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El cerebro, como centro de operaciones del cuerpo, tiene a su cargo numerosas funciones esenciales para nuestra supervivencia. Pero continúa siendo un misteri...

Aprender sobre la compasión

 En un estudio realizado en Suiza, en 2015, los participantes vieron cómo se aplicaban shocks eléctricos a miembros de sus propios círculos sociales, y a personas de un grupo diferente. Según los resultados de los escaneos cerebrales, cuando los observadores veían a un desconocido experimentando dolor, era menos probable que se registrara activación en el área que corresponde a la empatía que cuando veían que pasaba lo mismo con alguien que reconocían. Pero cuando los participantes creían que habían recibido ayuda del grupo desconocido (en este caso, observaron que alguien había pagado para cancelar un tratamiento de shock que, de otro modo, un miembro de su grupo hubiera recibido), la brecha de la empatía se achicaba. Apenas unas pocas experiencias positivas con un miembro del otro grupo eran suficientes para aumentar en forma significativa las respuestas cerebrales compasivas. “Las experiencias positivas con un desconocido se transfieren a los miembros del grupo y aumentan su empatía”, según Grit Hei, líder del equipo de investigación.

 

En los lóbulos frontales, ubicados justo detrás de la frente, es donde se encuentra nuestra capacidad para tomar decisiones, prestar atención, razonar, generar hábitos, controlar los impulsos, sentir empatía por otros y mover nuestros cuerpos.

PARA TENER EN CUENTA: aun si sentimos indiferencia hacia alguien, unas pocas interacciones constructivas pueden generar sentimientos de compasión.

 

Perder la vista y transformar el cerebro

 Rebecca Saxe, profesora de neurociencias cognitivas del Instituto Tecnológico de Massachusetts, se especializa en teoría de la mente, esencialmente, en cómo pensamos acerca de otros. Mientras estudiaba qué era lo que sabían las personas no videntes acerca de la visión, ella y sus colegas llegaron a un descubrimiento: partes del cerebro destinadas a la vista, que permanecen inactivas en personas no videntes, podían encontrar una nueva función en tareas de procesamiento del lenguaje.

 

“En 1994, las neuroimágenes obtenidas de personas no videntes que leían Braille mostraban que la corteza visual no estaba completamente atrofiada. Leer Braille plantea un problema espacial, y eso es precisamente lo que es la visión. Los no videntes tienen disponible la totalidad de esta corteza visual que se utiliza para distinguir relaciones espaciales, y padecen un problema que demanda precisamente dicha habilidad.

 

“Luego escaneamos a personas no videntes mientras desarrollaban una tarea que implicaba comprensión de oraciones. Cuando escuchamos una oración, se da cierta actividad neuronal que rápidamente se extiende a través del hemisferio izquierdo. Los datos registrados mostraron cómo la corteza visual respondía al lenguaje. Ese fue uno de los hallazgos más sorprendentes. Las respuestas cerebrales eran aquellas que podrían esperarse de una persona vidente observando una imagen brillante, pero habían sido generadas por individuos no videntes escuchando una oración. Fue uno de los ejemplos más impresionantes de plasticidad que he encontrado: una región del cerebro que comienza a realizar un conjunto de funciones completamente nuevas respecto de sus tareas habituales”.

 

En la porción trasera de la corteza cerebral se encuentran los lóbulos occipitales que son el centro de la percepción, utilizada para el pro cesamiento visual, el reconocimiento de colores, la percepción de profundidad y la detección del movimiento.

 

PARA TENER EN CUENTA: Saxe sostiene: “Cuando un adulto sufre un accidente cerebrovascular u otro tipo de daño cerebral devastador, el habla se ve comprometida. Si pudiéramos lograr que otras regiones del cerebro desarrollaran algunas de las funciones faltantes, sería como encontrar el Santo Grial en materia de tratamiento para este tipo de afecciones”.

 

Recuperarse de una lesión cerebral grave

El doctor Norman Doidge, de Toronto, es psiquiatra, psicoanalista y autor, y sus libros se enfocan en la capacidad del cerebro para cambiar su propia estructura y funcionamiento. En su obra de 2015 The Brain’s Way of Healing: Remarkable Discoveries and Recoveries

From the Frontiers of Neuroplasticity (El método del cerebro para sanar: grandes descubrimientos y experiencias de recuperación desde las fronteras de la neuroplasticidad) relata la recuperación de Gabrielle, quien se sometió a un tratamiento cerebral a partir de una nueva forma de terapia con luz.

 

“En diciembre de 2011, una mujer llamada Gabrielle se presentó y me contó su caso durante una conferencia en Toronto. Tenía un tumor que amenazaba su vida en la región ubicada detrás del bulbo raquídeo del cerebro. El tumor fue extraído, lo que salvó su vida, pero el proceso le dejó síntomas complicados: tenía náuseas, problemas de equilibrio, dificultad para tragar y le costaba caminar. Padecía agotamiento crónico. Había leído y escrito música durante toda su vida, pero había desarrollado una extraordinaria hipersensibilidad al sonido.

 

“Sabemos qué frecuencias específicas de luz roja e infrarroja pueden prestar asistencia a pequeñas estructuras intracelulares llamadas mitocondrias, que utilizan la energía para activar células que se encuentran dormidas.

 

“Con su médico, Gabrielle trabajó para sanar su cerebro mediante el uso de almohadillas terapéuticas de aproximadamente 100 luces LED planas colocadas sobre la parte posterior del cuello. Al cabo de tres semanas, con varios tratamientos semanales, logró concentrarse y realizar diferentes tareas simultáneamente. La vi 11 semanas después, en un concierto de Beethoven escuchando música estruendosa; antes apenas podía tolerar el sonido de la música funcional en un ascensor. La vi atravesar la sala con firmeza y supe que estaba recuperándose.

 

“Aún no ha alcanzado el cien por ciento: a Gabrielle le extrajeron una parte de su cerebro. Pero recuperó su vida. Antes tal vez hacía una hora de actividad y luego tenía que quedarse en reposo durante varios días. Ahora, se ha reincorporado al coro y puede bailar”.

 

Ubicado en la base del cráneo, el “pequeño cerebro” (eso es lo que significa la palabra “cerebelo” en latín) es el responsable de la coordinación, el equilibrio, la estabilidad y la actividad muscular.

 

PARA TENER EN CUENTA: Gabrielle afirma: “Para aquellas personas con lesiones cerebrales, hay esperanza. Uno no debe quedarse atascado tratando de adaptarse a la nueva normalidad, es posible recuperar la vida normal anterior”.

 

Generar recuerdos que dejen marca

En un estudio efectuado en 2015, psicólogos de la Universidad de Nueva York pidieron a los participantes que identificaran imágenes de dos categorías, animales o herramientas.

Luego de un tiempo de espera, les mostraron nuevos animales y herramientas, solo que en esta oportunidad, recibieron un shock luego de ver las fotografías de una de las categorías con el fin de que dichas imágenes resultaran más memorables. Los investigadores anticiparon que, al evaluar posteriormente el recuerdo de los participantes, recordarían mejor la categoría de imágenes vinculada con el shock (por ejemplo, las herramientas) respecto de la otra. La sorpresa fue la siguiente: el recuerdo también se vio fortalecido por las fotografías de herramientas que habían visto antes de la aplicación de los shocks, lo que sugería que nuestros cerebros pueden actualizar recuerdos previos con información esencial nueva.

 

Joseph Dunsmoor, líder del equipo de investigación, sostiene que: “Sabemos, a partir de investigaciones anteriores, que los sucesos emotivos se recuerdan mejor que aquellos triviales o aburridos, pero lo que no sabíamos era que la emoción parece poder ir atrás en el tiempo y mejorar las probabilidades de recordar cosas triviales”.

 

Posados a cada lado de la cabeza, debajo de las sientes, los lóbulos temporales se encargan de organizar y procesar lo que vemos y oímos. También participan en el aprendizaje, la generación de recuerdos, la adquisición del lenguaje y las respuestas emocionales.

 

PARA TENER EN CUENTA: las experiencias emotivas hasta pueden fortalecer recuerdos que inicialmente no parecían significativos.

 

Padecer insomnio

El escritor canadiense R.M. Vaughan, quien ha padecido insomnio durante toda su vida, es el autor del libro Bright Eyed: Insomnia and Its Cultures (Despabilados: el insomnio y las distintas culturas) En su cruzada por comprender en profundidad su afección, encontró algunas estrategias interesantes para aprender a aceptarlo.

 

“He sufrido insomnio desde los diez años aproximadamente. Se manifiesta como una incapacidad absoluta de mi cerebro para desconectarse. También padezco un desorden llamado síndrome de las piernas inquietas. Aun así, y porque soy un optimista, cada noche pienso: esta noche sí, me quedaré frito. Nunca sucede.

 

“Ayer, por ejemplo, cabeceé hasta un punto en el que estaba prácticamente dormido. Luego fue como si alguien se hubiera escabullido en mi habitación con una jeringa gigante llena de adrenalina y me la hubiera inyectado. Si bien mi cerebro estaba solo mitad despierto, yo pateaba y mis músculos se contraían y relajaban. Di vueltas durante unas horas, luego mi cuerpo finalmente se agotó y logré dormir cerca de una hora y media. Después volví a despertarme, y el ciclo continuó durante el resto de la noche. Eso es típico.

 

“Consulté a un médico de Islandia que afirma que la gente de ese lugar no sufre desórdenes afectivos estacionales. Su país está sumergido en la oscuridad durante una buena parte del año. Pero él no hablaba de medicación. No hablaba de terapias del comportamiento. Hablaba de una acción colectiva desarrollada durante siglos por personas que viven bajo estas condiciones y en forma satisfactoria. Se trata de una cultura que ha desarrollado todo un idioma en torno a la oscuridad del invierno; usan palabras como ‘acogedor’ en lugar de

‘desolador’. Y es una cultura en la que la prioridad son las comunidades y las familias. Durante los períodos de oscuridad del año, nadie está solo, nunca. No se trata necesariamente de una fiesta; simplemente nadie está en soledad. Quienes padecemos insomnio llevamos con nosotros cierto enojo por sentirnos tan alejados del mundo, pero creo que Islandia nos ofrece una nueva mirada sobre las afecciones crónicas, que permite que aquellas personas que sufren desórdenes neurológicos no se sientan solas”.

 

De forma similar a un diente de león, el bulbo raquídeo une la médula espinal con el cerebro.

Tiene bajo su responsabilidad importantes funciones del sistema nervioso como respirar, tragar, transpirar, despertar, dormir y manejar los reflejos.

 

PARA TENER EN CUENTA: Vaughan, quien desarrolla sus actividades en Toronto y en Berlín, afirma que: “Para aquellos que viven en una ciudad donde la gente no sale a cenar hasta las diez de la noche, el insomnio puede verse como una especie de ventaja, un extraño beneficio que puede ayudar a acostumbrarse”. Encontrar un contexto donde nuestros propios obstáculos se conviertan en fortalezas puede ayudarnos a salir adelante.

 

Usar la mente para combatir el dolor crónico

En el Hospital Infantil de Alberta, un equipo de expertos entre los que se encuentran el médico clínico Nivez Rasic y la psicóloga clínica Melanie Noel, está utilizando un enfoque innovador para ayudar a pacientes como Katya Dittrich en el manejo de dolores crónicos severos. En su programa intensivo de seis semanas de duración, la clave para vivir una vida funcional se encuentra en el cerebro.

 

Explica la doctora Rasic: “Vemos pacientes jóvenes que no solo padecen dolores severos sino discapacidades derivadas de dicho dolor; tienen problemas para funcionar normalmente. Siguen tratamientos diarios de fisioterapia para intentar mejorar el funcionamiento de sus cuerpos, reciben asesoramiento psicológico diario y participan de sesiones grupales en las que se tratan diferentes aspectos relacionados con el dolor, como ansiedad, sueño y temor. Tiene una extensión de siete horas por día, cinco días a la semana.

 

“Algunos de estos pacientes han padecido dolor durante tanto tiempo que ya muestran una alteración en la percepción del dolor. Sus cerebros deben acostumbrarse al hecho de que cuando hacen ejercicio, ya sea andar en bicicleta, caminar en la cinta o jugar al fútbol, lo que están sintiendo son sensaciones normales vinculadas con la actividad física, no dolor”.

 

Según la Psicóloga clínica Melanie Noel, “enseñar a las personas a pensar de un modo diferente sobre el dolor puede alterar no solo el nivel de dolor que refieren, sino el propio cerebro.

 

“Nos damos cuenta de que los pacientes mejoran cuando pueden ir a la escuela o pasar tiempo con amigos, y ahora contamos con datos fascinantes de imágenes neuronales que así lo muestran. Se puede ver que efectivamente estamos afectando la manera en la que las distintas áreas del cerebro se comunican entre sí. Con nuestros tratamientos podemos alterar las conexiones del cerebro.

 

“A medida que el dolor se vuelve crónico, algunos pacientes pueden verse condicionados a evitar hacer cosas que antes hacían. En los niños, y también en adultos, habitualmente existe una sensación de temor: ‘No quiero salir a la calle a caminar porque duele, y eso me asusta’. Estamos cambiando eso a nivel neuronal de la mano de nuestros tratamientos. El simple hecho de enseñar a las personas a pensar de un modo diferente sobre el dolor puede alterar no solo el nivel de dolor que refieren, sino el propio cerebro”.

 

Katya Dittrich, de 14 años, padece desde los nueve un dolor en su rodilla que empeoró con el paso del tiempo. Al cumplir 11 años, la joven biatlonista apenas podía caminar y necesitaba morfina para dormir por la noche. Un reumatólogo le recomendó el programa, del cual participa desde mayo de 2013.

 

“Todos conocemos esa sensación que se da cuando se nos duerme un pie y tenemos que sacudirlo para que se despierte, ¿cierto?”, explica Dittrich. “Es algo así, pero en todo mi cuerpo. Y si me golpeaba el dedo del pie cuando el dolor del nervio estaba activo, era diez veces peor que lo normal.

 

“El programa incluía mucha psicología del dolor. Teníamos cuadernos de frases donde escribíamos cosas para ayudarnos a redefinir lo que estábamos sintiendo. Una frase que aún funciona para mí es: ‘Sos suficiente. Sí, sos totalmente suficiente. Es sorprendente lo suficiente que sos’. Hasta el simple hecho de saber que no estaba sola, que no era algo que había inventado en mi cabeza, ya me ayudaba.

 

“El objetivo del programa era darme las herramientas y los conocimientos necesarios para manejar mi dolor. En diciembre de 2015, participé de mi primera carrera con casi nada de dolor en el nervio. Llegué última, pero sentí que había ganado. Cada persona tiene su propia estrategia, yo escucho música antes de las carreras, dejo que una canción se pegue a mi cerebro y la uso para distraerme. Antes de entrar al programa, el nivel de dolor era diez de diez. Ahora está alrededor de tres”.

 

Ubicados cerca de la parte superior del cerebro, justo encima de los lóbulos occipitales y detrás de los lóbulos frontales, los lóbulos parietales controlan la cognición, el procesamiento de información, el dolor, la orientación espacial, el habla y el reconocimiento facial.

 

PARA TENER EN CUENTA: Noel afirma: “Generalmente pensamos el dolor como algo físico que no podemos controlar, pero la manera en la que pensamos y sentimos ese dolor puede cambiar nuestra experiencia. Y cuanto antes podamos intervenir, más probable será que logremos evitar que el dolor crónico se convierta en un problema en la vida adulta”.

 

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