El secreto de un superhéroe: aprender a sonreír de los momentos mágicos El secreto de un superhéroe: aprender a sonreír de los momentos mágicos

Un hombre que pudo sonreír cuando se dio cuenta que podía convertirse en un superhéroes y hacer que la inocencia de los niños se mantuviera intacta.

El primer año que viví en Los Ángeles trabajé como payaso en fiestas infantiles. Luché mucho con mi identidad porque, aunque yo me veía como un cineasta, el resto de las personas me veía como aquel ridículo trabajo temporal. Para hacer las cosas más confusas, ser payaso es un trabajo que oculta la identidad. Se usa maquillaje para cubrir los rasgos. A veces tenía que usar una máscara y cubrir mi rostro por completo.

Para ciertas fiestas debía vestirme como determinado personaje. La forma como funcionaba era que alguien de la empresa me entregaba el disfraz una noche antes de la fiesta en un lugar acordado —que siempre acababa siendo el mismo estacionamiento vacío de una farmacia— a las 10 de la noche. Era como la peor venta de drogas que jamás hayas visto, solo que en lugar de estupefacientes recibía una bolsa para basura con un disfraz dentro que olía a los sueños rotos de todos los actores frustrados que lo habían usado antes que yo.

Luego me decían: “Mañana serás Mickey Mouse o Bob Esponja”. Pero como son marcas registradas, en la fiesta tenía que ser “Ricky Mouse” o “Rob Esponja”.

Una noche me entregaron la consabida bolsa para basura y dijeron: “Mañana vas a ser Batman”. Y aquí hay que tomar en cuenta que, en esa época, yo tenía un bigote enorme. Sí, lo sé: un payaso con bigote es una gran señal de alarma para los padres. Pero no quise alterar mi apariencia física para ese trabajo porque habría sido admitir, inconscientemente, que era más un payaso que un artista. De modo que opté por no afeitarme para la fiesta. Fue una decisión arriesgada, lo sé.

Al día siguiente, acudo a la fiesta. Es en un enorme parque público, y tengo que dejar mi auto estacionado lo suficientemente lejos para que los niños no vean llegar a Batman en un PT Cruiser. Entonces, estoy en la periferia del parque y la única forma de llegar a la fiesta es caminando. Normalmente, en estas fiestas, todo lo que tienes a tu favor es el elemento sorpresa. Entras por la puerta principal y gritas: “¡Sorpresa! ¡Llegó Batman!”. Todos los niños enloquecen. Sin el elemento sorpresa, estas visitas no tienen nada de especial. Y mi elemento sorpresa se arruina porque me ven venir desde unos 400 metros de distancia. Entonces pienso: “¿Debería intentar hacer una entrada triunfal? ¿Debería correr?”. Pero ellos no quieren ver a Batman sudoroso y jadeando por haber trotado rápidamente, así que sigo caminando.

Eso me deja mucho tiempo para reflexionar, y empiezo a lamentar mi decisión de no haberme afeitado. Pienso: Dios mío, esta fiesta no va a salir bien. En efecto, una vez que me acerco lo suficiente como para que empiecen a distinguir los rasgos de mi rostro, toda la fiesta estalla en carcajadas. Estoy muy avergonzado. Quiero dar la vuelta y correr hasta mi Batimóvil. Pero, luego, las risas se fusionan y se transforman en ovaciones y aplausos. Al principio no estoy seguro de qué fue lo que provocó el cambio. Sintiéndome algo apreciado y feliz por dentro, pienso: ¿Es así como se sienten el aliento y el apoyo? Es algo tan nuevo.

Entonces creo que sí quiero hacer una entrada triunfal para estos niños. Aún estoy a unos 18 metros de distancia cuando empiezo a correr. Todos empiezan a ovacionar más fuerte, mi capa se agita con el viento y en ese momento, con bigote o no, soy Batman.

Entro corriendo a la fiesta y todos chocan sus palmas con la mía. Veo al cumpleañero con su papá; él ríe y le dice: “¿Ves? Te lo dije, hijo. Te dije que Batman usa bigote”. Yo pienso: “Qué extraño que le diga eso a su hijo”. Pero entonces él me lleva a un enorme pastel de cumpleaños con la imagen de Batman hecha de betún, y Batman tiene un bigote. Lo miro fijamente con incredulidad. Pienso: “De seguro es una boca mal hecha”, pero se trata de una línea negra gruesa trazada debajo de su nariz, que se curva a los lados. Luce igual a mi bigote.

Por eso todos se reían tanto cuando llegué, porque cuando sacaron el pastel, un poco antes, los niños se burlaron y dijeron: “Batman no tiene bigote”. Y en lugar de admitir que el pastel estaba estropeado, los padres trataron de guardar las apariencias y dijeron: “Batman siempre tiene bigote. Simplemente se lo afeita para sus películas”.

Desde luego, los niños dudaban. Hasta que, en un extraño giro del destino, mi bigote se convirtió en el detalle que confirmó lo que los padres habían dicho y convenció a los niños de que realmente yo era Batman.

Esos niños tenían la edad perfecta en la que todavía creen en milagros y héroes, y en que el mundo es un lugar intrínsecamente bueno; todas esas cosas en las que nos resulta tan difícil seguir creyendo a medida que crecemos en un mundo frío y complicado.

Ese año luché mucho con mi identidad; ¿era un cineasta o un payaso? Pero ese día, al menos, no tuve ninguna duda de lo que era. Quizá no fui el héroe que me ordenaron, y ciertamente no fui el héroe que esperaban. Pero, ese día, fui el héroe que necesitaban.  

Como lo contó en vivo en The Moth, de Los Ángeles (24-VII-2018). © 2018 por Paul Davis, themoth.org.

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