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Conmovedoras historias que renuevan nuestra fe en la bondad de las personas.

Una tarde de domingo de diciembre de 2008, Ann Sutton supervisaba muy alegre en su cocina la preparación de la cena navideña. Mientras su hijo Mickey batía un recipiente de caramelo, su hija JaKeilla y su novio, Frank, metían y sacaban galletas del horno. Allí también estaba Kinzie, la juguetona hija menor, de siete años, que comía galletas y daba instrucciones desde la mesa, cubierta de manteles individuales rojos y verdes.

Ann era trabajadora social y su esposo, orientador de jóvenes, así que sus hijos habían heredado de ellos la vocación de servicio. Sin embargo, sabían que mucha gente no podía disfrutar la Navidad como ellos. El ingreso familiar promedio en el condado de Wayne, Kentucky, donde vivían, no pasaba de 28.000 dólares al año y las charlas de sobremesa de los Sutton solían versar sobre los más necesitados de la zona. Muchas personas habían perdido sus empleos tras la quiebra de la industria de casas flotantes en Monticello, sede del condado, y otras no se habían recuperado de la crisis en la del carbón.

Como Ann sabía lo mucho que sus hijos disfrutaban los regalos en la Navidad, siempre trataba de conseguir ayuda para un par de familias pobres. Ese año Kinzie estaba emocionada porque Papá Noel haría una visita especial a una madre de 22 años llamada Ashley, la cual trabajaba en una fábrica y criaba sola a sus hijos, Kenny, de 12 años, y Evan, de uno.

En medio de la dicha de ese domingo, el teléfono de los Sutton sonó. El representante de una organización local le dijo a Ann que su solicitud de ayuda para Ashley se había frustrado. No habría Papá Noel ni regalos: nada. Ann vio cómo la alegría se esfumaba de los rostros de sus hijos. Kinzie dejó de hablar, se levantó de la silla y salió corriendo. En la cocina ya no parecía que fuera Navidad.

Minutos después la niña regresó. Había abierto su alcancía, y se puso a contar sobre la mesa las monedas y los billetes arrugados. Eran 3,30 dólares: todo lo que tenía.

—Mamá —le dijo a Ann—, sé que no es mucho, pero tal vez alcance para comprarle un regalo al bebé.

Entonces todos empezaron a buscar dinero en bolsos y bolsillos. Frank y Mickey juntaron algunos billetes y un puñado de monedas. JaKeilla fue a su cuarto y también vació su alcancía. Hacer más grande el regalo de Kinzie se convirtió en un juego: todos buscaban suelto en cajones y armarios, y los gritos de alegría de la niña resonaban por toda la casa.

Frank se sentó a la mesa de la coci-na y se puso a enrollar pilas de monedas con hojas de papel. Al concluir la búsqueda había un fajo de billetes y una hilera de rollos de monedas. En total juntaron 130 dólares.

—Dios multiplicó tu regalo —le dijo Ann a Kinzie.

Al otro día, en una reunión de trabajo, Ann les contó a sus colegas sobre la iniciativa de su hija, y se sorprendió al ver que se ponían a hurgar en sus bolsos y bolsillos para contribuir a la colecta de Kinzie. La generosidad se había contagiado.

A lo largo de la mañana Ann recibió más donaciones de sus compañeros. Cada vez que se acercaban para darle un poco de dinero, llamaba a casa para decírselo a Kinzie, y la niña gritaba y bailaba de alegría.

Al final del día, la historia del rega-lo de Kinzie ya se había propagado fuera de la oficina de Ann. Esta recibió una llamada de un donante anónimo, quien le dijo que si una niña de siete años podía dar todo lo que tenía, él debía dar al menos 100 veces más. Contribuyó con 300 dólares.

En total juntaron 500 dólares: suficiente para una Navidad para tres.

Más tarde Ann y sus hijas salieron a la calle en busca de regalos. Compraron pantalones, camisas, piyamas y algunos artículos para el hogar. Eligieron también un par de botas de moda para Kenny, una colorida bufanda para Ashley y un montón de juguetes para el bebé. El dinero les alcanzó incluso para comprar comida para la cena de Navidad.

En la Nochebuena, Ann manejó en medio de una lluvia torrencial hasta el pequeño remolque donde la familia vivía, y estacionó su camioneta junto a él. Cuando Ashley abrió la puerta, Ann se apeó, abrió su paraguas, le deseó feliz Navidad a la joven mujer y empezó a entregarle los regalos, uno por uno.

Ashley recibía los obsequios y reía, atónita. Luego Ann soltó el paraguas y le dijo que la ayudara a meter al remolque los regalos de Kenny.

—Por favor, ¿puedo abrir uno esta noche? —suplicó el niño.

Pronto las dos mujeres estaban caladas hasta los huesos, pero felices.

La sorpresa se había convertido en algo más profundo, una dicha que las llevó al borde del llanto.

Al reflexionar sobre la generosidad de una niña pequeña, Ashley comentó que esperaba poder hacer algún día algo parecido por una persona necesitada. “Kinzie pudo comprarse algo con su dinero, pero lo regaló —dijo—. Me gustaría que mi bebé fuera como ella cuando crezca”.

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