El niño que aprendió a amar El niño que aprendió a amar

¿Puede un niño no querido aprender a amar? La familia Ruckel abrió su corazón a un niño de Rumanía, pero no estaban preparados para el desafío que implicaría criarlo.

Los primeros tres meses de su vida, Izidor vivió en un hospital. Este hombre de ojos oscuros y pelo negro, nacido el 20 de junio de 1980, había sido abandonado cuando tenía semanas de vida. La razón estaba a simple vista: su pierna derecha mostraba una deformidad. Tras un período prolongado de enfermedad (probablemente polio), había sido lanzado a un mar de niños abandonados en la República Socialista de Rumanía.

En las películas sobre aquella época en las que se documenta la vida en los orfanatos, se puede ver a las enfermeras trabajando como operarios frente a una línea de montaje mientras envuelven recién nacidos con total indiferencia y los colocan uno tras otro al final de una larga fila de bebés silenciosos y de aspecto desolador. No se los acuna ni se les canta. En el hospital donde estaba Izidor, en la ciudad montañosa de Sighetu Marmat¸iei, en los Cárpatos Meridionales, lo alimentaban con un biberón que apoyaban contra los barrotes de la cuna. Pasada la edad en la que se incorporan alimentos sólidos, tanto él como sus compañeros continuaban tumbados boca arriba, succionando biberones con amplios orificios que permitieran el paso de una mezcla de gachas aguadas. Sin atención adecuada ni fisioterapia, los músculos de las piernas de los bebés se deterioraban. A los tres años, lo declararon “deficiente” y fue trasladado al Ca˘mine Spital Pentru Copii Deficienti, un Hospital Hogar para Niños Irrecuperables. De aquella fortaleza de cemento no brotaban sonidos de niños jugando, a pesar de que en algún momento vivieron unos 500 chicos. La comida rebajada con agua era prácticamente incomestible y se servía en largas mesas donde niños desnudos sentados en extensos bancos golpeaban sus recipientes de metal. Izidor creció en salas repletas donde sus compañeros huérfanos se balanceaban, se golpeaban a sí mismos o daban gritos continuamente.

Izidor estaba destinado a pasar el resto de su infancia en este edificio. Las probabilidades de que muriera de desnutrición, frío y falta de amor, eran muy altas.

El niño que aprendió a amar

El dictador Nicolae Ceausescu, que gobernó Rumanía 24 años, fue ejecutado en la Navidad de 1989. Al año siguiente, el mundo exterior descubrió la red de orfanatos o gulags que había montado durante su gobierno y donde se estimaba que crecían unos 170.000 bebés, niños y adolescentes abandonados. Con la idea de que un aumento de población fortalecería la economía de Rumanía, Ceaus¸escu había prohibido los anticonceptivos y el aborto, había fijado impuestos a las personas sin hijos y ensalzaba a todas aquellas mujeres que daban a luz a diez o más niños. Los padres que no podían mantener a otro bebé se referían a la llegada de uno nuevo como “hijo de Ceaus¸escu”, en el sentido de “que sea él quien lo críe”. Para albergar a una generación de niños no deseados e imposibles de mantener, Ceaus¸escu ordenó la construcción o transformación de cientos de instalaciones. A los tres años, los niños abandonados eran clasificados. Los futuros trabajadores recibían ropa, zapatos, alimentos y cierto grado de educación en case de copii u “hogares de niños”, mientras que los niños “deficientes”, incluso con problemas perfectamente tratables como estrabismo o labio leporino, prácticamente no recibían nada en el Ca˘mine Spital. Tras la Revolución rumana, miles de niños fueron encontrados en condiciones atroces (esqueléticos, chapoteando en pisos inundados de orina y cubiertos de heces) y fueron grabados por programas extranjeros, entre ellos 20/20 en los Estados Unidos, donde luego se emitió el documental Shame of a Nation (La vergüenza de una nación) en 1990.

Danny Ruckel, programador informático, y su mujer, Marlys, vivían con sus tres hijas en San Diego a comienzos de la década de 1990. Pensaron que sería bueno incorporar un chico a la familia y se enteraron de que un cineasta independiente local, John Upton, colaboraba en la coordinación de adopciones de huérfanos rumanos. Marlys lo llamó y le dijo que querían adoptar a un niño. “Hay miles allí”, respondió Upton. “Será sencillo”

Destrozado por la realización de Shame of a Nation, Upton había viajado a Rumanía y había visitado el peor lugar de todo aquel espectáculo, el Hospital Hogar para Niños Irrecuperables en Sighetu Marmat¸iei. Regresó allí varias veces. En una de sus visitas, grabó a un grupo de niños para sus posibles padres adoptivos. En el video no mostró a los niños apiñados y desnudos “como pequeños reptiles en un acuario”, tal como los había descripto en su informe, sino como personas, vestidos y charlando. Las donaciones ya habían comenzado a llegar. El personal se quedaba lo mejor, pero ese día, ante la presencia de los estadounidenses, las niñeras vistieron a los niños con suéteres donados. Para Upton y su asistente rumano la tarea resultó realmente difícil. Algunos niños ni siquiera hablaban y otros no podían ponerse de pie ni quedarse quietos. Cuando preguntaba sus nombres y edades, las niñeras se encogían de hombros. En el extremo de un banco de madera estaba sentado un niño; parecía tener unos siete años, a pesar de que tenía diez. Izidor pesaba unos 23 kilos. Conocía a los americanos por la serie Dallas. Los domingos por la noche, niños que podían caminar, niñeras y trabajadores se reunían a ver la serie en una televisión donada. Cuando aquel día llegaron rumores de que había llegado un americano, la reacción dentro del orfanato fue: ¡Alguien de la tierra de las casas gigantes! Izidor tenía la información que las niñeras desconocían. John Upton le preguntó a un niño: “¿Cuántos años tienes?”. El niño dijo: “No lo sé”. La niñera dijo: “No lo sé”. Y luego Izidor gritó: “¡Tiene 14!”. Luego preguntó sobre otro niño: “¿Cuál es su apellido?”. Izidor respondió de nuevo: “¡Dumka!”. “Izidor conoce a los niños de aquí mucho mejor que el personal”, comentó Upton en una de sus grabaciones. Sentó a Izidor sobre su regazo y le preguntó si le gustaría ir a Estados Unidos. Izidor respondió que sí. De vuelta a San Diego, Upton le habló a los Ruckel sobre este brillante niño de unos siete años. “Queríamos adoptar un bebé”, dice Marlys. “Luego vimos el video de John y quedamos enamorados de Izidor”.

El niño que aprendió a amar

En mayo de 1991, Marlys viajó a Rumanía. Antes de viajar, se enteró de que Izidor tenía casi 11 años, pero se mantuvo imperturbable. Viajó junto a una nueva amiga, Debbie Principe, a quien le habían asignado un niño rubio lleno de energía llamado Ciprian. Ya en la oficina del director, Marlys esperaba el momento de conocer a Izidor. “Cuando Izidor entró”, dice ella, “solo lo vi a él, el resto se volvió borroso. Era tan guapo como lo había imaginado. Nuestra traductora le preguntó cuál de las personas que había en la oficina esperaba que fuera su nueva madre ¡y me señaló a mí!”.

Izidor tenía una pregunta para la traductora: “¿Dónde viviré? ¿Se parece a Dallas?”. “Bueno… no, vivimos en un piso”, dijo Marlys. “Pero tendrás tres hermanas. Las querrás”. Esto no pareció resultarle atractivo a Izidor. Le respondió fríamente a la traductora: “Ya veremos”. Esa noche, Marlys se sintió reconfortada; Izidor le había parecido un ángel. Debbie se rio y le dijo a Marlys: “Me pareció más bien del estilo de un político hábil. Estuvo más a la altura de las circunstancias que Chippy”. Ciprian había pasado todo el tiempo hurgando desesperadamente en los cajones del escritorio y en los bolsillos de todos los presentes. “No, es inocente”, dijo Marlys. “¿Viste cuando me eligió para que fuera su madre?". Años más tarde, en Abandoned for Life, la autobiografía que publicó Izidor a los 22 años, él explicó: “Marlys era la alta y Debbie la más baja… ‘¿Cuál será mi nueva madre?’, le pregunté a la traductora. ‘La más alta’, respondió ella”. “Cuando señalé a Marlys, ella comenzó a llorar porque la había elegido”

En Octubre de 1991, Izidor y Ciprian viajaron a San Diego con acompañantes rumanos. Sus nuevas familias esperaban en el aeropuerto. En la terminal, Izidor observó todo a su alrededor con satisfacción. “¿Dónde está mi habitación?”, preguntó. Cuando Marlys le dijo que estaban en un aeropuerto y no en su nuevo hogar, Izidor se sintió desconcertado. Aunque le había explicado que no vivían como los Ewings en Dallas, él no le había creído. En el auto, cuando Danny intentó ponerle el cinturón de seguridad, el niño se sacudió y gritó aterrado: temía que le estuvieran poniendo una camisa de fuerza.

Marlys educaba a las niñas en casa, pero Izidor insistió en comenzar cuarto en la escuela local, donde rápidamente aprendió inglés. Su astuta habilidad para captar situaciones y manejarse solo permitió que los docentes tuvieran un buen concepto de él, pero en casa parecía estar siempre irritado. De pronto se sentía agredido, se iba corriendo a su habitación y comenzaba a romper cosas. 

“Destrozaba libros, pósters, fotografías familiares”, recuerda Marlys. “Si tenía que irme una hora, cuando volvía todos estaban molestos. No le gustaban las niñas”. Marlys y Danny habían pensado que aumentaría la felicidad con otro niño. Pero el nuevo miembro casi nunca se reía. No le gustaba el contacto. Siempre alerta, dolido, orgulloso. “Sobre los 14 años, prácticamente todo lo molestaba”, cuenta Marlys. “Había decidido que cuando fuera mayor sería presidente de Estados Unidos. Cuando descubrió que no sería posible por su origen extranjero, dijo: ‘De acuerdo. Volveré a Rumanía’”.

“En ese momento todo aquello comenzó; su objetivo era volver. Pensamos que era bueno que tuviera un objetivo, así que dijimos: ‘Por supuesto, consigue trabajo, ahorra dinero y cuando tengas 18 años, puedes volver a Rumanía’”. Izidor trabajó todos los días después del colegio en un restaurante de comida rápida. “Fueron años difíciles. Yo me comportaba con cuidado para que no se enojara”, recuerda Marlys. “Las niñas lo habían superado. Era conmigo con quien estaban furiosas. Me decían: ‘¡Mamá, lo único que haces es tratar de arreglar las cosas con él!’”.

Danny y Marlys lo llevaron a terapia, pero no quiso volver. “Decía: ‘Estoy bien cuando no hay nadie en casa’”, comenta Marlys. “Nosotros le respondíamos: ‘Pero Izidor, esta es nuestra casa’”. Cuando lo mandábamos a su habitación por responder de forma maleducada, insultar o haberse portado mal con las niñas, subía ruidosamente las escaleras, ponía música rumana a todo volumen o golpeaba la puerta con los puños o un zapato. Una noche, cuando Izidor tenía 16 años, Marlys y Danny se asustaron tanto por uno de sus arrebatos que llamaron a la policía. “Los voy a matar”, les gritaba. Un policía escoltó a Izidor al patrullero y el chico dijo que sus padres “abusaban” de él. “Fantástico”, dijo Marlys. “¿Por casualidad dijo cómo abusamos de él?”. En el auto, el policía le preguntó: “¿Cómo abusan tus padres de ti?”. “Yo trabajo y ellos se quedan con mi dinero”, gritó Izidor. El policía revisó la habitación de Izidor y encontró los registros de su cuenta corriente. “No podemos llevárnoslo”, les dijo el policía. “Está furioso, pero no pasa nada malo aquí. Sugiero que cierren con llave la puerta de su habitación esta noche”.

A la mañana siguiente Marlys y Danny se ofrecieron a llevarlo al colegio, pero lo llevaron a un hospital psiquiátrico. “No podíamos pagarlo, pero recorrimos el lugar y se asustó”, comenta Marlys. “Dijo: ‘¡No me dejen aquí! Seguiré las reglas’”. “De vuelta en el auto, dijimos: ‘No tienes que querernos, pero tienes que estar seguro y también nosotros. Puedes vivir en casa, trabajar e ir al colegio hasta que cumplas 18. Te queremos’. Pero la sensiblería no funcionaba con él”. Y la promesa de seguir las reglas tampoco duró mucho. Una noche Izidor salió y volvió a las dos de la mañana. Al tratar de entrar encontró la casa cerrada. Golpeó con fuerza. Marlys entreabrió la puerta. “Tus cosas están en el garaje”, le dijo. Izidor nunca más vivió en aquella casa. Se mudó con chicos que conocía: su indiferencia le resultaba cómoda. “Se emborrachaba en mitad de la noche y nos llamaba; sus amigos se metían en la llamada y decían groserías sobre nuestras hijas”, recuerda Marlys. “Pero finalmente volvió la paz a nuestro hogar, aunque yo estaba muy preocupada por él”.

Para su 18 cumpleaños, Marlys preparó una torta y envolvió un regalo: un álbum de fotos con su vida juntos: su primer día en los Estados Unidos, su primera visita al dentista, su primer trabajo. Llevó los regalos a la casa donde estaba viviendo. La persona que abrió la puerta se comprometió a entregarle los regalos cuando volviera. “En medio de la noche”, cuenta Marlys, “oímos un auto rechinar las ruedas, luego un golpe fuerte y seco contra la puerta de entrada y el coche de nuevo alejándose. Bajé y abrí. Era el álbum de fotos”.

En la década siguiente a la caída del régimen de Ceaus¸escu, el nuevo Gobierno de Rumania recibió a expertos en desarrollo infantil occidentales para estudiar a las decenas de miles de niños que aún estaban en instituciones estatales. Los investigadores esperaban poder encontrar respuestas a sus inquietudes, particularmente entender si al trasladar a un niño institucionalizado a un entorno familiar, ese niño podía recuperar capacidades que no había logrado desarrollar de manera adecuada. ¿Podía aprender a querer una persona que no fue amada en su infancia?

En 2000, Charles A. Nelson III, profesor de pediatría y neurociencia de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard y del Hospital Infantil de Boston, y otros dos colegas lanzaron el Proyecto de Intervención Temprana de Bucarest (BEIP: Bucharest Early Intervention Project). Este sería el primer ensayo aleatorio controlado que se realizaría para medir el impacto de la institucionalización temprana en el desarrollo cerebral y conductual y para evaluar como alternativa programas de acogida temporal de alta calidad para menores. Los expertos trabajaron con 136 niños de seis meses a dos años y medio de seis instituciones para bebés, o leagãne, de Bucarest. Ninguno de estos establecimientos era un Hospital Hogar para Niños Irrecuperables; se trataba de instituciones algo mejor equipadas y con personal de mayor nivel. Según el diseño del estudio, 68 de ellos continuaron recibiendo el “cuidado habitual” mientras que los otros 68 fueron enviados con familias de acogida temporal seleccionadas y capacitadas por el BEIP. Los niños locales constituían un tercer grupo. “Las personas encargadas, sin conocer los antecedentes de ninguno de los niños, indicaron que el ciento por ciento de los niños de la comunidad mostraban vínculos de apego completamente desarrollados con sus madres”, comenta Charles H. Zeanah, profesor de psiquiatría infantil de la Facultad de Medicina de la Universidad de Tulane. “Esa característica se cumplía en solo el tres por ciento de los niños institucionalizados”. El 13 por ciento no mostraba conductas de apego, como buscar consuelo ante la angustia en alguno de sus cuidadores o experimentar ansiedad cuando eran separados de estas personas. “Estos niños no tenían ni idea de que un adulto podía ayudarlos a sentirse mejor”, me dijo Zeanah. “Imagina cómo debe ser sentirse completamente abatido y ni siquiera saber que otro ser humano puede ayudar”. Ya en 2003, era evidente que los niños que vivían en hogares de acogida temporal mostraban avances. A partir del análisis de datos se vislumbró que existía un delicado período de 24 meses crucial para que un niño estableciera un vínculo de apego con la persona responsable de su cuidado. “El tiempo es crítico en esta cuestión”, escribió el investigador. La plasticidad cerebral no era “ilimitada”, advirtieron los expertos. “Cuanto más temprana la intervención, mejor”. Después de que los investigadores anunciaran públicamente los resultados del estudio, el Gobierno de Rumanía prohibió la institucionalización de niños menores de dos años.

Mientras, el estudio continuaba. A los tres años y medio, la cantidad de niños que mostraban vínculos sólidos ascendió a cerca del 50 por ciento entre aquellos que vivían en hogares de acogida temporal, pero apenas llegó al 18 por ciento entre aquellos que permanecían institucionalizados. Los niños que mostraban desapego veían amenazas en todo lo que había a su alrededor, una idea confirmada mediante estudios cerebrales. Repleta de hormonas del estrés como cortisol y adrenalina, la amígdala (parte principal del cerebro que controla el miedo y la emoción), aparentemente trabajaba mucho en los niños que aún estaban institucionalizados. Nelson advierte que esto no significa que la puerta se cierre de manera brusca para los niños que permanecen en instituciones más allá de los 24 meses. “Pero cuanto más tiempo transcurre hasta que un niño se incorpora a una familia”, afirma, “más difícil resulta recuperar el equilibrio”.

Desde el aeropuerto de Denver se puede ver una zona de viviendas. En un auto alquilado, avanzo despacio en el área residencial donde vive Izidor, hasta que lo veo salir de la sombra de una casa de 420 metros cuadrados y me ofrece un educado saludo. Es 2019 e Izidor tiene allí alquilada una habitación, igual que muchos otros, incluso algunas familias. A los 39 años, Izidor es un hombre elegante y delgado de mirada triste. Siembre alerta y precavido. Como director de un restaurante de comida rápida, trabaja muchas horas. “Cada vez que surgía una nueva pelea”, recuerda Izidor, “quería que alguno dijera: ‘Izidor, desearíamos no haberte adoptado nunca, te devolveremos al hospital’. Pero nunca lo decían”

Incapaz de procesar el afecto de su familia, él solo quería saber dónde se encontraba. Todo era más simple en el orfanato, donde o bien se recibía una paliza o no. “Yo respondía mejor cuando recibía una bofetada”, confiesa Izidor. “En los Estados Unidos tenían ‘reglas’ y ‘consecuencias’. Demasiada charla. Odiaba el ‘¿por qué no hablamos?’”. “De niño nunca escuché cosas como ‘eres especial’ o ‘eres nuestro hijo’. Después, cuando tus padres adoptivos te dicen frases así, piensas de acuerdo, me da lo mismo, gracias. Ni siquiera sé de qué estás hablando. No sé qué quieres de mí ni qué se supone que debo hacer por ti”.

Una vez, cuando tenía alrededor de ocho años, Izidor tuvo un día feliz. Una niñera amable llamada Onisa había comenzado a trabajar en el hospital. “Le encantaba cantar y solía ponernos la música que escuchaba”, escribe Izidor en su autobiografía. Un día intervino cuando otra niñera estaba pegando a Izidor con un palo de escoba. Para animarlo, Onisa le prometió que algún día se lo llevaría a su casa y pasarían la noche allí. Con escepticismo ante la idea de que pudiera efectivamente ocurrir un evento tan extraordinario, Izidor le agradeció la noble ocurrencia. Unas semanas después, un día invernal de frío y nieve, Onisa lo abrigó y salió con él por la puerta principal hasta dejar atrás el orfanato. Llevó al niño, que caminaba tambaleante por su seria cojera, a recorrer la ciudad. “Era la primera vez en mi vida que salía al mundo”, me dice ahora. Miraba con total asombro los coches, las casas y los negocios. “Cuando entré en el piso de Onisa”, escribe, “no podía creer lo bonito que era todo; las paredes estaban cubiertas con tapices oscuros y había una imagen de la Última Cena en una de ellas. Tenía alfombras rojas”. Los hijos de Onisa llegaron a casa después del colegio e Izidor se enteró de que era el comienzo de las vacaciones escolares de Navidad. Aquella noche compartió con ellos la cena. Probó especialidades rumanas por primera vez, como sarmale (repollo relleno), goulash de patatas con fideos gruesos y un bizcocho de crema. Después de la cena, el niño de la casa dejó a Izidor jugar con sus juguetes. Izidor siguió sus indicaciones y condujo sus trenes por la alfombra. A la mañana siguiente, Onisa le preguntó si quería ir al trabajo con ella o quedarse con sus hijos. Como no quería separarse de ella, eligió el trabajo. “Me vestí lo más rápido que pude y salimos de allí juntos”, recuerda. “Cuando íbamos a llegar a su trabajo, me di cuenta de que su trabajo era en el hospital, mi hospital, y me puse a llorar… De alguna manera pensé que sería parte de la familia de Onisa”. Por su propia estupidez, había dejado que se desvaneciera la posibilidad de estar en el lugar más increíble de la Tierra, el piso de Onisa. Lloró hasta que le amenazaron con pegarlo. Hoy en su habitación, Izidor ha recreado el escenario de la noche más feliz de su infancia. “¿Ves?”, me dice, mientras levanta un tapiz con rosas sobre un fondo oscuro repleto de hojas. “Este es casi idéntico al de Onisa. ¡Lo compré en Rumanía por ese motivo!”. Para Izidor, estas posesiones representan paz. “Fue la primera vez que dormí en un hogar real. Durante muchos años pensé ¿Por qué no puedo tener un hogar así?”. Ahora lo ha conseguido. Pero sabe que aún faltan algunas piezas. 

En 2001, A los 20 años, Izidor sintió la necesidad de volver a Rumanía. Necesitaba dinero y decidió escribir a distintos programas de televisión para contar la historia de un huérfano rumano que realizaba el primer viaje de vuelta a su país natal.

Un programa accedió y el 25 de marzo de 2001 se encontró con un equipo de rodaje en el aeropuerto de Los Ángeles. Los Ruckel también estaban allí. “Este es el fin. Nunca volveré a verlo, pensé”, confiesa Marlys. Lo abrazó, besó y le dijo: “Siempre serás nuestro hijo y siempre te querremos”. Izidor le enseñó dos fotografías familiares que llevaba en su cartera. “En caso de que decida quedarme allí, tendré algo para recordaros”, dijo. Marlys sintió escalofríos al ver la tranquilidad con la que Izidor parecía estar saliendo de sus vidas. Ya en Rumanía, los productores llevaron a Izidor a visitar su antiguo orfanato, donde fue recibido como un príncipe. Luego le informaron que habían encontrado a su familia biológica; vivían a tres horas de distancia de allí. Viajaron a través de un paisaje cubierto de nieve y se detuvieron en un campo. Con camisa, corbata y pantalones de vestir, Izidor caminó rengueando a través de aquel suelo desparejo y húmedo hasta llegar a una cabaña de una sola habitación. Estaba temblando. Un hombre de rostro alargado salió de la cabaña y caminó hacia él. Se miraron. “Ce mai faci?” (¿Cómo estás?), balbuceó el hombre y siguió su camino. “Bun” (Bien), murmuró Izidor.

Era el padre de Izidor. Luego dos jóvenes salieron rápidamente de la cabaña y saludaron a Izidor con besos en cada mejilla; eran sus hermanas. Por último, una mujer de pelo negro que no tendría 50 años y que se identificó como María, su madre, salió y lo abrazó. Molesto, Izidor se alejó bruscamente. ¿Cómo puedo abrazar a alguien que prácticamente no conozco?, recuerda que pensó. Ella comenzó a llorar: “Fiul meu! Fiul meu!” (¡Hijo mío! ¡Hijo mío!). En la casa el suelo era de tierra y todo estaba tenuemente iluminado por una lámpara de aceite. La familia le ofreció a Izidor el mejor asiento disponible, una banqueta. “¿Por qué me dejaste en el hospital?”, les preguntó. “Tenías seis semanas cuando te enfermaste”, dijo María. “Te llevamos al médico. Tus abuelos te visitaron, pero después nos dijeron que algo le pasaba a tu pierna derecha. Le pedimos al médico que te curara, pero nadie nos ayudó. Entonces te llevamos a un hospital y ahí te dejamos”. “¿Por qué nadie me visitó en 11 años?”. “Tu padre no tenía trabajo. Yo cuidaba de los otros niños. No estaba a nuestro alcance ir a verte”

“¿Sabes que vivir en Sighetu Marmat¸iei fue como vivir en el infierno?”. “Mi corazón”, sollozó María. “Debes entender que somos personas pobres”. Perturbado, Izidor se puso de pie y salió de la cabaña. Su familia rumana lo invitó a ver fotos de sus hermanos mayores que ya se habían ido de casa y él les mostró su propio álbum de fotos: un sonriente Izidor al lado de la piscina, con las medallas de una competición de natación; en la playa; de pícnic. Cuando se apagaron las cámaras de televisión, Izidor contó que María le había preguntado si los Ruckel lo habían hecho daño u obligado a mendigar. Él le aseguró que no. “Estás delgado”, continuó María. “Ven a vivir con nosotros. Yo te cuidaré”. Insistió para que le contara detalles de su trabajo y de cuánto ganaba, y le preguntó si le gustaría construir una casa nueva para la familia. Izidor ya estaba agotado y ansioso por irse. “Me llamó desde Bucarest”, cuenta Marlys, “y dijo: ‘Tengo que volver a casa. Sáquenme de aquí. Estas personas son horribles’”

Unas semanas más tarde, estaba de vuelta en Temecula, una ciudad vitivinícola de California del sur donde viven ahora los Ruckel, quienes en los últimos años habían adoptado a cinco niños en acogida temporal. Unos amigos le dijeron que había trabajo en Denver y decidió mudarse. Danny y Marlys lo visitan y también han viajado con él a Rumania. Es más difícil para él venir a nuestra casa en California, dice Marlys.

El neuropsicólogo Ron Federici fue otro de los exponentes de la primera ola de expertos en desarrollo infantil que visitó las instituciones para los “insalvables” y hoy se ha convertido en uno de los principales especialistas mundiales en el cuidado de niños institucionalizados que luego son adoptados por familias occidentales. “Al principio, todos mostraban una actitud optimista”, afirma Federici. “Se pensaba que familias cariñosas podían curar a estos niños. Yo les advertí: estos niños van a empujaros hasta el límite. Es preciso prepararse para trabajar con niños con necesidades especiales. En lugar de ‘te quiero’ solo se debe decirles ‘estás seguro aquí’”.

Federici y su mujer adoptaron ocho niños de instituciones con sistemas despiadados: tres de Rusia y cinco de Rumanía. En sus años de práctica clínica en Virginia, Federici ha visto a 9.000 jóvenes, cerca de un tercio de ellos de Rumanía. A partir del seguimiento de sus pacientes durante décadas, ha descubierto que cerca del 20 por ciento pueden vivir independientes. Los padres más exitosos, en opinión del experto, son aquellos que lograron enfocarse en habilidades básicas para manejarse en la vida y conductas adecuadas. “Los Ruckel son un buen ejemplo; ellos esperaron y él hoy está bien”

Federici y su mujer se han convertido en tutores legales permanentes de cuatro de sus hijos rumanos, hoy ya adultos. Dos de ellos trabajan, bajo supervisión, para una fundación que él mismo estableció en Bucarest; otros dos viven con sus padres. (El quinto es un bonito ejemplo de aquel afortunado 20 por ciento; es médico de urgencias). Sus dos hijos adultos que aún siguen en casa tienen dificultades cognitivas, pero trabajan y son agradables, según cuenta Federici. “¡Son felices!”, exclama. “Han encontrado maneras, no de superar lo que les ha sucedido, ya que realmente no es posible hacerlo, sino de adaptarse y no hacer rehenes a otras personas”.

En cualquier caso, que Izidor hoy viva de manera independiente es una historia de éxito entre los supervivientes de estas instituciones. “¿Alguna vez imaginaste tener una familia?”, le pregunto. “¿Una familia propia? No. Desde los 15 años sabía que no tendría una familia. Al ver a todos mis amigos en relaciones tontas, con celos, control y depresión, pensé ¿Realmente? ¿Todo eso por una relación? No”. Dice que no extraña lo que nunca conoció, aquello que ni siquiera lo percibe. Se enfoca en lo que tiene por delante y hace lo mejor posible por actuar de la manera en que los humanos esperan que otros humanos actúen. “No soy una persona que pueda mostrar cercanía”, dice Izidor. Pero a veces, muestra sentimientos. Dos años después de que lo echaran de casa, estaba cortándose el pelo en una peluquería que conocía a la familia. “Tu madre y tus hermanas han tenido un accidente con el auto ayer. Están en el hospital”. Izidor salió corriendo, compró tres docenas de rosas rojas y se presentó en el hospital. “Unas horas después, nos dieron el alta”, recuerda Marlys. Izidor fue a la casa que había estado intentando boicotear, a ver a esa familia que odiaba. Supuso que Danny Ruckel no lo dejaría entrar. “¿Prometes comportarte con nosotros?”. Izidor se comprometió. Danny le permitió pasar al comedorn allí estaba delante de todos, con flores y lágrimas en los ojos. Le dio las flores a su madre y en una muestra de sinceridad que nunca antes habían visto, les dijo: “Estas flores son para todos. Los quiero”. Aquello marcó un punto de inflexión. Pero primero, Izidor tuvo que acercarse a aquella puerta de madera que había cerrado de un golpe al salir de allí cientos de veces. Llamó y esperó en la entrada, con la cabeza baja y el corazón a saltos, sin saber si lo dejarían entrar. Los abandoné, los traté mal, hice que su vida fuera un infierno, pensó. Y luego ellos abrieron la puerta.

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