La llama votiva: una tradición que llena de emoción La llama votiva: una tradición que llena de emoción

Mauricio Dayub es actor, autor, director y productor. Creador de espectáculos como “El Amateur” y “El Equilibrista”, ambos de los más elogiados y premiados de los últimos años. Estos cuentos pertenecen a su primer ciclo de relatos breves llamado “Alguien como vos”.

En la adolescencia, cuando conocía a una chica que me gustaba y no me animaba a contárselo, empezaba a sentir que tenía un tesoro guardado dentro de mí. Era algo que modificaba mi mirada sobre la vida que me rodeaba. Esa historia crecía, pero solo adentro mío. 
Lo mismo me pasa ahora, cuando descubro la esencia de la historia que me gustaría escribir. Empiezo a ver el mundo distinto, como desde el lugar en el que guardo ese tesoro escondido. Es hermoso sentir eso. Por eso creo que escribo y vuelvo a escribir. Para volver a sentirme así.

Estos relatos me definen. Escribirlos, es como animarme a mostrar lo que la vida hizo conmigo.

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Hace muchos años sonó el teléfono de mi casa. Llamaban de un grupo de teatro, de un pequeño pueblo, y me pedían un gran favor: que fuera a apagar la llama votiva. 

Confieso que tuve que volver a preguntar en qué consistía el pedido porque no lo entendí del todo, y me explicaron. El grupo había construido, en la plaza del pueblo el primer monumento al teatro independiente. Y, como es habitual en los Juegos Olímpicos, encendían la llama al iniciar el festival y la apagaban, en una ceremonia, cuando finalizaba el encuentro.

La persona con la que habían cerrado les acababa de cancelar y me pedían que fuera para no defraudar la expectativa del público. Algo de lo que me dijeron me comprometió, y organicé mi domingo para viajar. Me dieron todas las indicaciones para llegar: autopista, paso a nivel, ruta, camino vecinal, calle de tierra...

Cuando estaba llegando al pueblo, me sorprendió ver a la gente caminando por las calles, con banquitos y sillas playeras. Al llegar, vi que la sede era un club. Estaba terminando de comer el pan comprado en la ruta, cuando leí el cartel de la obra que cerraba el festival. Era justamente “El pan de la locura”, de Carlos Gorostiza. 

El director (del festival) me recibió, y me hizo pasar, abriendo cortinas de distintos tipos, con las que habían logrado cerrar el lugar. El ruido no podía entrar desde afuera: porque adentro estaba todo el pueblo. El ámbito desbordaba de gente. Había chicos sobre almohadones y otros directamente sentados en el suelo. Los que había visto por el camino, llegaban y desplegaban sus sillas donde podían. Muchos se quedaban parados porque no había lugar. Afuera era invierno, pero adentro de la sala, pleno verano. Algunos comían, otros tomaban, pero todos empezaron a seguir atentamente el argumento de la obra, a tal punto, que lo que ocurría en escena, parecía estar ocurriendo ahí. La vivencia emocionaba a los actores y se notaba que se sorprendían por eso. El público festejaba los parlamentos de los personajes y hasta gritaron el nombre de uno de ellos, alentándolo, en una escena. Cuando abrían alguna puerta, la harina del pan que amasaban los personajes, volaba por el aire y llegaba a la platea, blanqueando a los espectadores. Ahí adentro, parecía que todos habíamos comido el pan de la locura. 

Cuando terminó la función, estalló un gran aplauso, mezclado con largos y conmovedores abrazos. Y entendí que la conmoción que los unía era que todos advertían, minuto a minuto, que el final de la obra también implicaba el final del festival.

El director me hizo pasar al escenario y les pidió a todos que nos diéramos media vuelta y cruzáramos a la plaza para apagar la llama votiva. Más de quinientas personas rodearon el monumento en plena noche. No querían el final, pero era inevitable. 

El director, conmovido cómo un actor más, empezó a dar el discurso final y, por lo bajo, abandonando la actuación, me hacía señas, me pedía que me acercara. Yo esperaba que alguien me alcanzara uno de esos utensilios que usan en las iglesias para apagar los velones. Porque la llama estaba a dos metros de altura, y yo no veía a nadie en la plaza con una escalera.

Volviendo a su papel el director dijo: “Nos despedimos conteniendo el llanto”, y saliéndose del rol, volvió a susurrar mi nombre, pero ya exigiéndome que accionara, que ya había llegado el momento. Y como yo no entendía lo que tenía que hacer. Con un volumen más alto, me dijo: ¡Abajo Mauricio, abajo! 

La llama estaba arriba y yo, abajo, veía el pasto, ya con el rocío de esa fría noche de mayo. Al ver mi cara desconcertada, fue más específico: ¡La casilla, abajo! ¡La Llave de paso!

Yo sabía que no estaba en Hollywood porque el grupo se parecía al de mis comienzos. Y cumplí con el pedido, me agaché y apoyé las rodillas en el pasto mojado, corrí las telas de araña de la casilla, lejos de la vista de las 500 personas, bajé la llave y cerré el festival. Al otro día, emprendí la vuelta preguntándome si realmente no había sido una locura haber hecho 373 kilómetros.

Hoy volvió a sonar el teléfono. Era el director, llamaba para decirme que el festival cumplía 25 años: "No lo podremos festejar. La cuarentena no permite el encuentro —me dijo— pero queremos encender la llama igual, para que el público la pueda ver, desde sus casas”.

En ese momento recordé aquel viaje y entendí porqué aquella mañana, sin conocernos, me decidí a viajar. Porque en Murphy (Santa Fe), desde hace 25 años, esa llave de paso no solo enciende la llama del primer pueblo con un monumento al teatro independiente; enciende la llama del teatro de todos. 

Por historias como estas es que somos una de las tres potencias teatrales más grandes del mundo.

Mauricio Dayub es actor, autor, director y productor. Creador de espectáculos como “El Amateur” y “El Equilibrista”, ambos de los más elogiados y premiados de los últimos años. Estos cuentos pertenecen a su primer ciclo de relatos breves llamado “Alguien como vos”.
Se pueden ver en: youtu.be/TKzalq_L_nM

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