Imagen Imagen

Un tributo a las mujeres que me criaron.

Cuando les cuento a mis hijos que mi mamá compartía sus cócteles con nuestro labrador dorado o de la ocasión en que intentó comerse del piso una tarta de calabaza entera, que se me había caído, o de cuando me desperté a media noche y la encontré desnuda haciendo una entrega del ratón Pérez, los niños siempre me preguntan lo mismo: “¿de cuál de todas estás hablando, papá?”. Es una pregunta válida. A fin de cuentas, he tenido cinco madres.

Claro, solo una es mi madre biológica. (Es la del ratón Pérez y, para que quede claro, dice que no estaba vestida porque dormía desnuda —según me enteré esa noche que desearía olvidar— y se acordó de su tarea justo antes de irse a la cama.)

También tengo una madre política, o mi suegra, conocida como la cometartas de calabaza. Además, gracias al dinámico lema matrimonial de mi padre (“Si a la primera no lo logras, insiste una vez más”), también he sido el beneficiario de tres madrastras. Eso suma cuatro esposas de mi querido padre. Cuando ellas lo dejan, nuestro vínculo sobrevive. Deberían ver cuántos tatuajes que dicen “Amo a mi mamá” tengo en el bíceps. No estoy quejándome; para nada. Con tantas madres, recibes muchas tarjetas de cumpleaños y regalos de Navidad, sin mencionar la cantidad de niñeras de bajo costo que puedes elegir. Por otro lado, también te dan miles de opiniones sobre cómo educar a tus hijos, de qué debes comer y de dónde deberías de pasar las vacaciones (siempre es en su casa, no en la de alguna de las otras madres).

Esto me ha convertido en una suerte de experto en las especies, y con esto me refiero a especies botánicas. Mis madres son tan distintas que la personalidad de cada una se asemeja a la de una planta diferente (¿Qué? ¿Nunca has notado esto en tu madre?). Por ejemplo, una de mis madres es toda una gardenia. Ilumina cualquier habitación y huele delicioso, pero también requiere cuidados muy precisos. Necesita mucho hijo (o sea, yo) y ajustes inmediatos si su entorno se vuelve hostil. Esto explica sus llamadas semanales de auxilio cuando se le olvida la contraseña del wifi, así como su falta de paciencia con los meseros, automovilistas y su control remoto del cable. Cometí el error de enseñarle a hacer videollamadas en su teléfono, para poder ayudarla de forma virtual cuando lo necesitara. Mala idea. Ahora soy una víctima frecuente de las llamadas accidentales desde su bolso; es como cuando el celular marca sin querer si está dentro del bolsillo trasero del pantalón, solo que ella lo hace al buscar su cartera o un pañuelo, por lo general mientras va en el auto con sus amigas. Emite un sonido como “Cresss runsss nobrr ¿su espantosa estirada de cara? No es de sorprender que se runss brsss clanc a su ricachón. Por supuesto tilin tilan jugar mahjong”.

No tiene sentido gritar: “¡Mamá, mamá! ¡Te estoy oyendo!”. Si tengo suerte, su batería se agota. Con una madre planta que necesita tanta atención, es un verdadero alivio tener otra que sea un cactus. Claro, me pincha si me acerco mucho, en este caso no hay abrazos gratuitos. Se le olvida mi cumpleaños. Un punto a su favor es que casi nunca necesita un trago (gracias, Alcohólicos Anónimos) y aguanta todo. Cuando una madre me pone los nervios de punta (gardenia, por ejemplo) es con el estoico cactus con quien me desahogo.

Mi galatea materna es un gran apoyo para otras cuestiones. Las galateas  o calateas, literalmente, quitan las impurezas del aire (compra unas la próxima vez que pintes tu casa). Como era de esperarse, ella limpia la cocina y lava mi ropa, aunque no se lo pida. Como Mary Poppins, es casi perfecta en todos los sentidos. Es más, quizá hasta es demasiado buena. ¿Qué caso tiene la relación con una madre si no puedes quejarte de algo? Sin duda alguna, la más divertida de todas es mi venus atrapamoscas. Ella es exótica y no pierde oportunidad de presumir de pies a cabeza. Solía ir a un podólogo especial que le pintaba, en sus uñas del dedo gordo del pie, caricaturas para adultos. A ella le parecían divertidísimas; mi maestra de quinto grado pensaba todo lo contrario. (Le hubiera encantado el truco del ratón de los dientes de mi madre.) Mi madre atrapamoscas es, por naturaleza, una carnívora empedernida y entre menos saludable la carne, mejor. Si la palabra “nitrato” no está en la etiqueta, ni siquiera la toma en cuenta. La última vez que fuimos al supermercado, llenó el carrito con salchichas y embutidos. Cuando sugerí que la opción baja en grasas de su grupo de alimentos favoritos podría ser muchísimo más saludable, ella dijo con un rugido: “¡Sobre mi cadáver!”. 

Es probable que todos esos conservantes la ayuden a mantenerse fresca por más tiempo. Para terminar, está mi madre aloe vera. Ella les da besitos a los moretones y heridas, y hace que sanen, como el gel de aloe sobre una ligera quemadura de sol. La palabra “quisquillosa” no está en su vocabulario: es feliz en cualquier parte, bajo techo o al aire libre. Es la madre perfecta para acurrucarte con ella en el sofá y ver una película clásica abrigado por la manta que tejió a mano. Además, hace una lasaña excepcional. La madre atrapamoscas mataría por ella, razón por la cual nunca divulgo los talentos culinarios a las demás (¡Ups!).

Estoy tentado a hacer notar que un anagrama en inglés para aloe vera es love area (zona de amor), pero sería injusto para las demás. Todas crean zonas maternas de amor. Algunas pueden tener gustos extraños y poco comunes para la comida o la decoración de las uñas, pero todas me aman a pesar de mis propios pecadillos. Así que, gracias, papá. Puedes tener gustos dudosos en cuanto a esposas, pero cuando se trata de madres, sí que sabes elegir a las mejores.

Elegí tu puntuación
Dejá tu comentario
Notas Relacionadas