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“Tras la muerte de nuestra hija, mi esposo y yo no veíamos el final de nuestro dolor. Con el tiempo, sin embargo, hallamos consuelo, esperanza e in...

Una mañana de junio de 2004 fui a asomarme a la habitación donde mi hija Kate, de 23 años, dormía plácidamente en la misma cama de hierro forjado que cuando era niña. Al contemplar su bello rostro, enmarcado por una larga cabellera rizada, pensé que no sería capaz de seguir viviendo si algo malo le sucediera.

Cinco meses después, cuando Kate se dirigía en auto a la Escuela Indian Creek, en Bloomington, Indiana (EE.UU.), donde enseñaba inglés, un hombre de 45 años, intoxicado con cocaína y otras sustancias, se estrelló de frente contra el Honda Civic de mi hija. Cuando lo supe, creí que me iba a morir de dolor. Pero no fue así...

El día en que Kate habría cumplido años le escribí una carta. Pensaba quemarla y poner las cenizas en la cerca de piedra que mi esposo, Steve, estaba construyendo en su memoria alrededor de nuestra cabaña en Maine, pero en el último instante hice una copia. Desde entonces le he escrito una carta en su cumpleaños, contándole sobre los nacimientos y las defunciones, las bodas y las rupturas, las muestras de apoyo y las decepciones, pero también sobre cosas cotidianas como las travesuras de Lola, su perrita.

Un año después de su muerte, yo no encontraba consuelo ni esperanza. Ya han pasado nueve años, y ahora deseo compartir lo que he aprendido desde entonces, junto con pasajes de mis cartas a Kate. Si mi experiencia ayuda a alguien a comprender mejor la pérdida de un hijo, si le infunde ánimos para afrontar sus propios  retos, entonces la vida de Kate sigue teniendo sentido. Y eso es un regalo que todavía puedo darle.

 

La realidad de la pérdida

“‘Mágica’ es una palabra que usamos a menudo para describirte. No es que fueras una santa: fumabas, podías ser terca y te gustaba que las cosas se hicieran a tu manera; pero tu capacidad de dar y recibir amor, de hallar belleza en las cosas pequeñas, de hacer reír a la gente, era realmente mágica... Me encantaba que fueras tan hermosa, pero me fascinaba más quién eras por dentro. Esa luz interior es lo que más extraño”.  —Julio de 2005

En muchos sentidos, el segundo y el tercer año tras la pérdida de un hijo son aun más duros que el primero. El dolor es tan profundo, que embota las emociones. Menos de una hora después de enterarme del accidente de Kate, yo estaba sentada en la sala de urgencias del hospital adonde la llevaron, preguntándole a una colega mía sobre sus clases del semestre. No derramé ni una lágrima en el sepelio de mi hija, y al cabo de una semana me hallaba de nuevo en la Universidad de Indiana, donde enseño periodismo.

El embotamiento comienza a disiparse al tiempo que la gente que lo rodea a uno sigue con su vida. El torrente de telefonemas y cartas se vuelve un goteo, y los vecinos se agazapan en el siguiente pasillo del supermercado para no toparse con uno. Mantener una apariencia de normalidad en los primeros años requiere una vigilancia constante. Me gustaba dar largos paseos en el bosque, donde nadie podía verme llorar ni oír mis charlas con Kate.

Una noche estábamos jugando a las cartas con unos amigos cuando de pronto su hijo los llamó. El padre se enfadó por la interrupción y le dijo que le llamaría al día siguiente. Me disculpé y me dirigí al baño. Habría cambiado el resto de mis días por poder hablar con Kate esos 30 segundos; sin embargo, regresé a la mesa sonriendo, como si nada hubiera ocurrido.

Pero la tristeza y la ira que siguieron a la muerte de Kate no son nada junto a mi terrible añoranza. “A veces siento que el pánico se apodera de mí y me abruma tanto extrañar a Kate que no sé cómo me las arreglaré”, le escribí a una amiga.

En Internet encontré un estudio de la Universidad Yale que sugería que la añoranza es el síntoma más perturbador del duelo, sobre todo en los dos primeros años. El estudio incluyó a personas que habían perdido a su cónyuge, a un padre o a un hermano o hermana. Le escribí a una de las autoras, Holly G. Prigerson, para preguntarle por qué no habían incluido en su investigación a padres que afrontaron la muerte de un hijo, y me contestó que una pérdida así era de “tal magnitud” que no se podía comparar con otras pérdidas de familiares.

El día que cumplimos tres años sin Kate, mi esposo y yo estábamos en la cocina, llorando.

—No es que quiera ni que necesite tenerla de regreso —me dijo—. Es que tengo que tenerla aquí otra vez.

La añoranza me venía en oleadas, y cuando no estaba segura de si podría soportarla más, me repetía en silencio: te sientes terriblemente ahora, pero solo espera y ve cómo te sientes mañana. De alguna manera, las cosas siempre parecían mejorar un poco al día siguiente.

Sorprendentemente, la única vez que sentí lo que podría llamar alivio en esos primeros años fue un día en que salté a un lago helado después de una caminata. El agua apagó cualquier otra sensación: el dolor, la tristeza, la ira, incluso la añoranza. Y, por unos breves momentos, recordé cómo se sentía la vida antes.

Muestras de apoyo


“Lo que más necesito es fuerza para ver más allá de mi dolor y no juzgar a los demás con demasiada dureza. Aceptaré más a las personas por lo que son. Mostraré más valor y haré todo lo que pueda para mantener viva tu memoria”.  —Julio de 2006 y 2007.

Seis meses después de la muerte de Kate, Steve recibió un llamado de un neoyorquino amigo suyo con quien no había tenido contacto en más de diez años. Le dijo que al buscar su nombre en Google se había enterado de la muerte de nuestra hija, y anunció que tomaría un vuelo a Indianápolis. Terminó quedándose con nosotros algunos días, y desde entonces hemos sido amigos cercanos de él y de su esposa.

Todo padre afligido que conozco tiene historias como ésta. Un conocido o un amigo del pasado aparece de pronto y se convierte en un salvavidas. Por desgracia, lo contrario también ocurre: todo padre en duelo pierde buenos amigos que creía que serían para siempre.

Un amigo de toda la vida de Steve pronunció unas palabras en el sepelio de Kate, pero por un malentendido posterior se distanciaron. Para ser justos, a veces hemos sido nosotros quienes se han apartado. Poco después de la muerte de Kate, una conocida mía me contó en una carta que la operación de próstata de su esposo había sido un éxito. Dijo que Dios había guiado las manos del cirujano, pero yo interpreté que Dios no había guiado las manos del hombre que chocó contra el auto de mi hija.

Cuando los padres en duelo nos reunimos, solemos contarnos las cosas raras que la gente nos dice. “Sé cómo te sientes. Mi abuelo murió el año pasado” (eso es triste, sí, pero no es lo mismo que perder un hijo); “Siempre les digo a mis hijos que no conduzcan por esa ruta” (¿así que mi hija estaría viva si yo hubiera hecho lo mismo?); “Todo sucede por una razón” (ojalá fuera cierto, pero no es ningún consuelo). No culpo a quienes dicen cosas así sin querer. Porque decir cualquier cosa, aunque resulte hiriente, es mejor que callar. Cuando la gente evita el tema por completo, uno se siente aun más solo.

Sin embargo, hemos hecho ajustes. Algunos amigos están dispuestos a escuchar nuestros desahogos; otros no quieren oír cosas tristes, pero sí las historias felices sobre Kate. También tenemos amigos que parecen sentir pánico ante la mención del nombre de Kate. Ahora me doy cuenta de que, para ellos, buscarnos aun sabiendo que es posible que hablemos de ella es un acto de compasión.

Tras la muerte de Kate, dos viejos amigos nuestros se ofrecieron a ir a la casa de mi hija por sus pertenencias y llevarlas a la nuestra en un camión de mudanzas una semana antes de la Navidad; un amigo de la infancia de Steve le llevó el almuerzo al trabajo todos los días durante un año; y un amigo abogado nos acompañó en todas las audiencias del juicio del conductor ebrio hasta que lo sentenciaron por homicidio culposo.

No todos los que nos brindaron apoyo en los últimos diez años siguen cerca. El tiempo, la distancia y las complicaciones de la vida los fueron alejando, pero guardo un lugar especial en mi corazón para quienes nos han ayudado a llegar hasta aquí.

 

La tarea de sobrevivir

“Tu papá y yo aún estamos en un compás de espera en nuestra vida. Vivimos cada día con un enorme peso en el corazón. Sé que no querrías eso, así que trato de hacer cosas nuevas... La gente nos dice lo fuertes que somos y que se alegran de que lo estemos ‘superando’, pero nada podría estar más lejos de la verdad”.  —Julio de 2008

Al cumplirse el quinto año de haber perdido a Kate, mi esposo y yo vivíamos con menos oleadas de dolor pero también con poca alegría. Emprendí diversas actividades en recuerdo de mi hija: hice presentaciones de diapositivas, edité videos que ella había tomado y con retazos de su ropa confeccioné edredones para los amigos que tanto habían hecho por nosotros.

Invertíamos tanta energía en sobrevivir, que apenas podíamos con los golpes de la vida cotidiana. Un día invitamos a casa a un amigo cercano y a su nueva novia. Tres semanas después, nos enviaron una lista de lo que nosotros, los afligidos padres, habíamos hecho mal y lo que debíamos hacer para que ellos se sintieran desagraviados. Tratamos de arreglar las cosas, pero la amistad se terminó.

Algunos sucesos funestos hicieron añicos el poco alivio que habíamos encontrado. A mi madre le diagnosticaron cáncer de ovario en la primavera de 2009 y murió en el verano. Errores en el juicio del hombre que provocó la muerte de Kate obligaron a reabrir el caso. Un día hacíamos progresos y al día siguiente volvíamos a sumirnos en el dolor.

Ciertos días son más difíciles que otros. Los cumpleaños se vuelven más importantes, y no menos, tras la muerte de un hijo; uno espera que los demás hagan una pausa en esa fecha y recuerden a su hijo o hija. Como me dijo una madre cuya hija murió 14 años atrás: “Cada año me pregunto: ‘¿Esta vez alguien va a recordar que es el cumpleaños de mi hija?’”

Steve y yo nos abocábamos con todo nuestro empeño a la Navidad. Nuestro hijo, Daniel, no solo había perdido a su adorada hermana, sino también a los padres que habíamos sido hasta el día en que Kate murió. Nos preocupaba causarle más dolor, así que envolvíamos regalos, adornábamos el arbolito y horneábamos un pavo, pero todos sabíamos que había un lugar vacío en la mesa.

Las bodas nos producen sentimientos encontrados: felicidad por la pareja y tristeza porque nunca veremos a nuestra hija casarse. “Los entierros son mucho más fáciles”, nos dijo hace poco un padre desconsolado. En un sepelio todo el mundo está triste; en una boda, solo nosotros sufrimos.

El aniversario del momento en que la vida de uno se divide para siempre en “antes” y “después” es el peor. El dolor lo embarga a uno desde varias semanas antes y los días que anteceden a la fecha fatídica son todavía más insoportables. Cuando ese día por fin se acaba, uno puede respirar con alivio nuevamente, sabiendo que le queda un año de tregua.

Sin embargo, algunas sacudidas emocionales son inesperadas. Una vez llamé a casa, y una mujer joven contestó: “Hola, estás llamando a casa de la familia Comiskey...” Era Kate. Por alguna razón nuestro contestador automático se había desactivado y el mensaje grabado se reprodujo desde la extensión telefónica del sótano. Lo que más me dolió fue que tardé varios segundos en reconocer la voz de mi hija.

 

La huella de Kate

“Tocaste tantas vidas en tus 24 años, y sé que ellos te recuerdan aunque no siempre piensen en decírnoslo. Hay algo que puedo prometerte: estarás en mis pensamientos y en mi corazón cada minuto que me quede de vida. Tu nombre será la última palabra que diga y tu hermoso rostro será lo último que vea”.  —Julio de 2010

 

Tras la muerte de Kate, pensé que nuestros conocidos e incluso los extraños sabrían cómo me sentía y lo que necesitaba que hicieran y dijeran. Era casi como si hubiera escrito yo un guión, pero no se los mostrara y luego me frustrara que no supieran sus líneas. Busqué a los amigos de Kate para tratar de llenar algo del terrible vacío. Su compañía me hacía sentir cerca de ella. Ellos nos escribían y visitaban; tres nos invitaron a sus bodas y otro llamó Kate a su bebé. Les escribía a menudo y les enviaba tarjetas de felicitación en sus cumpleaños. Si sabían de mí, razonaba, pensarían en mi hija.

En 2008 Steve y yo organizamos una reunión en nuestra casa. Queríamos recordar a Kate y armamos un video con fotos de los viajes que sus amigos habían hecho en su memoria con el dinero que les dimos de su seguro de vida. Dos de ellos estaban de viaje lejos de allí y otros tenían que trabajar hasta tarde, irse muy temprano o perderse la reunión.

No fue lo que esperábamos. Ahora comprendo que mis expectativas no eran realistas. Los amigos de Kate ya rondaban los 30 años, se habían mudado a otras ciudades y tenían nuevos empleos; su vida adulta apenas comenzaba. Aunque extrañaban mucho a Kate, ya habían dejado atrás el duelo.

Comprendí por primera vez que, si iba a sobrevivir sin mi hija, tenía que encontrar dentro de mi ser la voluntad para hacerlo. Podía esperar que la gente la mantuviera dentro de su corazón, pero no que lo expresaran cuando yo lo quisiera oír.


Todavía les escribo notas a los amigos de Kate en sus cumpleaños, y les sigo la huella en Facebook. Siempre me alegra saber de ellos, pero no me preocupo mucho si no me entero. Y hemos estrechado lazos con algunos poco a poco y con naturalidad.

No hace mucho Steve y yo fuimos a cenar a una pizzería de Bloomington y cuando él le dio su tarjeta de crédito a la moza, ella leyó el nombre y le preguntó si conocía a Kate Comiskey. Mi esposo le dijo que era hija nuestra y entonces los ojos de la joven se llenaron de lágrimas y nos abrazó. Dijo que había sido alumna de Kate y que había pensado en ella esa semana. Sus palabras nos recordaron que, aunque no siempre lo sabemos, nuestra hija es recordada por la gente en cuya vida dejó huella.

 

Destellos de esperanza

“Hemos hecho nuevos amigos este año, parejas que también perdieron un hijo... Aunque estamos ‘adelante’ de muchos de ellos en cuanto al duelo, nos han ayudado. Me hace sentir más fuerte el solo hecho de escribir sobre estas personas maravillosas”.  —Julio de 2010 y 2011

Durante mucho tiempo después de la partida de Kate, solo tuvimos un contacto ocasional con otros padres que habían perdido hijos. Un día recibimos un llamado telefónico de una pareja cuya hija se había ahogado. Empezamos a salir juntos a cenar y encontramos consuelo en nuestra desgracia común. Al año siguiente conocimos a otra pareja; su hija, de 20 años, había muerto en un accidente de tránsito. Esos padres organizaron una cena para seis parejas. Asistir a ese encuentro cambió el curso de nuestro duelo.

A primera vista, somos un grupo heterogéneo. Entre nosotros hay baptistas, budistas y no creyentes, y oficios diversos: artistas, maestros, administradores, un agente inmobiliario, un predicador y un consejero de crisis. Aun así, tenemos un vínculo poderoso: todos hemos perdido hijos justo cuando estaban floreciendo como adultos jóvenes.

Desde esa primera reunión nos sentimos inmensamente tranquilos. No teníamos que cuidar lo que hacíamos o decíamos; compartíamos pensamientos terribles sin que nadie se inmutara. Todos comprendían.

Nos ayudamos unos a otros durante los inevitables reveses y celebramos los pequeños placeres. Hablamos de nuestros hijos libre y gozosamente. Todos escuchan; nadie da consejos ni sermones. Compartimos solamente lo que nos funciona.

Sorprendentemente, reímos mucho. Una madre que hacía un largo viaje en auto para estar con nosotros escribió esto al día siguiente: “Cuando estoy con otros padres que han pasado por la misma experiencia, puedo reír, saber que está bien. Cuando otras personas me ven en un ‘buen’ día, disfrutando de la vida y riendo, piensan que debo de haberlo ‘superado’. Sin embargo, se confunden cuando me ven de nuevo y estoy otra vez en mi estado normal”.

Aunque el grupo original se mantiene intacto, hemos ampliado el círculo para incluir a otros padres. Cuando conocemos a alguna pareja cuya pérdida es reciente, tratamos de ser honestos acerca de lo que les espera, pero alentamos su esperanza de encontrar alivio. Lo más importante es que a todos nos anima mucho saber que no estamos solos.

 

Consuelo y alegría

“Por fin desempaqué toda tu ropa. La lavé, sequé y colgué perfectamente... No me atreví a lavar algunas prendas que aún tenían un rastro de tu olor, y con enorme sorpresa descubrí que aunque no puedo verte, tocarte ni escucharte aquí en la Tierra, todavía puedo percibir tu olor. ¡Qué maravilla!”  —Julio de 2011

Cuando un padre pierde un hijo, pasan semanas, meses e incluso años sin que sepa qué objetos suyos se volverán preciosos, qué lo va a conectar con su recuerdo. Todas las noches duermo con una pequeña almohada que Kate hizo poco antes de morir. En su mesita de luz Steve conserva un plato de conchas que nuestra hija nos regaló cuando cumplimos 15 años de casados. Manejé mi Honda Accord 2001 durante nueve años y por más de 273.000 kilómetros después de que Kate murió porque fue el último auto en el que nos sentamos juntas. Con todo, algunas cosas evocan recuerdos aun más vívidos y profundos.

La ropa de Kate permaneció sellada y guardada en nuestra casa durante seis años y medio. De vez en cuando yo abría una caja para sacar una falda o un suéter que pudiera usar. En ocasiones, cuando me sentía abrumada por el dolor, me acercaba una prenda a la nariz y aspiraba, anhelando captar la esencia de Kate en su perfume Fragile, de Jean Paul Gaultier.

Luego, una tarde de mayo de 2011, decidí que la ropa de Kate ya había estado guardada mucho tiempo y me puse a sacar las prendas: la falda rosa que se puso para su entrevista de trabajo como maestra, el vestido negro de lino sin mangas que consiguió con halagos que su papá le comprara, la falda que le ayudé a hacer con unos viejos pantalones vaqueros...

Puse aparte las pocas prendas que aún tenían un rastro de su olor: un vestido de dama de honor azul celeste, una blusa de cuello drapeado color marfil, una chaqueta de jean... Entonces las lavé, sequé y doblé junto con las otras prendas. Colgué los vestidos, blusas y faldas en ganchos dentro de un armario, y en los estantes apilé la ropa interior envuelta en papel con un sachet de lavanda.

En un correo electrónico les conté lo que había hecho a los padres de nuestro grupo, y sus respuestas no tardaron en llegar. Un padre reveló que, siete años después de la muerte de su hijo, estaba a dieta para poder ponerse sus camisas. Una madre encontró unas sandalias de su hija en un armario. Cuando se las puso y caminó por la casa, oyó los pasos de la chica.

Sé que algunas personas pueden pensar que es extraño o estrafalario lavar las prendas de un hijo fallecido, pero cuando terminé de lavar la ropa de Kate aquella tarde y me envolví en los recuerdos, frescos y limpios, me sentí rodeada por la presencia de mi hija. Me hizo feliz.

 

Nuevos propósitos

“A veces me miro en el espejo y me pregunto qué pensarías si me vieras ahora. ¿Te parecería terriblemente envejecida? ¿Estarías avergonzada por las cosas que he hecho y dicho? Creo que te sentirías orgullosa de mi fortaleza y decepcionada por mi falta de paciencia, pero estoy haciendo progresos”.  —Julio de 2013

Poco antes de que muriera, Kate compró una mandolina que nunca tuvo oportunidad de tocar. Cuando mi esposo se jubiló como profesor de secundaria, sus colegas le regalaron una guitarra. Ambos instrumentos estuvieron guardados en el armario durante años. Luego, un día, decidimos aprender a tocarlos. No pudimos haber hecho algo mejor. Uno no toma clases de música para el pasado, ni siquiera para el presente; las toma para el futuro. Y eso era una nueva forma de pensar.

Con ayuda del profesor de música, nos pusimos en contacto con otras personas que estaban aprendiendo a tocar instrumentos —guitarra, violín, banjo, mandolina— y formamos una banda. Ahora nos reunimos dos veces al mes para tocar y cantar, y compensamos con entusiasmo lo que nos falta de talento. “Está bien —dice uno de los miembros—, porque todos somos muy buenos para algo más”.

La novelista Louise Penny describe el momento en que la desesperación se vuelve esperanza en forma de “un punto de luz, más imaginario que real, en la negrura del arrepentimiento, la traición y la pérdida”. Para mí, esa luz parecía infinitesimal en los primeros años después de la muerte de Kate. Necesitados de un propósito en la vida, ofrecimos donaciones, becas y otras cosas en recuerdo de nuestra hija; sin embargo, la esperanza era difícil de alcanzar. Cuando llegó, no fue en forma de una revelación ni de un destello de luz. Para nosotros, fue descubrir poco a poco la posibilidad de volver a ser felices.

Casi desde el principio encontré un propósito en la enseñanza (suelo decirle a la gente que fue mi salvación). Cuando preparaba la clase, calificaba tareas o hablaba con mis alumnos, tenía que enfocarme en algo más que en vivir un día más sin Kate.

Ser maestra también me acercó más a mi hija. Ella dio clases poco más de un año solamente, pero era un don innato, como el de su padre. Hacía que cada estudiante se sintiera la persona más importante en el salón. Cuando doy una buena clase, siento que estoy honrando su memoria. Al igual que Kate, mis alumnos siempre serán muy jóvenes y tendrán mil posibilidades por delante. En cierto sentido, dar clases es una manera de detener el tiempo.

Para Steve, el propósito residía en construir una cerca de piedra alrededor de nuestra cabaña en Maine, como las de Irlanda y Nueva Inglaterra que tanto le gustaban a Kate. Durante más de nueve años, mi esposo colocó 30 toneladas de piedra en su sitio a mano, a menudo trabajando desde el amanecer hasta el ocaso. Amigos y familiares nos daban guijarros, conchas y monedas para incrustarlas en la cerca. Hoy día esta contiene un trozo de azulejo de la playa de Ipanema, piedrecitas de la Gran Muralla china, arena de las playas de Normandía y una roca de la Antártida. Las cenizas de Kate también están allí, junto a las de su perra, Lola, que murió en 2013. Nuestras cenizas también reposarán allí algún día.

 

Aunque a nuestra vida volvió un poco de felicidad, ver a los amigos de Kate casarse, formar un hogar y tener hijos era agridulce. Pero hace tres años, en el verano, una pareja y su bebé se quedaron con nosotros en Maine. Durante cuatro días cargué en brazos al niño, lo llevé a pasear y lo arrullé a la hora de dormir. Pensaba en lo feliz que Kate habría sido de verlo.

Nuestro hijo Daniel era soltero todavía y no sabíamos si algún día se casaría y tendría familia. Con todo, me di cuenta de que aunque nunca llegara yo a tener nietos, podía deleitarme con la nueva generación. Esta aceptación hizo aun más maravilloso lo que estaba por venir.

Poco más de dos años después, Daniel contrajo matrimonio con una mujer brillante y encantadora, y ahora es el orgulloso padre de dos varoncitos. Los niños nos han abierto un nuevo futuro a Steve y a mí. Les compramos juguetes, jugamos con ellos en el arenero y soñamos todo el día con llevarlos de excursión o construir para ellos una casita en un árbol en la cabaña de Maine.

Cuando nos visiten allí, les mostraremos la cerca de piedra que su abuelo construyó, y les contaremos historias sobre la corta pero mágica vida de su hermosa tía Kate.

 

Una luz eterna

Cuando releí mis cartas a Kate por primera vez, hace un año, me alegré de ya no estar en un lugar oscuro como al comienzo del duelo, pero también me dio nostalgia recordar lo “visceralmente cerca” de mi hija que estaba yo en ese entonces. El alivio, al parecer, tiene un precio. Sé que ahora soy una persona diferente y, en cierto modo, mejor de lo que era hace diez años. He aceptado que algunos problemas no se pueden resolver y que algunas relaciones no se pueden salvar. Soy mejor para escuchar: más empática y menos crítica. He aprendido que si uno busca algo que no le guste de una persona, siempre lo encuentra.

Sé lo mucho que puede significar un gesto amable: una palabra de aliento, una nota en un cumpleaños o un recuerdo compartido. Y agradezco todavía más las pequeñas alegrías de la vida: el canto de las aves al atardecer, el cálido abrazo de un amigo, sacar a un nieto mojado de la bañera.

En noviembre de 2014 se cumplieron diez años de la muerte de nuestra hija. Parece que pasó toda una vida, pero también que apenas fue ayer la última vez que la tuve entre mis brazos. Conmemoramos el día como acostumbramos hacerlo: dando un paseo por el bosque, viendo los videos de Kate en la tele, dejando flores en el árbol que sus amigos plantaron en la escuela donde enseñaba. Luego continuamos nuestro viaje.

La tristeza y la añoranza están siempre con nosotros; tenemos días buenos y días malos, pero por primera vez desde la muerte de Kate, podemos mirar hacia el futuro sin desesperación. Hace nueve años escribí que la muerte de mi hija me hizo perder todo miedo a morir; eso sigue siendo cierto, pero ahora tengo menos prisa de que suceda. Al decir del escritor Douglas Hofstadter, cuando uno muere se queda en la mente de las personas que más lo amaban convertido en “un haz luminoso, a veces brillante y a veces tenue”.

Recuerdo vívidamente la luz que rodeaba a Kate en vida. Haga lo que haga y adondequiera que vaya en los años por venir, esa luz estará siempre en mi mente y en mi corazón.

 

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jose luis

barbaro

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Valeria

No quisiera estar en los zapatos de ésta pareja es algo inimaginable tanto dolor. Que Dios los guíe.

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