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Si pudiera hablar, te diría: “Me gusta que me rasques sin exagerar, que me pongas humectante y que comas salmón”.

El despertador suena tres veces, te rascás la pierna y, después de frotarte 14 veces los ojos, te levantás y vas pesadamente a la cocina. Estás en todo tu derecho de ir despacio luego de tan ardua semana, pero preferiría que me frotaras menos. Soy muy delgada en los párpados (apenas 0,05 milímetros, la mitad que el papel de oficina), y tanta manipulación me desgarra los vasos capilares y me da un aspecto ajado y viejo. ¡Ay, ya van 15 veces! 

La ducha como a mí me gusta 

Luego de tomar una taza de café, vas al baño a darte una ducha. Mientras esperás a que el agua se caliente, volvés a rascarme dos veces. Siempre lo hacés, sobre todo en los meses de frío. El aire seco evapora la humedad de mi capa superficial, lo que me irrita… literalmente. La resequedad inicia una reacción inflamatoria: células inmunitarias, proteínas y otras enzimas causantes de inflamación se desatan y activan receptores que envían señales de comezón al cerebro. En consecuencia, me rascás (con poca delicadeza, diría yo). Sé que se siente bien durante un segundo: el rascado puede estimular los centros de placer y gratificación del cerebro, pero si te excedes, me inflamo todavía más, lo que reactiva los receptores de comezón y pone en marcha un círculo vicioso… que puede durar un largo tiempo.
Aunque con gusto te quedarías bajo el relajante chorro de agua, a los 10 minutos te ruego que salgas. Las duchas calientes y largas me despojan de mis aceites naturales, al igual que el jabón. Es perfecto que para los meses de frío hayas preferido un líquido limpiador sin jabón, que me quita la suciedad y me deja un poco de aceite para mantenerme lubricada.
También agradezco que esta mañana no te hayas lavado la cara. Si pudiera anunciarlo, lo haría: mujeres, no hay que lavarse la cara dos veces al día (menos si tienen la piel reseca). Basta una limpieza por la noche para retirar los residuos que pueden obstruirme los poros. Lavarme otra vez por la mañana me quita demasiado aceite.
Tras secarme un poco a palmaditas, tomás ese nuevo tarro de crema humectante y me la untás mientras sigo húmeda. ¡Ah, qué placer! Justo como la necesito: espesa, a base de petróleo y con ceramidas. Estos lípidos se hallan de manera natural en mi capa superficial, pero agradezco la abundancia. Atrapan moléculas de agua que me conservan suave y húmeda.

Soy más fuerte de lo que parezco

Te pasás la vida buscando la manera de “estimular tu inmunidad”. ¡Si supieras que yo soy tu primera línea de defensa contra los microbios! Mis tres capas (la externa o epidermis; la intermedia y más gruesa o dermis, y la adiposa y más profunda, llamada hipodermis o tejido subcutáneo) te protegen de bacterias, hongos y otros invasores indeseables. También por eso tengo suerte de que te afanes tanto en humectarme. Si la epidermis se reseca demasiado, puede agrietarse, lo que me da un aspecto escamoso y me hace más propensa a las infecciones y la inflamación. 

Si estoy intacta, en cambio, hago muy bien mi trabajo. Como en estos momentos. Llevaste a tus hijos a oír un cuento a la librería (hablando de focos de infección), y yo repelo los microbios que acechan en la escalera eléctrica y sobre los juguetes y libros infantiles. Seré suave al tacto, pero no te engañes: soy tan fuerte como las uñas. Mis células epidérmicas forman un medio seco y ácido que es hostil a las bacterias; también tienen un arma secreta: apéndices parecidos a tentáculos que localizan y destruyen microbios. Y segregan enzimas que ayudan a prevenir infecciones. 

Cuando chocás con una mesa, es mi capa más profunda de células adiposas y colágeno la que absorbe el golpe y protege tus órganos internos. Los más afectados son mis vasos sanguíneos. Si el impacto es muy violento, los capilares cercanos a la epidermis se rompen, y la sangre que derraman en el tejido circundante forma un feo moretón. Conforme la

hemoglobina de esa sangre (que da al moretón su color violáceo) se va descomponiendo, éste primero se pone amarillo verdoso y después bronceado. No tardaré en volver a la normalidad, tan pronto como los glóbulos blancos hayan terminado de reparar la lesión.

Mi gran temor invernal

Me alegra que te hayas puesto una camiseta de algodón debajo del suéter; la lana es algo abrasiva (incluso puede producirme una erupción si estoy demasiado sensible). ¡Y qué alivio los guantes! Ese gel desinfectante que te pusiste al salir de la librería desprende mis aceites naturales. Los guantes me protegen del riguroso aire exterior y ayudan a conservar la poca humedad que me queda. 

Ahora bien, si me permitís quejarme un poco, no entiendo por qué esta mañana no te protegiste la cara con un filtro solar con FPS (factor de protecciónsolar) 30. Usarlo no podría ser más fácil, si de todos modos me humectás. Incluso un polvo facial con cierto FPS es mejor que nada. Quizá no sabés que, mientras es de día, hay rayos ultravioleta en el ambiente, haga buen o mal tiempo. Incluso puede haber hasta dos veces más rayos UVA que UVB; los primeros son los que me penetran más profundamente y contribuyen al cáncer y a la mayoría de las lesiones cutáneas: las arrugas, las manchas oscuras de las manos y el cuello flácido que detestás ver en las fotos. Me pongo como piel de gallina solo de pensar que no uses religiosamente el filtro solar.

Alimentame bien
Al pasar por tu restaurante favorito camino a casa, decidís invitar a los niños a cenar. Hamburguesas y papas fritas para ellos; salmón y brócoli para vos. Sabés que esta opción es buena para guardar la línea, pero a mí también me conviene. El pescado está repleto de ácidos grasos omega 3, que ayudan a restituir mis aceites naturales y combaten la inflamación; el brócoli es abundante en vitamina C, que mis células necesitan para hacer colágeno, la proteína que me hace firme y elástica. ¡Gracias por abstenerte de postre! Las moléculas de azúcar se unen a mis proteínas y debilitan las fibras que me mantienen tirante, lo que se traduce en arrugas. 

Creeme: si dormís bien me pongo bella

Esta noche te vas a acostar temprano, que es justo lo que necesito para hacer mi trabajo de reparación. Me pasé el día haciendo células nuevas y empujando las muertas a la superficie para que se cayeran. Este proceso de renovación se acelera durante el sueño profundo. Dentro de un mes, más o menos, se habrá regenerado toda mi epidermis. 

¿Encendiste el humidificador? Verificalo. ¿Te lavaste la cara? Perfecto. ¿Otra fricción con humectante? Te adoro. Ahora solo espero que los niños te dejen dormir toda la noche. Las personas que duermen bien y sin interrupción muestran la mitad de los signos de envejecimiento que quienes duermen mal: tienen la piel menos arrugada, más elástica y más firme. También me recuperaré mejor de las agresiones ambientales y aceptémoslo: tendré un aspecto más atractivo. Soy la primera en decir que la belleza no está en la superficie, pero también sé muy bien que cuando estoy sana, vos te sentís hermosa y eso merece todos mis esfuerzos.

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joseluis13

asi es

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chanchan

Muy buena nota

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dbueno

Buena

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