Las pequeñas acciones marcan la diferencia Las pequeñas acciones marcan la diferencia

Un corte a la vez. La historia de cómo está cambiando la vida de los marginados un peluquero innovador con un par de tijeras mágicas.

En 2013, en un hogar de bienestar social para mayores, en Shah Alam, Selangor, Malasia, May Yee estaba sentada, quieta, en una silla de plástico, mientras un joven peluquero le cortaba el cabello con cuidado y luego se lo afeitaba. La mujer, de 70 años, sufría de una molesta enfermedad de la piel, y el supervisor del hogar le había pedido a Lex Low, un peluquero de la zona, que le cortara el cabello para que pudieran aplicarle un medicamento en el cuero cabelludo.


“Yo me daba cuenta de que ella estaba sufriendo”, dice Lex, quien, a los 33 años, ya lleva 17 de peluquero. “Tardé apenas diez minutos. No fue un tema de habilidad para cortar, sino de compasión. Nunca olvidé esa escena”. Fue después de eso cuando tomó conciencia de que su habilidad para cortar el cabello podía tener un impacto en la vida de los demás y cambiar su propia vida.

Lex se inclinó hacia una carrera creativa por primera vez cuando tenía 16 años. Le faltaban solo dos años para cumplir el sueño de sus padres, que era que se graduara de la escuela secundaria, cuando decidió cambiar su futuro. “Mis padres querían que me fuera bien en la vida y que tuviera una educación secundaria formal”, cuenta. “Decidí contarle a mi mamá que quería hacer algo con las manos. Me iba bien en la escuela y no era  rebelde, pero elegí dejar de seguir la tradición de estudiar, graduarse y luego buscar trabajo”. 


Su madre no estuvo de acuerdo. Por eso, un día, sin decirle una palabra a nadie, Lex decidió dejar de ir a la escuela, razón por la cual lo expulsaron. “No fue fácil para mis padres”, cuenta. Su madre recurrió al Ministerio de Educación para que lo reincorporaran y ellos aceptaron, pero con una condición: Lex debía reunirse con el director para que lo aceptaran de vuelta. Sin embargo, Lex fue inflexible. Se negó a ver al director y no regresó nunca a la escuela.

Lex había crecido en un ambiente creativo. Su padre era fotógrafo y su madre, maquilladora. “Yo siempre veía cómo mi madre peinaba el cabello de sus clientes y disfrutaba de ponerme gel para peinarme mi propio cabello”, recuerda. De hecho, su madre, sin querer, le alimentó el amor por la peluquería al cortarle el cabello.


“No me gustaba que mi mamá me cortara el cabello”, recuerda con cariño. “Así que usaba productos para peinarlo y mejorarlo antes de ir a la escuela”.

Al fin y al cabo, su madre cedió. Con la ayuda de una de las mejores amigas de ella, que tenía una peluquería, Lex pudo empezar a trabajar lavando el cabello. Fue allí, en una pequeña peluquería de barrio, donde trabajó durante un año mientras hacía un curso de peluquería.

Luego, en 2007, una semana después de hacerle color al cabello de una clienta, Lex sintió una terrible picazón en la cabeza. Como sospechó que era algo malo, fue al médico, que le diagnosticó psoriasis. La enfermedad de la piel es consecuencia de un sistema inmune hiperactivo, que desencadena una inflamación en la piel y marcas rojas, que pican y se descascaran, en todo el cuerpo. Trabajar en una peluquería, donde habitualmente se usan químicos para tratar el cabello de los clientes, solo hacía que empeoraran los síntomas. Lex consultó con numerosos especialistas en piel y probó infinidad de tratamientos, incluso luz ultravioleta, champú de alquitrán y crema de esteroides. También probó con medicina herbal china y con tratamientos alternativos que encontró en Internet. Pero nada aliviaba la psoriasis durante mucho tiempo. Tarde o temprano, las zonas de piel rota e inflamada de los brazos, las piernas, las orejas, el cuero cabelludo y el cuerpo volvían a aparecer. “Llegó un punto en el que sentía tanto dolor que tuve que tomarme tres meses de licencia en el trabajo”.

Para 2011, luego de luchar durante meses contra la enfermedad, los síntomas empeoraron, y eso le afectó la autoestima. “Cuando uno trabaja en una peluquería, quiere tener buen aspecto para los clientes, y esto perjudica la seguridad en uno mismo”.


Luego, el médico le dio más malas noticias: le advirtió que la única manera de que mejorara la psoriasis era evitar el contacto con los químicos, por lo que debía dejar de trabajar en peluquerías. “Eso fue muy duro, a nivel emocional, porque significaba abandonar algo que me apasiona de verdad”, cuenta Lex.

En lugar de abandonar su profesión, Lex decidió concentrarse en lo que podía seguir haciendo: cortarles el cabello a las personas. Y eso fue exactamente lo que hizo. Salió a regalar cortes gratuitos. Publicó en Facebook que ofrecía cortes gratuitos para los necesitados y pidió consejos sobre cómo divulgarlo en hogares de bienestar social y orfanatos. Al terminar de trabajar en la peluquería, iba a la calle Petaling, en Kuala Lumpur, a cortarles el cabello a las personas sin techo.


Pese a que, a lo largo de los años, Lex había cortado a menudo el cabello en orfanatos y hogares de bienestar social para mayores, el encuentro con May Yee y su problema en la piel lo tocó de cerca. Le recordó a Lex su propio dolor y lo hizo darse cuenta de cómo podía marcar la diferencia con su habilidad para cortar el cabello.


Eso lo llevó a ofrecer cortes gratuitos para los miembros marginados de la comunidad de Shah Alam, incluso los niños indígenas Orang Asli, que estaban en el hogar Promise Home. El hogar brinda educación y alojamiento para los niños Orang Asli, de la zona remota y pobre de Tapah y Slim River, en Perak. “Estaban nerviosos y tenían vergüenza, y no les gustaba quedarse quietos en una silla”, recuerda sobre su primera visita al hogar. Para algunos, era la primera vez que se cortaban el cabello. Pasó dos días cortándoles el cabello a 40 niños para quitarles los piojos así podían seguir asistiendo a la escuela local. Todavía les corta el cabello gratis a los niños, y además juega al fútbol con ellos y los lleva de visita a su peluquería para hombres.

Incluso fue al pueblo de ellos, que queda a dos horas y media de su casa, para visitar a las familias y ofrecerles cortes gratuitos. Llevó herramientas para cortar el cabello y materiales para hacer color con la intención de enseñarles a los interesados en aprender esa habilidad. “Con suerte, puede que se inspiren y se conviertan en peluqueros algún día”, dice Lex.


Mientras ayudaba en el hogar Promise Home, Lex se hizo amigo del fundador de la organización Dignity for Children Foundation (DFC), que ofrece educación a los niños carenciados y a 900 refugiados. Lex trabajó, como voluntario, de instructor de peluquería para el programa de oficios de seis meses de la fundación para un grupo de adolescentes, usando materiales creados por él mismo. “Creo en guiarlos no solo enseñándoles a cortar el cabello, sino a construir la seguridad en sí mismos y la autoestima”, afirma Lex.


Para financiar las clases, Lex pidió donaciones en su Facebook. A los tres días, había recibido gran cantidad de contribuciones, desde lugares tan lejanos como Canadá. Una mujer le envió un cheque en blanco para pagar el resto de los gastos, como herramientas y equipos para los estudiantes. Incluso había dinero para alquilar un sitio. Una de sus alumnas, una refugiada de 17 años, se reubicó en los Estados Unidos. En la actualidad, se gana la vida con un servicio de peluquería a domicilio. El DFC abrió una peluquer ía llamada Cut X Dignity (Cortes por dignidad), que les da trabajo a los peluqueros graduados. Las ganancias de la peluquería se utilizan para enseñarles a más estudiantes. Lex todavía da clases en el programa.


Su propia peluquería masculina se llama “Othrs”, que implica “concentrarse en los otros”. Los estudiantes que asisten a su curso de peluquería en Othrs aprenden sobre el arte de cortar el cabello y, como parte del curso, se les pide que les corten el cabello gratis a las personas que viven en la calle y en hogares de bienestar social.


En 2016, Lex capacitó a tres jóvenes Orang Asli, quienes ahora trabajan a tiempo completo como peluqueros en Othrs.


Algunos de los estudiantes de Lex vienen de otras partes de Asia, incluso de Hong Kong, Japón y Singapur, y se llevan a su casa esa filosofía única de cortar el cabello y conectarse con comunidades marginadas.


En la actualidad, Lex es dueño de tres peluquerías masculinas, pero sigue ofreciendo cortes gratuitos. Othrs les corta el cabello gratis a los sin techo y a las personas pobres de la ciudad; además, colabora con organizaciones sin fines de lucro para distribuir comida, ropa y medicamentos todos los meses. No pensó en detenerse porque “la pregunta que siempre me hago es: ‘¿Cómo puedo marcar la diferencia en esta sociedad con un par de tijeras?’”.


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