Cómo ser una persona más bondadosa: historias reales Cómo ser una persona más bondadosa: historias reales

La persona bondadosa se caracteriza por ser una persona que realiza el bien y promueve todo lo bueno para las personas que se encuentran a su alrededor. Aquí tres historias.

El fondo del pozo

Robert Kiener

En mayo pasado, al caer el sol de la tarde en su granja de Rock Port, Misuri, Estados Unidos, Brandon Leseberg terminó de alimentar a sus vacas y dio fin a su jornada. Como solían hacer, sus hijos, Louie, de 6 años, y Everett, de 3, lo acompañaban.

De camino a casa, los dos niños corrieron delante de su padre, quien se encontraba cerrando la verja. Louie se detuvo junto a una canilla en lo alto de un viejo pozo para saciar su sed. Los Leseberg no sabían que la tabla que cubría aquel hoyo se había deteriorado con el tiempo. Cuando el niño la pisó, la madera se hundió.

En cuanto Brandon terminó de cerrar la reja, se dio la vuelta y solo vio a su hijo más pequeño.

“¿Dónde está Louie?”, gritó.

“¡Se cayó en el hoyo!”, le respondió Everett asustado.

El hombre de 37 años se percató enseguida de lo que había ocurrido. ¡Noooo!, pensó. ¡Louie apenas sabe nadar! 

Corrió hacia el pozo y escuchó a Louie chapotear muy abajo. Por instinto, se lanzó al agua. 

Al caer unos 20 metros por el túnel revestido de ladrillo de 60 centímetros de ancho, Brandon oyó a Louie gritar. De algún modo logró sostenerse de un tubo que bajaba por la pared, lo que frenó su caída y evitó que aplastara a su hijo.

Golpeó el agua gélida del fondo. Sacó la cabeza y sostuvo a Louie, que estaba aterrorizado, para tratar de mantenerse a flote en un líquido demasiado profundo para que cualquiera de los dos tocara el suelo. Consciente de que no podrían mantenerse ahí por mucho tiempo, alzó al niño sobre su pecho y apoyó sus piernas y espalda en las angostas paredes, con el cuerpo todavía medio sumergido.

“Muy bien, papá, ya puedes sacarnos”, dijo Louie.

Como si fuera tan fácil. No había manera de salir trepando. El tubo que le había ayudado durante la caída era demasiado resbaladizo para servir de algo. Solo había una salida. Alzó la vista y vio que Everett los observaba desde lo alto. Gritó: “Everett, vas a tener que ser un niño grande y salvarnos. Corre hacia la ruta y párate junto al buzón hasta que alguien se detenga. Diles que necesitamos ayuda. ¡Y quédate lejos de los autos!”.

Su hijo obedeció.

Pasaron minutos largos como horas y Brandon, abrazado a su tembloroso hijo, seguía con la espalda arqueada y los hombros y piernas apoyados en las paredes de ladrillo. Cinco minutos. Diez minutos. No había rastro alguno de Everett. “¿Dónde estará?”, se preguntó el hombre y comenzó a pensar: ¿Podremos salvarnos?

Por fin, la cara de su hijo se asomó por la boca del pozo. 

—Papá, ¿todavía están ahí?

—Sí. ¿Conseguiste ayuda? 

—No. 

—Está bien, cariño —dijo Brandon abatido—. Pero debes volver a la carretera y hacer que alguien se detenga, ¿de acuerdo?

—Sí, papá. 

Unos quince minutos más tarde, Christi y Mark McKenney, granjeros de la zona, pasaban por la granja de los Leseberg cuando vieron a Everett solo al borde del camino, agitando la mano. Se detuvieron y le preguntaron si estaba bien. “Papá está en un hoyo”, les dijo.

Subieron al niño a su camioneta, entraron en el lugar y el pequeño los dirigió hasta el pozo. Mark marcó el 911 mientras Christi le llamaba a otro vecino.

Tras hablar con la mujer, Dan Athen, de 45 años, tomó una gruesa cuerda de 25 metros. Luego manejó con Ryan, su hijo de 13 años, al territorio de los Leseberg. Saltaron de su vehículo y corrieron al lugar del accidente.

“Brandon”, gritó Dan, “soy Dan Athen. Vamos a lanzarte una cuerda para que subas”.

Brandon gritó: “De acuerdo, Louie subirá primero”.

Fue una sorpresa. Dan no sabía que Louie también estaba allá abajo. 

No había tiempo para reflexionar. Cada segundo en el pozo significaba un mayor riesgo de hipotermia. Tras una llamada de Mark, Eric Duncan, quien trabaja en la granja de Brandon, y su amigo Jacob McKenney, llegaron para ayudar. Dan lanzó la cuerda hacia las profundidades, Brandon la ató alrededor de Louie y gritó: “¡Ya puedes jalar!”.

Los vecinos comenzaron a izar al niño, sorprendidos de lo pesado que era. Dieron otro tirón fuerte. Al parecer, algo se soltó y pudieron sacar a Louie. Cuando salió, se impresionaron al ver que tenía cables enrollados en el brazo. De alguna manera, el pequeño se había enredado con la bomba y el cableado del pozo, que lo tiraban hacia abajo.

Por fin estaba a salvo. “¡Estás fuera, amigo! ¡Estás fuera!”, dijo Eric, mientras otros le quitaban con cuidado los cables. Eric llevó al niño a su camioneta, lo envolvió en varias prendas de vestir y encendió la calefacción a la máxima potencia.

Entonces los vecinos dirigieron su atención hacia Brandon. Pero había un detalle. Era un tipo grande, demasiado pesado para sacarlo de ahí con solo la cuerda, como habían hecho con Louie. Esperar a que llegara el equipo de rescate de emergencia podría haber sido una decisión inteligente, pero, ¿tenían idea de cuándo aparecería? Mientras tanto, su amigo se congelaba. Por supuesto que iban a sacarlo.

Tras una breve deliberación, decidieron usar los cimientos del viejo molino de viento que estaba sobre el pozo como apoyo para subirlo. Le lanzaron un extremo de la cuerda y el hombre se la ató alrededor del cuerpo.

“¡Listo para salir!”, gritó.

Tras pasar el otro extremo por el armazón del viejo molino, los cinco vecinos sujetaron diferentes tramos de cuerda cada uno y empezaron a jalar. Para ayudar, Brandon se aferró como pudo al tubo del pozo para ascender hacia el círculo de cielo azul que se encontraba encima de él.

“Resiste, Brandon”, gritaban los integrantes del equipo mientras lo sacaban. 

Unos 40 minutos después de haber saltado al pozo para salvar a su hijo, el hombre emergió, frío y mojado. Justo cuando sus vecinos se acercaban para sostenerlo, cayó al suelo, exhausto. Un minuto después, los rescatistas llegaron al lugar.

Salvo algunos rasguños, Brandon estaba bien. En cambio, Louie sufrió hipotermia y hematomas profundos por los cables. También se perforó un pulmón. Los médicos dijeron que tal vez se debió a la cuerda que le rodeó el pecho. A pesar de todo, sanó lo suficiente y volvió a la escuela una semana después.

Aunque todos los involucrados han sido aclamados como héroes, Dan Athen no cree que lo sean. “Solo somos vecinos que ayudan a sus vecinos”, dice antes de dirigir la atención hacia alguien más. “Si hay un héroe aquí, es el pequeño Everett. Es un auténtico salvavidas”.

Cómo ser una persona más bondadosa: historias reales

Verdaderos amigos

Por los lectores de Reader’s Digest

Tesoro de amistad

Sufrí tres grandes cambios de vida en un lapso de nueve meses: un divorcio tras 32 años de casada, una mudanza y obtener la custodia de mi nieta de 22 meses. A la vez, a un viejo amigo de la universidad le diagnosticaron una enfermedad terminal y me pidió que avisara a algunos compañeros. Molly fue la primera en visitarlo. Hacía décadas que no hablábamos, pero mantuvimos contacto las semanas siguientes.

Era muy abrumador criar a una niña y adaptarse a la pena y a la depresión. Un día llegué a casa y encontré una caja con adornos alegres y llena de regalos de cumpleaños para mi nieta. Era de Molly. Poco después recibimos una caja similar con regalos de Navidad para ambas. Los últimos cuatro años hemos recibido cajas cada cumpleaños, Navidad, San Valentín, Pascua y Halloween. No se imaginan lo mucho que se emociona mi nieta al abrir estos contenedores de tesoros, pero la amabilidad también me anima a mí. Aquel año en el que experimenté tantos cambios en mi vida, la generosidad de Molly me ayudó a mantenerme a flote.

—Roberta Edgar Whitenight, Warrington, Pennsylvania

Solo el boleto

En 1991, llevé a un grupo de estudiantes negros de secundaria a una conferencia del autor y exescritor de Reader’s Digest, Alex Haley. Estaba enojada porque otro profesor que debía ayudar había abandonado la misión en el último momento. Mientras pensaba cómo estirar mi ya de por sí magro sueldo de profesora, se acercó una mujer a preguntar si teníamos boletos. Enseguida nos entregó suficientes para todo el grupo y se perdió entre la multitud.

Para unos estudiantes que no se consideraban intelectuales, su vida cambió al estar rodeados de modelos académicos semejantes a ellos. Muchos se volvieron educadores y describen esa noche como decisiva. Ojalá pudiera informar a esa mujer del impacto que tuvo su generosidad.

—Dixie Ross Austin, Texas

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