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Los dolores femeninos no se limitan a la menstruación, hay otras no menos importantes que no están diagnosticadas, no son tratadas y no son contempladas.

Katie luciani tenía 11 años cuando empezó a sentir dolor. Fue al momento de tener su primera menstruación, que sintió dolores tan intensos que la hacían vomitar. “En esa oportunidad, fuimos a consultar a la médica clínica de la familia y ella lo ignoró; dijo: ‘No tienes ningún problema. Todo el mundo padece dolores menstruales. Tómate un ibuprofeno’”. Pero los dolores empeoraron en la adolescencia de Katie. La misma doctora le indicó que tomara anticonceptivos, que apenas suavizaban la intensidad de los dolores. Sin embargo, ella se había acostumbrado a sentir, una vez por mes, retortijones en la pelvis y dolores punzantes que la recorrían como shocks eléctricos. Su médica seguía diciéndole que los dolores menstruales eran normales.

Al terminar la secundaria, Luciani se mudó de Toronto a Vancouver, en Canadá, para estudiar Artes Mediáticas. Un día, sintió un nuevo tipo de dolor en el abdomen. “Pasó de ser un cinco a un 20 muy rápido”, recuerda. Fue corriendo al hospital, donde le encontraron fluido en el abdomen debido a la ruptura de un quiste ovárico. Una vez más, le dijeron: “No hay motivos para preocuparse… Es normal”. El médico le dio morfina y la mandó de vuelta a su casa. Pero, a lo largo del año, se le fueron rompiendo más quistes y, cada vez que iba a la guardia, Luciani recibía el mismo mensaje: “Tienes que superarlo, nada más”.

A los 25, Luciani consultó a un ginecólogo que le dijo que los síntomas sugerían una endometriosis, enfermedad en la que el tejido que normalmente reviste el interior del útero crece en lugares en donde no debería hacerlo (generalmente en los ovarios, las trompas de Falopio o la parte externa del útero). Le hizo una laparoscopía para buscar señales de la afección que la hacía sentir dolor crónico, pero, al final, no encontró nada.

Luciani había perdido todas las esperanzas. Estaba segura de que tenía endometriosis, pero un médico le había dicho que no. Como la agonía era demasiado intensa para trabajar, volvió a Toronto, donde vivía su familia. Buscó algún médico nuevo que pudiera ayudarla, pero, luego de leer el informe de la cirugía, la respuesta era siempre la misma: el procedimiento no había llevado a ningún diagnóstico; ella no tenía ningún problema. Le dijeron que los dolores eran producto de su cabeza y le ofrecieron antidepresivos, pero no le dieron ninguna solución para el dolor. “En ese punto, sentía que estaba loca”, recuerda.

Finalmente, a los 26, después de haber consultado con cinco médicos tras la cirugía inicial, Luciani encontró uno en Atlanta, Estados Unidos,  que estaba dispuesto a repetir el procedimiento. Pagó alrededor de 40.000 dólares canadienses y, esta vez, los resultados fueron definitivos: tenía endometriosis. Tres años más tarde, también le diagnosticaron síndrome de ovario poliquístico, una enfermedad que afecta el nivel de hormonas de las mujeres y puede producir quistes en los ovarios.

Luciani no es la única mujer a quien durante años le ignoraron el dolor que sentía, o a quien obligaron a defenderse sola, visitando médico tras médico, nada más que para asegurarse un diagnóstico. En un estudio publicado en 2006 en la revista British Journal of Obstetrics & Gynaecology, se entrevistó a mujeres que tenían dolor crónico en la pelvis y se llegó a la conclusión de que “la mayoría sentía que ni un médico de los que habían consultado había legitimado su dolor y sufrimiento”.

En las últimas décadas, los investigadores descubrieron que el dolor de las mujeres muchas veces se toma menos en serio que el de los hombres, y, en consecuencia, es muy frecuente que no se lo trate o que se lo subtrate en la medicina occidental. No hay análisis de laboratorio para evaluar el dolor, por lo que depende del paciente describir su experiencia… y del médico, creerle o no. Sin embargo, como aprendió Luciani, los profesionales de la salud llegan rápido a la conclusión de que el dolor de una mujer no es tan intenso, o que “es producto de su cabeza”. Esta actitud puede llevar a la prolongación del sufrimiento y poner la salud de la mujer en grave riesgo. 

Dolencias en la mujer

El dolor es una experiencia sensorial y emocional desagradable, pero, como no se ve, es casi imposible de medir. De todos modos, hay motivos para creer que el dolor de las mujeres es diferente al de los hombres. De acuerdo con una revisión publicada en la revista British Journal of Anaesthesia, un extenso cuerpo de literatura médica demostró que las mujeres no solo tienen más riesgo de sentir dolor, sino que lo sienten con mayor intensidad que los hombres. “Si les preguntamos a las personas: ‘¿Tiene niveles significativos de dolor?’, es más probable que las mujeres contesten que sí, en comparación con los hombres”, dice el doctor Roger Fillingim, director del Centro de Excelencia en Investigación e Intervención del Dolor, de la Universidad de Florida. Asimismo, Fillingim afirma que, en los estudios de laboratorio, cuando se expone a las personas al dolor, las mujeres de las pruebas informan sistemáticamente sentir más dolor que los hombres.

De acuerdo con la doctora Angela Mailis, fundadora del Centro de Dolor y Bienestar, de Vaughan, Ontario, Canadá, las razones de estas diferencias se deben a factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales. En su libro, Beyond Pain: Making the Mind-Body Connection (Más allá del dolor: la conexión entre el cuerpo y la mente), explica que las hormonas de las mujeres cumplen un papel importante en este sentido. Por ejemplo, las mujeres son más sensibles a los dolores en ciertas etapas de su ciclo menstrual, y son menos sensibles durante el embarazo.

Pero las expectativas culturales, tales como la de que “los hombres no lloran”, también pueden tener un impacto en la forma en la que los individuos informan el dolor, o buscan ayuda para aliviarlo, y en la que los médicos lo tratan.

Asimismo, es más probable que las mujeres sientan dolor crónico (una afección que dure más de 12 semanas).

De acuerdo a la Asociación Internacional del Estudio del Dolor, se estima que un 30 por ciento de la población mundial sufre dolor crónico; entre los mayores de 65 años el porcentaje asciende al 50 por ciento, mientras que entre los mayores de 80 alcanza el 85 por ciento de la población.

Algunas de estas enfermedades, como la endometriosis de Luciani, son propias de las mujeres, pero eso no explica toda la diferencia. Por ejemplo, en comparación con los hombres, las mujeres tienen entre cuatro y nueve veces más de probabilidades de padecer fibromialgia y son unas dos veces y media más susceptibles a las jaquecas y los trastornos de la articulación témporo-mandibular (que conecta la mandíbula con el cráneo).

Una de las razones posibles para esa diferencia, señala la doctora Tania Di Renna, directora médica del Instituto Académico de la Medicina del Dolor de Toronto, del Hospital Women’s College, son los traumas del pasado. “Es más fácil someter a las mujeres a violencia doméstica, maltrato y abuso sexual”, dice, y estos hechos se asocian con el dolor crónico. Y Fillingim explica que las partes del cerebro que se ven afectadas por estos hechos formativos adversos se conectan con las partes que participan de la percepción del dolor.

 

Cuando se ignora el dolor

Si bien las mujeres son más propensas a sentir molestias agudas, también tienen menos probabilidades de recibir el tratamiento adecuado. Un trabajo publicado en 2001 en la revista Journal of Law, Medicine & Ethics, titulado “La chica que lloraba de dolor: el sesgo contra las mujeres en el tratamiento del dolor”, señalaba que “es más frecuente que a las mujeres se las trate con agresividad en los primeros encuentros con el sistema de salud, hasta que prueban que ‘están tan enfermas como los pacientes hombres’”.

Esto se documentó de muchas maneras. Durante los años 90, un estudio publicado en la revista Sex Roles descubrió que a los hombres se les daba, con más frecuencia, analgésicos luego de una cirugía coronaria, mientras que a las mujeres se les recetaba sedantes. Años más tarde, en 2008, cuando los investigadores se ocuparon del tratamiento de los pacientes que llegaban a la guardia con dolor abdominal, observaron que las mujeres tenían entre 13 y 25 por ciento menos de probabilidades que los hombres de que les recetaran opioides, y esperaban 16 minutos más para recibirlos. Este estudio, publicado en la revista Academic Emergency Medicine, llegó a la conclusión de que “el sesgo por género podía ser una razón”.

Otras mujeres, como Luciani, consultan con un médico tras otro y reciben siempre la misma respuesta: su afección es esperable o no es tan grave; en otras palaras, el dolor, pese a la gravedad que presente, se normaliza. De acuerdo con un informe de 2010 de la Campaña para Terminar con el Dolor Crónico de las Mujeres, realizada en los Estados Unidos, el 50 por ciento de las mujeres estadounidenses que padecen endometriosis consultan, al menos, a cinco profesionales de la salud antes de que las diagnostiquen o las deriven por su dolor.

En general, los médicos tienden a atribuir los síntomas de las mujeres a las emociones o a algún problema de salud mental. En un experimento de 2009, publicado en la revista Journal of Women’s Health, cuando los hombres y las mujeres presentaban síntomas de enfermedad coronaria, los médicos tenían el doble de probabilidades de diagnosticar a las mujeres con enfermedades mentales.

A Joanna Kempner, de 44 años, le ignoraron el dolor que sentía por las migrañas como si fuera un problema mental cuando apenas tenía cinco años: su médico le dijo que era tan solo un síntoma de su “personalidad tipo A”. Años más tarde, otro médico le sugirió que sus jaquecas se debían al estrés que ella sentía por no tener pareja. Estas experiencias hicieron que Kempner, que ahora es profesora de Sociología en la Universidad de Rutgers, Nueva Jersey, Estados Unidos, se pusiera a estudiar el tratamiento de las migrañas y escribiera el libro Not Tonight: Migraine and the Politics of Gender and Health (Esta noche no. Migrañas y las políticas de género y de salud). “Durante mucho tiempo, existió la tendencia a atribuir las migrañas al tipo de personalidad”, sostiene Kempner, quien expone el estereotipo fuertemente arraigado de que las mujeres que padecen migrañas son personas inteligentes, de clase media alta, que no logran relajarse. Incluso las recomendaciones para el tratamiento de las migrañas entre los hombres ofrecen tácticas simples para aliviar el estrés, lo que sugiere que los pacientes con migrañas no pueden tolerar las presiones de la vida cotidiana.

 

¿Por qué se ignora a las mujeres?

Hay muchas razones por las cuales el dolor de las mujeres puede no recibir tratamiento. Por un lado, como escribe Mailis en su libro, “al tratar sobre la investigación del dolor, las mujeres tradicionalmente fueron excluidas como sujetos de investigación. Esto se debió en parte al hecho de que los investigadores asumían que los resultados que arrojaban los estudios del dolor en los hombres podían generalizarse a las mujeres también”.

La mayoría de los especialistas está de acuerdo con que el sesgo es real. “El dolor no puede medirse con eficacia, por lo que los médicos dependen de sus pacientes para que se lo informen —dice Kempner—. Si el informe viene de una mujer y no de un hombre, es frecuente que esa persona sea interpretada a través de una lente cultural [según la cual] las mujeres se caracterizan por ser quejosas”. De hecho, muchos de los médicos a los que entrevistó Kempner tenían la sensación de que sus colegas solían creer que los pacientes con migraña eran irritables.

Di Renna está de acuerdo. “Creo que hay una cuestión con las mujeres, a quienes se percibe como más catastróficas”, afirma. “Recurren más a la atención médica, tienen más problemas de salud mental [diagnosticados], por lo que es más frecuente que se las ignore, en comparación con los hombres”.

Pero las mujeres no son el único grupo que se enfrenta con estos estereotipos; muchas minorías y grupos étnicos también están en riesgo. “A los afroamericanos les cuesta que se los tome en serio cuando refieren sentir dolor —afirma Kempner—. La historia completa de la raza se predicó sobre un falso sistema de diferencias biológicas entre categorías raciales. Y mucha de esa historia se derivó de la noción de que las personas de ascendencia africana no eran capaces de sentir dolor. Era una pieza necesaria del racismo científico: había que creer que los africanos no sentían dolor para mandarlos a realizar trabajos duros al rayo del sol”.

Claro que, hoy en día, sabemos que esto es falso, pero todavía quedan resabios de esta creencia en el sistema de salud. De hecho, en un esfuerzo reciente para establecer por qué se subtrata a los pacientes negros por el dolor, los investigadores les preguntaron a algunos estudiantes de Medicina si creían una cantidad de falsas diferencias biológicas entre las personas de raza negra y blanca (que las personas negras tienen piel más gruesa, por ejemplo). Los resultados, que salieron en la publicación Proceeding of the National Academy of Sciences of the United States of America en 2016, revelaron que los estudiantes que creían en dichas afirmaciones —la mitad consideraba cierta, por lo menos, una de las falsas creencias— tenían más probabilidades de pensar que los pacientes negros sufrían menos dolor, y, por ende, recomendaban tratamientos menos eficaces en el estudio. 

Sentenciadas a sufrir

El hecho de ignorar el dolor de un paciente puede provocar daños duraderos en la persona, tanto en el aspecto físico como en el emocional. “Los años durante los que se me ignoró y se me dijo que era todo producto de mi cabeza me pasaron factura”, afirma Luciani. “Hoy, cuando el nivel de dolor es muy alto, dudo si tengo que ir al hospital. ¿Tengo ganas de lidiar con alguien que va a cuestionarme o a decirme que no es para tanto?”

Hace un año y medio, pese a sus problemas ginecológicos, Luciani tuvo una hija, Kaya. Ahora, cuando lleva a su niña al médico, se preocupa: “¿Creerá lo que le digo sobre ella?”.

Di Renna tiene muchos pacientes que, al igual que Luciani, consultaron con varios médicos en busca de una respuesta antes de que se los derivaran a ella. “Algunos de los pacientes desarrollan una especie de trastorno por estrés postraumático de tanto ver médicos por el dolor —asegura—. Sienten que se los ignora. Que no se los escucha. A veces, se los considera desesperados por los medicamentos, porque quieren una solución”.

Para algunas mujeres, la respuesta “el dolor no es para tanto” implica que se retrase o no se realice un diagnóstico importante. Un estudio de 2015 realizado por investigadores del Reino Unido llegó a la conclusión de que les llevaba más tiempo a las mujeres llegar al diagnóstico de cáncer de vejiga, colon, estómago, pulmones o cabeza y cuello, así como de linfoma. Y un informe de 2016 de la asociación benéfica The Brain Tumour Charity, también del Reino Unido, descubrió que diagnosticar tumores cerebrales a las mujeres implicaba más consultas con el médico y llevaba más tiempo que diagnosticárselo a los hombres.

Para otras mujeres, la negativa a darles un tratamiento puede desembocar en que abandonen el sistema de salud por completo. En el informe de 2010 de la Campaña para Terminar con el Dolor Crónico de las Mujeres, se afirma: “Aquellos que sufren reciben diagnósticos erróneos todo el tiempo, se los pasea de consultorio en consultorio, se los trata mal y se los deja sin respuestas ni esperanzas, sufriendo sin necesidad. Muchas veces, terminan probando infinidad de terapias, cuyos beneficios se desconocen, hasta que encuentran un tratamiento o una combinación de tratamientos que les alivie un poco el dolor”.

El sufrimiento prolongado de las mujeres con dolor crónico sin tratar puede tener consecuencias para la salud. “Hay cada vez más evidencia de que el dolor mal controlado es malo para uno —asegura Fillingim—. Altera muchos sistemas físicos y, de hecho, el dolor crónico extendido se asocia con una mortalidad más temprana, incluso si se controlan otros factores”, como el género, la edad y el estilo de vida”.

 

Aprender a escuchar

Es evidente que hace falta un cambio. Fillingim sugiere que debemos repensar por completo cómo se describe el dolor. Por ejemplo, hay muchos estudios que analizan la diferencia entre la sensibilidad o tolerancia al dolor de la mujer y del hombre. Pero “puede que estemos sesgando la conversación al sugerir que los hombres son el grupo de referencia y las mujeres son demasiado sensibles”, dice. “Tal vez las mujeres sean el grupo de referencia”.

La mayoría de los especialistas está de acuerdo en que parte de la solución es incluir a las mujeres en la investigación y educar mejor a los estudiantes de medicina respecto del dolor de la mujer. El doctor Paul Young, tocoginecólogo y profesor en el Departamento de Obstetricia y Ginecología de la Universidad de British Columbia, afirma que las investigaciones sobre la endometriosis mejoraron la comprensión de los médicos acerca de la enfermedad en los últimos años, y que hubo avances importantes en el entrenamiento de los estudiantes de medicina para que buscaran síntomas en las mujeres. De todos modos, lleva tiempo poner en práctica esto.

Aunque Luciani continúe sintiendo dolor en forma habitual, terminó encontrando un médico que escuchara con atención sus preocupaciones. “La primera vez que nos vimos, estuve en el consultorio con él durante unas tres horas. Él me escuchó y me dejó hablar sin interrumpirme”, cuenta. “Salí llorando y preguntándome: ¿Así debería ser la consulta con un médico? Nunca me había sentido así antes”.

Durante tantos años de su vida, Luciani se había sentido ignorada por los médicos. “Siempre me ponía nerviosa: ¿Me escucharán? ¿Me creerán?”. Ahora, está aprendiendo a confiar en sus propios sentimientos de nuevo. “Si algo anda mal, uno no debería pensar ‘¿Es solo mi cabeza?’”.  

 

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