Imagen Imagen

Años después de haber sufrido una pérdida trágica, halló consuelo en las historias de otros.

Mi primer día de trabajo en la florería me presenté en sandalias; el segundo, al darme cuenta de que necesitaba un calzado cerrado en la punta, llevé mis bonitos zapatos bajos con cordones. El tercer día, consciente de que estaría más cómoda sin tanta elegancia, estrené unas zapatillas de lona roja que había comprado expresamente para el trabajo. Sus impecables puntas blancas eran un reflejo simbólico de mi inexperiencia en la tienda: lo mucho que tardaba en hacer los ramos de flores y cómo luchaba para envolver con papel los tallos individuales a fin de que el ramo luciera bonito, o al menos presentable. “Es como ponerle el pañal a un bebé”, me dijo alguien para ayudar, pero yo tampoco había hecho eso.

Mi sueño de trabajar en una florería había nacido en el jardín de mi abuela, siempre rebosante de flores, donde yo hacía ramos con todo lo que encontraba a mi alcance. Pero esa experiencia no me preparó en absoluto para la enorme cantidad de macetas que debía limpiar ni para la tierra que se me incrustaba en las uñas todo el tiempo. 

Sin embargo, para lo que menos estaba preparada era para tratar con la gente, desde el hombre que cada martes les daba una flor a tres desconocidos hasta el invitado a una cena de Acción de Gracias que envió un ramo a sus anfitriones tras haber sustraído de su casa un juego de cubiertos de plata. Sus historias se entretejían con la mía y me rondaban la cabeza hasta varias horas después de haber cerrado la florería. 

Disfrutaba mucho leyendo las tarjetas que acompañaban a los ramos. La mayoría incluían las frases de cajón, como “Te quiero” y “Que te mejores pronto”. Recibíamos tantas peticiones telefónicas de “Feliz cumpleaños”, “Feliz aniversario” y “Pienso en vos”, que las abreviábamos: F.C., F.A. y P.E.T. 

Pero otros clientes se mostraban más “creativos”; pedían tarjetas que dijeran, por ejemplo, “Adiós a tus viejos (pechos) y bienvenida la nueva Megan”. En cierta ocasión tomé un pedido de una docena de rosas amarillas y una tarjeta que dijera esto: “Lamento ser un idiota”.

—¿Está usted seguro? —pregunté.

—Sí, y que al final diga “De tu Pato”—añadió el cliente.

—¿“Pato”, como el ave? —repuse.

—Sí, señorita. 

Me burlaba de los mensajes que me parecían demasiado cursis, trillados o aburridos, y me deprimían los clientes que me preguntaban qué debían decir sus tarjetas de pésame. Pero entendía que dar con las palabras justas puede ser una tarea ardua, y que a veces todo el mundo usa las mismas palabras. 

Llevaba unos seis meses en el trabajo cuando me topé con un mensaje que me impactó por su sinceridad: “Las tarjetas y las flores parecen muy poco cuando sufrimos una pérdida, pero estás en nuestros pensamientos y queremos que lo sepas”. 

Esa nota me dejó pensando mucho. Cuando tenía 18 años, el joven que desde hacía dos era mi novio se suicidó colgándose de una viga en su garaje. Fue el primer hombre al que besé, el primero al que amé, la última persona con la que hablaba en la noche y la primera a quien llamaba en la mañana, hasta un día soleado de noviembre en que me despertó una llamada de su madre. La gente me envió tarjetas de condolencias. No recuerdo los mensajes, pero lo importante era el gesto. Quizá decían: “Mi más sentido pésame”, o “Lamentamos mucho tu pérdida”. Para mí, todo se reducía a cinco palabras: él se fue para siempre. Comencé a creer que su muerte era algo que me había ocurrido a mí, un acto premeditado que él había cometido teniéndome en mente por algo que yo había hecho o dejado de hacer, y me llevó años quitarme esa convicción. 

Cuando empecé a trabajar en la florería, ya no era tan grande mi desánimo ni mi amargura. Ya no me ponía las camisetas de él para dormir, y había renunciado a buscar respuestas a preguntas imposibles de responder, casi todas variantes del implacable “¿Qué habría podido hacer yo?” Siempre pensaba que algo podría haber hecho, pero al mismo tiempo nada, y había aprendido a vivir con eso. Me había mudado de ciudad, había terminado la escuela y había amado a otro hombre. Estaba más abierta al sufrimiento y a la felicidad de los demás, sentimientos que antes me irritaban por igual: el dolor porque me tocaba muy de cerca, y la felicidad porque me parecía muy lejana. Empecé a interesarme en las historias de otras personas, y cuanto más me enfrentaba a la vida con toda su belleza y su fealdad, más aliviada me sentía. 

He vendido flores a mujeres y hombres solteros, a padres de familia daltónicos con hijas precoces, a parejas con bebés recién nacidos, a abuelos, tías y tíos, a novios de veintitantos años y a matrimonios que celebran sus bodas de oro. He regalado flores a hombres sin hogar, que a su vez se las han dado a chicas bonitas con vestidos veraniegos. Una vez le di una rosa bicolor al payaso “Extremo”, un personaje con nariz roja de goma que conducía una camioneta por las calles de Portland, Oregon, emitiendo música por altavoces y moviendo un monito títere a través de la ventanilla. 

Las personas compran flores cuando están enamoradas, en dificultades, ebrias, destrozadas o emocionadas, y a veces sin ninguna razón aparente. Solo a veces me tocaba saber cómo terminaba la historia. Un día ayudé a un hombre joven a comprar flores para una mujer con la que estaba saliendo, y me dijo que pronto le propondría matrimonio en un viaje que iban a hacer juntos al extranjero. Lo recuerdo porque llegó buscando las flores más fragantes: gardenias, jazmines, peonías... Pasé 15 minutos caminando con él por la florería, aspirando cada flor. Fue la primera vez que me pasé el día oliendo flores, aunque llevaba varias horas trabajando. Seis meses después el joven regresó, y nuevamente le mostré las flores más perfumadas; mientras él hundía la nariz en cada una, me habló con alegría de su esposa y del bebé que ya estaban esperando. 

Al principio me impresionaba la facilidad y frecuencia con que los clientes me hacían partícipe de sus vidas, pero no tardó en ser la norma. “¿Para qué es el ramo?”, preguntaba yo porque era mi trabajo. “Aniversario”, “Cumpleaños”, “Solo porque sí”, me respondían. Pero de vez en cuando: “A lo mejor peco de indiscreto, pero estoy saliendo con mi ex esposa”. Y así, sin más, me veía enfrascada en una conversación sobre lo que se siente salir con un ex cónyuge. 

Tomaba notas de esas charlas, sacaba fotos de las tarjetas y les contaba mis anécdotas favoritas de la florería a colegas, familiares y amigos, pero olvidé muchas cosas. Se me escapan los detalles, y a veces me parece que cuanto más me esfuerzo en retenerlos, más se desdibujan. Eso me volvía loca. ¡Qué vergüenza, pensaba, reunir tantas historias solo para dejarlas escapar como el agua entre las manos ahuecadas! Pero aprendí que lo hermoso estaba en que siempre habría más, y eso hacía más aceptable la pérdida. 

¿Por qué mandamos flores? ¿Para suplir lo intangible: esos sentimientos que no podemos aferrar con las manos y entregar a nuestros seres queridos como si fueran regalos? ¿Y por qué los objetos que elegimos para materializarlos—la docena de rosas rojas, las fragantes azucenas blancas, los esbeltos tulipanes— son tan efímeros? Guardalos demasiado tiempo y terminarás con un revoltijo de pétalos marchitos, polen y agua maloliente. 

Tras la muerte de mi novio me dediqué a buscar la sanación emocional. Escribí cartas para él y les prendí fuego. Acudí a una psicoterapia y luego a otra. Practiqué el yoga y probé la meditación. Me mudé a Colorado y después a Oregon. Viajé a muchos lugares, y a todos ellos llevaba su recuerdo conmigo. No he podido desprenderme de él. Hay una foto que le saqué pocos días antes de mudarme para ir a la universidad, dos meses antes de que él muriera. Tiene la cara medio oculta, pero me gusta pensar que está sonriendo. Recuerdo la canción que estábamos escuchando, el croar de las ranas a través de la puerta mosquitera, mis pies descalzos sobre la madera. Preciados momentos aún más preciosos porque ya se fueron.

Ahora mido el paso de los meses por las flores de la estación: girasoles en julio, dalias en agosto, escaramujos y flores de arce en octubre, pino en diciembre, jacintos en marzo, peonías en mayo... Una de mis preferidas es la magnolia tulipán, y la manera en que de las yemas brotan los botones y de éstos, una alfombra de color en los prados, todo en cuestión de semanas mientras nievan flores de cerezo. ¡Qué admirablemente hermoso puede ser lo transitorio!

Elegí tu puntuación
Dejá tu comentario
Imagen LilianaBilello
LilianaBilello

Hermoso relato , cuando se pierde a un ser querido todo cambia , lo que antes era importante ya no lo es , aprendes a vivir de otra manera.

Imagen dbueno
dbueno

Muy buena nota !!!!

Imagen chanchan
chanchan

Muy linda nota

Notas Relacionadas