Tras el brote del COVID-19 descubrió el poder de la esperanza a través de su jardín Tras el brote del COVID-19 descubrió el poder de la esperanza a través de su jardín

Plantando semillas de esperanza. En mis días más oscuros, me he refugiado en la promesa de una nueva vida que ofrecen los jardines.

El sábado 14 de marzo, un día después de que cerraran las escuelas públicas y la guardería de nuestros niños gemelos de tres años, en nuestra localidad en el Valle del Hudson de Nueva York debido al brote de Covid-19, envié a los chicos con su niñera por última vez, durante un par de horas frenéticas, para poder hacer algunas cosas antes de entregarme de lleno a la maternidad, a tiempo completo, todos los días, durante el futuro inmediato.

Tenía un montón de ropa que lavar y planchar y una lista de compras que necesitaba atender con urgencia. Pero me sentí atraída por el jardín, todavía cubierto de mantillo por la hibernación. Husmeando, vi signos tempranos de vida; ya habían salido las coronas rosas fucsias onduladas de los ruibarbos, de la tierra húmeda, y los pequeños ribetes de las ortigas salvajes medían varios centímetros de altura en la parte trasera desatendida y descuidada. Los cebollinos, también habían crecido repentinamente en el calor de los días anteriores. Parecía demasiado pronto, pensé, volviendo atrás mentalmente a mis años de siembra. Pero este año el invierno no había sido invierno y no se habían producido heladas. La ansiedad nos ronda desde hace meses. Los gansos llegaron a casa temprano, las tortugas ya están descansando en los troncos y las ranas ya han salido del estanque de los castores la primera semana de marzo: un mes completo por delante.

Yo no estaba lista, pero la tierra sí; las plantas me lo estaban pidiendo. Así que saqué mi caja de semillas del estante de la cocina. De vuelta en el cobertizo, logré rescatar una azada con la punta muy afilada de detrás de un revoltijo de bicicletas y sillas de jardín. En el jardín, me arrodillé en el suelo, aparté las briznas de hierba seca de la última siega del otoño, hice dos filas poco profundas, y dejé caer las semillas en la tierra, semillas de lechuga en forma de almendra y de repollo y berza y también semillas de amapola borgoña. Puede que sea demasiado pronto, pensé mientras rociaba con agua los brotes de vida en su sitio, pero vale la pena intentarlo. En este momento, cualquier cosa que nos pueda aportar esperanza, merece la pena intentarla. 

Debería saberlo. Estuve aquí antes, en otro tiempo, parece que en otra vida.

Me desperté a la mañana siguiente de que mi madre diera su último aliento, el 8 de marzo de 2008, y bajé lentamente por las escaleras de mi casa de la infancia con la débil luz del invierno. Estaba vacía, exhausta, desconcertada y totalmente a la deriva. Tenía 21 años. Antes del café, y sin pensarlo, me puse a buscar un paquete de semillas; había hecho un pedido de una temporada completa, cuando de repente me mudé a casa para ayudar a mi madre (que finalmente se rindió en su batalla contra el cáncer de páncreas), a revivir el huerto que cuidaba cuando yo era una niña.

El huerto se había abandonado en los últimos años, y estaba desbordado de malas hierbas. Imaginé el placer catártico de arrancar todas esas malas hierbas invasoras, convirtiendo el estiércol viejo en tierra, lanzando toda mi furia y confusión de nuevo a la tierra como si fuera a purgarme con ella.

Esa mañana después de su muerte, muchos meses antes de lo que habíamos previsto, salí por la puerta de tela metálica rota a los escalones traseros donde había amontonado el material de jardinería. Vacié unos cuantos puñados de tierra fresca y limosa en una bandeja de semillas de plástico, y la llevé dentro. Suavemente, coloqué una semilla de arveja, arrugada y gris verdosa, en cada compartimento, y después puse un montoncito de tierra sobre cada semilla. Llevé la bandeja a la cocina, la regué entera con agua del grifo, y la puse en un alféizar soleado.

El impulso provenía de algún lugar del subconsciente, un intento desesperado por catalizar nueva vida después de la muerte. El tiempo se había congelado en las últimas semanas, en las que pasamos días ociosos y tortuosos junto a la cama de mi madre, esperando que la muerte viniera a por ella, pero también desesperados por mantenerla a raya. Al introducir las semillas en el suelo, me sentí invocando a los espíritus del tiempo, rogándoles que me llevaran de vuelta al redil: por favor, dejadme volver a la vida. Estoy vacía, pero no estoy acabada.

Ahora, 12 años después, no puedo dejar mi jardín. El escenario me recuerda a aquellos días en los que esperábamos la muerte de mi madre (únicamente la familia más cercana), nadie entraba y nadie salía. El tiempo se hizo muy pesado, como si se deslizara en aceite, distorsionado y untuoso. Ahora, también, todos contenemos la respiración mientras esperamos el próximo dato sobre el número de muertos, la última confirmación de la parada invasora y el confinamiento pendiente.

Navego sin rumbo y sin fin por mi teléfono mientras los niños apilan ladrillos rotos en el patio, o ven demasiada televisión, o requieren mi atención gimoteando. Apenas los oigo. Debería estar presente para mis hijos, quiero estar, me reto a mí misma. Pero estoy suspendida en el tiempo, esperando que algo definitivo suceda. No ocurre nada, por supuesto. Solo la expansión del miedo y la regulación, una masa inminente de tensa incertidumbre que nos ha llevado a todos hasta sus fauces hambrientas.

En el jardín, en otro día de calor estacional, enderezo el cuerpo momentáneamente para aliviar el dolor de espalda. Llevo más de una hora deslizando la horquilla por la tierra fría para revolverla y airearla. Tengo los dedos cubiertos de suciedad, dos nudillos rasgados y sangrantes. Me produce placer esa pequeña herida. El jardín, ahora, es el único lugar en el que puedo encontrar un remanso de quietud y puedo canalizar un poco de realidad. Mis hijos corren por el patio blandiendo palos y construcciones de plástico, asilvestrados de repente por la disolución de la rutina y la socialización. Los perros están encantados y sorprendidos de tenernos todo el día en casa, y saltan, tirándose entre ellos un juguete de goma de atrás hacia adelante y gruñendo impetuosamente.

Me agacho de nuevo, arranco las malas hierbas tempranas, hundo una pala en el mantillo, y tiro lombrices de tierra en la pila de abono. Necesito cosas aquí, en este jardín, cosas que urjan y requieran mi atención, y me confirmen que seguimos avanzando, de alguna manera, en esta repentina suspensión del tiempo. Necesito creer que es una pausa, no un cese. Vamos, parece que estoy diciendo a todo, vamos. Demostremos que podemos. Todavía no estamos listos para partir. 


Sara B. Franklin es escritora y profesora de Estudios de Alimentos e Historia Oral en la escuela Gallatin de la Universidad de Nueva York y en el Centro Correccional Wallkill, a través del Programa de Educación de Prisiones de la NYU. Vive en Kingston, Nueva York, con su familia.

Longreads.com (marzo 2020), copyright © 2020
Sara B. Franklin

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