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¿Qué comemos cuando comemos palta? Todo lo que hay que saber sobre este alimento.

El reino vegetal cuenta con una asombrosa gama de frutas que, en su gran mayoría, ofrecen lo mismo: dulzura. Mis hermanas seducen a los animales con acarameladas promesas y los convencen para que coman sus pulpas y esparzan sus semillas.

Su propuesta es atractiva con justa razón: ingerir carbohidratos simples es la forma más rápida en la que cualquier criatura en movimiento puede obtener la dosis de energía que requiere. Pero ¿yo? Soy el bicho raro que ofrenda sus encantos no con azúcar, sino con una grasa rica y cremosa.

Si bien mis lípidos alguna vez fueron parias alimentarios, son los que, en buena medida, me han transformado en un aliado de la salud: me ponen en trozos en casi todas las ensaladas y me machacan al preparar guacamole como si todos los días fueran en honor de la comida mexicana. Cada una de mis piezas le brinda hasta 30 gramos de grasa, 20 de los cuales son monoinsaturados y aumentan el colesterol “bueno” (lipoproteína de alta densidad) a la vez que reducen el riesgo de cardiopatía. También soy muy buena cuando de controlar el peso se trata, ya que tengo fibra y sacio el hambre.

Lo que le hace bien al corazón y al estómago, le hace bien a la mente. Investigadores hallaron recientemente que los mayores de 50 años que comieron una de mis unidades al día durante 6 meses mejoraron (sí, ¡mejoraron!) su cognición. Esto es cortesía de un pigmento, llamado luteína, que poseo. También lo encontrará, y en mayores cantidades, en las hortalizas; no obstante, gracias a mi grasa monoinsaturada, lo absorberá y se transportará al cerebro con mayor facilidad. Si quisiera gozar del mismo efecto con las hojas, tendría que bañarlas con aceite de oliva.

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Cuando los expertos en salud comenzaron a ponderar los lípidos buenos, me convertí en un objeto de deseo. En 1995, los estadounidenses comían 7,2 kilos de mí por semana, cifra que subió a 32,2 kilos en 2015. En otros países he sido muy popular durante décadas: en Brasil me mezclan con leche condensada, crema y jugo de limón; en Indonesia me licuan con jarabe de chocolate, mientras que en Marruecos lo hacen con leche, azúcar y agua de azahar.

Pero por mucho que ustedes, humanos, me amen, no son la primera especie en atesorar mi nutritiva pulpa. Hace milenios, en el sur de México y en América Central, de donde vengo, existieron animales con sistemas digestivos lo suficientemente grandes como para procesar y después dispersar mi gran semilla. Se trata de la llamada megafauna: perezosos cuya talla podía alcanzar los 3 metros; gliptodontinos, criaturas parecidas a los armadillos, del tamaño de un auto compacto, y los gonfotéridos, primos del elefante con colmillos gigantescos. Los historiadores y botánicos no saben exactamente cuál de ellos se alimentaba de mí, pero todos habrían sido capaces de echarme a sus bocas como maníes y después defecar mi carozo muy lejos para que brotaran nuevos árboles. De no haber desperdigado mi semilla descomunal y rara, mi espeso regalo escarlata no habría sido más que un suspiro en la historia de los frutos dulces.

Trece mil años más tarde, cuando aparecieron los humanos, si las personas no hubieran decidido que les encantaban las dosis de grasa vegetal, eso también habría significado mi desaparición. Aunque el aparato digestivo humano no puede con mi centro, sus manos sí, y de este modo fui capaz de colonizar más territorio: gracias al pulgar oponible del Homo sapiens que me comía y lanzaba mis embriones por doquier.

Mi situación mejoró aún más con la agricultura. Florecí en cientos de variedades, las cuales hoy en día crecen de Sudáfrica a Nueva Zelanda y de California a la Argentina y Chile. Algunas de ellas son del tamaño del huevo de una gallina; su cáscara es tan delgada que puede comerla junto con la pulpa, como si se tratara de una manzana. Otras son tan grandes como un balón de futbol americano. Algunas más, como la Hass (que supone la mayoría del mercado estadounidense), se vuelven negras y rugosas por fuera cuando están maduras; otras, en cambio, se tornan verdes y lisas. Por suerte para los agricultores que me transportan a todo los Estados Unidos desde California y México, sigo madurando una vez cosechada y, por lo tanto, mi distribución es sencilla.

Si me compra antes de que haya alcanzado mi punto, puede ponerme dentro de una bolsa de papel unos cuantos días a fin de acelerar el proceso, ya que desprendo un gas llamado etileno que me ayuda a llegar a la madurez.

Meter, además, una manzana o una banana —que también producen la sustancia— en la bolsa, aumenta la eficacia de la medida. ¿Quiere saber si ya es posible consumirme? Presione mi recubrimiento suavemente; si cede, quizá ya me puede comer o meter en el refrigerador, donde mi añejamiento se frenará.

Permítanme concluir con una advertencia. Ha habido una avalancha de “manos de palta”, que es lo que sucede cuando los bien intencionados artífices del guacamole golpean mi hueso con su cuchillo con la esperanza de retirarlo, pero, en vez de eso, terminan con el filo en la palma. El personal médico de urgencias reporta un incremento de tales incidentes y suplica extremar precauciones al manipularme. Háganle caso, por favor. La reputación que he ganado con mi sabor y mis propiedades beneficiosas se mancha cuando muerdo la mano que me da de comer. 

Receta express

Smoothie de café y palta

Mezcle la pulpa de una palta Hass madura, 1 taza de leche entera, ½ taza de leche condensada, una pizca de sal y 8 cubos de hielo. Licue hasta que esté terso. Incorpore 3 cucharadas de concentrado de café (más o menos una carga de exprés) a temperatura ambiente. Vierta jarabe de chocolate en el interior de los vasos con objeto de crear una espiral antes de llenarlos con la bebida. Rinde alrededor de dos porciones de 340 gramos cada una.

Nota: este smoothie también sabe muy bien sin el café. Si desea que esté aún más frío, bastará con añadir una mayor cantidad de hielo. Enfriar los ingredientes líquidos antes de preparar la receta también ayudará a mantener la temperatura baja.

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Clari

La primera vez que tuve el honor de conocerte fue en un encuentro de trabajo. Estabas en un recipiente muy pequeño que no te hacía justicia y echa puré. Probé tu sabor y quedé sorprendida. Ahora que se más de vos te prometo contribuir con tu descendencia.

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