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La ciencia demuestra que su salud no solo tiene que ver con lo que come, hace o piensa. Se trata de lo que cree.

RICHARD MÖDL SE HABÍA ROTO EL TALÓN, pero en 2003 estaba empeñado en hacer su primera peregrinación desde Ratisbona hasta Altötting, en Alemania. Caminar era un verdadero suplicio; ni pensar lo que sería soportar los 135 kilómetros que miles de creyentes hacen para ver la Virgen Negra de Altötting. Pero Mödl tenía una fe profunda en que la Virgen María lo ayudaría. “Cuando estás de camino a Altötting, casi no sientes dolor”, asegura.

Hoy, a los 74 años, Mödl tiene una cálida sonrisa y es delgado. Desde que se curó el pie, ha hecho la peregrinación 12 veces más y cree firmemente en su poder transformador.
Mödl es uno de tantos creyentes. Ya sea mediante la invocación del Espíritu Santo en un retiro espiritual, o una inmersión en las aguas del Ganges, el poder sanador de la fe nos rodea.
Las investigaciones sugieren que ir regularmente a servicios religiosos podría fortalecer el sistema inmunológico, reducir la tensión y añadir años a la vida. La fe religiosa no es el único tipo de convicción que tiene la capacidad de hacernos sentir inexplicablemente mejor. A 9.600 kilómetros de Altötting, otro hombre experimentó lo que parece ser un milagro médico.
A los 42 años le diagnosticaron a Mike Pauletich inicio precoz de Parkinson. Durante mucho tiempo luchó contra la enfermedad y la depresión a medida que hablar y escribir se le iba
haciendo cada vez más difícil. Por fin, en 2011, Pauletich recurrió a la empresa Ceregene que estaba experimentando una nueva terapia genética. El Parkinson se debe a la pérdida crónica del neurotransmisor, dopamina. El tratamiento experimental consistía en perforar dos orificios en el cráneo del paciente e inyectar neurturina, proteína que había detenido el desarrollo de la enfermedad en monos, directamente en el cerebro.

LOS SUPOSITORIOS PLACEBO FUNCIONAN MEJOR EN FRANCIA, MIENTRAS QUE LOS INGLESES PREFIEREN PASTILLAS PLACEBO.

Después de la intervención, la movilidad de Pauletich mejoró y hablaba mucho más
claro. (Hoy apenas se percibe que alguna vez tuvo la enfermedad). Kathleen Poston, su médico durante el estudio, estaba asombrada. En sentido estricto, nunca se había revertido el Parkinson en humanos; la única esperanza era disminuir el ritmo de desarrollo de la enfermedad. 

En abril de 2013, la empresa anunció que las pruebas habían fracasado. Los pacientes no habían mejorado respecto a los que habían recibido un placebo: una intervención simulada en la que el doctor perforaba agujeros en el cráneo del paciente. Poston estaba desolada. Pero luego vio la información y notó algo que la dejó helada. A Mike Pauletich le había tocado el placebo.

EN CIERTA FORMA, tanto Pauletich como Mödl participaron en un espectáculo, y al igual
que una representación teatral el nos puede cautivar hasta el punto que sentimos que estamos presenciando algo real, el teatro de la sanación nos cautiva al crear expectativas muy poderosas en el cerebro, que impulsan el llamado efecto placebo, que también afecta a lo que sucede en nuestros cuerpos.

Cuando Pauletich experimentó una mejoría, no fue solo por los agujeros que sentía en la cabeza o lo que los médicos le dijeron sobre la operación. Era todo el escenario que se había montado: los médicos con sus batas, estetoscopios colgados del cuello; enfermeras,
chequeos, exámenes, etc. 

Este montaje se extiende a muchos aspectos del tratamiento y podría llegar al inconsciente. Los placebos caros funcionan mejor que los baratos. Los supositorios placebo funcionan mejor en Francia, mientras que los ingleses prefieren tragar sus placebos. A menudo, las inyecciones falsas funcionan mejor que los medicamentos ficticios. Pero las cirugías simuladas parecen ser las más potentes. 

Más sorprendente aún, los placebos funcionan incluso cuando se sabe que son placebos. Ted Kaptchuk, investigador en la Facultad de Medicina de Harvard informó, junto a su equipo, sobre este hallazgo en un estudio publicado en 2010. Después de tomar un placebo durante 21 días, las personas con síndrome de colon irritable se sintieron muchísimo mejor que quienes no tomaron nada, a pesar de que sabían que estaban tomando placebos. 

Una relación solidaria médicopaciente fue clave en generar la certeza de un resultado positivo. Se dijo a los pacientes que se había demostrado, en pruebas clínicas rigurosas, que las pastillas placebo inducían una autocuración significativa. “Trabajar con expectativas es muy complejo —dice Kaptchuk, dedicado a estudiar el efecto placebo—. Afrontamos una medición muy imprecisa de un fenómeno muy impreciso. Y mucho está en el inconsciente.”

Karin Jensen, ex colega de Kaptchuk, dirige su propio laboratorio en el Instituto Karolinska de Estocolmo, y diseñó un experimento para establecer si era posible utilizar señales subliminales para condicionar a los participantes a un efecto placebo. 

Durante la fase de preparación, los participantes miraron dos caras que se alternaban en una pantalla. La mitad de las personas recibió señales subliminales: las caras aparecían por una fracción de segundo, tiempo demasiado corto como para distinguirlas conscientemente. El resto de participantes pudo ver las caras el tiempo suficiente como para reconocerlas conscientemente.

“SI UNO NO TIENE EXPECTATIVA DE ALIVIO DEL DOLOR, NO PUEDE TENER UN EFECTO PLACEBO”, DICE EL PROFESOR HOWARD FIELDS.

En la primera fase se administró un estímulo térmico variable en los brazos de los participantes mientras veían las pistas faciales: más calor en la primera cara, menos en la segunda. En la siguiente fase, incluso aquellos que solo vieron señales subliminales en secuencia muy rápida, indicaron sentir más dolor con la primera cara, a pesar de que el estímulo se mantuvo  moderado e idéntico en ambas caras. Los participantes desarrollaron un vínculo inconsciente entre más dolor y la primera cara. 

El experimento demostró que se puede condicionar subliminalmente una respuesta al placebo. Jensen explica que de forma similar, pistas muy pequeñas al entrar a un hospital —algunas de las cuales se vivencian inconscientemente— provocan respuestas en el organismo. “Una parte de la curación es inconsciente… algo que sucede instintivamente,” asegura. Los hospitales son uno de tantos otros emplazamientos para el teatro de la fe. Hay cientos de tratamientos médicos alternativos que encauzan nuestras expectativas: homeopatía, acupuntura, medicina tradicional china, infusiones vitamínicas, sanación sonora, por nombrar solo algunas, cuya eficacia probada varía.

Y ENTONCES, ¿cómo cura literalmente una convicción?

Como Jensen ha demostrado, parte del rompecabezas tiene que ver con el condicionamiento. Acuérdese del perro de Pavlov, que salivaba cada vez que escuchaba una campana. Sucedía porque Pavlov había condicionado al animal a relacionar comida con el sonido.

La respuesta condicionada del efecto placebo al dolor es liberar químicos cerebrales, es decir, endorfinas o analgésicos opiáceos. En los setenta, dos neurocientíficos en San Francisco interesados en la forma en que estos opiáceos internos controlaban el dolor,
efectuaron estudios con pacientes a quienes se les había sacado la muela del juicio.

Primero, los investigadores compararon un grupo placebo con otro que recibió naloxona, un medicamento que anula el efecto paliativo de los opiáceos. Ninguno de los participantes
recibió o esperaba recibir morfina… y todos se sentían terriblemente mal. Entonces, los científicos dijeron a los pacientes que algunos recibirían morfina, otros un placebo y otros naloxona.

Esta vez, algunos se sintieron mejor aunque no hubieran recibido morfina. Su expectativa de un alivio potencial provocó segregación de endorfinas, que redujeron el dolor. Pero
tan pronto como recibieron naloxona, les volvió. El medicamento anuló el efecto de las endorfinas que la respuesta al placebo había desbloqueado.

“Si uno no tiene expectativa de alivio al dolor, no puede tener un efecto placebo,” dice Howard Fields, profesor de neurología en la Universidad de California en San Francisco y uno de los autores del estudio.

Sin embargo, los científicos no constataron cómo estos efectos se manifestaban en el cerebro hasta principios de la década del 2000. Tor Wager, entonces estudiante de doctorado en la Universidad de Michigan, sometió a los participantes a una tomografía cerebral. Puso crema en las dos muñecas de los participantes y fijó unos electrodos que podían provocar descargas dolorosas o calor. Les dijo a los pacientes que una de las
cremas aliviaba el dolor, pero ninguna de ellas tenía propiedad analgésica.

Después de varias rondas de condicionamiento, los participantes aprendieron a sentir menos dolor en la muñeca cubierta con la crema que “alivia el dolor”. En la última serie, las
descargas fuertes se sintieron solo como un ligero pinchazo.

Las imágenes cerebrales indicaron que las sensaciones normales de dolor empiezan en una herida y en una fracción de segundo, viajan por la columna a una red de áreas cerebrales que las reconocen. La respuesta al placebo viaja en sentido contrario. Una expectativa
de curación en la corteza prefrontal envía señales al tallo cerebral, que produce
opiáceos y los libera por la médula espinal.

“La convicción y experiencia correctas trabajan juntas —dice Wager, actualmente profesor en la Universidad de Colorado y director del laboratorio de neurociencias en la entidad—. Esa es la receta.”

La receta está afianzándose en la práctica médica. Cristopher Spevak es especialista en dolor y adicciones en el Centro Médico Nacional Militar Walter Reed en Bethesda, Maryland.
Todos los días atiende veteranos y miembros en servicio activo con lesiones muy graves.

Cuando Spevak les pregunta a sus pacientes sobre sí mismos, tal vez le cuenten que en su infancia uno de ellos tenía un eucalipto favorito fuera de su casa o que le encantaban los caramelos de menta. Si Spevak receta analgésicos opiáceos, cada vez que le administren uno al paciente, también podrá oler aceite de eucalipto o comer un caramelo, según el
estímulo que tenga eco. Los enfermos empiezan a asociar la experiencia sensorial con los medicamentos. Después de un tiempo Spevak disminuye el opiáceo y solo proporciona
los sonidos u olores. El cerebro del paciente puede acudir a su farmacia interior por los medicamentos que necesita.

“Tenemos personas con amputaciones triples o cuádruples que no consumen ningún piáceo —dice Spevak—. Pero también tenemos veteranos de Vietnam que durante los últimos 30 años han recibido altas dosis de morfina para el dolor en la parte baja de la espalda”.

HACE DOS AÑOS, Leonie Koban, del laboratorio de Tor Wager, experimentó con el efecto que otros pueden provocar en la impresión de dolor. Los investigadores les administraron una sensación de ardor en los brazos a los participantes y les pidieron que evaluaran lo fuerte que era. Los voluntarios también vieron una serie de rayas que indicaban la calificación que participantes anteriores habían dado al dolor. Con el mismo estímulo,
las personas reportaron sentir más o menos dolor según lo que los voluntarios anteriores habían indicado.

Las pruebas sobre las respuestas de conductibilidad de la piel (cambios involuntarios a la manera en que el cuerpo conduce electricidad) indicaron que los participantes no solo
reportaron lo que ellos creían que los científicos querían oír, sino que, de hecho, respondían menos al dolor. Koban incluso se atreve a afirmar que la información social podría ser más
poderosa para alterar la sensación de dolor que el condicionamiento o las señales subliminales.

“La información que captamos de nuestras relaciones sociales influye profundamente no solo en las vivencias emocionales, sino también en consecuencias relacionadas con
la salud, como el dolor y la curación —dice Koban—. Y solo terminamos de empezar a comprender estas influencias y cómo aprovecharlas”.

EN LAS PEREGRINACIONES religiosas es donde más se evidencia el poder de la fe colectiva, ya sea en la de Lourdes, la peregrinación anual a la Meca, o el Kumbh Mela, que atrae a millones de hindúes a las ciudades indias a lo largo del Ganges. O la peregrinación
a Altötting, donde conocí a Richard Mödl. La primera sanación documentada de Altötting fue en 1489, cuando cuentan que un niño ahogado revivió milagrosamente. Hoy, la Virgen Negra atrae a un millón de visitantes al año.

Los peregrinos a los que me uní charlaban contentos una fría mañana. Había estado preocupado por una operación de tobillo tres meses antes. Pero rodeado de esa alegre multitud de creyentes, el dolor se desvaneció. “El grupo te lleva”, me dijo Marcus Brunner, un risueño sacerdote que ha hecho la caminata durante 27 años.

Cuando llegamos a la Capilla de Nuestra Señora de Altötting, la encontramos llena de dibujos que representan los milagros desde hace cientos de años e ilustran dolencias. También de muletas y bastones apoyados en las paredes, dejados por peregrinos aliviados
por la Virgen Negra. La expectativa de sanación se mantiene intacta.

“Aquí se piensa de otra manera”, dice Thomas Zauner, psicoterapeuta y diácono, que se mudó a Altöting en busca de una comunidad de apoyo para su hijo con una discapacidad del desarrollo. “La oración parece realmente funcionar”.

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