ambiente y atacan bacterias, se popularizaron en países del centro y este de Europa, como Polonia y Rusia, desde hace muchos años. En la ciudad francesa de Nantes se lleva a cabo un proyecto financiado por la UE con la esperanza de desarrollar bacteriófagos y difundir su uso.


Los resultados obtenidos a últimas fechas son prometedores. Gracias a un cóctel de tres virus, la adolescente británica Isabelle Carnell-Holdaway, quien padece fibrosis quística, se recuperó de una infección resistente a antibióticos que contrajo tras recibir un trasplante de pulmón. Los doctores le daban uno por ciento de probabilidades de sobrevivir. Sin embargo, aún falta llevar a cabo estudios clínicos de gran calado con bacteriófagos; además, como apunta el doctor Brown, hasta hoy “no sabemos ni cómo elegir el bacteriófago más adecuado para cada caso ni cuando emplearlo”.


En Heidelberg, en el Laboratorio Europeo de Biología Molecular, científicos intentar hacer combinaciones de antibióticos ya existentes o de antibióticos con otro tipo de medicamentos e incluso aditivos alimenticios para elevar su eficacia. Descubrieron que la vainillina, responsable del sabor característico de la vainilla, permite al antibiótico espectinomicina penetrar en las células bacterianas e inhibir su crecimiento. La espectinomicina se ha utilizado para tratar la gonorrea, pero ha caído en desuso debido a la resistencia bacteriana.


Hasta que estos destellos en los ojos de los expertos se hagan realidad, tendremos que unirnos a la cruzada para reducir el uso innecesario e inadecuado de los antibióticos. En opinión de Monnet, del ECDC, “A todos nos corresponde poner nuestro granito de arena para que los antibióticos sigan funcionando en el futuro”. 

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