Historias reales: El leopardo Historias reales: El leopardo

El autor entabló una amistad poco usual con un felino de gran tamaño. ¿Acaso pagó un precio?

La primera vez que vi al leopardo fue cuando cruzaba el pequeño arroyo al pie de la colina. El barranco era tan profundo que la mayor parte del día permanecía en penumbra. Esto alentaba a muchas aves y animales a salir de su refugio durante las horas de plena luz. Eran pocas las personas que pasaban por allí. Así que el barranco se había convertido en un pequeño refugio de vida salvaje, uno de los pocos santuarios naturales que quedaban cerca de Mussoorie, al norte de la India.


A los pies de mi cabaña había un bosque de robles, arces y rododendros del Himalaya. Un sendero estrecho bajaba y se abría camino serpenteando a través de los árboles, sobre una cresta abierta donde crecía, salvaje, la acederilla roja, y después bajaba escarpadamente a través de una maraña de frambuesas silvestres, vides rastreras y el esbelto bambú ringal. Abajo de la colina el sendero llevaba a un borde cubierto de hierba, rodeado de rosales silvestres. El arroyo discurría cerca del borde, tropezando con piedritas lisas, sobre rocas amarillas por el paso del tiempo.

Era principios de abril y las rosas estaban en floración. Todavía había prímulas amarillas y azules en los laterales de las montañas, saxífragas que crecían en las rocas y, un rododendro ocasional que florecía tardíamente, daba un toque rojo que contrastaba con el verde oscuro de la colina.

Casi todos los días caminaba hacia el arroyo después de dos o tres horas escribiendo. Ya había vivido en una ciudad demasiado tiempo, y había vuelto a las montañas para renovarme, para deshacerme de la carne acumulada alrededor de mi cintura y para escribir una novela.

Casi todas las mañanas, y a veces durante el día, escuchaba el bramido de un ciervo. Por las tardes, al ir caminando por el bosque, perturbaba a grupos de faisanes. Las aves bajaban al barranco deslizándose con sus alas abiertas e inmóviles. Vi martas y bellos zorros rojos, y pude reconocer las huellas de un oso.

Como no venía a llevarme nada de la selva, las aves y los animales se acostumbraron a mí muy pronto. Después de un tiempo, mi presencia no los alteraba. Un milano moteado, que en un principio salía volando, ahora permanecía encaramado sobre una piedra en medio del arroyo mientras yo lo cruzaba. Su plumaje se fundía con las piedras y el agua que corría, de manera que era difícil reconocerlo a distancia, pero la blanca “Cruz de San Andrés” que se formaba sobre su manto lo desvelaba, y su llamada aguda y chirriante me seguía mientras subía por la colina.

Los langures en los árboles de roble y rododendro, que al principio se alejaban saltando a través de las ramas cuando me acercaba, ahora me miraban con curiosidad mientras masticaban los tiernos brotes verdes del roble. Los jóvenes se peleaban y jugaban como niños, mientras sus padres se acicalaban el pelaje unos a otros, y se estiraban hacia la ladera iluminada por el sol.


Una tarde, mientras pasaba, los escuché parloteando en los árboles. Al cruzar el arroyo y empezar a escalar la colina, los gruñidos y el parloteo aumentaron, como si los langures me estuvieran tratando de alertar de algún peligro oculto. Una lluvia de piedras bajó rodando desde la ladera empinada, y al subir la mirada vi a un musculoso leopardo anaranjado y dorado, sereno sobre una roca a unos seis metros por encima mío.

No me estaba mirando, pero su cabeza asomaba atentamente hacia adelante en dirección al barranco. Pero debió de sentir mi presencia porque de manera lenta giró su cabeza hacia abajo para mirarme. Parecía un poco sorprendido por mi presencia, y cuando, para darme valor, aplaudí con fuerza, el leopardo saltó hacia los matorrales sin hacer ruido, al tiempo que se fundía entre las sombras.

Había perturbado al animal en su búsqueda de alimento. Después escuché el bramido de un ciervo mientras huía por el bosque; la cacería continuaba.

El leopardo, al igual que otros felinos, está a punto de extinguirse en India, y me sorprendió encontrar a uno tan cerca de Mussoorie. Es probable que la deforestación hubiera llevado al ciervo a este verde valle y el leopardo, como era lógico, lo había seguido.


Pasaron algunas semanas antes de que volviera a ver al leopardo, aunque a menudo me hacía consciente de su presencia: una tos seca y rasposa lo delataba. En ocasiones estaba seguro de que me estaba siguiendo.

En mayo y junio, cuando las colinas se habían vuelto marrones y secas, siempre estaba fresco y verde cerca del arroyo. Los visitantes que venían durante el verano al pueblo en la colina, no habían descubierto este refugio. Yo empezaba a sentir que este lugar me pertenecía.

El arroyo tenía por lo menos otro visitante asiduo, el milano moteado, que, aunque no salía volando cuando me acercaba, si me quedaba durante mucho tiempo, se movía de una piedra a otra emitiendo un largo y quejumbroso llanto. Me pasé toda una tarde tratando de descubrir su nido, que estaba seguro tenía a sus crías, porque había visto al padre ave llevando larvas en su pico.

El problema fue que cuando el ave voló río arriba tuve problemas para seguirla lo suficientemente rápido, ya que las rocas estaban afiladas y resbaladizas. De manera lenta mientras subía río arriba, me escondí en el tocón hueco de un árbol, en el lugar por el que el ave desaparecía a menudo. No tenía ninguna intención de robarle sus crías; solo sentía curiosidad por conocer su hogar.

Al agacharme, mi vista pudo dominar un tramo pequeño del arroyo y los laterales del barranco; pero no había logrado engañar al milano moteado, que continuaba poniendo fuertes objeciones a mi presencia tan cerca de su hogar. Me quedé quieto durante unos diez minutos, y el ave se calmó. ¡Ojos que no ven, corazón que no siente! Pero, ¿a dónde había ido? Es posible que a las paredes del barranco donde, yo tenía la certeza, estaba protegiendo su nido. Decidí tomarla por sorpresa y salté como gato para ver, no al ave en la puerta de su hogar, sino al leopardo, que de un brinco se fue con un gruñido de asombro. Con otros dos saltos rápidos ya había cruzado el arroyo y se había sumergido en el bosque.


No es necesario decir que yo estaba tan asombrado como el leopardo y me olvidé de todo lo relacionado con el ave y su nido. ¿Me había estado siguiendo otra vez el felino? Decidí estar en contra de esta posibilidad. Solo los animales que comen seres humanos los persiguen, y hasta donde yo sabía, nunca había habido uno en los alrededores de Mussoorie.


Durante el monzón el arroyo se volvió un turbulento torrente. No lo visité muy a menudo, pero valía la pena pasear por el bosque para disfrutar con el follaje que brotaba en profusión.


Un día encontré los restos de un ciervo. Me pregunté por qué el leopardo no había escondido los restos de su comida, y decidí que lo habían interrumpido mientras comía. Después, al subir por la colina, me topé con un grupo de shikaris (cazadores). Me preguntaron si había visto un leopardo. Les dije que no. Me comentaron que sabían que había un leopardo en el bosque. ¡Me dijeron que las pieles de leopardo se estaban vendiendo en Delhi a más de mil rupias cada una! Estaba prohibida la exportación de pieles, pero me dieron a entender que había formas y medios...

Les agradecí la información y seguí caminando, sintiéndome inquieto.

Los shikaris siguieron viniendo al bosque. Casi todas las tardes oía los disparos de sus armas.

—Hay un leopardo por aquí —me decían siempre. —Deberías ir armado. —No tengo armas —les contestaba; las martas, que se había vuelto bastante audaces, ahora se precipitaban a esconderse cuando yo pasaba. El olor de un ser humano es como el olor de cualquier otro.

Entonces, pasó el tiempo de lluvias y ya era octubre y me podía tumbar bajo el sol, sobre la hierba de dulce aroma, y asomarme a través de un patrón de hojas de roble para ver el cielo azul cegador. Dejé de pensar en los hombres. Mi actitud hacia ellos era similar a la actitud de los habitantes del bosque. Eran hombres, impredecibles, y de ser posible, debía evitarlos. Al otro lado del barranco se erguía Pari Tibba, la Colina de las Hadas, una montaña sombría, cubierta de matorrales donde no vivía nadie. Se decía que en el siglo pasado los ingleses trataron de construir casas, pero la zona atraía relámpagos. Después de que varias casas fueran derribadas, los colonos se trasladaron a la siguiente colina, donde ahora se encuentra el pueblo. La gente de la montaña la conoce como Pari Tibba, la colina embrujada por los espíritus de una pareja de amantes desventurados que murieron allí durante una tormenta; otros la llaman Colina Quemada, por sus árboles carbonizados y atrofiados.


Un día subí a Pari Tibba, tarea difícil porque no había sendero hacia la cima y tuve que ascender por una escarpada pared rocosa. Arriba había una planicie con unos pinos cuyas ramas superiores atrapaban el viento y tarareaban con suavidad. Allí encontré las ruinas de las que pudieron haber sido las casas de los primeros pobladores: simples pilas de escombros, ahora cubiertas de maleza, acedera, dientes de león y ortigas.

Mientras caminaba por las ruinas sin techo, me impresionó la ausencia de aves y animales, la sensación de completa desolación. El silencio era tan absoluto que parecía estar gritándome a los oídos. Pero había otra cosa de lo que me estaba dando cuenta cada vez más: el fuerte olor gatuno de uno de los miembros de la familia de felinos.

Me detuve y miré a mi alrededor. Estaba solo. No había ningún movimiento de hojas secas o piedritas sueltos. La mayoría de las ruinas estaban a cielo abierto. Sus podridas vigas se habían derrumbado y unido para formar un pasadizo como la entrada de una mina; esta cueva oscura parecía descender hacia la tierra.

El olor era más fuerte cuando me acerqué, así que me quedé esperando, preguntándome si había descubierto la guarida del leopardo, si el animal estaba ahora en reposo después de una noche de cacería. Quizá se agazapó allí en la oscuridad, al tiempo que me miraba, me reconocía y me reconocía como el hombre que caminaba solo en el bosque sin un arma. Me gusta pensar que él estaba allí, que me conocía y que aceptó mi visita de la manera más amistosa: ignorándome.

No me aventuré más; no estaba mal de la cabeza. No busqué el contacto físico, ni siquiera vislumbré de nuevo ese hermoso cuerpo musculoso que saltaba de roca en roca. Yo quería su confianza, y creo que me la dio.

Sin embargo, el leopardo, al confiar en un hombre, ¿cometió el error de confiar en los demás? Acaso yo, al dejar de lado el miedo, mi propio miedo y el miedo protector del leopardo, ¿lo había dejado indefenso?

Al día siguiente, subiendo por el sendero desde el arroyo, los shikaris estaban gritando y golpeando tambores. Tenían una caña de bambú larga sobre sus hombros. Colgado del poste, con las patas hacia arriba y la cabeza hacia abajo, estaba el cuerpo sin vida del leopardo. Lo habían matado a tiros.

—¡Te dijimos que había un leopardo! —me gritaron.

Caminé a casa por el bosque. Estaba muy silencioso, como si las aves y los animales supieran que su confianza había sido vulnerada.

Me acordé de los versos de un poema de D. H. Lawrence; mientras subía por el empinado y solitario sendero hacia mi casa, las palabras golpeteaban su ritmo en mi mente: "Había cabida en el mundo para un león de montaña y para mí."


EXTRACTO DEL LIBRO A TIME FOR ALL THINGS: COLLECTED ESSAYS AND SKETCHES BY RUSKIN BOND; PUBLICADO POR SPEAKING TIGER, NUEVA DELHI 2017

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