Este pueblo remoto nunca imaginó semejante sorpresa Este pueblo remoto nunca imaginó semejante sorpresa

El 11 de septiembre de 2001, hace 20 años, 38 aviones se vieron obligados a aterrizar en Gander, en la isla de Terranova, Canadá, dejando a miles de personas varadas. Los habitantes aceptaron el reto.

A mitad del camino entre Frankfurt y Nueva York, el capitán Reinhard Knoth cambió la frecuencia de la radio de su avión a una donde se comunicaban todos los pilotos. Parecía un día más, oyendo las bromas casuales que hacían entre sí sus colegas, cuando, de pronto, un piloto de la aerolínea KLM interrumpió la transmisión. “Algo está pasando en Nueva York”, anunciaba de forma inquietante aquel capitán. “Hubo un accidente”.

Con una carrera de 30 años en la aerolínea Lufthansa, Knoth, quien había recorrido esa ruta transatlántica en diversas ocasiones, sintonizó la cadena BBC, que transmitía desde Nueva York. Se informaba de una explosión en el World Trade Center, posiblemente causada por el choque de un avión con la Torre Norte. El capitán dirigió la mirada a su copiloto y a su ingeniero de vuelo para asegurarse de que los tres hubieran escuchado lo mismo. Mientras hablaban, la transmisión volvió a tomarlos por sorpresa: “¡Otra explosión… un segundo avión acaba de estrellarse contra el World Trade Center!”. Eran las 9:03 a. m. en aquella ciudad estadounidense y Knoth saltaba de una frecuencia a otra tratando de obtener más información. Algo era seguro: ningún piloto que trabajara para una aerolínea estrellaría su avión de esa forma, aunque le apuntaran a la cabeza con una pistola. A las 9:15 a. m. todos los aeropuertos del área de Nueva York habían sido cerrados, por lo que Knoth envió un mensaje urgente a Lufthansa para pedir indicaciones. ¿Debía regresar a Frankfurt? Le inquietaban los 355 pasajeros que viajaban en el Vuelo 400, el avión que pilotaba. ¿Alguno de ellos representaba un peligro? Observó la puerta de la cabina que estaba detrás de él; no parecía ser muy resistente y ni siquiera tenía el seguro puesto. Al no obtener respuesta de la aerolínea, tomó la decisión de continuar hacia el oeste, hizo contacto con el servicio de Control de Tránsito Aéreo (ATC, por sus siglas en inglés) de Gander, en la provincia canadiense de Terranova, solicitando autorización para volar en dirección a Toronto, donde Lufthansa tenía una base de operaciones. “Solicitud denegada”, respondió tajantemente el controlador aéreo. “Tiene que aterrizar en este momento”.

El ATC, un edificio que parece un refugio subterráneo, ubicado a más de 1,5 kilómetros del Aeropuerto Internacional de Gander, lleva un registro de todos los vuelos entre Europa y Norteamérica. Alrededor de 40 controladores contribuyen a que cerca de 1.000 vuelos diarios lleguen de un lugar a otro sin contratiempos. Cuando recibieron una llamada desde Washington, D. C. diciendo que todo el espacio aéreo de los Estados Unidos estaba cerrado, había alrededor de 300 aviones volando sobre su territorio, por lo que comenzaron a redirigir los vuelos a otros aeropuertos, tan lejos como Montreal e incluso Toronto.

El aeropuerto de Gander fue una pieza clave. Construido a mediados de los años 30, al principio fue una base militar que compartían tres países, Estados Unidos, Inglaterra y Canadá. Gracias a su ubicación, al noroeste del Atlántico, desempeñó un papel crucial en la Segunda Guerra Mundial como parada de reabastecimiento de combustible para los aviones de guerra y bombarderos pesados en su camino hacia Europa. Posteriormente, la mayoría de los vuelos comerciales internacionales fuera de los Estados Unidos y Canadá se reabastecían en Gander. Esto hizo que se lo conociera como la estación de combustible más grande del mundo.

La llegada del Boeing 747 en 1970, con un tanque de combustible de mayor capacidad y tiempos de vuelo más extensos, significó el cierre de Gander como centro de reunión de las aerolíneas comerciales. Pero se mantuvo como escala para aviones privados y corporativos, unos cuantos vuelos rentados y para la milicia estadounidense. Gracias a que su pista principal de aterrizaje es inusualmente larga, fue ideal para manejar un cielo lleno de aviones jumbo. Los empleados de la alcaldía del pueblo se reunieron frente al televisor, contemplando con horror mientras se interrumpía la programación con boletines especiales acerca de lo sucedido en Nueva York. Por su parte, el alcalde Claude Elliott se enteró de la noticia en la pantalla de una panadería en la que se detuvo. La vio durante unos minutos y luego regresó a su casa para seguir la transmisión por CNN. Poco tiempo después recibió una llamada telefónica del administrador del pueblo informándole del cierre del espacio aéreo y de la desviación de muchos aviones hacia Canadá. Parecía ser que Gander recibiría alrededor de 50 vuelos. “¿Qué hay de los pasajeros?”, preguntó Elliott.

Le comentaron que, por el momento, el plan era que permanecieran a bordo mientras el espacio estadounidense era reabierto. Se pensaba que podrían ser solo unas cuantas horas.

Esto tomará más que unas cuantas horas, pensó el alcalde. Incluso si nunca bajaban de los aviones, el solo hecho de tener que alimentar a miles de personas representaba un desafío enorme para el lugar, que en ese entonces tenía una población de 10.000 habitantes. El hombre no quería que la situación lo tomara desprevenido, así que el pueblo abrió su centro de operaciones de emergencia y se instruyó a todos los equipos a mantenerse alerta.

Tanto funcionarios locales como federales sabían que se aproximaba una avalancha. El primer avión desviado aterrizó en Gander poco antes de las 11 a. m., hora local. El vuelo 75 de Virgin Air iba desde Manchester, Inglaterra, hacia Orlando, Florida. A bordo se encontraban 337 pasajeros, la mayoría eran familias que se dirigían al parque de diversiones Disney World. El transporte avanzó hasta la terminal y se detuvo. Un pequeño contingente de policías lo rodeó, ante la mirada curiosa de los viajeros. El sonido de tantos motores de aeronaves acercándose ocasionó que las personas salieran de sus casas y negocios para ver qué sucedía. Los trabajadores del aeropuerto utilizaron la segunda pista de aterrizaje como estacionamiento, colocando más de tres docenas de aviones uno detrás del otro. Los pilotos quedaron liberados para explicar a su modo lo que ocurría a los pasajeros. En el vuelo 400 de Lufthansa, Knoth anunció únicamente que debido a algunos problemas en los Estados Unidos se habían visto forzados a aterrizar en Canadá. 

Uno de los pasajeros, Werner Baldessarini, presidente de la firma Hugo Boss, se preguntaba a qué tipo de problemas se referiría. Más aún, quería saber cuándo partirían, ya que viajaba a Nueva York para la Semana de la Moda, que sería una de sus últimas pasarelas antes de retirarse, y quería que fuera todo un éxito. Una vez en tierra, el capitán explicó cuál era la situación en Nueva York y Washington. También informó que, justo en ese momento, acababan de recibir noticias de que un cuarto avión se había estrellado en Pensilvania. Se temía que hubiera miles de muertos. Baldessarini se sintió avergonzado por preocuparse por su desfile de modas. En el vuelo 23 de Continental, que iba de Dublin a Newark, Nueva Jersey, los pasajeros se quedaron sin aliento al oír el anuncio de que dos aviones se habían estrellado contra las Torres Gemelas y un tercero había impactado en el Pentágono. George Vitale pensó en su hermana Patty, quien trabajaba en la Torre Sur, había perdido a su esposo tan solo un año atrás y ahora también podría estar muerta. Le vino a la mente su sobrino de 14 años, Patrick, de quien era tutor. Se preguntaba si tendría la capacidad para cuidar a un adolescente. Vitale, de 43 años, detective de la policía del estado de Nueva York, voló a Irlanda para planear la seguridad que acompañaría al gobernador en su próxima visita a dicho país, pero el evento se canceló y le ordenaron volver.

Tras el aterrizaje en Gander, Vitale seguía recibiendo solo fragmentos de información, en su mayoría de breves llamadas que los pasajeros hacían a sus familiares. Empezaron a circular rumores de que ambas torres habían colapsado. Peor aún, se decía que decenas de bomberos y oficiales de policía estaban en los edificios cuando esto ocurrió. Ahora el detective tenía otra preocupación: su mejor amigo, Anthony DeRubbio, pertenecía al cuerpo de bomberos de la ciudad. Cuando por fin pudo enlazar una llamada a la residencia del gobernador en Albany, se dio cuenta del caos. Notó que aquel hombre estaba asustado, y esto hizo que se sintiera incluso más ansioso y culpable por no estar ahí para ayudar. A bordo del vuelo 105 de Aer Lingus, con destino de Dublin a Nueva York, Hannah y Dennis O’Rourke escuchaban atentos la explicación del piloto. Hannah pensó en su hijo Kevin, bombero de la ciudad desde hacía 18 años, y miembro de uno de los grupos élite de rescate.

“Quizá no trabajó hoy”, le dijo Dennis asintiendo con suavidad. Ella solo cerró los ojos y comenzó a rezar. Inmediatamente después de aterrizar, un hombre le ofreció a Hannah su teléfono para que pudiera contactar a su familia. Su hija Patricia le dijo que Kevin estaba trabajando. Nadie sabía nada de él. “Pero estoy segura de que está bien”, agregó. Había salido adelante de otros llamados. Su capitán solía increparlo sobre los riesgos que tomaba, pero Kevin no sabía trabajar de otra forma.

A media tarde llegó información oficial: el espacio aéreo permanecería cerrado por el futuro próximo. Para entonces, los líderes del pueblo ya estaban montando refugios en iglesias, fraternidades y escuelas. Los alcaldes de localidades de los alrededores ofrecieron distintas instalaciones para resguardar a los pasajeros. El Ejército de Salvación tenía un campamento que podía alojar a cientos. El club de oficiales, ubicado en la base de las fuerzas aéreas, fue transformado rápidamente en un albergue. El único lugar en el que los pasajeros no podrían quedarse era el hotel local, de 550 habitaciones, ya que estaría reservado para pilotos y asistentes de vuelo, ya que ellos deben descansar cierto tiempo antes de volar. Sin contar a los miembros de las tripulaciones, había 6.132 pasajeros a bordo de los 38 vuelos. Todos fueron abandonando los aviones uno a uno sin llevar equipaje. Después de un filtro de seguridad y realizar los trámites aduanales y de migración se trasladaron a la Cruz Roja Canadiense, donde se realizó un registro de cada uno y del lugar en el que estarían. Para mantener el flujo de personas se apagaron los televisores y se colocaron letreros de “Fuera de servicio” en los teléfonos públicos. Los conductores de ómnibus escolares, que estaban en una terrible huelga, bajaron sus carteles para ayudar día y noche transportando gente. El Ejército de Salvación recolectó provisiones. Se pedía donar comida, ropa de cama que no usaran, prendas viejas, cualquier cosa que se pudiera necesitar. En el centro comunitario se formó una larga fila de autos que traían sábanas, cobertores y almohadas de sus hogares. Las tiendas locales donaron miles de dólares en artículos de higiene personal y un cargamento especial de 4.000 cepillos dentales. Tras diez horas del aterrizaje, los pasajeros y la tripulación del vuelo 400 de Lufthansa pudieron descender. Cuando llegaron a la escuela secundaria local, a medianoche, los voluntarios les entregaron lo necesario para su aseo personal y para dormir; además se aseguraron de que todos supieran que había comida y agua disponible. Werner Baldessarini no podía creer la cantidad de gente que los recibió. La escuela esperaba la llegada de los catres, así que el presidente de Hugo Boss tomó una manta y una almohada, eligió una esquina en el piso del gimnasio, se acurrucó vestido con su traje de casimir y se durmió. Después de varias horas, George Vitale, aún a bordo del vuelo 23 de la aerolínea Continental, recibió un mensaje de que su hermana había abandonado el área antes de que el primer avión se estrellara contra la Torre Sur.

Se sintió aliviado cuando, a las 2 a. m., el piloto anunció que era su turno de pasar por la aduana canadiense. Él y otros pasajeros fueron transportados 24 kilómetros en ómnibus hasta Appleton, un hermoso pueblo de casi 600 habitantes ubicado cerca del río Gander. Al llegar al centro comunitario, lo primero que notaron fue el agradable olor a café; lo segundo fue el televisor. Aunque Vitale ya sabía de la destrucción de las torres, las imágenes lo dejaron helado. Había personas reunidas alrededor, horrorizadas, muchas llorando. La televisión estuvo encendida toda la noche. Eran casi las 4 a. m. cuando los pasajeros del vuelo 105 de Aer Lingus fueron enviados al Salón de la Legión Real Canadiense donde, pese a la hora, los voluntarios estaban esperando para servirles sopa caliente y sándwiches. Aunque la mayoría solo quería una frazada, una almohada y un lugar para recostarse. Hannah O’Rourke esperaba en la fila para usar el teléfono. Llamó a casa de su hijo, donde respondió su esposa Maryann. No había buenas noticias. El capitán de Kevin había llamado horas antes. “Dijo que él estaba perdido junto con su grupo”, explicó Maryann, “pero tienen esperanzas de encontrarlos con vida”. “Vamos a orar para que todo salga bien”, respondió Hannah con seguridad; luego le pasó el teléfono a su esposo, Dennis, quien escuchó las mismas noticias y no pudo contener las lágrimas.

Miércoles

George Vitale ató los cordones de sus zapatillas; había empacado todas sus cosas en un equipaje de mano. Por largo tiempo, correr le había dado paz, alejándolo del estrés del trabajo. Solía trotar casi todos los días desde su apartamento en Brooklyn, en un punto corriendo hacia el horizonte de Manhattan con las Torres Gemelas como guía. Hasta 1996, las oficinas del gobernador de Manhattan, donde él trabajaba, se hallaban en la Torre Sur. Ahora se preguntaba si tendría la fortaleza para trotar hacia un paisaje que había perdido esos dos edificios. Apenas llegó a Appleton, llamó a su familia. —¿Cómo está Anthony? —le preguntó a su hermano, Dennis. —Está bien —respondió con poco entusiasmo. Vitale se sintió emocionado—. Pero no encontramos a David. El hermano menor de Anthony, David, de 38 años, se había unido al departamento de bomberos tres años atrás. Tenía esposa y una hija de 12 años. Vitale lo recordaba como un niño gracioso y un buen padre.

Mientras corría a lo largo del río, a través de Appleton, Vitale buscaba aclarar su mente. Entre más rápido iba, más distancia ponía entre él y su dolor, al menos por algunos momentos. Luego de recorrer varios kilómetros, regresó al centro comunitario. Como no había duchas, una pareja de lugareños lo llevó a su hogar al final de la calle, le dijo que se sintiera como en casa y que tomara lo que quisiera del refrigerador, lo invitó a usar el teléfono y la computadora, le mostró dónde estaba el control remoto de la televisión y después se fue. 

Todo esto dejó a Vitale sin palabras. A la pareja no le importó dejar a un extraño en su casa. Era el acto de fe que George necesitaba con desesperación, algo para olvidarse de su angustia. Luego de unas horas de sueño, Hannah O’Rourke salió del albergue y caminó cuatro cuadras hacia la Parroquia de San José. “Padre, ¿rezaría por nuestro hijo?”, le preguntó al sacerdote. Al terminar la misa matutina llamó a su hija. La distancia la hacía sentir impotente. “No hay noticias todavía”, le dijo Patricia. “No pierdas la esperanza, mamá. Ya conoces a Kevin, encontrará una forma de salir de esta”. Varios vecinos ofrecieron abrir sus puertas a Hannah y a Dennis, pero ellos se negaron. Les aterraba pensar que, si dejaban el Salón de la Legión, alguien podría tratar de encontrarlos sin saber dónde estaban. Algunos habitantes locales notaron que la atormentada pareja necesitaba distraerse, así que se turnaron para sentarse a hacerles compañía. Beulah Cooper, de 60 años, sentía una afinidad especial con Hannah, de 66 años, ya que su hijo era bombero voluntario en Gander. Cooper era una mujer desinhibida a la que le gustaba contar chistes. En ocasiones, Hannah sonreía e incluso se reía, lo que animaba aún más a su compañera. Todos los negocios de Gander se unieron en un esfuerzo por ayudar. Establecimientos como Kentucky Fried Chicken, Subway y algunas pizzerías enviaban camiones llenos de comida. La cooperativa de alimentos de Gander empezó a brindar servicio las 24 horas. La compañía telefónica instaló teléfonos y computadoras. El servicio de televisión por cable se aseguró de que cada albergue tuviera este servicio. Los auxiliares de farmacias surtieron más de 1.000 recetas en el primer día. En todos los casos que atendían, llamaban al médico de la persona o a un especialista farmacéutico para obtener más detalles. L a maestra Eithne Smith trabajaba en la oficina de la Academia Lakewood en Glenwood, enviando mensajes por fax en nombre de los pasajeros que tenían problemas para localizar a sus seres queridos, cuando una mujer entró al lugar. “Te he visto toda la mañana resolviendo los problemas de otros y ahora te traigo uno más”, dijo. Le explicó que había un rabino ortodoxo y aproximadamente una docena de judíos que solo consumían alimentos kosher en la escuela. Habían comido muy poco desde que llegaron. En Terranova, el 97 por ciento de la población es católica y protestante, pero Smith estaba lista para afrontar el reto, así que puso al rabino en contacto con el dueño de la compañía que vendía carnes a los vuelos habituales de Gander. El proveedor condujo hasta Glenwood, cerca de Appleton, con un cargamento de comida kosher. “¿Cómo supo que teníamos hambre?”, preguntó el rabino Leivi Sudak, cuando Smith le dijo que la comida había llegado. 

La gran variedad de culturas representadas en la escuela era asombrosa para Eithne. Había personas de 40 países distintos, desde Sri Lanka hasta Australia. Los pasillos estaban repletos de sonidos de diferentes idiomas. Después de 24 horas del ataque a las Torres Gemelas, aún había un puñado de aviones a la espera de ser procesados. A pesar del retraso, los 116 pasajeros a bordo del vuelo 5 de Continental, que iba de Londres a Houston, estaban de buen humor. El martes por la noche los auxiliares de vuelo abrieron los carritos donde se guardaba el licor y dejaron que todos se sirvieran. De pronto, en la aeronave se sintió un ambiente despreocupado, como una fiesta ofrecida por las Naciones Unidas. Deborah Farrar, ejecutiva de cuenta de 28 años, trabajaba para una compañía de tecnología de la información. Regresaba de su primer viaje al extranjero y estaba sorprendida por la diversidad de personas que conoció. Dos de ellas eran Winnie House y Lana Etherington. La primera tenía 26 años y había nacido en Nigeria; se trataba de la hija del jefe de una aldea. Era alta, delgada, y tenía el cabello largo y trenzado. Vivía en Houston al igual que Lana, quien creció en la excolonia británica de Rodesia y era abogada. El miércoles por la mañana, una desvelada Deborah y sus nuevas amigas por fin subieron a los ómnibus color amarillo para un viaje de casi 50 kilómetros hasta Gambo, población de 2.100 habitantes a orillas de la espectacular costa de Kittiwake. 

Parecía como si toda la localidad hubiera ido a darles la bienvenida. Prepararon una enorme olla de estofado de carne, muchos sándwiches y té. En total, se transportaron cerca de 900 pasajeros a este remoto lugar. Esa misma noche, Deborah y sus amigas descubrieron el único bar que había en Gambo, Trailway Cabin Lounge, un lugar sencillo ubicado en un lote terregoso. El sitio saltaba de alegría. Durante el tiempo que las personas del avión se quedaron en el pueblo, se mantuvo abierto casi las 24 horas.

Jueves

Werner Baldessarini se descubrió entrando a un lugar en el que nunca había estado: un supermercado Walmart. Como era de esperarse, el presidente se vistió de pies a cabeza con Hugo Boss. Si bien su traje estaba en muy buen estado, las buenas costumbres exigían ya un cambio de ropa interior. Para el jueves, las góndolas del supermercado comenzaban a lucir vacíos, pero logró encontrar la talla y el estilo adecuados. 

Al regresar a la escuela se dio un baño y se cambió, pero comenzó a sentirse incómodo; la pretina, el material, el diseño, todo estaba mal. Por suerte, la ayuda estaba en camino. Un buen amigo suyo le ofreció su jet para sacarlo de ahí. Mientras se coordinaban esfuerzos para rescatarlo, el ejecutivo mencionó el incómodo “aprieto” en que se encontraba respecto a su ropa interior. Su equipo entró en acción. La manera más cercana de conseguir ropa Hugo Boss era Byron’s, una tienda en San Juan de Terranova, a unos 200 kilómetros de distancia. El dueño, Byron Murphy, de 39 años, no podía creer lo que escuchaba cuando recibió una llamada preguntándole si podía enviar un empleado a Gander con un paquete para Baldessarini. Para Murphy, él era el equivalente a una estrella de cine. “Yo iré”, dijo Byron. Empacó ropa, incluidos calzoncillos, así como vino, quesos y pan, a sugerencia de quien le había llamado. Tres horas más tarde, lleno de nervios, manejaba a Baldessarini desde el albergue hasta su auto para hacer la entrega. Un poco avergonzado, el presidente de Hugo Boss le dijo que, si bien estaba agradecido, no podía aceptar las cestas con comida y vino. Su voz se llenó de emoción cuando describió los esfuerzos de todos en el poblado para ayudar a los pasajeros, en especial de las mujeres, que parecían estar cocinando todo el día. No quería ofender a estas buenas personas, le explicó. “Llévatelo”, ordenó. Eso sí, se quedó con la ropa interior. Cuando Murphy ofreció queso y vino a todos sus clientes, también tuvo una interesante historia que contarles. 

Tras insistir durante dos días, la señora Cooper convenció a Hannah de ir a su casa por unas horas para alejarse de la abarrotada Sala de la Legión. Dennis prometió quedarse cerca del teléfono. Para Cooper era evidente que Hannah estaba agotada. No dormía, y el dolor de que su hijo estuviera desaparecido la tenía muy afectada. Las dos mujeres se sentaron en la tranquilidad de la casa, bebieron café y se relajaron.

Antes de llevarla de regreso, Cooper le dio a su invitada un recorrido por Gander. Cada minuto que Hannah dejaba de pensar en la situación de Kevin, ella lo sentía como una victoria personal. Su persistencia era entrañable. A Hannah le conmovía que a esta mujer le importara tanto como para esforzarse de esa manera. Los pasajeros experimentaban la legendaria hospitalidad de Terranova. No había algo que necesitaran que la gente del pueblo no estuviera dispuesta a proporcionarles. Su abnegación hizo que Denise Gray-Felder, una ejecutiva de la Fundación Rockefeller que viajaba en el vuelo 45 de Continental, de Milán a Nueva York, sintiera escalofríos. La primera noche que pasó en el albergue de la Iglesia del Tabernáculo Pentecostal de Filadelfia, en Lewisporte, a unos 40 minutos de Gander, tuvo problemas para dormir. Alrededor de las 3 a. m. vio a varios hombres de la localidad, entre ellos al pastor Russell Bartlett, sentados junto a la entrada del lugar. Gray-Felder les preguntó por qué seguían despiertos. “Pensamos que era importante cuidarte”, explicó el pastor, “y asegurarnos de que no te pasara nada mientras dormías”.

Viernes

Todas las mañanas, Knoth caminaba hasta la escuela donde estaban los pasajeros de su vuelo. La primera pregunta que le hacían siempre era: “¿Cuándo nos vamos?”. Ojalá lo supiera. Todo lo que podía decirles era que debían estar listos para partir en cualquier momento. Desde el punto de vista de la aviación, la situación en los Estados Unidos cambiaba constantemente. Algunos aeropuertos estaban abiertos y operando, mientras otros permanecían cerrados. Había nuevas amenazas y advertencias cada hora. El jueves por la noche llevaron a Vitale y a otros pasajeros del vuelo 23 de Continental al aeropuerto, pero ahí les dijeron que había sido un error, por lo que tuvieron que acampar en el salón de eventos de un hotel cercano. Por fin, el viernes por la tarde, el aeropuerto de Newark reanudó actividades y el avión recibió autorización para despegar.

Otros pasajeros también se preparaban para salir. Hannah y Dennis descubrieron que su avión, el vuelo 105 de Aer Lingus, regresaría a Dublin el viernes por la tarde. Ninguno podía expresar lo mucho que significaban sus nuevos amigos. Cuando llegaron a Gander les parecía insoportable estar lejos de su familia. Sin embargo, ahora era como si tuvieran una familia en ese pueblo. Una aeronave corporativa estaba programada para llegar más tarde a recoger al presidente de Hugo Boss.

No obstante, a primera hora de la mañana, Baldessarini canceló. No era que el hombre de 56 años disfrutara dormir en catres del ejército con varios cientos de personas alrededor. Pero después de dos días con sus compañeros de viaje, sintió que se había creado un vínculo increíble, solo comparado con su cariño hacia la gente del pueblo, cuya compasión era abrumadora. Los pasajeros eran tratados como parientes perdidos hacía mucho tiempo. Intentó explicar a sus asistentes en Fráncfort que volar a casa, mientras los demás se quedaban, habría sido un acto de traición. Por mucho tiempo que tardara, estaría en esto hasta el final. La pandilla del vuelo 5 de Continental decidió pasar su última noche en el Trailway Lounge, en Gambo; era probable que no volverían a verse. El bar estaba tan lleno que se desbordaba por la puerta trasera.

La más infame de las tradiciones de Terranova es la ceremonia Screeching-In, que permite a un visitante volverse un lugareño honorario a través de una serie de desafíos, incluido beber una cantidad poco saludable de un ron de baja calidad conocido como screech. Después del 11 de septiembre, cientos de pasajeros vivieron esa experiencia. Esa noche, cuando supieron que Winnie era hija de un cacique africano, tuvieron que otorgarle el más alto honor. Ella había bebido una cantidad considerable de vino y estaba lista para aceptar cualquier reto. Jim Lane, un bombero voluntario vestido con el tradicional traje impermeable color amarillo, luciendo una descuidada barba blanca falsa, le pidió que repitiera la línea que debía decir: Deed we is, me old cock, an’ long may yer big jib draw (“Sí, de hecho, amigo mío, que siempre haya viento en tus velas”). Winnie se carcajeó. Lane le advirtió que no debía reír cuando le hicieran la pregunta oficial. —¿Estás lista, querida? —preguntó Lane.

—Sí —contestó Winnie, tratando de guardar la compostura. L a n e, e nt ra d o e n p e r s o naj e, preguntó: —¿Somos newfies (nativos de Terranova)? —Deed... Me cock ... —repuso Winnie, para luego estallar en un ataque de risa. Después de varios intentos se acercó lo suficiente en su pronunciación como para que Lane la aprobara. “Ahora besa al bacalao”, dijo él, mientras sostenía un pez de más de 2 kilos y pocos días de nacido. Winnie se estremeció. Las personas que los rodeaban comenzaron a gritar al unísono: “¡Besa al bacalao! ¡Besa al bacalao!”. Lane se dio cuenta de que tendría que ayudarla un poco, así que movió la muñeca con rapidez y logró poner la boca del pez sobre la de ella. “¡Puaj!”, gritó Winnie. Pero ahora tenía su certificado; todos aplaudían. A la mañana siguiente, una llamada anunció que el vuelo 5 de Continental tenía autorización para partir. 

Sábado

Cuando llegó el llamado para que el rabino Sudak y dos mujeres ortodoxas se fueran el viernes por la noche, surgió un nuevo problema: no podían viajar en el sabbat. Mientras el resto de los 71 pasajeros de su vuelo abordaban autobuses rumbo al aeropuerto, los tres permanecieron en la escuela. El rabino Sudak tenía la sensación de que era su destino quedarse en Terranova. Por la tarde, un hombre visitó al rabino. Tenía al menos 70 años, era parcialmente ciego y se movía con rigidez. Su nombre era Eddie Brake. Aunque había vivido en Gander por 40 años, muy pocos sabían que era judío. Se lo había dicho a su esposa y a sus hijos solo diez años atrás. Alguien le había contado al rabino un poco sobre él, y estaba ansioso por conocerlo. Brake se sentía asustado, pero también tenía la necesidad de ir. Brake había crecido en Berlín. No sabía su nombre de nacimiento, solo que sus padres pagaron para que lo llevaran de contrabando a Inglaterra cuando tenía siete u ocho años. Fue adoptado por una familia que se mudó a Terranova en 1936. Le dijeron que nunca le contara a nadie que sus padres biológicos eran judíos. Y así comenzó su vida secreta. Al sentarse con el rabino sintió cómo todo fluía. Creía que sus padres y hermanos habían muerto en los campos de concentración nazis. Le pidió al religioso que tocara la parte posterior de su cráneo, donde sintió abolladuras y depresiones. Brake dijo que eran resultado de las palizas de sus padres adoptivos. Tenía cicatrices en la espalda y en los pies también. Nunca dejó de pensar en sí mismo como judío, aseguró. Le mostró al rabino su bastón, el cual tenía grabada una pequeña estrella de David en el mango. Sudak se conmovió por sus palabras y lo animó a compartir su historia con más personas. “Soy muy reservado”, explicó Brake, pero necesitaba decírselo a alguien. Y ahora que lo había hecho, sintió que le quitaban un peso de encima. Le dio las gracias a Sudak, se levantó y su figura se perdió lentamente a través de la puerta.

El sábado, el vuelo 400 de Lufthansa recibió autorización para volar hacia Nueva York. De ahí, el capitán y los pasajeros europeos volaron a Fráncfort. El viaje a la ciudad estadounidense le dio a Baldessarini tiempo para pensar y, al menos de manera simbólica, le ayudó a cerrar el círculo de acontecimientos de la semana anterior. El último vuelo salió de Gander el domingo por la tarde. El pueblo tardó unos días en limpiar los albergues, reabrir las escuelas y reabastecer las tiendas, pero pasó mucho más tiempo para que asimilara la magnitud de lo ocurrido en Nueva York y Washington. En el pasado había sido fácil ahogar los eventos distantes. Pero, esta vez, los habitantes vieron cómo una tragedia a más de 1.600 kilómetros los afectó de forma directa. El gobierno de San Juan de Terranova ofreció pagar por una fiesta masiva para los voluntarios como una forma de agradecimiento. Todos votaron en contra. No había necesidad. Hicieron lo que hicieron por una sola razón: así se hace en Terranova. Los pasajeros les agradecieron pasando el sombrero y, a menudo, reuniendo varios miles de dólares en efectivo para la escuela o el grupo que los acogió. Otros dieron cheques a varias organizaciones. Uno de los vuelos creó un fondo anual de becas. La iglesia del pastor Bartlett y la Escuela Lewisporte recibieron subsidios de la Fundación Rockefeller. El cuerpo del bombero Kevin O’Rourke fue rescatado el 23 de septiembre. Las autoridades creen que estaba en una escalera de la Torre Norte, entre los pisos 65 y 70, cuando se derrumbó. El cuerpo de David DeRubbio nunca se recuperó. George Vitale trabajó jornadas de 16 horas coordinando el acceso de dignatarios al lugar del derrumbe del World Trade Center. Cuando volvió a correr y vio el humo de los incendios que aún ardían, se sintió abrumado.

Una gratitud que perdura 

Lo que sucedió en Gander inspiró el musical de Broadway Come From Away. Y en los 20 años transcurridos desde aquel 11 de septiembre, la inesperada hospitalidad de un lugar del que muchos nunca habían oído hablar dejó una marca para toda la vida en cientos de personas. Estos son algunos ejemplos. Desde que volvió a Londres, el rabino Sudak cita a Gander como un ejemplo de lo que es posible lograr en el mundo. Ed Brake murió en 2008 a la edad de 72 años. Deborah Farrar está casada, tiene tres hijas y vive cerca de Houston.

Dona el 30 por ciento de las comisiones de su trabajo en bienes raíces a la caridad. “Ver cómo se unieron para ayudar tuvo un profundo efecto en mí”, cuenta. Dennis O’Rourke falleció en 2019, a los 86 años. A su viuda, Hannah, Gander le otorgó una relación de amistad duradera con Beulah Cooper. Ambas mujeres, de aproximadamente 80 años, hablan al menos una vez al mes. Sus conversaciones están llenas de risas. El piloto Reinhard Knoth dijo que, a pesar de lo ocurrido, nunca dudó en volver a la cabina. Le encantaba volar. Pero después de 45 años se retiró y se estableció con su familia en Butzbach, Alemania, donde cuida su jardín. Para George Vitale, su experiencia en Gander contrasta con los trágicos eventos del 11 de septiembre, cuando tantas personas que conocía perdieron la vida. “Nunca he olvidado el sentimiento de amor de los perfectos extraños que nos cuidaron. Durante 20 años he tratado de transmitir eso a los demás”, dice. Des Dillon, quien supervisó los esfuerzos realizados por la Cruz Roja en aquel momento, no tiene ninguna duda de que el pueblo estaría a la altura de la situación nuevamente, si su ayuda fuera requerida. “Si todo el mundo viniera aquí el día de mañana”, asegura, “sería recibido con los brazos abiertos”

Tomado del libro the day the World came to town, de Jim defede. © 2002 por Jim defede.


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