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Una iglesia que no será movida y un milagro de vida que nos recuerdan que la resignación no es opción para quienes tienen esperanzas.

LA IGLESIA QUE NO ARDIÓ


La iglesia no debería estar ahí, pero cada domingo, John Mayernick va de todas maneras. Abre la puerta que no debería seguir en pie, pasa junto a los bancos que deberían haberse quemado, y sube por las escaleras hacia la galería que debería haberse venido abajo. Cuando la luz del sol pasa a través de las vidrieras y brilla sobre las imágenes de molduras doradas, él agarra tres cuerdas y hace sonar las campanas al comenzar la misa y los congregados cantan las canciones que ninguno pensó que volvería a oír. 


Se trata de la iglesia de la Asunción de la Sagrada Virgen María, en Centralia, Pensilvania, Estados Unidos. En 1962, una mina subterránea se incendió, y el humo y el calor asfixiaron lentamente a la ciudad. Durante los siguientes veintitantos años, se marcharon todos los habitantes, excepto cinco. El gobierno derribó la mayoría de las viviendas y locales antes de que lo hiciera el fuego. Hoy en día, donde una vez generaciones de mineros criaron a sus familias, solo quedan algunos tramos de calzada que no llevan a ninguna parte. A pesar de haber transcurrido 56 años, el fuego continúa ardiendo bajo tierra.


Gracias a un accidente geológico, la iglesia se libró se las llamas y las apisonadoras. Su cúpula celeste sigue sobresaliendo entre los árboles, y sus bancos se llenan los domingos.

“Hay muchos tipos de milagros”, dice el cura de la iglesia, el padre Michael Hutsko. “El tipo relámpago, por ejemplo, el enfermo que se cura de pronto tras rezar, es fácil de identificar. Pero hay otros milagros menos evidentes, en los que quizá no nos fijamos hasta llegar a un punto en que decimos ‘rezaba para que ocurriera esto’, y nos damos cuenta de que Dios ha puesto su mano ahí”.


cuando se fundó Centralia, en la década de 1740, el milagro de este accidentado tramo de los Apalaches era el carbón. Por aquel entonces era el combustible más potente conocido. Su descubrimiento en el noreste de Pensilvania desató la fiebre del oro. Los inmigrantes vinieron de todas partes: polacos, húngaros, checos y ucranianos llenaron las ciudades mineras en expansión como Centralia.


La iglesia de la Asunción, construida en 1911, fue una de las muchas iglesias católicas ucranianas que se fundaron en la zona. Los inmigrantes podían ir a misa bajo su sencilla estructura de madera y entre sus muros de piedra hechos a mano, al igual que llevaban siglos haciéndolo en sus países de origen. Cantaban en su lengua materna. Celebraban la característica misa católica ucraniana. Rezaban bajo sus cruces de tres travesaños.


Evelyn Mushalko, una feligresa de la iglesia de la Asunción nacida en Centralia en 1944, recuerda una ciudad con dispensadores de soda y tiendas de golosinas baratas; una ciudad donde los padres trabajaban duro y no hablaban demasiado al respecto; una ciudad donde podías lanzarte en trineo en invierno y recoger fruta en verano y correr a casa desde el colegio para llegar a ver las series del momento en la nueva televisión en blanco y negro de la familia.


“Fue una buena época en la que crecer”, afirma. “Era una ciudad agradable. La gente era amable”.


Entonces la ciudad se incendió.

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Nadie sabe con seguridad cómo o cuándo empezó el incendio en 1962, pero se sospecha que ocurrió después de que algunos trabajadores quemaran basura en el basurero local.


Al día siguiente una veta de carbón seguía ardiendo. Al principio no se preocuparon; aquellos incendios eran comunes en zonas donde se picaba carbón, pero las llamas resultaron implacables al alimentarse de otras vetas de carbón y túneles sellados y llenos de tablones de madera. 


Lentamente, el suelo comenzó a calentarse y ahuecarse. Las grietas del suelo expulsaban humo. Un largo tramo de la Nacional 61 cedió y se agrietó, emitiendo un brillo rojo por la noche. Los vecinos informaron que las paredes de sus sótanos estaban calientes y emitían gases nocivos; un vecino se quedó inconsciente mientras veía la televisión. Los gobiernos local y estatal invirtieron millones intentando detener las llamas, sin éxito.


Por último, el día de San Valentín de 1981, el suelo se vino abajo en el jardín de la abuela de Todd Domboski, tragándose casi al niño de 12 años. El fuego dejó expuesta una galería a cientos de metros bajo tierra. Él sobrevivió al agarrarse a la raíz de un árbol antes de que pudieran rescatarlo.


Aquel fue el principio del fin para el pueblo. En 1984, tras informar del peligro a los ciudadanos, los responsables estatales y federales empezaron a expropiar las propiedades y ordenaron la evacuación de la ciudad. Las calles quedaron vacías. Las casas fueron derruidas. Una apisonadora derribó la iglesia Católica Romana, y después la metodista. 


Pero la iglesia de la Asunción permaneció intacta. Estaba asentada sobre uno de los inmensos bloques de piedra que forman la columna de las montañas de la zona. Eso protegía a la iglesia de la ardiente antracita subterránea.


Cuando el padre Hutsko se hizo cargo de la iglesia de la Asunción en 2010, se encontró con un edificio en mal estado. La pequeña congregación solo iba a Centralia los domingos.

El Padre Hutsko, junto a los feligreses, se puso manos a la obra. Derribaron la rectoría, abandonada y en condiciones precarias. Arreglaron el techo y su cúpula. Añadieron un nuevo revestimiento al sótano. Frotaron las joyas hasta sacarles brillo. 


A finales de 2015, el arzobispo de la Iglesia Católica Ucraniana visitó Estados Unidos y pidió ver la iglesia en la famosa ciudad quemada. Estaba fascinado por la forma en que la historia de su supervivencia parecía evocar al Evangelio según San Mateo: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no prevalecerá frente a ella”.


Cuando entró en la pequeña sala que albergaba el tesoro de la iglesia, con sus pinturas enmarcadas en oro, sus cómodos bancos, su santuario, su gruesa y suave alfombra y el olor a incienso, el arzobispo quedó tan conmovido que estableció la iglesia como lugar de peregrinaje anual.


“Se quedó asombrado en cuanto entramos”, recuerda Hutsko. “Dijo: ‘Este es un lugar sagrado… Tiene que ser un lugar desde donde llamar a la gente a la oración’”.

Por fin quedaba clara la misión de la iglesia. No sería simplemente un refugio para los desperdigados vecinos de una ciudad perdida, sino que sería un símbolo de esperanza para los creyentes de todas partes.


hace tres años, en el primer peregrinaje anual, cientos de personas se reunieron en el cuidado césped de la iglesia, siendo el mayor evento en Centralia en años.

“Mientras la Iglesia permanezca aquí, mientras suenen las campanas, la voz de Dios los llamará a su presencia”, les dijo el arzobispo a los peregrinos, “para recordarles que no los ha abandonado, al igual que no abandonó a la gente de la ciudad”.

Los domingos, las cosas siguen igual que en los últimos 108 años. Las campanas suenan. La gente se reúne con sus hijos y nietos, a cantar y rezar. 


Y durante esas horas no solo es el Evangelio el que revive. Revive la tienda de golosinas y la pizzería. Y la colina donde se lanzan en trineo, la piscina y la banda de música. 

El fuego que arrasó la ciudad sigue ardiendo, pero mientras la iglesia siga en pie, el pueblo seguirá levantándose sobre sus cenizas.


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UN RESQUICIO DE VIDA


El 25 de marzo de 2010, Kate y David Ogg escucharon las palabras que todo padre teme: su bebé recién nacido no iba a sobrevivir. 

Sus mellizos —una niña y un niño— habían nacido con dos minutos de diferencia y 14 semanas antes de llegar a término, por lo que no llegaron a pesar más de un kilo cada uno. Los médicos intentaron salvar al niño durante 20 minutos sin éxito. Apenas tenía pulso, y había dejado de respirar. Al bebé le quedaban segundos de vida. 

—Lo vi dar una bocanada, pero el médico dijo que era inútil —explicó Kate al Daily Mail cinco años después. 

—Sé que sonará estúpido, pero si seguía dando bocanadas, es porque estaba vivo. No iba a tirar la toalla tan fácilmente.

Aun así, esta pareja australiana sabía que, posiblemente, aquel fuera un adiós. En un último esfuerzo por rememorar sus últimos momentos con el bebé, Kate preguntó si podía cogerlo.

—Quería conocerlo, y que nos conociera — explicó Kate a Today. 

—Nos habíamos resignado ante el hecho de que íbamos a perderlo, e intentábamos sacar el máximo partido a esos últimos momentos.

Kate destapó al niño, al que ya habían bautizado como Jamie, y le pidió a David que fuera con ellos a la cama. Estos padres primerizos querían que su hijo estuviera tan calentito como fuera posible y esperaban que el contacto piel con piel lo hiciera mejorar. También le hablaron. 

—Intentábamos que se quedara
—contó Kate al periódico. 

—Le hablamos sobre su nombre y le contamos que tenía una hermana melliza a la que tenía que cuidar y cuánto habíamos deseado tenerlo. 

Entonces ocurrió el milagro. Jamie dio otra bocanada y empezó a respirar. Al final, se agarró al dedo de su padre. 

El niño lo había conseguido. 

—Somos los más afortunados del mundo— contó David al periódico años después 

Casi nueve años más tarde, Jamie y su hermana, Emily, viven felices y sanos. Sus padres les contaron la historia de su nacimiento hace poco. 

—Emily se puso a llorar —dijo Kate. Estaba muy enfadada, y no dejaba de abrazar a su hermano. Toda esta experiencia nos hace quererlos todavía más.

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